17 de noviembre de 2008

LECTOR LUDI-66

Notas y citas para un juego de LECTOR LUDI y de lectura erótica
de El remordimiento


- Los heroicos furores, de Giordano Bruno y sus conexiones, correspondencias y relaciones en El remordimiento (Salomé) y en la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, de Fernando González

Por Iván Rodrigo García Palacios


Como LECTOR LUDI, curioso por abducir y proponer hipótesis descabelladas sobre posibles conexiones, correspondencias y relaciones entre diversidad de autores y obras y desde que Ernesto Ochoa Moreno, cuando todavía éramos compañeros de trabajo en El Colombiano, atrajo mi curiosidad sobre la admiración que Fernando González había expresado por Giordano Bruno, ha sido un asunto que ha excitado mi atención y sobre el que ya he propuesto una que otra hipótesis descabellada.

Estando en ese juego de LECTOR LUDI se me apareció algo novedoso, la hipótesis descabellada de que "el remordimiento" es una propuesta original de perfeccionamiento personal, de Sabiduría y de conocimiento que hace Fernando González al redefinir y ese concepto moral cristiano para convertirlo en una experiencia de vida en la línea de lo propuesto por los estoicos, por Séneca y el "fatum" para el hombre que se perfecciona (1), por Spinoza y su "remedio o medicina", por Giordano Bruno y su "furor" y sus "furiosi debaccanti" y por Friedrich Nietzsche y su "amor fati".

El "fatum" de Séneca y "el furor" de Giordano Bruno, como luego lo fuera para Spinoza su "remedio o medicina", o para Nietzsche su "amor fati" y para Fernando González "el remordimiento", es la propuesta de un camino, un método, para incitar a los hombres hacia la perfección por medio de la contemplación y la comunión con la Naturaleza infinita; es el camino para unirse con Dios y ser dioses ellos mismos. Es el camino a la perfección, a la Sabiduría y al conocimiento que se les ofrece a aquellos Acteones, "furiosos", a aquellos que aceptan el "fatum" de Séneca, aspiran al "furor" de Giordano Bruno, toman el "remedio o medicina" de Spinoza, que asumen el "amor fati" de Nietzsche y a aquellos que padecen "el remordimiento", por contemplar, atisbar, la desnudez de Diana/Toní: naturaleza infinita que expresa la infinita esencia de la causa divina y que, al hacerlo, "son devorados por sus perros y de cazadores devienen en presa".

El hombre es artífice de su destino y el objeto de su búsqueda es el estado ideal: la perfección (Sócrates, Platón, Séneca, Averroes, Bruno, Spinoza, Nietzsche,...).

Todo esto sucedió en medio de esos juegos míos por establecer las asombrosas y fascinantes conexiones, correspondencias y relaciones, así como sugerir las inmensas posibilidades de un análisis crítico y comparativo, que se pueden establecer entre los textos de Los heroicos furores, de Giordano Bruno, con El remordimiento (Salomé) y la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, de Fernando González.

Tanto Los heroicos furores como El remordimiento (Salomé) y la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, son, al mismo tiempo y de manera inseparable, obras literarias y filosóficas, asunto al que, por el propósito de estas notas, sólo menciono de paso y porque ya lo había expuesto en mi LECTOR LUDI-65.

Los heroicos furores, es la escenificación en forma de diálogo, escrito en versos, como se usaba en esa época, mediante la cual Giordano Bruno expone sus ideas y propuestas y las debate desde los diferentes puntos de vista de los dialogantes, al tiempo que propone los propios y sus conclusiones.

El remordimiento (Salomé), son novelas en las que, de manera simultánea, se narran, exponen y describen los procesos íntimos y externos, ánimo y conductas, pensamientos y sucesos, ámbito y circunstancias, mediante los cuales un personaje examina, analiza, explica y dramatiza, el surgimiento y desarrollo de ese fenómeno de "el remordimiento", íntimo y espiritual, pasional y físico, desde sus causas y consecuencias, así como también y en breves ensayos, presenta sus apreciaciones, conclusiones y propuestas, a manera de guía espiritual y material para el logro de su objetivo: el perfeccionamiento del ser humano y su unión con la divinidad: la vida del "santo".

Aclaro que, en este juego de LECTOR LUDI, apenas si menciono, en lo necesario, el otro elemento genético literario primordial y participante en El remordimiento (Salomé): la vida y la obra de Baruch Spinoza, en especial, sus obras: El Tratado Breve y la Ética, cuyas reflexiones y propuestas iluminan de manera radiante el método explicativo que emplea Fernando González para definir tanto a "el remordimiento" como a las emociones, a las pasiones y a la conducta humana.

Baruch Spinoza es otra lectura que sería necesario jugar si se quieren establecer las conexiones, correspondencias y relaciones de Fernando González con aquella vida y obra, así como a las conexiones de Baruch Spinoza con Giordano Bruno, tal y como las explica Alberto Restrepo González en su libro: Para leer a Fernando González (2). Además, Baruch Spinoza fue motivo de admiración para Fernando González, a quien consideró una de sus lecturas de cabecera por buena parte de su vida y al cual critica en su última obra: Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, según la cita de Alberto Restrepo González:

"Los que no les ha sido dada la gracia de viajar o ser el Paraíso y la Perturbación Original, se quedan en el vacío... Ejemplo, el más protuberante, es Benedicto Spinosa (la ortografía es de F. G.), que subió al Inefable, y que murió prematuramente desgastado por el esfuerzo de hallarle una explicación "lógica", "racional", a lo que él llamaba NATURA NATURATA, o sea, a los mundos estético y mental (Natura Naturans manifestada). No fue, no pudo hacerse la Perturbación Original, y así quedó en el vacío el hombre más bien dotado para la Sabiduría que haya existido en la tierra" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, Itinerario, 19).

Para este juego, también, he vuelto a leer con juicio el aparte correspondiente a Giordano Bruno en el estudio de Alberto Restrepo González, porque en su análisis él establece con atinada y sensible pertinencia las relaciones con las que Fernando González conecta su vida y obra con la vida y obra de Giordano Bruno, en los siguientes puntos, entre otros:

Primero:

"La vida y la obra de Giordano Bruno, experiencia viva de la universalidad de la conciencia y convivencia con los fenómenos de la vida, tiene para González gran poder consolatorio:

"El filósofo, decía Giordano Bruno, tiene a la Tierra por patria. Y aún el cielo, agrego yo. También decía de sí mismo que era hijo del Sol y de la Tierra...

El recuerdo de Giordano me consuela; sus palabras me enamoran más que muchacha graciosa y sana. Con su recuerdo me vengo de que se marchiten las Toní y las Taylor. En la librería Flamarión vi una así, parecida a la Taylor y puedo afirmar que me conmueve más Giordano Bruno, a pesar de que aquella hasta me hizo sufrir por el ansia. (Fernando González, Salomé)" (3).

Segundo:

"Su vida y su obra se enraízan y articulan con la vida y la obra de Bruno, a partir del sentido místico-panteísta del filósofo italiano" (4).

Tercero:

"Rechazo de pedantes, gramáticos, académicos y gentes dedicadas al ejercicio libresco, que apartan los ojos de la naturaleza y de la vida" (5).

Y, cuarto:

"Concepción de la realidad como unitotalidad sustancial o ser único, aparentemente múltiple, pues como dice Ángel Vasallo: "Bruno inicia el panteísmo moderno, tanto el panteísmo de la sustancia (Spinoza) como el panteísmo del logos (Hegel)" (6).

***

A partir de mis juegos de LECTOR LUDI con la vida y la obra de Giordano Bruno y con las de Fernando González, se me ocurre hacerle a Alberto Restrepo González los siguientes comentarios de discípulo:

Primera:

En el primer punto, diría que, además de "consolatorio", Giordano Bruno fue para Fernando González la revelación de "el furor"/"el remordimiento", en la contemplación de la desnudez de la muchacha alsaciana, Diana/Toní.

Dice Giordano Bruno:

"Rarísimos son, como digo, los Acteones a los que concede el destino poder contemplar a Diana desnuda y transformarse de tal modo que -prendados de la armónica belleza del cuerpo de la naturaleza, y vislumbrados ellos por esas dos luces, gémino resplandor de la divina bondad y belleza- vengan convertidos en ciertos, no siendo ya cazadores sino presas. Pues el término y fin último de esta cacería el llegar a la captura de esa fugaz y montaraz pieza, por la cual el depredador vuélvese presa y el cazador caza. En cualquier otra especie de cacería en que se persiguen cosas particulares, es el cazador quien atrae a sí a las otras cosas, absorbiéndolas por la boca de la propia inteligencia; mas en tratándose de divina y universal caza, llega de tal modo a apresarlo que es él quien queda forzosamente prendido, absorbido, unido. Y así, vulgar, ordinario, civil, popular como era, deviene ahora selvático cual ciervo morador de los desiertos; vive divinamente en las frondosidades de la selva, en los aposentos nada artificiales de los cavernosos montes, admirando las fuentes de donde manan los grandes ríos y vegetando intacto libremente con la divinidad, a la cual aspiraran tantos hombres que en la tierra quisieron gozar de celeste vida, y que como una sola voz dijeran: "He aquí que me alejé huyendo e hice mansión en la soledad" (Salmos, 54, 8)"(Los Heroicos Furores, II, 2).

Dice Fernando González:

"Creo que los jóvenes no me perdonarán; no pueden comprenderme. Están imposibilitados. Los jóvenes son muy bellos, pero de ignorancia repugnante. Desde el punto de vista espiritual, nada peor que la juventud. ¡Claro! Juventud es carne prepotente. Apenas si puedo aspirar al perdón de aquellas señoritas que acaban de terminar los ejercicios de San Ignacio. Los demás sí me perdonarán, o sea, los que han transitado conmigo el camino del espíritu, o los que ya perdieron las hormonas y que dicen: “¡Nada como el renunciamiento!”.

Por mi parte, fue que nací teólogo; me considero gente de iglesia. Cuando me paseo por los atrios de los templos, me parece que estoy en casa." (El remordimiento).

Segunda:

En el segundo punto, sobre "el sentido místico-panteísta", le agregaría el tema del naturalismo animado que Giordano Bruno interpreta a partir del hedonismo y materialismo de Epicuro y demás sabios de la antigüedad, en su lectura del poema de Tito Lucrecio Caro, De rerum natura, así como de filósofos y poetas griegos y latinos.

