27 de julio de 2016

Lector Ludi No. 87: Franz Kafka, sexo y escritura


Lector Ludi No. 87
Por Iván Rodrigo García Palacios
Voyeurismo literario
Franz Kafka, sexo y escritura
Escenas de: El fogonero, La condena, El proceso: Leni; El castillo, Frieda, Cartas a Milena y la conexión rusa, Dostoievski


Hace años, muchos años, cuando el sexo, la pornografía y todo lo relacionado con Eros, era, más que un misterio, el pecado más grave y el más expedito camino al infierno, y era "casi" imposible satisfacer la natural curiosidad juvenil del despertar sensual, pues ese tipo de "materiales" eran también "casi" imposibles de conseguir, por lo que había que recurrir a la literatura de más fácil acceso. La literatura prohibida como la novela de Hernri Barbusse, El infierno, en la que se cuenta la historia de un voyeurista -mito que inspira este escrito- entre muchas otras condenadas en el Índice por obscenas, o a la literatura clásica, en la que es posible encontrarse con una que otra escena más o menos explicita de aquel pecaminoso placer del "hacer el amor".
Uno de aquellos escritores clásicos, quizás uno de los más inocuos, sexualmente hablando, era Franz Kafka, del que nadie sospechaba, entonces, la oscura carga de sexo que se ocultaba en su escritura biográfica de diarios y cartas y en su narraciones herméticas y aporísticas, algo de lo que ha ido emergiendo a la luz pública a media que se han ido dando los cambios de moralidades de los últimos tiempos y por el interés de los estudiosos en desvelar los aspectos humanos, más humanos, de "los grandes hombres".
Bien poco de "aquello" se sabía entonces, pero, lo que si se podía deducir sin mayor esfuerzo, era el ardor sexual explicito y obsceno que emanaba en tres escenas de sus tres novelas, a las que llamo novelas-mujer. Una, en El fogonero, entre Karl y la muchacha, del primer capítulo de su novela América o El desaparecido que es la novela de "la señora Tschissik". Dos, en El proceso, entre Joseph K. y Leni, que es la novela de Felice. Y la otra, en El castillo, entre el agrimensor y Frieda que es la novela de Milena. En esta última está “la escena erótica más hermosa que se haya escrito” según Milan Kundera.
Para alborotar mis recuerdos de aquellos tiempos y refrescar aquellas lecturas apasionadas que me extasiaban y entusiasmaban hasta casi el delirio, pego, como si de un libro de recortes se tratara y con la timidez del voyeurista, esas escenas y otros materiales de la misma naturaleza tomados de los diarios y las cartas, con las correspondientes ilustraciones, unas de de Robert Crumb de la biografía ilustrada de Kafka, otra, de Luis Scafati para El castillo y un fotograma de la película El proceso, dirigida por Orson Welles y con la actuaciones de Anthony Perkins y Romy Schneider en los papeles de Joseph K. y Leni.
No son estas las únicas escenas de tales características en la escritura de Kafka y un Lector Ludi podrá gozar desvelándolas, pero si vale la pena mencionar una poderosa influencia en la escritura de Kafka que se trasluce 1 en todos sus escritos y que marca hasta sus expresiones sexuales y afectivas.
Dostoievski fue maestro y modelo para Kafka y aunque fue menos explicito con sus escenas sexuales, si le sirvieron a Kafka como útiles palimpsestos, tal y como puede notarse, por ejemplo, en la escena de Humillados y ofendidos (primera parte, capítulo X), que Kafka traspone en su relato Desdicha (1910). Además, la compleja sexualidad y afectividad del protagonista de aquella novela, Iván Petróvich, al igual que las complejas relaciones sexuales y afectivas del "Hombre del subsuelo" con Lisa en la segunda parte de Memorias del subsuelo, le debieron ofrecer a Kafka una visión en la cual reconocer las cercanas conexiones con su propia vida sexual y afectiva, tan determinantes en su escritura. Y eso no fue todo lo de Kafka con Dostoievski, pero ese ya es otro cuento.
Lo cierto es que sus relaciones las mujeres, pero no cualquier tipo de mujer ni cualquier clase de relación, son materia prima de la escritura de Kafka, una materia con la que él convierte en arte lo más profundo y oscuro de su sexualidad y afectividad:
Así eran las mujeres que Kafka amaba, así debían ser: seres sin rostro que, precisamente por no tenerlo, podían excitar su fantasía con una fuerza especial y eran idóneas como pantallas de proyección de sus visiones. En su carencia permanente necesitaba no tanto personas reales del sexo femenino cuanto criaturas de su imaginación, principalmente. Pero éstas no podían surgir sin unos modelos reales, que, sin embargo, no debían ser ni demasiado claros ni demasiado próximos. Y Kafka no tuvo ningún reparo en comunicárselo muy pronto y sin rodeos a su nueva pareja epistolar: a la “Milena real”, a quien enviaba sus cartas, opuso “la milena aún más real”, es decir, aquella que “se hallaba presente conmigo todo el día, en la habitación, en el balcón, en las nubes” 2.
Para saber más sobre este asunto de Kafka con las mujeres, recomiendo el libro de Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, el que me ha sido de gran utilidad al hacer los recortes de las escenas que he usado para este libro de recortes.

