21 de enero de 2006

LECTOR LUDI-25

La biblioteca personal, "luxuria" para el espíritu

Por Iván Rodrigo García Palacios

A diferencia de las bibliotecas abiertas para el uso publico o privilegiado, tan históricas y míticas como la de Alejandría, la imaginaria de Jorge Luis Borges, la Biblioteca Nacional de París, la biblioteca asesina de El nombre de la rosa, la mega Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, o las maravillas virtuales anunciadas por Google, Yahoo y Microsoft, entre miles más, reales o imaginarias, las bibliotecas personales o particulares, salvo contadas excepciones, carecen de historia y mito, pero todavía más extraño, se las acusa de egoísmo y veleidad. Nada más injusto, sólo ignorancia y prejuicios.

Pero es que tal ignorancia parece justificada. Muy poco se conoce de esas bibliotecas personales y creo que es porque casi ninguno de sus dueños, famosos o anónimos, han dado testimonio sobre las razones y motivos que los inspiraron a formar sus bibliotecas. Escritos sobre bibliotecas personales, sólo recuerdo el de Walter Benjamin, un breve texto donde explica su naturaleza de coleccionista y, ya en el terreno literario, sobre la biblioteca de don Quijote, condenada al fuego, pero inmortalizada por Cervantes, la bella novela del astrofísico francés, Jean Pierre Luminet, El incendio de Alejandría, y el de Anatole France en su novela La rebelión de los ángeles, que escenifica varios capítulos de su trama en una gran biblioteca personal, la cual es justificada así:

"Deseoso de abarcar todo el círculo de los conocimientos humanos y de enaltecer su genio enciclopédico con un símbolo apropiado a una pompa en consonancia con sus recursos pecuniarios, el barón Alejandro D'Esparvieu había formado una biblioteca de trescientos setenta mil volúmenes, entre impresos y manuscritos, cuya base principal procedía de los benedictinos de Lingugué" (p. 482) (1).

(Les agradecería me contaran sobre otros, para reunirlos en un gran museo de testimonios sobre las bibliotecas personales, reales o imaginarias)

Por lo demás, sólo sé de reseñas y comentarios sobre las bibliotecas personales de escritores o personajes famosos adquiridas o donadas a universidades, instituciones o conservadas en museos, que las exhiben y las ofrecen para usuarios privilegiados, que si bien tratan de interpretarlas, poco más dicen de las motivaciones de sus dueños originales. ¡Qué lástima! ¿Cuánta ciencia perdida sobre los mecanismos del deseo humano por el conocimiento y la creación?

Es sobre esa pérdida que quería provocar a los LECTORES LUDI, para que reflexionen sobre los qué y los por qué ellos mismos forman y conservan sus bibliotecas personales, o para que, en última instancia, sientan esa "inquietud de sí mismo", "epimeleia heautou", socrática expuesta en los diálogos platónicos, por contraposición al "conócete a ti mismo", "gnothi seauton", que fueran los temas del curso que dictó Michel Foucault en el Collège de France entre 1981 y 1982 (2).

Y es que, en esta época, en la cual han sido condenados, tanto ese sendero hacia la libertad que es la lectura, como la casi totalidad de los espacios para los propios libros, economía y arquitectura obligan a sacrificar el lugar para el silencio y la reflexión en beneficio de las alienaciones audiovisual y socializadora: salón para la televisión, sala y comedor, son ofertas, que como dice don Vito Corleone, el de Mario Puzo, "no pueden ser rechazadas", "son negocios", lo demás, son espacios inútiles, improductivos, para alienarnos con lenguaje neoliberal.

Razones suficientes para emprender la aventura de buscar el sentido y las motivaciones por las cuales, además de las anteriores, es importante formar una propia biblioteca, así exista una inmensa oferta abierta, permanente e instantánea, de libros e información al servicio del público por todos los medios existentes: bibliotecas, centros de documentación, Internet, etc.

La primera pregunta que me hago: ¿Porqué poseer libros para el uso particular y su conservación, aparentemente inútil, en el reducido espacio de mi hogar, sacrificando muchas veces el equilibrio del presupuesto personal o familiar?

Aquí es obligatorio hacer una aclaración necesaria. Una biblioteca personal, en la actualidad, no está necesariamente integrada por voluminosos libros de papel, pues ya se pueden formar bibliotecas virtuales..., pero, es cuestión de gustos. Un amigo, ya con los suficientes años y experiencias a cuestas, descubrió las bondades de las nuevas tecnologías y, casi, desde el momento en que se vendieron los primeros computadores personales, fue uno de sus primeros usuarios, hábito que, con los nuevos y asombrosos desarrollos, en lugar de desanimarlo, al contrario, lo han convertido en explorador y experimentador, hasta el punto de que pasa buena parte de su vida de vigilia, que es mucha, pues su tiempo de sueño ya es poco, divirtiéndose con sus computadores personales, en casa y en el trabajo, consultado asuntos que le interesan, escribiendo para sus amigos, en fin. Pues bien, ese amigo que es un desaforado lector desde la infancia, decidió que le era más práctico mantener y cargar con su biblioteca en discos CD-ROM, que en encartadores libros de papel y, además, los autores y libros que ya le interesan están disponibles gratis en Internet y que es mucho más fácil organizarlos, leerlos y consultarlos en un disco que estar buscándolos en estanterías... Bueno, es cuestión de gustos.

