14 de diciembre de 2008

Don Ramón María del Valle-Inclán,
maestro de intextualidades
y sus discípulos: Malcolm Lowry, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez


Por Iván Rodrigo García Palacios

¿Existen conexiones reales, posibles o hipotéticas, entre Tirano Banderas y otras obras, de don Ramón María del Valle-Inclán, con Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; Pedro Páramo y otras obras, de Juan Rulfo, y Cien años de soledad y otras obras, Gabriel García Márquez?
¿Es apropiado plantearse una hipótesis como esa en el ámbito de los estudios literarios y estéticos?
En el rigor obsoleto y anacrónico del sacrosanto templo de los mercaderes del ámbito académico, atreverse a proponer una hipótesis descabellada como esa, sería una afrenta y una herejía, salvo si se la desarrolla con una demostración ajustada al galimatías de sus dogmas, doctrinas y métodos, algunos de ellos interesantes, pero, en general, meros juegos pirotécnicos para descrestar ingenuos, nada lúdicos, con los que reprimen el gozoso placer de retornar a jugar con el fuego secreto del paraíso del misterio y lo desconocido, donde todo se origina.
En el ámbito de la LECTURA LÚDICA, ¡Sí!, porque esa lectura se inspira en el viejo consejo de Darwin: lo importante es aventurarse a formular hipótesis, y así como también en la lógica del "razonamiento por abducción", de Charles S. Peirce, el que parte del principio de que todo nuevo conocimiento depende de la construcción de una hipótesis, como lo explica Carlos Rincón:
"Se trata, según leía alguna vez en un artículo de Heinz Heckhausen, del cortocircuito, de la chispa que se produce entre dos complejos de imaginación hasta entonces separados, "por mediación de un elemento común". La complejidad de un concepto -de una imagen- puede así potenciarse, multiplicarse como por arte de magia, al estar puesta en contacto con diferentes contextos.
El tic-tac que escuchaba era quizás el mismo del reloj de Tiffany olvidado por Charles S. Peirce el 21 de junio de 1879, al llegar a Nueva York a bordo del "Bristol", y que lo llevó a descubrir el razonamiento por abducción. Mientras la inducción y la deducción, según Peirce, nada agregarían a los datos de la percepción, la abducción, dependiente de las "percepciones inconscientes de relaciones entre aspectos del mundo", sería, según su notable relato de la pérdida y recuperación del reloj olvidado y robado en el "Bristol", la inclinación a sostenr una hipótesis, con algo de instinto de adivinación. Según Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, en la yuxtaposición que hicieron en 1980 de Charles S. Peirce y Sherlok Holmes en su You Know My Method: "todo nuevo conocimiento depende de la construción de una hipótesis. Sin embargo, y dicho citando la página 238 del octavo volumen de los Collected Papers de Peirce: "Al comienzo no parece haber lugar alguno para preguntar qué la apoyaría, pues del hecho concreto de que se dispone sólo se desprende un tal vez (tal vez sí y tal vez no). Hay, sin embargo, una clara tendencia en dirección a la confirmación; y la frecuencia con que la hipótesis se establece como un hecho concreto (...) pertenece a los más sorprendentes entre los milagros del universo".
Es por ese sendero que se ingresa en el reino de la imaginación, la intuición, la adivinación, aquel en el donde los genios de las ciencias y las artes contemplan por primera vez las maravillas de todo aquello que, con el "furor" de su entusiasmo y el esfuerzo de sus mentes, trasformarán en razón y obra maestra, porque sólo aquellos que se atreven a jugar con el fuego secreto entran en aquel paraíso.
Sin pretender de genio, sólo de LECTOR LUDI, me atrevo a pensar y a proponer esa hipótesis descabellada, sin mayores atributos que los de un jugador que emprende un juego sin fin, nuevo, cuyas reglas y resultados se construyen al jugar, porque, al fin, lo que hace el LECTOR LUDI, es lo mismo que, así no lo reconozcan, hacen los críticos académicos: inventar sus propios juegos interpretativos sobre los inventos imaginativos y racionales de escritores y filósofos.
Así que empecemos.