Lo que a su vez me permite abducir las atracciones electivas que conectan a Friedrich Nietzsche con Epicuro y con Giordano Bruno, así como a Fernando González hacia ellos. Algo de este asunto lo traté en el LECTOR LUDI-54. Bruno/Zaratustra: Giordano Bruno y Friedrich Nietzsche, profetas/mártires de Epicuro.

Tercera:

En el punto tercero, quiero decir que las más deliciosas definiciones y burlas sobre los pedantes y el resto de esa fauna, las hace Giordano Bruno en sus diálogos italianos: La cena de las cenizas, La expulsión de la bestia triunfante, Cábala del Caballo Pegaso y Los heroicos furores.

A estos personajes, Giordano Bruno, además de denominarlos pedantes como lo hace Erasmo, también los define de manera precisa como "asnos y silenos".

Cuarta:

Tal vez polémica, porque, a mi interpretación, Fernando González, al igual que Giordano Bruno, se propuso encontrar el campo universal en el que se conciliaran filosofía y teología, ciencia y religión, fe y razón, mística e imaginación. Un campo en el cual Naturaleza y Espíritu puedan ser y estar sin confrontaciones como asuntos vitales para paganos y cristianos. Algo así como un naturalismo espiritual como el que propuso George Santayana.

Lo que explicaría el que Fernando González, con posterioridad, considerara a Baruch Spinoza más cercano a su intimidad y se identificara con su vida y obra, sin por ello dejar de admirar a Giordano Bruno y a Friedrich Nietzsche, al fin y al cabo, en Bruno, Spinoza, Nietzsche, etc., está el génesis a partir de la cual Fernando González desarrolla su original pensamiento y mística. Estos son asuntos mayores que ameritan otra ocasión.

Quinta:

Resalto de manera especial la conciliación de mística e imaginación, porque, para Giordano Bruno como luego lo fue para Fernando González, la contemplación y comunión con la Naturaleza infinita, son la forma de hacerse uno con la divinidad o dioses ellos mismos.

Dice Bruno, místico:

"¿Cómo entiendes tú que la mente aspire alto? ¿Verbigracia contemplando las estrellas? ¿Acaso el cielo empíreo, más allá del cristalino?

No, por cierto, sino procediendo hacia lo más profundo de la mente, para lo cual no es menester abrir desmesuradamente los ojos al cielo, alzar las manos, dirigir los pasos hacia el templo, aturdir las orejas de las imágenes a fin de ser mejor atendido; sino llegar a lo más intimo de sí, considerando que Dios se halla cercano, consigo y dentro de sí más de lo que él mismo pueda estarlo, como es propio de aquello que es alma de las almas, vida de las vidas, esencia de las esencias, y teniendo en cuenta que cuanto ves arriba o abajo, o en torno -como gustes decir- a los astros, son cuerpos, criaturas semejantes a este globo en el que nos hallamos y en los cuales la divinidad no se halla ni más ni menos presente que en éste nuestro o en nosotros mismos. He aquí, pues, cómo es preciso en primer lugar el retraerse de la multitud en uno mismo" (Los Heroicos Furores, II, 1).

Dice Fernando González, místico:

"Así llegó y entró en casa el remordimiento, es decir, la mujer que había de amarme y a quien yo diría no, con pena y alegría. Lo primero, porque renunciar a las cosas buenas entristece siempre, y lo segundo, porque me había creado en el curso de la vida una motivación nueva, la cual quedó satisfecha. Desde la infancia he vivido meditando, parado en los rincones o al pie de los árboles. Una mañana, durante mi niñez, amaneció una rosa en la punta de una vara alta y joven, en el patio de casa; el Sol la acariciaba. Allí me quedé buscando, con el aspecto de quien busca, al menos. Cuando leí que Sócrates permanecía parado afuera, a la intemperie, durante horas y hasta días, me alegré mucho porque ya tenía un santificador. Durante la niñez y juventud me había creado motivaciones; en Bonneveine, ya estaba preparado para la llegada de Toní" (El remordimiento).

"Y, para terminar, explicaré cómo hube estos manuscritos y personaje del drama: así como hay que atisbar en el silencio de las noches para ver las estrellas viajeras, yo me he dado a atisbar en soledad, y he recibido en casa la visita de misteriosos viajeros. No hay tal soledad; lo que así llaman es precisamente la compañía y viceversa" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

De la imaginación, dice Giordano Bruno:

"La idea, la imaginación, la ficción, la configuración, la designación, la notación son la obra universal de Dios, la naturaleza y la razón, y está en poder de la analogía de aquella el que la naturaleza pueda admirablemente representar la acción divina, y que el ingenio humano pueda emular, por ello, la operación de la naturaleza" (De Imaginum, signorum et idearum compositione).

De la imaginación, dice Fernando González:

"Porque resulta que la inteligencia objetiva nuestros actos y los critica; nos objetivamos y nos criticamos. Entonces dice: “Podrías haber obrado de otro modo mejor; ser más noble, etc.”. La imaginación nos hace ver las lejanas promesas de seres que seremos, más bellos, que no hacen lo que hicimos. Somos el animal erecto que mira siempre al horizonte, línea que siempre se aleja, ideal que nunca se alcanza" (El remordimiento).

A manera de digresión, esa definición de horizonte es la misma que propone María Zambrano, pero ese es otro asunto.

Los diálogos de Giordano Bruno debieron ser lecturas que Fernando González realizó con inspirado e iluminado gozo: Acteón/F.G. contempla desnuda a Diana/Toní y es presa de los perros... de "el remordimiento" y de cazador deviene presa.

***

El pretexto de estas notas era desde el principio un juego de LECTOR LUDI: mirar las posibles o evidentes conexiones, correspondencias y relaciones que, a una somera lectura de comparación de textos, parecen establecerse entre Los heroicos furores, de Giordano Bruno, con El remordimiento (Salomé) y con La tragicomedia del padre Elías y Martina La Velera, de Fernando González.

Todo ello, porque Fernando González propone una nueva y original definición y reconceptualización de lo que hasta ese momento se consideraba a "el remordimiento", con toda su carga de moral cristiana, para proponer así un nuevo sentido de "el remordimiento", conectado y correspondiente con lo propuesto por el estoicismo, Séneca y el "fatum" y el hombre que se perfecciona, por Giordano Bruno y su "furor" y "furiosi debaccanti", por Spinoza y su "remedio o medicina", por Friedrich Nietzsche, él mismo, su Zaratustra y su "amor fati".

Claro que la idea monumental sería poder establecer, en análisis detallado, las juiciosas lecturas de Fernando González durante su experiencia europea que pudieron significar la escritura singular de El remordimiento (Salomé), novelas únicas y atípicas en su biografía y bibliografía, al mismo tiempo, demostrar que esas experiencias de lectura y escritura son vividas en las obras de ese período y fue materia de iluminación e inspiración para sus originales propuestas inmediatas y posteriores, como se podría mostrar con las conexiones, correspondencias y relaciones que también pueden establecerse con las obras que escribió a partir de entonces y hasta su última obra, Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera. Pero eso también es mucho para mi disposición.

Así que mejor me concreto en el pretexto inicial. Eso sí, dejo a los hermeneutas el análisis crítico que sugiere esta comparación de citas, porque, como ya lo dije, es una labor monumental y deliciosa, dada la riqueza, no sólo en la comunidad temática sino también mítica y simbólica que poseen tanto las obras de Giordano Bruno como las de Fernando González.

***

Sobre los mitos y los símbolos que emplea Fernando González en su escritura es mucho más lo que no se ha estudiado y dicho, salvo, si así se puede considerar, la simbología cristianizada. Por ello... otra hipótesis descabellada:

Los motivos míticos y simbólicos empleados por Fernando González parecen extraños y complejos, ello se debe a que él traspone y transforma los mitos y símbolos clásicos tradicionales para elaborar sus propias versiones, al tiempo que recurre a nuevas fuentes mitológicas y simbólicas para reinterpretarlas a partir de su propia imaginación, formación y ámbito cultural.

Por ejemplo, en un mundo y una época en la que ya no pueden existir bosques sagrados habitados por los dioses y en los cuales Acteones extraviados puedan contemplar la desnudez de Diana y ser presa de sus propios perros, Fernando González traspone el mito en una selva urbana de casas, calles, parques, jardines, iglesias católicas y un cuarto de hotel en donde se contempla, se atisba, la desnudez de Toní y se es presa de "el remordimiento".

En El remordimiento (Salomé), ese proceso de reinterpretación de nuevas fuentes es evidente. Basta analizar los escenarios donde nace y se desarrolla "el remordimiento": las casas, las calles, los jardines, los parques. Parece evidente que han sido tomados de una fuente actual, que han sido inspirados en las obras del pintor primitivista francés, Henri Rousseau, "El Aduanero". Ver el cuadro: Primavera en el Valle de Biévre, 1909, en donde es posible ver las casas, jardines y parques, en los cuales se desarrollan los eventos de El remordimiento (Salomé). Además, ¿será coincidente ese motivo de la primavera, esa estación que excita las reflexiones de Fernando González para sufrir "el remordimiento"?:

"La casa tiene dos pisos. El jardín, atrás, diez por siete metros, limitado con paredes altas y por un seto de madera a la derecha. Este seto, sobre muro de calicanto, es tan importante como las eras de hojas perennes que hay contra los muros de derecha y de izquierda, pues por allí fueron los amores de Salomé, la gata blanca" (El remordimiento).



De manera mucho más específica, obsérvense los escenarios en los cuales se realiza el rito de apareamiento de Salomé con el gato negro de M. Rousseau (¿otra coincidencia?). Así como también el motivo, la escena de la contemplación de la desnudez de Diana/Toní. Esos motivos se corresponden de manera extraordinaria con la pintura titulada El sueño, 1910, en la que una muchacha desnuda está acostada en medio de una selva exuberante junto a un felino y a un músico negro. Igual sucede con las demás pinturas de temática selvática de Henri Rousseau, "El Aduanero" que, seguramente, le trajeron a Fernando González remembranzas de sus selvas tropicales:



"Este jardín está cubierto de cascajo blanco amarillento. Un plátano le da sombra en verano. Todas las casas de madame Babí tienen un árbol, importantísimos, porque en ellos se trepaba la virgen Salomé, huyendo e implorando al mismo tiempo al gato negro de madame Rousseau" (El remordimiento).