-I-


Ilustración de Robert Crumb.
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La conexión rusa: la violación de Karl


La conexión rusa. Cuenta Max Brod 3 que el 1 y 4 de mayo de 1910, se encontró con Kafka en el Café Savoy, en donde se presentaba una compañía de teatro de judíos orientales (rusos) cuyo repertorio eran obras escritas en yiddisch y que Kafka se entusiasmó mucho, por un lado, con la señora Tschissik y, por el otro, con la amistad del joven actor Isaac Löwy 4.
La primera mujer-novela de Kafka fue América - El desaparecido 5, empezada a esbozar a comienzos de 1912, cuando todavía estaba muy próximo a aquel enamoramiento, “doloroso y secreto”, por la señora Tschissik, actriz de aquella compañía de actores judíos y
[…] cuyo repertorio consiste en obras escritas en yídish, está dirigida por un tal Löwy, que se convierte en su amigo y le descubre la tradición de los judíos de Europa oriental” 6.
Puede vislumbrarse algo de la oscuridad afectiva de Kafka si se nota que el apellido Löwy se corresponde con el mismo apellido de su madre y, si además, se agrega la misteriosa atracción que la señora Tschissik ejerce sobre él, tal y como puede deducirse del retrato que de ella hace Daniel Desmarquest:
"[...] La señora Tschissik, le inspirará un amor doloroso y secreto -que ella tal vez ni siquiera sospechó. Ya no es muy joven aunque, con el pelo suelto, se parece "una muchacha de otros tiempos": treinta años, casada y madre, la señora Tschissik es una pasión sin esperanzas, condenada a permanecer en secreto -y es justamente en ella en quien pone su mirada. En páginas y páginas del Diario no se cansa de alabar a la mujer cuyo apellido "tanto me gusta escribir" 7.
Muchas de las primeras anotaciones de mayo de 1910, son expresiones casi desgarradas y se refieren a su amistad con Isaac Löwy, pero más impresionantes son las que dedica al desgarrado y clandestino amor por la "la señora Tschissik", en particular, porque en una de esas anotaciones expone el motivo del relato Desdicha, ese en el que se establece la conexión rusa: Dostoievski y el que escribe días después:
"[...] pese a toda mi desdicha aun puedo sentir amor (...) Un amor no terrenal, sin embargo" (Diarios).
Esa conexión rusa, el enamoramiento de Kafka por la señora Tschissik y su amistad con Isaac Löwy, son los motivos que lo "animaron" a comenzar la escritura de su novela América o El desaparecido. El fogonero es el primer capítulo de esa novela, el que comienza a escribir en su diario y en el que ya se plantea la oscura relación sexual y afectiva que allí va a representarse
He preferido tomar el fragmento de lo escrito en el segundo cuaderno de los diarios y no del relato publicado y que cada cual haga la respectiva comparación:
"Karl, sin embargo, no sentía nada por aquella muchacha. En el cúmulo de recuerdos de un pasado que se alejaba cada vez más, la veía sentada en la cocina, junto al aparador, sobre cuyo tablero apoyaba los codos. Se quedaba mirándolo cada vez que él entraba en la cocina a buscar un vaso de agua para su padre o dar algún recado de su madre. A veces, en aquella posición incómoda al lado del aparador, ella se ponía a escribir una carta buscando su inspiración en la cara de Karl. A veces se tapaba los ojos con la mano y no había manera de abordarla. A veces caía de rodillas en su estrecho cuartito, junto a la cocina, y rezaba ante un crucifijo de madera; Karl la observaba entonces con cierto temor, al pasar, por la rendija de la puerta entornada. A veces ella se ponía a dar vueltas en la cocina y retrocedía, riéndose como una bruja, cuando Karl se cruzaba en su camino. A veces cerraba la puerta de la cocina cuando Karl ya había entrado, y no quitaba la mano del picaporte hasta que él le pedía que lo dejara salir. A veces traía cosas que él no quería y, en silencio, se las ponía en las manos. Una vez, sin embargo, dijo «¡Karl!» y se lo llevó, perplejo aún por la inesperada interpelación, entre muecas y suspiros, a su cuartito, que cerró con llave. Se abrazó a su cuello hasta dejarlo sin aire y, mientras le pedía que la desvistiese, en realidad fue ella quien lo desvistió y lo acostó en su cama, como si a partir de entonces no quisiera dejárselo a nadie más, sino acariciarlo y cuidarlo hasta el final de los días. «Karl, Karl mío», exclamaba como si al mirarlo se ratificase en su posesión, mientras Karl no veía absolutamente nada y se sentía incómodo entre el montón de cálida ropa de cama que ella parecía haber amontonado expresamente para él. Luego ella se acostó a su lado y quiso sonsacarle ciertos secretos, pero él no pudo decirle ninguno y ella se enfadó, en broma o en serio, lo zarandeó, escuchó su corazón, le ofreció su pecho para que escuchase también, sin conseguir que lo hiciera, apretó su vientre desnudo contra el cuerpo del muchacho y, con la mano, hurgó entre sus piernas de forma tan repulsiva que Karl sacó la cabeza y el cuello fuera de las almohadas, debatiéndose, luego ella empujó varias veces el vientre contra él, y a él le pareció que era una parte de sí mismo y tal vez por ello lo invadió una horrible sensación de desamparo. Llorando, Karl volvió finalmente a su cama, tras haber expresado ella reiteradamente su deseo de volver a verlo. Eso había sido todo, pero el tío supo convertirlo en una gran historia. Y el caso era que la cocinera también había pensado en él y le había comunicado al tío su llegada. Un gesto muy hermoso por su parte, que él intentaría retribuirle algún día".
(Franz Kafka, Diarios, Cuaderno segundo, fragmento, Corresponde a «El fogonero», primer capítulo de la novela El desaparecido).