Ahora sí, empecemos por decir, de manera simple, que se decide iniciar la formación de una biblioteca personal por razones prácticas o trascendentes o por ambas a la vez, en respuesta a necesidades concretas e inmediatas y por el desarrollo intelectual y espiritual que traen el tiempo y la sabiduría. Las primeras serían aquellas relacionadas con las actividades profesionales o de oficio, que no es necesario explicar. Las segundas, responden a la necesidad provocada por el deseo y gusto por adquirir y ampliar ciertos conocimientos, no directamente relacionados con la actividad profesional y que muchas veces los complementan, sobre aquellos temas que buscan explicar las razones de la existencia, o satisfacer deseos y gustos por aquellos asuntos que engrandecen el espíritu. Esta segunda categoría es tan amplia y compleja como la misma naturaleza humana y, en ella, cada cual se encontrará, como en el dicho popular: "cada loco con su tema".

Si bien lo anterior trata de fundamentar la racionalidad de la decisión para formar una biblioteca personal, poco más explica sobre esos otros aspectos emocionales, sensoriales, imaginarios y anímicos que integran la naturaleza humana y que son precisamente los que hacen que cada cual sea único e irreplicable y, en consecuencia, que sus motivos, expresiones y comportamientos también sean únicos y exclusivos. Esto último, lo que hace y diferencia al individuo, son las marcas genéticas y culturales que, a favor o en contra, dirigen la existencia individual. Reconociendo que en la interacción de genética y cultura esas marcas se modifican entre sí. Ahora, para efectos de justificar el deseo y gusto por formar una biblioteca, sólo voy a hablar de las marcas culturales, sin dejar de reconocer que las marcas genéticas pueden favorecerlas o entorpecerlas, pero que no necesariamente son determinantes; igual, en el sentido contrario.

De esta manera, el punto de partida de la definición individual estará dado por el ámbito en el cual se geste, nazca y se desarrolle cada individuo. Obviando las condiciones generales de ese ámbito, puede decirse que los deseos y gustos pueden orientarse y definirse por eventos mínimos pero congruentes. A los niños, que desde su gestación se le ha familiarizado de manera adecuada con elementos agradables y placenteros, los reconocerá y buscará por el resto de su existencia. Al niño que, desde su período de gestación, se le hace escuchar buena música, en una atmósfera de armonía y tranquilidad, le gustará la buena música. Igual, le gustará la lectura y poseer libros, si se le cuentan y leen cuentos. O, sí, lo mismo que lo llevan al supermercado y a otros lugares de la actividad social, lo familiarizan con librerías y bibliotecas, sabrá que los libros son objetos amistosos, útiles y disfrutables. O, si en su hogar se tienen libros y se les mantiene organizados en un lugar tranquilo y silencioso, aprenderá a respetarlos y amarlos, así como a disfrutar de un buen ambiente de lectura, y deseará tener su propia biblioteca. En fin, todo ello en conjunto con los estímulos a todos los sentidos, y por supuesto, en las artes, las ciencias, las matemáticas, la lógica... el buen conocer y el buen vivir.

Ahora bien, desde este punto de partida, cada cual podrá mirar su biblioteca, analizarla y extraer sus propias conclusiones. En mi caso, una primera mirada me hizo pensar en un escenario arqueológico, en el cual, el primer y más amplio estrato me mostraba un gran estrato en el que se encontraban ejemplares de la mayor parte de las obras, narrativas y poesía, de las literaturas de todo el mundo y de todos los tiempos, unas con mayor cantidad que otras; por ejemplo, obras escritas en español, de España y de los países hispanoamericanos, con amplia presencia de la literatura antioqueña y colombiana, un poco más de un tercio; en orden de cantidad, obras de escritores estadounidenses, franceses, alemanes, ingleses, italianos, centroeuropeos, rusos, portugueses, y representación significativa de las literaturas orientales, africanas y Australia, así como una que otra curiosidad bibliográfica y colecciones temáticas de las editoriales, entre las que distingo, entre otras, los pequeños libros de la Colección Crisol, de Ediciones Aguilar, por allá en los años cincuenta y sesenta. A lo anterior, hay que agregar una amplia franja de obras dedicadas a los estudios y crítica literaria, correspondiente a aquellos tiempos en los cuales mi interés lo dediqué a conocer los qué, cómo y por qué de la creación literaria y las obras resultantes.