"El hecho esencial de esta historia es que Toní era virgen en Europa, de diecinueve años y gran capacidad deleitadora; que entró a casa y que le fue naciendo el deseo de apoderarse de mí; que me urgió con actos, sin palabras; que me sentí elevado por el orgullo de saber que podría gozar mucho, que podría irme bajo los plátanos, como mi gata “Salomé”, como madame Rousseau, como todo lo primaveral, y que no lo hacía, para ofrecerle un sacrificio al Espíritu" (El remordimiento).

Para abundar en extrañas correspondencias, ver la pintura de Henri Rousseau, "El Aduanero", Retrato de Pierre Loti, con gato, 1891. ¿Tendrá alguna relación con la lectura de las novelas de ese escritor francés quien fuera influido por el historiador religioso Ernest Renan?



Para Fernando González las obras de las artes plásticas como todo lo demás que lo excitaba, eran puntos de partida para la contemplación y la búsqueda de la perfección, por ejemplo, es en El hermafrodita dormido donde con mayor amplitud desarrolla su tratado de estética contemplativa. He aquí lo que dice en El remordimiento:

"Por mi parte, en Europa, en bata de baño o con la guía bajo la axila, yo creí que la verdad la tenían Teanós, Toní, madame Rousseau, Irene de París, las venus griegas, las ruinas romanas, la mujer de Ostia, Anita Tilotta, las pinturas italianas, Miguelángel, Leonardo... Una vez creí que estaba en Pompeya, en la casa de los Vetti; a poco, que se escondía en el gran lupanar; luego, la busqué en libros y conferencias. Un día, en primavera, parado en la Plaza de la Concordia, mirando hacia el Arco del Triunfo, creí que en ese atardecer tan luminoso, la verdad, Dios, estaban dispersos en el aire dorado de los Campos Elíseos. Y hoy, en Colombia, entre las cañadas de Envigado, a pesar de que sé que eso no se encuentra en la Tierra, subconscientemente vivo creyendo que la cosa la tenían Teanós y Toní y que se quedaron con ella a orillas del Huveaune..." (El remordimiento).

Esos son asuntos para otra lectura.

***

He escogido, específicamente, Los heroicos furores, de Giordano Bruno, así como El remordimiento (Salomé) y La tragicomedia del padre Elías y Martina La Velera, de Fernando González, por tres razones principales:

La primera, por las conexiones, correspondencias y relaciones, posibles y evidentes, entre los asuntos, motivos, símbolos y textos, de Los heroicos furores tanto con El remordimiento como con Salomé, aun cuando dejé de lado citar esta última.

La segunda, las comparaciones con La tragicomedia del padre Elías y Martina La Velera, sólo tienen el propósito de sugerir la permanencia de esas ideas en Fernando González, treinta años después de haber escrito esas dos obras.

La tercera, la escogencia de Los heroicos furores, de Giordano Bruno y El remordimiento (Salomé), de Fernando González, se explica porque me parece evidente la conexión, correspondencia y relación: la Erótica -la contemplación que provoca la comunión- que identifica a Diana con Toní, mediadoras, ambas, para acceder al "furor", la Sabiduría, el conocimiento y "el remordimiento". Y, porque los asuntos y temas de esas dos obras serán motivos, para ambos autores, de reflexión en sus posteriores propuestas y obras.

Tengo que reconocer que hacer cualquier comentario de las obras de Giordano Bruno y de Fernando González, significa enfrentar especiales dificultades:

La primera:

Tanto Giordano Bruno como Fernando González son generosos en el uso de imágenes, motivos y símbolos preñados, por una parte, de significados sutiles y, por la otra, de conexiones, correspondencias y relaciones, con sus propias vidas y con la vida y la obra de muchos de aquellos gigantes que les precedieron y a los que ellos admiraron o criticaron.

La segunda:

La escritura del uno y del otro se deleitan con sus ideas y motivos, hasta el punto de parecer reiterativos y, en apariencia, contradictorios. Esto sucede porque ellos, cada vez que tratan un asunto, lo hacen con nuevos aportes, variaciones, ampliaciones y refinamientos, afilan el sentido y la interpretación, tal y como si estuvieran pintando un cuadro en el que cada nueva pincelada añadiera nuevas y profundas dimensiones al conjunto.

De ahí la dificultad de citarlos y compararlos adecuadamente, porque, al seleccionar cada fragmento, cada texto y cada cita, habría que citar todos y cada uno de los textos en los que cada motivo e idea es tratado para poder visualizarlo en su totalidad. Además, es patente el peligro de hacer citas descontextualizadas, incompletas y parcializadas. Eso, me parece, explica el por qué los estudiosos de sus obras, al comentarlos, tienen que recurrir a gran proliferación de citas y transcripciones.

La tercera:

Lo difícil que ha sido, para los lectores y estudiosos de las obras y el pensamiento, tanto de Giordano Bruno como de Fernando González, el acomodarlos en los marcos de análisis, referencia y sistematización exigidos por el acadamentismo, pedantismo, moderno y racional, hasta el punto de marginarlos y malinterpretarlos en los manuales de filosofía, descartando o ignorando la importancia fundamental de sus propuestas.

Ello se debe al prejuicio de que en tales obras no se propone una reflexión sistematizada, organizada, categorizada y sustentada del desarrollo de ideas legitimadas por la tradición, cuando es, precisamente, su actitud subversiva contra tal tradición, subversión al interior de la tradición, la que los distingue, porque ellos se acogen a aquella tradición en la que los hombres narraban sus mitos, sus búsquedas y sus descubrimientos en los misterios del universo y en la condición humana. Eso es lo que Giordano Bruno y Fernando González hacen y proponen con la exuberancia de su reflexión y estilo y por eso los críticos no pueden ver: "los árboles no dejan contemplar el bosque, mejor dicho, la selva".

Creo que esta dificultad puede vencerse, para el caso de la vida y la obra de Fernando González, imaginando una nueva forma de leerlas y estudiarlas, trazando un nuevo árbol genealógico de esas ideas y pensamientos, tal y como ya lo están realizando las nuevas generaciones de admiradores y estudiosos con la vida y la obra de Giordano Bruno.

Un árbol genealógico que, partiendo de las propias ideas y pensamientos de Fernando González, se remonte y descubra las semillas, raíces y líneas genéticas, evoluciones y mutaciones incluidas, que las han generado, para así demostrar su originalidad y su potencia subversiva y no viceversa como hasta el momento.

Una lectura Erótica como esta que hago de Los heroicos furores y El remordimiento (Salomé), es la que podría provocar, además de los gozos del LECTOR LUDI, una forma diferente de lectura que contempla el todo y se hace uno con él en su totalidad y partes.

Al fin y al cabo ese es el método que propone la contemplación de la desnudez de Diana/Toní y ser convertidos en Acteones devorados por sus perros para devenir de cazador en presa.

***

Así que, para no ser la excepción, ofrezco mi selección comparativa de textos y citas de Los heroicos furores, de Giordano Bruno, con aquellos que, de El remordimiento y la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, de Fernando González, parecieran sugerir evidencias de conexión, correspondencia y relación, advirtiendo lo ya advertido, ameritan un mejor y detallado análisis crítico.

A continuación y separadas en cuatro apartes, presento esas comparaciones de textos y citas para incitar a los LECTORES LUDI a realizar sus propias visualizaciones:

Las dos primeras tratan de mostrar los antecedentes, posibles o evidentes, que sirvieron a Fernando González para formular su propuesta y definición de "el remordimiento".

La tercera, presenta la comparación de textos y citas de la introducción de El remordimiento con citas y textos de Los heroicos furores.

La cuarta, presenta la comparación de textos y citas de la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera y de Los heroicos furores:

1. Son muchas las definiciones y descripciones que hace Giordano Bruno para el modelo de hombre con personalidad heroica, el "furioso", que él mismo desea encarnar y propone como ejemplo para aquellos que desean elevarse por sobre su vulgar condición.

En Los heroicos furores, Giordano Bruno, hace el estudio de ese personaje y condición, lo que bien pudo inspirar e iluminar a Fernando González tanto para sí mismo como para sus escritos y para los personajes de sus NOVELAS, así como para su definición de "el remordimiento". También presento el contraste con lo dicho por Séneca del "fatum", por Giordano Bruno del "furor", por Spinoza del "remedio o medicina" y por Friedrich Nietzsche del "amor fati":

1.1. Del hombre que busca la perfección:


Dice Séneca:

"Te daré una breve fórmula con la que te midas para que veas si ya eres perfecto: tendrás lo tuyo cuando comprendas que los más desgraciados son los más felices" (De ira).

Dice Giordano Bruno:

"Otros, por estar avezados o ser más capaces para la contemplación y por estar naturalmente dotados de un espíritu lúcido e intelectivo, a partir de un estímulo interno y del natural favor suscitado por el amor a la divinidad, a la justicia, a la verdad, a la gloria, agudizan los sentidos por medio del fuego del deseo y el hálito de la intención y, con el aliento de la cognitiva facultad, encienden la luz racional con la cual ven más allá de lo ordinario; y éstos no vienen al fin a hablar y obrar como receptáculos e instrumentos, sino como principales artífices y eficientes" (Los heroicos furores).

Dice Spinoza:

"Cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia..., apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano por conservar su ser" (Ética, prop. XVIII, esc.).

En Ecce Homo, Nietzsche responde la pregunta:

"[...] cómo se llega a ser lo que se es".