-II-
 
Franz Kafka, ilustración de Robert Crump.
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La condena y una eyaculación al final


Los biógrafos de Kafka han ido desvelando las anotaciones de sus diarios y las conexiones con sus relatos y novelas, tal el caso de este apunte que hace el filósofo de la Universidad de Antioquia, Jorge Mario Mejía, en un ensayo sobre la escritura en Nietzsche, Kafka, Deleuze, Dostoievski. Se refiere a una anotación de Kafka sobre la frase final del relato La condena:
"¿Sabes que significa la frase final? Con ella pensé en una fuerte eyaculación" (K., Escritos sobre sus escritos, p. 18).
La frase final dice:
"En ese instante pasaba por el puente una interminable fila de vehículos"
(La condena). Verkehr (tráfico, circulación) significa también, entre otras cosas, comercio carnal, coito.
[...]
Kafka escribe la frase final cuando la muchacha del servicio pasa por primera vez por la antesala. Junto a la cama intacta, estira el cuerpo ante la criada y dice: "He escrito hasta ahora". Luego entra temblando al cuarto de las hermanas".
(Jorge Mario Mejía, De la escritura parasitaria. Nietzsche, Kafka, Deleuze, Dostoievski, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1996, p. 56).
Se sabe que La condena es el relato que Kafka escribió de un tirón en una noche (22 al 23 de septiembre de 1912), un poco más de un mes después de haber conocido a Felice Bauer, a la que se lo dedica, y cuando todavía estaba en los momentos más exaltados de su seducción.
Luego también dirá:
"La condena es el fantasma de una noche" (Conversación entre Kafka y Gustav Janouch, Escritos de Franz Kafka sobre sus escritos, Anagrama, Barcelona, 1983, p. 29).
-III-