Otras franjas llamativas son aquellas que marcan épocas históricas de mi biblioteca, tales los casos de obras sobre periodismo y comunicaciones, de las épocas dedicadas a los estudios profesionales y la cátedra universitaria. Le siguen y también definidos por épocas de necesidad profesional, los dedicados a la política, la administración, la economía, las artes plásticas, la sociología, la sicología de las organizaciones, etc., de los cuales, algunos, han pasado a lugares secundarios para dar paso a los temas que se han convertido en mi mayor atracción durante los últimos años, los cuales ya forman un estrato especial que se inicia con la filosofía, la que abarca: historia de la filosofía, los grandes filósofos y los grandes sistemas, tanto occidentales como orientales y árabes, así como la alquimia y otros temas misteriosos y esotéricos. En esta franja incluiría los estudios sobre la religión y su historia, en especial, los aspectos de su mística. Le siguen los estudios sobre sicología, que se explican por mi rechazo a los engaños de Freud, Jung y sus discípulos y el rescate de lo útil que aportaron. En el mismo sector destaco las nuevas orientaciones de la sicología en sus relaciones con las neurociencias, en las que estas últimas tienen su buena parte, junto a estudios antropológicos. A continuación, la historia, o mejor, las historias: de la humanidad, las ciencias, las artes, el estudio del idioma etc. Y, por supuesto, ocupan también su lugar, revistas, documentos, los necesarios libros de referencia y la colección empastada de los Ex-libris que escribí semanalmente por quince años en El Colombiano.

En términos generales, esa es la visión descriptiva de mi biblioteca, la que ahora veo mucho mejor gracias al software desarrollado por mi hijo Nicanor que me está permitiendo su clasificación general y total, para una mejor organización y consulta. Quedan todos invitados a curiosearla, pues me siento orgulloso de mis libros.

Y para concluir, la descripción que hace Anatole France de la biblioteca del barón Alejandro d'Esparvieu, en la novela ya citada:

"La biblioteca D'Esparvieu aún es actualmente, tanto en Teología como en Jurisprudencia y en Historia, una de las más hermosas bibliotecas particulares de Europa. Allí se puede estudiar Física, o, por mejor decir, las físicas en todas sus manifestaciones, y también la Metafísica o las metafísicas; es decir, lo que está unido a la Física y que no hay otra manera de nombrar, por ser imposible que un sustantivo denote lo que carece de sustancia y sólo es ilusión o ensueño. Allí se hallan reunidos los filósofos que precisan la solución, la disolución y la resolución de lo absoluto, la determinación de lo indeterminado y la definición de lo indefinido. Todo se amontona en aquel cúmulo de Biblias, mayores y menores, sagradas y profanas; todo hasta el pragmatismo de última hora, el más nuevo y el más elegante.
Otras bibliotecas poseen con más abundancia volúmenes encuadernados de venerable antigüedad, ilustres por su procedencia, suaves por la calidad y el color de las pieles que los cubren, preciosos por el arte del encuadernador, que supo correr los hierros de dorar formando filetes, encajes, molduras, florones, emblemas, escudos, y que con su apagado brillo atraen los ojos expertos; otras pueden encerrar en mayor número manuscritos orlados con delicadas miniaturas de vivos colores, debidas a un pincel veneciano, flamenco o turangés; pero ninguna reúne, como ésta, numerosas y magníficas ediciones de autores antiguos y modernos, sagrados y profanos.
Encuéntrase allí todo lo que nos queda de la antigüedad, todos los padres de la Iglesia y los apologistas y los decretalistas, todos los humanistas del Renacimiento, todos los enciclopedistas, toda la filosofía y toda la ciencia. Por esto dijo el cardenal Merlin cuando se dignó visitarla:
- No hay hombre cuyo cerebro sea capaz de abarcar todo el saber que guardan estos estantes. Felizmente, no es necesario.
Monseñor Cachepot, que la frecuentaba cuando era vicario en una parroquia de París, solía decir:
- Veo aquí materia suficiente para formar muchos Tomás de Aquino y muchos Arrios, si las inteligencias no hubieran perdido su antiguo ardor lo mismo para el bien que para el mal.
Los manuscritos constituían, sin disputa, la mayor riqueza de tan importante colección. Encontrábase allí, principalmente, cartas inéditas de Gassendi, del padre Mersenne, de Pascal, en las cuales se hallarían rumbos ignorados por la intelectualidad del siglo XVII. Tampoco es justo dejar en el olvido las Biblias hebraicas, los talmudes, los tratados rabínicos impresos y manuscritos, los textos arameos y samaritanos sobre cabretillas y cortezas de sicomoro, todos los ejemplares antiguos y preciosos que había recogido en Egipto y en Siria el célebre Moisés de Dina, y que Alejandro d'Esparvieu pudo adquirir sin gran dispendio cuando en 1836 el sabio hebreo murió en París, viejo y miserable".


(1). Anatole France, Novelas completas y otros escritos,
La rebelión de los ángeles, tomo II, Colección Biblioteca Premios Nobel, Aguilar, México, 1959
(2). Michel Foucault, La hermenéutica del sujeto, Fondo de Cultura Económica, México, 2002 (539 p.)

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