Dice Fernando González en el Ensayo Teológico, de El remordimiento. Para mayor ilustración sugiero leer texto completo:

"El hombre es un porvenir: porque todos se desprecian en el instante presente.
[...]
El hombre asciende en virtud del remordimiento: despreciamos al ser actual y actuante que somos, porque la inteligencia nos muestra seres que obran mejor y deseamos ser como ellos. De allí que nuestros actos nos remuerdan.
[...]
El hombre no es libre, pero la inteligencia lo liberta: pruebas. Ni las necesita, pues nadie escoge lo que le parece menos bueno. La mayor motivación nos mueve a obrar. Esto es un postulado. Desde que un acto se ejecuta, hubo motivación.
[...]
Tenemos derecho a experimentar: sabido es que la santidad consiste en el vencimiento. Un hombre puede conducirse con decencia y la gente vulgar creer que hay santificación, pero no la hay si no existe el esfuerzo. Por eso, “sólo Dios conoce a sus santos”. ¿Quién afirma que Sarret, el notario marsellés que mató a Chambón y a su amante, para robarles, y que disolvió con ácidos, en una bañera, sus cadáveres, es menor que el juez que lo condenó a la guillotina? Habría que medir la cantidad de pasiones activas y pasivas, la cantidad de posibilidades en cada uno, la cantidad de esfuerzo e inteligencia espiritual. Muchas cosas habría que medir y, entonces, podríamos conjeturar apenas.
[...]
Tenemos el derecho de cumplir los instintos, para llegar a odiarnos en virtud del remordimiento y llegar a ser otros en virtud del arrepentimiento. Es el proceso de la teología moral. Entiendo por teología moral el estudio de Dios en cuanto se relaciona con el hombre. Tenemos el derecho de gozar de todos los instintos, para sentir el dolor que causa el goce y llegar así, poco a poco, a la beatitud. Ésta consiste en estado de conciencia no sujeto al tiempo ni al espacio.

Evidentes son para mí estas cosas, pues he llegado a despreciar la vida en virtud de haberla gozado. Si le dije a Toní, non serviam, o sea, no me acostaré, fue porque ya me había acostado con otras. Y si he llegado a amar tanto la vida, como campo de experimentación y ascenso, es a causa de mis pecados y arrepentimientos. ¿Qué sabría hoy de la belleza, si hubiera huido desde el principio de pecado y fealdad? ¿Cómo podría apreciar ahora mis beatitudes, si no hubiera sufrido la sucesión, la detestable sucesión?
[...]
El ser está fuera de la apariencia: esto es evidente. Dios no existe. Es. Yo soy el que es. Si de Dios se pudiera tratar, sería fenómeno. La palabra..." (El remordimiento).

***

1.2. Sobre la búsqueda de la perfección y de la materia de los personajes de los escritos y NOVELAS de Fernando González:

Dice Séneca:

"Por tanto, en la virtud reside la verdadera felicidad. ¿De qué te va a persuadir esta virtud? De que consideres bueno ni malo nada que no derive de la virtud o la maldad; después, de ser inamovibles frente al mal, de acuerdo con el bien, para, en la medida de lo posible, imitar a Dios" (De vita beata).

Dice Giordano Bruno:

"Ciertos individuos, al haberse convertido en habitáculo de dioses o espíritus divinos, dicen y obran cosas admirables de las que ni ellos mismos ni otros entienden la razón; son éstos generalmente elevados a tal situación desde un primer estado de incultura e ignorancia, introduciéndose el sentido y espíritu divino en ellos como en un receptáculo purgado, vacíos como se hallan de espíritu y sentido propios... Tienen más dignidad, potestad y eficacia en sí, puesto que tienen la divinidad. Los segundos (i.e. los sujetos heroicos) son ellos más dignos, más potentes y eficaces y son divinos. Los primeros son dignos como el asno que lleva sobre sí los sacramentos; los segundos como cosa sagrada por sí misma. En los primeros se considera y ve en sus efectos a la divinidad y se la admira, adora y obedece. En los segundos se considera y se ve la excelencia de la propia humanidad" (Los heroicos furores).

Dice Spinoza:

"Con esto concluyo todo lo que quería mostrar acerca del poder del alma sobre los afectos y la libertad del alma. En virtud de ello, es evidente cuánto vale el sabio, y cuánto más poderoso es que el ignaro, que actúa movido sólo por la concupiscencia. Pues el ignorante, aparte de ser zarandeado de muchos modos por las causas exteriores, y de no poseer jamás el verdadero contento del ánimo, vive, además, casi inconsciente de sí mismo, de Dios y de las cosas, y, tan pronto como deja de padecer, deja también de ser. El sabio, por el contrario, considerado en cuanto tal, apenas experimenta conmociones del ánimo, sino que, consciente de sí mismo, de dios y de las cosas con arreglo a una cierta necesidad eterna, nunca deja de ser, sino que siempre posee el verdadero contento del ánimo [...] Pero todo lo excelso es tan difícil como raro" (Ética, prop. XLII, esc.).

Dice Nietzsche:

"La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral" (Ecce Homo).

Dice Fernando González:

"Todo ideal es maestro. Maestro es aquello que despierta la emoción y nos incita a devenir. El maestro nos incita, nos hace a su imagen. El hombre debe escoger sus maestros, si no quiere extinguirse. Jesucristo es el maestro. Para que aproveche, el maestro debe estar encarnado, debe ser un hombre. Y como vivo en completa soledad, como en Colombia no hay a quién imitar, me he creado a Jacinto, el hombre que deseo llegar a ser. Va delante de mí en mis paseos; le consulto en mis propósitos... Me he desdoblado para salvarme. Como el hombre es hechura, no puede estar solo; necesita de un ideal y es llevado a crearlo.

En la cara de Jacinto está el ideal de la mía; en sus ojos, los míos; camina como yo deseo hacerlo, reacciona en cada circunstancia como yo desearía reaccionar y no como lo hace este Fernando de pierna temblona que está prisionero en cuerpo detestable. ¡Qué seguridad la de Jacinto en todas las cosas! Y es al mismo tiempo gran maestro de soledad...

Así, yo puedo soportar mi soledad. Ningún ser humano comparte mis problemas y mis cargas.

Solo; a nadie le importa mi bien y mi mal. No hay en el mundo un hombre tan solo... Pero tengo a Jacinto. Me he desdoblado para defenderme y nuestros diálogos serán eternos y benefactores" (El remordimiento).

Y, el hombre perfecto que deviene dios él mismo:

Dice Giordano Bruno:

"El furioso heroico, elevándose por la especie concebida de la divina belleza y bondad con las alas del intelecto y de la voluntad intelectiva, se alza hacia la divinidad abandonando la forma de sujeto más bajo. De ahí que dijera: "de sujeto vil en Dios yo me convierto. En Dios me transformo de cosa inferior" (Los heroicos furores).

Dice Fernando González:

"De ahí mi teoría de que Dios es padre e hijo del hombre al mismo tiempo" (El remordimiento).

***

1.3. Sobre la definición de "el remordimiento":

Se me ocurre pensar, como lo dije atrás, que el "fatum" de Séneca, "el furor", el "furioso heroico", el "furiosi debaccanti", de Giordano Bruno están conectados y son correspondientes, en este caso específico, con el "remedio o medicina" de Baruch Spinoza y con "el remordimiento", "el santo", para Fernando González. Y, para complementar, con el "amor fati", con el Zaratustra, de Friedrich Nietzsche:

Dice Séneca, quien pareciera anticipar los efectos de las estaciones que, en el caso de la primavera, determinan el ámbito que Fernando González despliega en El remordimiento (Salomé):

"El invierno trae los fríos; hay que enfriarse. El verano trae calor; hay que sudar. La destemplanza del clima pone a prueba la salud; hay que enfermar. Una fiera nos saldrá al encuentro en un lugar y un hombre más dañino que todas las fieras. Algo nos quitará el agua, algo el fuego. No podemos cambiar esta condición de las cosas, pero podemos adquirir un ánimo grande, digno del varón bueno, con el que padezcamos con entereza lo fortuito y vayamos de acuerdo con la naturaleza" (Carta 107 a Lucilo).

Dice Séneca del "fatum, recordando, además, el Himno a Zeus, de Cleantes:

"Al que quiere lo guían los hados, al que no quiere lo arrastran".

Y, concluye Séneca en la misma carta a Lucio:

"Vivamos así; hablemos así; que el hado nos encuentre preparados y sin pereza. Este es el ánimo grande, el que a él se entregó; por el contrario es pequeño y degenerado el que resiste y piensa mal del orden del mundo y prefiere, a enmendarse a él, enmendar a los dioses. Ten Salud" (Carta 107 a Lucilo).

Dice Giordano Bruno:

“En un fuego tan hermoso, en un tan noble lazo, me hace arder la belleza y me ata la pobreza; de modo que sólo puedo gozar de la llama y la servidumbre, huir de la libertad y temer el hielo. Es una combustión de tal índole, que ardo sin quemarme.

Es un nudo de tal naturaleza, que el mundo lo alaba conmigo; ni el miedo me congela, ni el dolor me desata, tan tranquila es la combustión, tan dulce la atadura. Tan alta percibo la luz que me inflama, y de hilo tan rico está trenzado mi lazo, que el anhelo muere tan pronto como empiezo a pensar. Y ya que mi corazón lo ilumina una llama tan hermosa y una tan bella cinta ata mi querer, que esclava venga a ser mi sombra y que mis cenizas ardan” (Los heroicos furores).

“Estos furores de que hablamos... no son olvido, sino memoria; no son negligencia para consigo mismo, sino amores y anhelos... Estos furores no son el arrebatamiento en el que se es apresado bajo las
leyes de un hado indigno,... sino que son un ímpetu racional... Uno se convierte en dios, por el contacto intelectual con el numinoso objeto (diviene un dio dal contatto intellettuale di quel nume oggetto)” (Los heroicos Furores).

Dice Baruch Spinoza:

"Para quienes estén enfermos del entendimiento sean curados con el espíritu de mansedumbre y de tolerancia" (Tratado Breve).

"Yo veía, en efecto, que me encontraba ante el máximo peligro, por lo que me sentía forzado a buscar con todas mis fuerzas un remedio, aunque fuera inseguro" (Tratado Breve).

"Por el contrario, el amor hacia una cosa eterna e infinita apacienta el alma con una alegría totalmente pura y libre de tristeza, lo cual es muy de desear y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas" (Tratado Breve).

Dice Friedrich Nietzsche del "amor fati":

"Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aun menos disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario– sino amarlo" (Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es).

Fernando González, por su parte, expone y explica en la tercera parte de El remordimiento, como lo hiciera Spinoza en la tercera parte de su Ética, y la manera de un tratado y una guía de acción, su definición de "el remordimiento", así como el proceso por el cual se accede a este estado de perfección:

"El remordimiento. Definición

Morder tiene significado físico: asir y apretar con los dientes una cosa, clavándolos en ella.

Remorder - Repetición de tal acto. Se usa en sentido psíquico, así: ejecuto un acto al que me veía atraído por una tendencia y alejado por otra; lo hago, pues, sin aprobación plena, indeciso. Al ejecutarlo o al ser tentado para ello, me remuerde la tendencia opositora.