Joseph K y Leni (Anthony Perkins y Romy Schneider),, El proceso, director: Orson Welles.
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"Ahora me perteneces"


El proceso es la novela de Felice Bauer. Pero, entonces, ¿quién es Leni?
La extraña muchacha de los dedos de la mano empalmados por una membrana ha sido uno de esos misterios ocultos en la escritura de Kafka y tras el cual, críticos de todas la cataduras, han visto uno más de "esos" asuntos de sus perversos sentimientos sexuales, tanto con artificiosas interpretaciones psicoanalíticas, como con interpretaciones existenciales de filósofos y críticos literarios.
Cualquiera sea la posible solución de ese enigma, lo cierto es que se trata de una asombrosa aporía de la talla de las propuestas en los capítulos Ante la Ley y Un sueño. Sin embargo, como aquí se trata de un evidente asunto sexual y como El proceso es la novela del fallido matrimonio con Felice, es seguro que Leni es la encarnación de alguna otra de las muchachas con las que Kafka ensoñó realizar su retorcida sexualidad al tiempo que desataba el conflicto matrimonial con Felice:
"¿Tiene algún defecto físico?» «¿Un defecto físico?», preguntó K. «Sí», dijo Leni. "Yo tengo uno de esos pequeños defectos, mire." Separó los dedos medio y anular de su mano derecha, entre los que la piel que los unía llegaba casi hasta la articulación superior de los dedos pequeños. K. no advirtió inmediatamente en la oscuridad lo que ella le quería mostrar, y por eso ella le guió la mano para que lo palpase. "Vaya juego de la naturaleza", dijo K., y agregó después de haber contemplado toda la mano: «¡Qué hermosa garra!». Con una especie de orgullo, Leni miraba cómo K., asombrado, separaba y volvía a juntar una y otra vez los dos dedos, hasta que finalmente los besó fugazmente y los soltó. «¡Oh!», exclamó ella inmediatamente, «¡me ha besado!» Rápidamente, con la boca abierta, se puso de rodillas sobre el regazo de K., K. alzó, casi consternado, la vista hacia ella; ahora que la tenía tan cerca se desprendía de ella un olor amargo y excitante, como de pimienta; ella atrajo su cabeza hacia sí, se inclinó sobre él y le mordió y le besó el cuello, incluso le mordió su cabello. "¡Me ha cambiado!", gritaba de vez en cuando, «ve usted, me ha cambiado a pesar de todo». Entonces resbaló su rodilla, con un pequeño grito casi cayó sobre la alfombra; K. la abrazó para sostenerla y se vio arrastrado hacia ella. «Ahora me perteneces», dijo ella.
"Aquí tienes la llave de la casa, ven cuando quieras", fueron sus últimas palabras, y le dio todavía un beso a tientas en la espalda, mientras él se iba".
(Franz Kafka, El proceso, capítulo 10, El tío, edición crítica de Guillermo Sánchez Trujillo, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, 2005).

-IV-


Luis Scafati, ilustración para El castillo
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"[...] la escena erótica más hermosa" (Milan Kundera)