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Sería inconcebible negar que en el México, donde Malcolm Lowry escribió Bajo el volcan, Juan Rulfo escribió su obra y Gabriel García Márquez escribió Cien años de soledad, ellos tres no hubieran realizado una asombrada y nutritiva lectura de Tirano Banderas y de otras obras de don Ramón María del Valle-Inclán, máxime que esa novela es, por tema, contenido y escenario, mexicana y por escritura, vanguardia en lo mejor de literatura europea. Mejor dicho, lectura de culto en el ámbito intelectual mexicano desde su publicación en 1926.
En esas mismas condiciones y por orden de prelación cronológica, es innegable que Juan Rulfo leyera, también, Bajo el volcán y que Gabriel García Márquez -que si lo reconce- leyera Bajo el volcán y sobre Malcolm Lowry -lo que desmontó y volvió a montar como a una máquina literaria-, así como también la obra de Juan Rulfo -la que se aprendió de memoria-.
Aceptado que ellos realizaron tales lecturas, es del caso pensar que las mismas provocaron los más asombrosos efectos. Al hacer una lectura lúdica de sus obras, parece que ellos estuvieran escribiendo, a su propio genio, modo y estilo, en aquella estética que don Ramón María del Valle-Inclán propuso con su escritura de esperpentos y fantoches en la Escena XII, de Luces de bohemia:
"Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada".
A lo que después le agregó en el prólogo de Los cuernos de don Friolera:
"Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos".

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Quizás las conexiones más difíciles de mostrar sean aquellas que se puedan establecer entre Malcolm Lowry y don Ramón María del Valle-Inclán, su Tirano banderas y algunas de sus otras obras. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que para esa época de 1936-1937, Malcolm Lowry no sólo estaba interesado por los sucesos de la Guerra Civil Española, sino que, en Bajo el volcán, hace notables referencias de autores y obras de la literatura española.
Como material de ilustración literaria sobre México, Malcolm Lowry debió leer una traducción al inglés de Tirano Banderas, junto con algunas otras obras de la literatura mexicana, por recomendación en la librería American Book Store de la avenida Madero, de Ciudad de México, la que visitaba cada que iba a recoger el dinero del giro, en 1936 y 1937, es decir, desde antes y durante la escritura del primer cuento de Bajo el volcán y el primer manuscrito de la novela.
Hay que recordar que Malcolm Lowry no sólo era un lector voraz, si no también un escritor antropófago, que se devoraba en sus notas la realidad en la que habitaba y se movía, las conversaciones con sus amigos y las demás personas, los escritos y cartas de sus esposas y de sus amigos, lo que se publicaba en periódicos y revistas, así como su propia vida y la de aquellos a los que se acercaba o se le acercaban, todo ello para convertirlo, muchas veces casi textual, en materia de su escritura y de sus obras.
Así que no es de extrañar que las definiciones estéticas, asunto sobre el que vivía obsesionado, y la obra de don Ramón María del Valle-Inclán, hubieran impresionado a Malcolm Lowry, hasta el punto de tomar de sus materias algunas para Bajo el volcán, para el caso, esa estética de esperpentos y fantoches, a la que se acomoda con precisión.
Llaman notoriamente la atención las trasposiciones que pueden identificarse y establecerse entre algunas escenas y motivos de Tirano Banderas en Bajo el volcán.

Algunas de las más notables son:

1. Las escenas de Nachito Veguillas y Lupita, la Romántica, en Tirano Banderas y la de Geofrey Firmin, el cónsul, y María, en Bajo el volcán:
En Tirano Banderas: Tercera parte, Libro segundo, pp. 72-81 y en Bajo el volcán: Páginas: 386 a 392.

2. El TioVivo, ese mismo aparato que con el nombre de La máquina infernal, aparece en Bajo el volcán. es de especial importancia significativa en ambas novelas.

En Tirano Banderas, estas dos escenas:

"Con las luces del alba la mustia pareja del ciego lechuzo y la chica amortajada escurríase por el Arquillo de las Madres Portuguesas. Se apagaban las luminarias. En los Portalitos quedaba un rezago de ferias: El TioVivo daba la última vuelta en una gran boqueada de candilejas. El ciego lechuzo y la chica amortajada llevan fosco rosmar, claveteado entre las cuatro pisadas" (TB, IV, libro segundo, p. 76).
(...)
"Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un tiovivo. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños, concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba el negro perfil de su arquitectura San Martín de los Mostenses. (TB, VII, libro segundo, p. 203).
Para mayor asombro, estas ferias en Tirano Banderas, no son otras que las de Santos y Difuntos, o sea, ese mismo día de lo que se narra en Bajo el volcán. Un circo y un día de alucinatoria confusión y delirio llevados al extremo.
En Bajo el volcán, ese TioVivo aparece con el nombre de La máquina infernal, como referencia a la obra del mismo título de Jean Coucteau, en la escena del Capítulo 7, pp. 254-258, la misma que establece otra conexión con Tirano Banderas, esta vez con las alucinaciones del embajador de España, el Barón de Benicarlés, en Tirano Banderas y los delirios de Geofrey Firmin, el cónsul, encaramado en ese TioVivo, en Bajo el volcán.
Se trata también de ese "penetrar en la conciencia de un personaje -el Barón de Benicarlés- para ofrecernos los "toboganes" de su pensamiento", esos "toboganes de sombra" de don Ramón María del Valle-Inclán (2), de igual manera que Malcolm Lowry penetra en la conciencia de Geofrey Firmin.
Las alucinaciones de El Barón de Benicarlés, ministro (embajador) de España ante Santa Fe de Tierra Firme (Punta de las Serpientes): (Parte VI, Libro tercero: La nota, p. 181-182):
"El Excelentísimo Señor Ministro de España había pedido el coche para las seis y media.
El Barón de Benicarlés, perfumado, maquillado, decorado, vestido con afeminada elegancia, dejó sobre una consola el jipi, el junco y los guantes: Haciéndose lugar en el corsé con un movimiento de cintura, volvió sobre sus pasos, y entró en la recámara: Alzóse una pernera, con mimo de no arrugarla, y se aplicó una inyección de morfina. Estirando la zanca con leve cojera, volvió a la consola y se puso, frente al espejo, el sombrero y los guantes. Los ojos huevones, la boca fatigada, diseñaban en fluctuantes signos los toboganes del pensamiento. Al calzarse los guantes, veía los guantes amarillos de Don Celes. Y, de repente, otras imágenes saltaron en su memoria, con abigarrada palpitación de sueltos toretes en un redondel. Entre ángulos y roturas gramaticales, algunas palabras se encadenaban con vigor epigráfico: — Desecho de tienta. Cría de Guisando. ¡Graníticos!— Sobre este trampolín, un salto mortal, y el pensamiento quedaba en una suspensión ingrávida, gaseado: —¡Don Celes! ¡Asno divertido! ¡Magnífico!— El pensamiento, diluyéndose en una vaga emoción jocosa, se trasmudaba en sucesivas intuiciones plásticas de un vigoroso grafismo mental, y una lógica absurda de sueño. Don Celes, con albarda muy gaitera, hacía monadas en la pista de un circo.
Era realmente el orondo gachupín. ¡Qué toninada! Castelar le había hecho creer que cuando gobernase lo llamaría para Ministro de Hacienda".
"El Barón se apartó de la consola, cruzó el estrado y la galería, dio una orden a su ayuda de cámara, bajó la escalera. Le inundó el tumulto luminoso del arroyo. El coche llegaba rozando el azoguejo. El cochero inflaba la cara teniendo los caballos. El lacayo estaba a la portezuela, inmovilizado en el saludo: Las imágenes tenían un valor aislado y extático, un relieve lívido y cruel, bajo el celaje de cirrus, dominado por media luna verde. El Ministro de España, apoyando el pie en el estribo, diseñaba su pensamiento con claras palabras mentales: —Si surge una fórmula, no puedo singularizarme, cubrir-me de ridículo por cuatro abarroteros.
¡Absurdo arrostrar el entredicho del Cuerpo Diplomático! ¡Absurdo!— Rodaba el coche. El Barón, maquinalmente, se llevó la mano al sombrero. Luego pensó: —Me han saludado.
¿Quién era?—. Con un esguince anguloso y oblicuo vio la calle tumultuosa de luces y músicas. Banderas españolas decoraban sobre pulperías y casas de empeño. Con otro esguince le acudió el recuerdo de una fiesta avinatada y cerril, en el Casino Español. Luego, por rápidos toboganes de sombra, descendía a un remanso de la conciencia, donde gustaba la sensación refinada y te-diosa de su aislamiento. En aquella sima, números de una gramática rota y llena de ángulos, volvían a inscribir los poliedros del pensamiento, volvían las cláusulas acrobáticas encadenadas por ocultos nexos: —Que me destinen al Centro de África. Donde no haya Colonia Española... ¡Vaya, Don Celes! ¡Grotesco personaje!... ¡Qué idea la de Castelar!... Estuve poco humano. Casi me pesa. Una broma pesada... Pero ése no venía sin los pagarés. Estuvo bien haberle parado en seco. ¡Un quiebro oportuno! Y la deuda debe de subir un pico... Es molesto. Es denigrante. Son irrisorios los sueldos de la Carrera. Irrisorios los viáticos".
Y, los delirios del cónsul, ver, como ya dije, Capítulo 7, pp. 254-258: Hay que recordar que Geofrey Firmin es cónsul destituido de Inglaterra y que el embajador español, en esa escena, se dirige hacia la Legación inglesa.

NOTAS
(1) Cita tomada de: Carlos Rincón, García Márquez, Hawthorne, Shakespeare, De la Vega & Co. Unltd., Serie La Granada Entreabierta, 86, Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá / 1999, pp. 66-67.
(2) Juan Rodríguez, Introducción a la edición crítica de Tirano Banderas, Planeta, Barcelona, 1994, p. XXI.
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