Remordimiento es la intranquilidad que precede, acompaña o sigue a una acción" (El remordimiento).

"Moral y remordimiento de los santos

Creándome ideales, puedo llegar a sentir remordimiento por la vida de que me enorgullecí durante años. El remordimiento no es otra cosa que la crítica hecha por un ser superior al actor. De ahí que los santos, mientras más se perfeccionan, mayor dolor sienten por su pasado" (El remordimiento).

"[...] hay que despertar la atención, la crítica, romper el hábito, abandonar la monotonía, para que nazca el remordimiento, acicate de la perfección. Al hacerlo, hay lucha interior. Hay sacudida" (El remordimiento).

"El remordimiento acompaña al santo durante toda su vida y la santificación no lo disminuye sino que lo aumenta" (El remordimiento).

***

2. Fernando González contempla desnuda a Diana/Toní y se transforma en Acteón para ser presa de los perros... del remordimiento y devenir en dios:

Dice Giordano Bruno:

"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Los Heroicos Furores, I, 4).

"Ninguno cree posible ver el sol, el universal Apolo y luz absoluta, excelentísima y suprema especie; mas sí ciertamente su sombra, su Diana, el mundo, el universo, la naturaleza que se halla en las cosas, la luz que se oculta en la opacidad de la materia (es decir, aquella misma en tanto que resplandece en las tinieblas). De los muchos, pues, que por las dichas y otras vías vagan por esta desierta selva, poquísimos son los que acceden hasta la fuente de Diana. Conténtanse muchos con la caza de fieras montaraces menos ilustres, y la mayor parte no encuentra cosa que aprehender, pues habiendo tendido al viento las redes, se hallan con las manos repletas de moscas. Rarísimos son, como digo, los Acteones a los que concede el destino poder contemplar a Diana desnuda y transformarse de tal modo que -prendados de la armónica belleza del cuerpo de la naturaleza, y vislumbrados ellos por esas dos luces, gémino resplandor de la divina bondad y belleza- vengan convertidos en ciertos, no siendo ya cazadores sino presas. Pues el término y fin último de esta cacería el llegar a la captura de esa fugaz y montaraz pieza, por la cual el depredador vuélvese presa y el cazador caza. En cualquier otra especie de cacería en que se persiguen cosas particulares, es el cazador quien atrae a sí a las otras cosas, absorbiéndolas por la boca de la propia inteligencia; mas en tratándose de divina y universal caza, llega de tal modo a apresarlo que es él quien queda forzosamente prendido, absorbido, unido. Y así, vulgar, ordinario, civil, popular como era, deviene ahora selvático cual ciervo morador de los desiertos; vive divinamente en las frondosidades de la selva, en los aposentos nada artificiales de los cavernosos montes, admirando las fuentes de donde manan los grandes ríos y vegetando intacto libremente con la divinidad, a la cual aspiraran tantos hombres que en la tierra quisieron gozar de celeste vida, y que como una sola voz dijeran: "He aquí que me alejé huyendo e hice mansión en la soledad " (Salmos, 54, 8). Entonces los canes, pensamientos de cosas divinas, devoran a este Acteón, haciendo que muera para el vulgo, para la multitud, liberado de las trabas de los sentidos perturbados, libre de la carnal prisión de la materia; no verá ya más a su Diana, como a través de orificios y ventanas, sino que, habiendo echado por tierra las murallas, es todo ojos a la vista del horizonte entero. De esta suerte contempla ahora todo como uno, sin ver ya por distinciones y números, los cuales, según los diversos sentidos -domo a través de otras tantas figuras-, no permiten ver y aprehender sino confusamente. Contempla a la Anfitrite, fuente de todos los números, de todas las especies, de todas las razones, que es la Mónada, verdadera esencia del ser de todos; y si no la ve en su esencia, en su absoluta luz, la contempla en su progenitura, que se le asemeja y es su imagen; porque de la mónada que es la divinidad procede esta otra mónada que es la naturaleza, el universo, el mundo, donde se contempla y refleja como el sol en la luna, mediante la cual nos ilumina, permaneciendo él en el hemisferio de las sustancias intelectuales. Tal es Diana, ese uno que es el ente mismo, ese ente que es la misma verdad, esa verdad que es la naturaleza comprensible, en la que influye el sol y el resplandor de la naturaleza superior, según que la unidad sea distinguida en generada y generadora, o produciente y producida. Podéis así por vos mismo concluir acerca del modo de la caza y de la nobleza y digno triunfo del cazador; por todo ello ufánase el Furioso de ser presa de esa Diana a la cual rindióse, de la cual se considera favorecido esposo y el más feliz cautivo y subyugado, sin que pueda envidiar a hombre alguno -que más no puede lograr- o dios que obtener pudiera lo que es imposible para una inferior naturaleza, y que no debe ser por consiguiente deseado y ni siquiera puede ser objeto de nuestro apetito" (Los Heroicos Furores, II, 2).

"Rarísimos son, como digo, los Acteones a los que concede el destino poder contemplar a Diana desnuda y transformarse de tal modo que -prendados de la armónica belleza del cuerpo de la naturaleza, y vislumbrados ellos por esas dos luces, gémino resplandor de la divina bondad y belleza- vengan convertidos en ciervos, no siendo cazadores, sino presas" (Los heroicos furores).

Dice Fernando González:

"Esta muchacha, mademoiselle Toní, era un poderoso animal. De nuestros amores nacieron el remordimiento y algunas consideraciones.

Todo sucedió en Marsella, a orillas del Mediterráneo, en donde habita la belleza con sus amantes.

No la vi en vestido de baño, como a Teanós; apenas desnuda en París, en el hotel de una calle que desemboca en el bulevar de Bonnes Nouvelles.

Este libro se refiere a Toní, a pesar de que en mis notas de aquel tiempo se dicen más cosas de “Salomé”, de la señorita Babí y de madame Rousseau, pues indudablemente es ella la que ocupa y ocupaba el centro de mis pensamientos.

No hubo entre nosotros nada que no pueda contarse.

De Teanós se dice algo apenas, porque Toní fue quien la reemplazó como institutriz y mis apuntes comenzaron a poco de la llegada de ésta a mi hogar.

Indudablemente que Teanós fue interesante, pero hay que limitarse para la obra de arte. La vi en vestido de baño; durante un verano me acompañó sobre la arena de El Paseo de la Playa, por las mañanas, cuando yo iba a fumar el cigarrillo; se echaba arena entre las piernas, para dejar su forma. Un día en que las olas eran muy fuertes, la cogí por los brazos y el agua la arrojaba contra mí... Y fue precisamente en esa noche ardorosa de agosto: yo estudiaba teología en mi despacho; sabía que Teanós estaba reposando en el jardín, bajo el plátano, extendida en una perezosa, vestida con negligencia. Este conocimiento no me dejaba estudiar, y cerré la puerta. De pronto, sentí que por debajo de ella arrojaban un papelito. Decía: Je t’ai donné tout et pour toi c’etait l’ombre d’un caprice... Decía otras cosas, pero se me quedó en la memoria esa frase que encierra un problema muy difícil, más que mis estudios acerca de Dios. ¿Qué cosa sería la que me había dado Teanós? ¿Qué entienden las mujeres por darlo todo? Era griega de Atenas, tenía gran elasticidad y amaba el estudio. Su boca era pequeña como un pellizco, y suspiraba muy bueno en las noches de verano... Le guardo un poco de rencor, a causa de que puse el papelito en mi bata de baño y allí lo encontró Mlle. Babí, que repetía: “¡Ella te lo ha dado todo!...”. ¡Dios mío! ¿Qué entienden las mujeres por todo? Jamás he podido explicarle; nunca podrá creer que Teanós no me dio sino estímulos para meditar" (El remordimiento).

"Todo lo contaré, todo, hasta aquello que hice con Toní en el hotel Esfinge de la calle Sénac, en Marsella. ¡Si pudiera reproducir el timbre de la voz de Toní cuando me suplicaba implorante: “Ne fais pas ça... Fernandó”! Pronunciaba así mi nombre, por la primera vez en aquellos instantes, pues antes me llamaba monsieur Gonzalés. Cuando me llamó así, sentí que era hijo de Dios, me arrepentí, le regalé mi camándula y le dí muchos consejos espirituales. Recuerdo muy bien, se reproducen ahora vívidos como niños recién nacidos los sentimientos que tuve en esa cámara del hotel Esfinge. En las manos acariciadoras estaba toda mi alma fisiológica, en mis labios, todo el fuego vital e interiormente luchaba el espíritu... Sentados en la cama, le dije: “Toní, tienes que ser muy buena siempre, evitar estas cosas, estos peligros, y este rosario que te doy te defenderá...” (El remordimiento).

"¡Si el lector la hubiera conocido! ¡Si la pudiera tocar y oírle aquello de ¿dónde están mis calzoncitos? (“où sont mes petites culottes?”), para que pudiera darse cuenta de mis sacrificios! Claro está que esta muchacha era lo mejor para perfeccionar mis ideas de teología moral, pues mi espíritu es rábula, pervertido en el juego con el pecado. Teanós, no. Teanós era muy afirmativa y por la menor cosa decía que ya lo había dado todo. Toní lo daba todo... y negaba. Era más rábula Toní. Era como yo, que atizo para que me quieran, y cuando me dicen que sí, me deleita la virtud, paladeo, repito que tengo grandes tentaciones... De ahí que mi vida espiritual hubiera florecido tan bellamente. Cuando me quitaron el consulado, yo era casi un dios. Sólo estoy sano cuando me parece que las muchachas me quieren y yo resisto. Eso sucedió en Marsella..." (El remordimiento)

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3. Textos de Los Heroicos furores y textos de la introducción de El remordimiento, entre los cuales, a gusto de cada cual, pueden establecerse conexiones, correspondencias y relaciones:

Dice Giordano Bruno:

"Pues una sola y la misma cosa es lo más claro y lo más oscuro, principio y fin, altísima luz y profundísimo abismo, infinita potencia e infinito acto... Se contempla a continuación la armonía y consonancia de todas las esferas, inteligencias, musas e instrumentos conjuntamente; allí, el cielo, el movimiento de los mundos, las obras de la naturaleza, el discurso de los intelectos, la contemplación de la mente, el decreto de la divina providencia, todos a un mismo compás, celebran la elevada y magnífica vicisitud que iguala las aguas inferiores a las superiores, cambia la noche en día y el día en noche, a fin de que la divinidad esté en todo, del modo en que todo entraña todo, y de que la infinita bondad infinitamente se comunique según la capacidad de las cosas" (Los Heroicos Furores, Prólogo).