El castillo es la novela de Milena Jesenská. Ella es la mujer que más cerca estuvo de la intimidad sexual de Kafka, es la que casi logra que Kafka se abriera a la experiencia sexual y recibiera el acto de entrega sexual que una mujer le otorga. Fue un momento, porque fueron más poderosos sus miedos, tal y como lo confesará en la carta que más adelante trascribo y en la que relata los dos actos sexuales que experimentó con Milena en aquellos cuatro días memorables en Viena, el uno, consumado y feliz y el otro, fracasado y retorcido por la culpa.
Ese es el posible misterio que se desvela en esta escena de El castillo, en la que se funden y confunden ternura y temor, culpa y repugnancia, ese sentir el sexo como algo sucio y degradante y, a su vez, la inversión idealizada, que es el sentimiento que embarga a Kafka frente al sexo:
"Aún no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya estaba al lado de K debajo del mostrador.
¡Amado mío! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni siquiera rozó a K, como desvanecida de amor yacía sobre la espalda con los brazos extendidos; el tiempo no tenía límites para su dicha amorosa; y más que cantar, suspiraba alguna cancioncista. Luego se sobresaltó, pues K estaba sumido en sus pensamientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si fuera una niña:
Ven, aquí se asfixia uno.
Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.
Frieda —dijo K en el oído de Frieda y transmitió la llamada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero entonces se acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
No, no iré, nunca más iré con él.
(Franz Kafka, El castillo, Alianza, Madrid, 1996, pp. 51-52).
De las mujeres a las que Franz Kafka convirtió en motivo de seducción epistolar, fue Milena Jesenská la que más cerca estuvo de una verdadera relación íntima y sexual con él.
Si el impacto de una muchacha se refleja en la obra, el de Milena guarda proporción con el fracaso que representa: la literatura va a trasformar esta pérdida en un libro grandioso hasta en su no conclusión. Es, claro, El castillo. Kafka abraza su destino transfigurándolo. Sería inútil preguntarse si Milena es la Frieda de la novela, la “rubia insignificante”, un poco “ajada”, con la que el agrimensor rueda por el suelo en medio de charcos de cerveza y suciedad, y si hay que ver en esta profanación el anverso negro de las cartas. Lo decisivo es que Kafka haya extraído de Milena la fuerza erótica de esta escena –“la escena erótica más hermosa-, dice Milan Kundera, que se haya escrito” (Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, p. 244).



-V-


Ilustración de Robert Crumb. Franz Kafka y Milena en el partque.
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"Tu seno desnudo"