Dice Fernando González:

"¡Qué animales tan hermosos hizo el Señor al crear las muchachas! Desde hace días me tienen perturbado. ¿Y qué dice usted de los árboles, troncos, ramas, hojas y flores? ¿Y qué del agua en sus variados aspectos de mar, lago, río, riachuelo, quebrada, amagamiento, fuente, aguacero, llovizna, nube, nubecilla?... ¿Qué dice de luz y sombra, de Sol y estrellas? Entre todas esas cosas se pasea, diosa en su palacio, la muchacha, que nos tienta, que nos incita, que nos tumba, que nos hace nacer y morir. ¡Qué bellas, qué insuperables para el amor! Y qué bobas para conversar, para todo lo demás... ¡Ser perfecto es la muchacha!" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"El amor no es ciego en sí y, si convierte en ciegos a algunos amantes, no es por sí mismo sino por la innoble disposición del sujeto, como ocurre cuando las aves nocturnas se ciegan en presencia del sol. En lo que a él se refiere, pues, el amor ilustra, esclarece, abre el intelecto, haciendo penetrar en él toda cosa y suscitando milagrosos efectos.. El amor "muestra" por tanto "el paraíso" en el sentido de que abre la comprensión, el entendimiento y la vía de la acción a cosas altísimas; o, también, engrandeciendo -en apariencia al menos- las cosas amadas" (Los Heroicos Furores, I, 1).

Dice Fernando González:

"Amo a Dios: luz, forma, todas las ideas. ¡Oh, único, muchacha de las muchachas, árbol de los árboles, mar de los mares! ¡Oh, Tú, el ejemplar, Tú, el que no eres sino bueno!" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"Así Acteón, con esos pensamientos, esos canes que buscaban fuera de sí el bien, la sabiduría, la belleza, la montaraz fiera, por este medio llegó a su presencia; fuera de sí por tanta belleza arrebatado, convirtióse en presa, vióse convertido en aquello que buscaba y advirtió cómo él mismo se trocaba en la anhelada presa de sus canes, de sus pensamientos, pues habiendo en él mismo contraído la divinidad, no era necesario buscarla fuera de sí" (Los Heroicos Furores, I, 4).

Dice Fernando González:

"¡Ven y sáciame, porque corro desolado! ¡Ábreme, porque estoy tocando a todas las puertas! ¡Ven, que ya me estoy muriendo de amor!" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"Es un calor engendrado por el sol de la inteligencia en el alma y un ímpetu divino que le presta alas, de manera que, acercándose más al sol de la inteligencia y rechazando la herrumbre de los humanos cuidados, trócase en oro probado y puro, adquiere el sentido de la divina e interna armonía y conforma sus pensamiento y gestos a la común medida de la ley ínsita en todas las cosas. No va, como embriagado por las copas de Circe, tropezando y yendo a dar ya en un hoyo, ya en otro, ya en uno y otro escollo... Y aún en el caso de llegar a decaer, retorna fácilmente al sexto planeta (Júpiter), mediante esos profundos instintos que, dentro de él, danzan y cantan como nueve musas en torno al resplandor del universal Apolo; y tras las imágenes sensibles y las cosas materiales va comprendiendo consejos y órdenes divinos... Abandona a veces la partida, volviendo después, sin embargo, a forzarse con la voluntad hacia allá donde no puede llegar con el intelecto. Es también cierto que normalmente deambula, oscilando ya hacia la una, ya hacia la otra forma del doble Cupido, porque la lección principal que Amor le da es que contemple en sombra (cuando no puede hacerlo en espejo) la belleza divina" (Los Heroicos Furores, I, 3).

"La belleza del cuerpo tiene el poder de inflamar, más no de aprisionar" (Los Heroicos Furores, I, 3).

Dice Fernando González:

"¿Eres Tú, Señor, el que te mueves así en el cuerpo de la Toní? Sí. Eres Tú, que estás jugando conmigo y ya me matas. ¡Déjate coger! ¡Déjate ya de guiños y de símbolos!" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"Si las cosas bajas derivan y dependen de las más elevadas, así también es posible -como por convenientes grados- ascender desde aquéllas a éstas. Las primeras, si no son Dios, son cosas divinas, imágenes vivientes suyas, viéndose en las cuales adorado no se siente ofendido" (Los Heroicos Furores, II, 1).

Dice Fernando González:

"¿Eres Tú el que te manifiestas en ramas, en brazos retorcidos, en esta ceiba? Déjame poseer todas las formas, todas las maneras, todas las turgencias, todas las curvas, todos los pechos indiciales, y promesas y realidades, porque si no... ¿qué haré con mi amor que no quiere una sola muchacha, ni un solo árbol ni una sola agua?" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"¿Cómo entiendes tú que la mente aspire alto? ¿Verbigracia contemplando las estrellas? ¿Acaso el cielo empíreo, más allá del cristalino?

No, por cierto, sino procediendo hacia lo más profundo de la mente, para lo cual no es menester abrir desmesuradamente los ojos al cielo, alzar las manos, dirigir los pasos hacia el templo, aturdir las orejas de las imágenes a fin de ser mejor atendido; sino llegar a lo más intimo de sí, considerando que Dios se halla cercano, consigo y dentro de sí más de lo que él mismo pueda estarlo, como es propio de aquello que es alma de las almas, vida de las vidas, esencia de las esencias, y teniendo en cuenta que cuanto ves arriba o abajo, o en torno -como gustes decir- a los astros, son cuerpos, criaturas semejantes a este globo en el que nos hallamos y en los cuales la divinidad no se halla ni más ni menos presente que en éste nuestro o en nosotros mismos. He aquí, pues, cómo es preciso en primer lugar el retraerse de la multitud en uno mismo" (Los Heroicos Furores, II, 1).

Dice Fernando González:

"¡Ven, Tú, el ejemplar, y tápame! Tápame Tú, porque no acepto bellezas en comodato, ni copias; quiero poseerte a ti, que no mueres ni enfermas. Quiero amar al que no envejece, al que tiene siempre dientes juveniles; quiero amarte a ti, Señor, eterna y perfecta juventud" (El remordimiento, Introducción).

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Dice Giordano Bruno:

"Ver la divinidad es ser visto por ella, como ver el sol entraña ser visto por el sol. De igual modo, ser escuchado por la divinidad es propiamente escucharla, y ser favorecido por ella es el acto mismo de ofrecérsele; de ella, una sola e inmutable, proceden pensamientos ciertos e inciertos, deseos ardientes y colmados, y razones atendidas o vanas, según que el hombre se le presente digna o indignamente con el intelecto, el afecto y las acciones" (Los Heroicos Furores, II, 1).

Dice Fernando González:

"¡Dame, pues, el pecho ejemplar, matriz de todos los pechos; los ojos, dechado de todos los ojos; la curva perfecta; la turgencia modelo! Dáteme, Señor, pronto, porque voy detrás de las muchachas, árboles, luces y sombras, y no me satisfacen sino que me dirigen a ti, me dan tu dirección... y ya estoy desfallecido de buscarte" (El remordimiento, Introducción).

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4. Textos de Los heroicos furores y textos de La tragicomedia del padre Elías y Martina La Velera, entre los cuales pueden establecerse conexiones, correspondencias y relaciones:

Dice Giordano Bruno:

"El cuerpo está por tanto en el alma; el alma en la mente, la mente, o bien es Dios o está en Dios" (Los Heroicos Furores, I, 3).

Dice Fernando González:

"La Puerta es úno mismo. Cristo es úno mismo vacío. Dioses somos" (La tragicomedia del padre Elías y Martina La Velera).

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Dice Giordano Bruno:

"¿Cómo puede nuestro intelecto finito perseguir el objeto infinito?

Con la infinita potencia que posee... para que siendo finito en sí, sea infinito en su objeto" (Los Heroicos Furores, I, 5).

Dice Fernando González:

"Y finalmente, la única lección de esta Tragicomedia es:

No lo busques ni en este librito ni en ningún otro. Lo hallarás en tí mismo. Él es lo más cercano de ti, lector; es más cercano que tu yo; pero es lo más lejano de ti, a causa de tu yo. Búscalo, muriendo:

¡Leve cadáver en insomne vida!" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

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Dice Giordano Bruno:

"Siendo el objeto infinito, en simplicísimo acto, y como quiera que nuestra potencia intelectiva no puede aprehender el infinito sino en discurso o en cierta forma de discurso... el héroe es como aquel que pretende la consecución de lo inmenso, viniendo a establecer un fin allí donde no existe fin" (Los Heroicos Furores, I, 3)

"Advierte siempre que todo lo que posee es cosa mesurada y por ello no puede ser suficiente de por sí, ni bueno de por sí, ni bello de por sí; porque no es el universo, no es el ente absoluto, sino contraído a ser esta naturaleza, a ser esta especie, esta forma representada en el entendimiento y presente en el ánimo. Siempre, por tanto, progresa desde lo bello comprendido -y por ende dotado de una medida y, en consecuencia, bello por participación- hacia lo que es verdaderamente bello, sin límite ni circunscripción alguna... Es sin embargo conveniente y natural que el infinito sea, por el hecho de serlo, infinitamente perseguido (en esa forma de persecución que no necesita de movimiento físico, sino de cierto movimiento metafísico; que no se dirige de lo imperfecto a lo perfecto, sino que va describiendo círculos por los grados de la perfección para alcanzar ese centro infinito que ni es formado ni es forma)" (Los Heroicos Furores, I, 4).

Dice Fernando González:

"Con esta nota se pretende dar desde ahora una idea aproximada de la finalidad de la Tragicomedia, que es revelar que “esta vida” es oportunidad única y trascendentalísima en que toda veracidad, vigilancia y atención es poca para desempeñarse en ella humanamente; que eso de considerar a los demás como “otros” es apenas el punto de partida de “esta vida”... ¿Hay varias vidas? No. Es unitotal, pero en sucediendo o siendo infinito". (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

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En fin, las conexiones, correspondencias y relaciones son tantas y tan factibles como el análisis e interpretación de quien las quiera hacer.

NOTAS

(1) Salvador Mas, Pensamiento romano. Una historia de la filosofía en Roma, Tirant lo Blanch, Valencia, 2006, pp. 330-331:

"Pues existe una Providencia y las desgracias que el sabio soporta son pruebas que debe superar en las que puede medir el grado de su progreso moral: "Se marchita la virtud sin adversario", escribe Séneca en el De providencia, y añade: "No importa el qué, sino el cómo lo soportes" (1, 4). El sabio reconoce el poder omnímodo del "fatum", manifestación de la divina sabiduría, donde lo que parece un mal se muestra como lo que es en realidad, un bien; mas sólo para él, persona virtuosa que ha perfeccionado su razón al punto de crecerse en las adversidades y mostrar en su conducta una perfecta obediencia a esa sabiduría divina que todo lo rige.

[...]

"Fatum" es el término que los estoicos romanos empleaban para designar la concatenación total y predeterminada de las secuencias casuales que son y constituyen el universo, sincrónica y diacrónicamente".

(2) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1997, pp. 112-119.

(3) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González..., p. 112.

(4) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González..., p. 112.

(5) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González..., p. 112.

(6) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González..., p. 113.
LECTOR LUDI-65

En la escritura de Fernando González, la literatura es filosofía y viceversa



Por Iván Rodrigo García Palacios

Tuvo que existir un poderoso motivo, además de la crítica filosófica y una agradecida anécdota, para que Fernando González dedicara su Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera a Juan Pablo Sartre.

Se me ocurre pensar, como hipótesis descabellada, que Fernando González reconoció en la escritura del filósofo francés "un algo" que él ya había experimentado y probado con su escritura, aquello que muchos años después afirmaría Bernard-Henri Lévy sobre la escritura de Jean Paul Sartre:

"[...] es un novelista original, inventor de formas y estilos; e inventor de formas, de estilos, porque es filósofo, y su filosofía pule su arte literario. Dicho de otra forma, no a pesar, sino gracias a su filosofía" (1).

Una novedad, porque en la historia de la literatura universal son excepción los grandes filósofos que, a su vez, también fueron grandes literatos. Lo corriente es que en la historia de la filosofía los grandes filósofos sean grandes escritores, una tradición en la que también algunos grandes filósofos han demostrado especiales habilidades literarias: Platón y sus mitos, Epicuro y su novela de los átomos, Lucrecio y su poema De la Naturaleza, Descartes y su "genio malicioso", la epopeya de la sustancia de Spinoza, Jean-Jacques Rousseau y sus Julia o La nueva Eloísa y su Emilio o De la educación, Friedrich Nietzsche y su Así habló Zaratustra (2), para sólo citar algunos de los ejemplos más específicos y notorios, porque también existen otros filósofos, aquellos en cuyas obras la escritura de su filosofía alcanza elevados estados literarios y poéticos y los que en la literatura, la ficción y la poesía, en especial de sus confesiones, meditaciones, reflexiones, fantasías, etc., han sido maquilladas como obra filosófica.

De esas excepciones de filósofos literatos (3), tres se presentan en el siglo XX: Jean Paul Sartre -aun cuando sufrió su momento de contradicción-, Albert Camus -quien diferenció sus obras literarias de sus obras filosóficas- y Fernando González, injustamente ignorado, quien no asumió separación alguna entre su literatura y su filosofía y para quien su lucha y su búsqueda fue exclusiva contra la imposibilidad expresiva de La Palabra. La Palabra, la lengua, el lenguaje, las palabras, como imposibilidad de expresar al cuerpo, a la vida, al espíritu, a La Verdad.

A diferencia de la casi totalidad de los filósofos, quienes, desde el mismo Platón en adelante, rechazaron y hasta estigmatizaron a la literatura, a la ficción y a la poesía, Fernando González fue tal cual y como Bernard-Henri Lévy concluye sobre Sartre:

"Era escritor por ser filósofo, luego es filósofo por ser escritor. Sacaba de la filosofía lo mejor de las invenciones formales de sus novelas, luego saca de su talento de novelista las hipótesis más audaces y más fuertes de su ontología y su moral. ¿La señal de que un pensamiento es acertado? Una frase cadenciosa. ¿La prueba de que un concepto está bien construido? La armonía de la lengua que lo expone" (4).

Lo mismo sería válido sobre Albert Camus, más cercano en sus obras: Verano y Bodas, a Fernando González.

Sólo hasta aquí son válidas esas comparaciones, porque mientras la filosofía y la literatura de Jean Paul Sartre y Albert Camus, pertenecen a los imperativos de la tradición cartesiana -moderna- filosófica y estética, aceptadas por la historia académica de la literatura y de la filosofía occidental, convenciones que Fernando González reconoce, pero critica por insuficientes y por su ausencia de Vida.

La filosofía y la literatura de Fernando González se insertan en tradiciones filosóficas y estéticas más antiguas, más extensas y maravillosas, más cercanas a lo Humano, como más adelante lo mostraré.

Por lo anterior, yo afirmo que para Fernando González, más que para Jean Paul Sartre, Albert Camus y para casi toda la historia de la filosofía Occidental, La Palabra es VIDA (sangre + imaginación + pasión + intuición +...) antes que concepto (episteme) o, para decirlo de otra manera, para él: VIDA y concepto, son una y la misma cosa.

De ahí las dificultades para entender e interpretar la filosofía y la literatura de Fernando González según el canon Occidental, porque para él el sistema es la propia VIDA; el método, el objeto y el sujeto son el propio individuo, su experiencia de VIDA, experimentada y expresada como en las antiguas sabidurías.

El mejor y más exhaustivo estudio sobre las relaciones de Fernando González y su obra con la filosofía occidental, con la filosofía de los humanistas y con la filosofía de sus orígenes ancestrales, culturales y vitales, es el de Alberto Restrepo González en su extensa y profunda obra: Para leer a Fernando González (5).

Como mi interés está dirigido a desentrañar la naturaleza de La Palabra que en Fernando González es literatura y que es filosofía al mismo tiempo, remito a la obra de Alberto Restrepo González para esa comprensión filosófica.

Contra la imposibilidad expresiva de las palabras para alcanzar La Palabra, será la lucha, la búsqueda, de Fernando González. Con algunas batallas ganadas y una guerra, al final, perdida, esa lucha y esa búsqueda fue propuesta, enfrentada y combatida, ya desde la primera y última líneas de su primera obra: Pensamientos de un viejo:

"A vosotros, amigos míos, mi sombra os oculta mis pensamientos" (Pensamientos de un viejo).

Una lucha y una búsqueda en la que, desde el inicio, Fernando González ya intuye esa imposibilidad expresiva de las palabras, porque ellas son la sombra y su sentido es determinado y derivado:

"Dolor, alegría... Palabras que sólo tienen sentido en relación al ser sensible. Para ti el tener sólo un pedazo de pan es tristeza, mientras que para un mendigo es alegría" (Pensamientos de un viejo).

Porque esas palabras, paradójicamente, son olvido y alejamiento:

"¿Hablaría el niño para apartar la mirada de sí mismo? Tal vez. La palabra sirve para eso: para olvidar, para alejar un poco nuestro mundo interior..." (Pensamientos de un viejo).

Diez y seis años después, ya viviendo en la experiencia europea, empieza a ser claro para Fernando González que una cosa son las palabras y otra La Palabra y que la lucha, la búsqueda, empiezan cada día:

"El ser está fuera de la apariencia: esto es evidente. Dios no existe. Es. Yo soy el que es. Si de Dios se pudiera tratar, sería fenómeno. La palabra..." (El remordimiento).

Así, al final, en el último párrafo de su última obra: Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, reconoce que esa lucha, esa búsqueda, no tenían fin y entrega su bandera, ni vencedora ni vencida, en manos del lector:

"Y finalmente, la única lección de esta Tragicomedia es:

No lo busques ni en este librito ni en ningún otro. Lo hallarás en tí mismo. Él es lo más cercano de ti, lector; es más cercano que tu yo; pero es lo más lejano de ti, a causa de tu yo. Búscalo, muriendo:

¡Leve cadáver en insomne vida!" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Así Fernando González resuelve la contradicción entre los caminos del espíritu y del cuerpo para alcanzar el conocimiento del misterio.

Porque la lucha y la búsqueda de Fernando González fue la misma que emprendió Lucas de Ochoa en el cercano oriente con los "sabios judíos, sefarditas cristianos":

"[..] la compañía que nos llega cuando nos abrimos en soledad y ese enigma de que La Soledad es La Compañía y la compañía es la soledad" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Y así situarse ante La Palabra, La Puerta, que no puede expresarse ni abrirse con las palabras:

"La Puerta es úno mismo. Cristo es úno mismo vacío. Dioses somos" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

***

Esa es la lucha y esa es la búsqueda de la naturaleza de las palabras que Fernando González se plantea, acepta y rechaza, ya desde el inicio en su primera obra, Pensamientos de un viejo:

"Juan de Dios. —¡No seas tonto! No afirmes. Toda palabra es una profanación de la nada" (Pensamientos de un viejo).

Un poco más adelante:

"El día en que ella te contó en palabras su amor, fue un día triste: la palabra es la muerte de las cosas del alma" (Pensamientos de un viejo).

Porque las palabras son los instrumentos inútiles, pero los únicos, para pretender alcanzar La Palabra. Es necesario reinventar por las palabras. Porque, desde ese inicio, ya intuye que Todo es El Silencio:

"La verdad: El hombre que afirma dice una mentira, y el hombre que niega dice otra mentira. He aquí: la verdad reside en el que tiene los labios inmóviles" (Pensamientos de un viejo).

Esa lucha y esa búsqueda que empieza por definir que las palabras son y debieran ser Vida, actos, antes que signos o conceptos o sonidos. Que La Palabra, la de su búsqueda, es un acto de la vida más que un concepto:

"¡El amor! Todo él está en los ojos y en los actos. ¿Para qué sirve la palabra allí? Una mujer quiere a un hombre: ¿Que el padre morirá? Que muera. ¿Qué resulta el fin de todo? Que venga ese fin. Pero la mujer no lo dice; en esos casos no habla; en esos conflictos le brillan los ojos y obra; obra como rueda una piedra por la pendiente. Es que el amor es el negocio esencial; el afecto filial, el sentimiento de honor, las ideas, son accesorios lujosos, lo mismo que los pétalos: lo esencial es el pistilo y el estambre.

¡El amor! Todo está en los actos; no se debe hablar. Por eso decía Enrique Laserre que las mujeres tienen el pudor en las orejas" (Viaje a pie).