"Tu rostro sobre el mío en el bosque, y tu rostro bajo el mío en el bosque, y mi cabeza que descansa sobre tu seno desnudo" (Diarios).
El momento que motiva esta anotación de Kafka en su diario, corresponde al cuarto de los cuatro días que, a partir del 30 de junio de 1920, pasó con Milena en Viena. Y corresponde a la excursión a un parque durante la cual vivieron una íntima actividad sexual en la que, y de manera excepcional, Kafka no fue abrumado por su miedo al sexo, pero, no por mucho tiempo:
"Entre el lecho de hierba en un claro del bosque y el lecho de la habitación, la diferencia es como del día a la noche -"un abismo, dice Kafka, que no puedo franquear, probablemente porque no quiero". En el bosque, el cuerpo de Milena se inscribe en la luz del mundo, amarlo es abrazar ese todo. La “media hora en la cama” que ella evocó un día en una carta, “con desprecio, como un relato masculino”, representa una prueba mucho más terrorífica" (Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, p. 229).
Y como para Kafka sus cartas son el tribunal y el escenario en donde, además de sublimar su existencia, puede expresar con hermética sinceridad los más oscuros de sus miedos y pasiones. Esta es aquella célebre carta:
Franz Kafka, Cartas a Milena, 1920:
Lunes por la tarde
Sería un embustero si no dijera algo más que hoy, en la carta de la mañana. Sobre todo porque me dirijo a ti, ante quien puedo hablar con tanta libertad como ante nadie, pues nadie ha estado hasta ahora tan cerca de mí, tan a conciencia y a voluntad como tú, a pesar de todo, a pesar de todo. (Establece la distinción entre el gran A Pesar de Todo y el gran No Obstante.)
Las mejores cartas que me has escrito (y eso es mucho decir, pues tus cartas en totalidad son, casi línea por línea, lo mejor que haya ocurrido en mi vida) son aquéllas en las cuales justificas mi "miedo" y, al mismo tiempo, procuras explicarme que no debo sentirlo. Pero ocurre que también yo, aunque a veces parezca un sobornado defensor de mi "miedo", probablemente lo justifique en lo más hondo de mí. Es más: ese miedo es parte de mí y quizá sea lo mejor de mí. Y puesto que es lo mejor de mí, quizá sea también lo único que tú amas. Pues ¿qué cosa digna de amar puede encontrarse en mí? Mi miedo, en cambio, es digno de ser amado.
Y cuando una vez me preguntaste cómo podía decir que había pasado un sábado agradable, si tenía ese miedo en el corazón, no me pareció difícil explicártelo. Puesto que te amo (y te amo, pues, conceptualizadora mía; como el mar ama a un diminuto guijarro hundido en sus profundidades, de la misma manera le envuelve mi amor ... y ojalá yo sea también para ti ese guijarro, si el Cielo lo permite), amo el mundo entero y a ese mundo pertenece también tu hombro izquierdo, no, primero fue el derecho y por eso lo beso cuando quiero (y tú eres tan tierna como para apartar la blusa) y a ese mundo pertenece también tu hombro izquierdo y tu rostro sobre mí en el bosque y tu rostro bajo mí en el bosque y ese descansar sobre tu pecho casi desnudo. Y por eso tienes razón cuando dices que ya fuimos uno, y eso no me produce miedo alguno, es mi única dicha y mi único orgullo y no lo limito para nada al bosque.
Pero entre ese día-mundo y aquella "media hora en la cama" de la cual hablabas con tanto desprecio en una carta, definiéndola como cosa de hombres, existe para mí un abismo que no puedo franquear, probablemente porque no quiero. Allí hay un asunto de la noche, en todo sentido un asunto de la noche; aquí está el mundo y yo lo poseo y se supone que yo franquee el precipicio para penetrar en la noche y para apoderarme otra vez de ella. ¿Puede uno apoderarse otra vez de algo? ¿No equivale eso a perderlo? Aquí está el mundo, que yo poseo, y se pretende que yo franquee el abismo en nombre de un inquietante hechizo, un conjuro, una piedra filosofal, una alquimia, un anillo mágico. No quiero saber nada de eso, me inspira un miedo horrible.
¡'Tratar de atrapar en una noche, por medio de una hechicería, a toda prisa, jadeante, desvalido, poseído, tratar de atrapar por medio de una hechicería lo que cada día ofrece a los ojos abiertos! ("Quizá" no haya otra manera de engendrar hijos, "quizá" los hijos también sean un hechizo. Dejemos ese tema por ahora.) Por eso estoy tan agradecido (a ti y a todo) y por eso es, pues, samozrejmé (lógico y natural) que junto a ti me sienta absolutamente sereno y absolutamente inquieto, absolutamente coaccionado y absolutamente libre, razón por la cual, luego de haberlo comprendido, he renunciado a todo el resto de la vida. ¡Mírame a los ojos!
Por Frau K. me entero de que los libros han sido trasladados de la mesa de luz al escritorio. Tendría que habérseme consultado antes si estaba de acuerdo con el traslado. Y yo habría dicho: ¡no!
Y ahora agradéceme. Tengo ganas de escribir algo loco en estos últimos renglones (algo locamente celoso), pero he logrado reprimir ese deseo.
Y ahora basta, ahora cuéntame algo de Emilie.


***
Notas


1"En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo" (Jorge Luis Borges, Ficciones).
2Marcel Reich-Ranicki, Siete precursores escritores del siglo XX, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2003 (307 p.), p. 211. De la conferencia, Sus besos escritos, en la cual se reafirma ese fascinante misterio femenino que para Kafka entrelazaba su vida con la literatura y que, el crítico polaco, Marcel Reich-Ranicki, pronunciara en Maguncia y Hamburgo en 1983, con motivo del centenario del nacimiento de Kafka y dedicada a la publicación del libro Cartas a Milena, que contiene la correspondencia completa, ordenada cronológicamente y con un apéndice con ocho cartas de Milena a Max Brod. Además, la nota necrológica escrita para Kafka y tres de las novelas por entregas, de Milena.
3Max Brod, Kafka, Alianza-EMECE, Madrid, 1982, p. 108.
4Daniel Demarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, pp. 67-70.
5La obra se publicó por primera vez en 1927 con el título América, un título escogido arbitrariamente por Max Brod; en una carta a Felice Bauer de 11 de noviembre de 1912, Kafka se refiere a la novela con la designación El desaparecido, así como en una anotación de su Diario de 31 de diciembre de 1914.
6Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, p. 67.
7Daniel Desmarquest, Kafka y las muchachas, Edaf, Madrid, 2003, pp. 67 y 68.
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