De esta manera Fernando González está proponiendo una teoría de las palabras y de La Palabra. Una teoría que explique la transformación de la naturaleza originaria, sensual, racional y espiritual de La Palabra y de quien la pronuncia. Una teoría más cercana a la definición de "theoria" de los antiguos griegos:

"[...] los significados originarios de "theoria" como visión de lo divino, suma de la festividad, experiencia de lo inesperado y de la transformación subsiguiente tal como se produce mediante la experiencia del viaje" (6).

Una teoría de las palabras ajena a cualquier interpretación en todo ese galimatías posmoderno de la lingüística y de todas esas ciencias del lenguaje.

Por ello, Fernando González, para quien las palabras en Pensamientos de un viejo, en 1916, eran asunto del "ser sensible" y alejamiento del mundo interior, ya, para 1929, comienza su theorización y dice que las palabras son:

"Esto nos enseña que las palabras sirven casi siempre para disimular, para vestir los actos, para hacerlos amables al bautizarlos, para tergiversar su origen. Un acto, antes de estar bautizado, está en la niebla de la posibilidad, puede ser mil cosas, es indeterminado, vago, inexistente. Una vez que se le ha dado un nombre queda petrificado. La palabra es determinadora. Si le pedimos un beso a una mujer, lo niega indignada. Es porque entonces afirmamos; afirmamos que es capaz de regalar el beso. Pero si se lo damos sin hablar de él, todo pasa deliciosamente, porque entonces nada se puede afirmar, porque fue acto nuestro, porque nosotros hicimos el esfuerzo. Fue que no hablamos.

[...]

“11. Cuando no se ha hablado de un acto, queda la palabra como el gran recurso para tergiversarlo, para que desaparezca" (Viaje a pie).

Ese es el momento de la iniciación de su viaje, de su lucha, de su búsqueda, de su "theoria". De la necesidad de reinventar las palabras para poder decir aquello que lo exprese a él, al "otro", al mundo, a lo que no puede decirse. Ese es su proceso de transformación, el que se irá desarrollando obra a obra.

Un año después, en Mi Simón Bolívar:

"Tenemos hasta ahora el concepto de conciencia orgánica: es la percepción unificada del propio cuerpo, sintetizada en la palabra yo. Quien no ha pasado de ahí, al decir yo expresa su cuerpo únicamente. El yo de cada uno encierra aquello que se ha apropiado" (Mi Simón Bolívar).

Dos años más tarde, en El hermafrodita dormido:

"La palabra es materia muy difícil para que emociones e ideas tomen apariencia. Menos la palabra hablada, pues el gesto es plástico; la vibración muscular contribuye a crear la forma; la expresión de los ojos es casi espiritual. Para convencerse, basta observar a un ciego cuando habla; se nota que carece de un elemento creador. En fin, hablando se puede crear: la mímica, la acción, la actitud, etc. Pero la palabra escrita es casi inerte" (El hermafrodita dormido).

Un giro y las palabras "habladas" definen la antropología, la sociología y la identidad de los mestizos sudamericanos que son lo que son porque son parlanchines:

"La conversación de estos híbridos es variada siempre, inconstante; inventan hablando; hacen encuentros hablando. Por eso, a ratos se auto-escuchan y les brillan los ojos de admiración por sí mismos. Se dejan sugestionar por el sonido; cada encuentro feliz los excita más. Acaban por ser elocuentes" (Los negroides).

Y así, obra por obra, las de esos diez y seis años prolijos -1929-1945, continúa en la lucha y en la búsqueda. Y, en 1945, de nuevo el silencio.

Cincuenta y tres años después de publicado Pensamientos de un viejo, Fernando González publica Libro de los Viajes o de las Presencias, en 1959, y dos años después, en 1962, Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, para con ellos hacer entrega al lector del fruto de su búsqueda, las victorias y las heridas de sus luchas, para que con ellas sea él lector mismo quien continúe la misión: la posibilidad de realizar él mismo su propia "theoria", encontrar su propia identidad, alcanzar su propio "eterno retorno" y ser dueño de su propia Palabra:

"Con esta nota se pretende dar desde ahora una idea aproximada de la finalidad de la Tragicomedia, que es revelar que “esta vida” es oportunidad única y trascendentalísima en que toda veracidad, vigilancia y atención es poca para desempeñarse en ella humanamente; que eso de considerar a los demás como “otros” es apenas el punto de partida de “esta vida”... ¿Hay varias vidas? No. Es unitotal, pero en sucediendo o siendo infinito". (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

La lucha y la búsqueda por alcanzar LA PALABRA (así con esas mayúsculas que Fernando González usaba para destacar sus PALABRAS), originaria, primordial, inderivada, la que predice, la que profetiza, la que es la que es, la que anuncia, la que muestra y no demuestra, la que no es oscurecida y enmudecida por el razonamiento.

Esa lucha y esa búsqueda contra las palabras que son "la muerte de las cosas del alma" como lo decía desde Pensamientos de un viejo. Y que, en Mi Simón Bolívar se planteaban en el campo del conocer, de la razón contra la VIDA:

"Conocer es el fin del hombre, o sea, convivir con el universo. Hay una especie de conocimiento inferior, el adquirido mediante el método inductivo-deductivo-dialéctico. También se llega a conocer por medio de este método, pero tal conocimiento es indirecto. “Sé que esto es verdad porque conozco que otras cosas lo son”. Es el razonamiento, sencillamente.

Pero tal conocimiento no satisface, porque es indirecto. La intuición es el conocimiento directo. El que intuye dice: Lo sé — ¿por qué? Porque sí; así como sé que existo; lo que intuyo hace parte de mi yo y es evidente por sí mismo" (Mi Simón Bolívar).

Lo que, finalmente, se resuelve en La Palabra y en El Silencio que se expresarán en la PRESENCIA.

***

Es estéril la polémica de sí las obras de Fernando González son filosofía o literatura, literatura filosófica o filosofía literaria. Ellas son, al mismo tiempo, filosofía y literatura.

Por una parte, es una filosofía en la cual Fernando González contrapone la racionalidad universal, enferma e inmóvil, en la que Occidente convirtió a la filosofía, contra aquel actuar individual que "corre detrás de la cosa escondida, lleno de alegría" y que él ha encontrado en los maestros humanistas del renacimiento y en los maestros de esos maestros:

"De este fenómeno de teología moral han resultado la teoría nietzscheana de que el error es necesario para la vida, las teorías pesimistas y optimistas y la otra de la mediocridad, o sea, del término medio. Porque la filosofía no es sino expresión escrita, hablada o vivida de la reactividad. Un organismo bueno, corre detrás de la cosa escondida, cantando, lleno de alegría; otro, enfermo, no se mueve, y aquellos que carecen de acometividad, dicen que es en el justo medio donde se encuentra la verdad". (El remordimiento).

Por la otra parte, es una literatura que en Viaje a pie es:

"¡El arte! ¡La literatura! ¡Eso es pura metáfora!" (Viaje a pie).

O es confesión:

"La literatura ha sido mi panacea; es una necesidad espiritual, sucedáneo del confesonario. Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo. Mis lectores reemplazan hoy al padre Mairena y, curioso, en uno y otros he hallado incomprensión. Pero ambos han sido instrumentos y nada importa que no entiendan: la cuestión es confesarse" (El remordimiento).

O es sensualidad:

"Seré muy honrado. Hasta hoy he embellecido. He callado y he aumentado. Pero las cosas de Toní eran mejores que la literatura" (El remordimiento).

O es música:

"—He bregado —me dice Fernando González— por enseñar aquí que cada tema tiene una música y un dejo propios que se materializan en el estilo. El secreto del estilo literario, y también de las otras artes, está en la música" (Salomé).

En fin, una lucha y una búsqueda expresiva que de batalla en batalla encuentran el campo adecuado de expresión, en donde la victoria se alcanza en la unidad de La Palabra, de La Vida, de La Verdad, de la PRESENCIA, de filosofía y literatura, de sus últimas obras.

Porque las obras de Fernando González pertenecen a otra tradición más primordial. Una tradición anterior a la filosofía y a la literatura. Una tradición anterior al triunfo de la episteme, de las categorizaciones, de las taxonomías, de las conceptualizaciones, de las especializaciones. Una tradición de cuando "mythos" y "logos", fábula y ciencia, falso y verdadero, etc., estaban entremezclados. Una tradición en la que pensamiento e "imaginalis" son una misma cosa (7). Una tradición en la que la vida interior y la vida exterior son el resultado de sus íntimas y correspondientes conexiones. Una tradición en la cual tanto La Verdad como la materia y el espíritu son una emanación de la vida natural (8). Una tradición en la que La Verdad, las verdades de la materia y las verdades del espíritu, existencia y esencia, están conectadas tal y como lo propuso y explicó George Santayana (9).

Una tradición, a su vez, de profundas tradiciones: la del humanismo renacentista -Dante, Petrarca, Boccaccio, Cusa, Bruno, Vico, etc.-. Un humanismo que hace una lectura propia y particular de sus antecedentes y cuyas raíces se hunden, hacia atrás:

1. En la visión del mundo de la cultura islámica -Alfarabi, Avicena, Avempace, Averroes, Abenjaldún y, por supuesto, la literatura de esos inventores de quimeras-.

2. En la crítica a la visión religiosa y teológica del Medioevo -de los Padres de la Iglesia, de Agustín, de Tomás, de la escolástica, etc.-.

3. En la cultura latina -Virgilio, Lucrecio, Cicerón, Séneca, Plutarco, Filodemo de Gandara, etc.-.

4. En la cultura helénica, ese primer humanismo en el que se sintetizan las culturas mediterráneas, asiáticas y africanas.

5. En la propia lectura que los humanistas renacentistas hicieron de la cultura griega -Homero, Píndaro, Esquilo, Sófocles, Eurípides, presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, sofistas, físicos y geómetras, etc.- diferente a la que hicieron los cartesianos, los racionalistas ilustrados y los idealistas alemanes, que es la que ha predominado por siglos en la cultura occidental.

6. Y, por supuesto, en las herencias de las herencias: Israel, Egipto, Creta, Medio y lejano Oriente, etc.

Una tradición que contenía las esencias y las sustancias que nutrirían la la lucha y la búsqueda de Fernando González "como anillo al dedo", esa tradición que es como explica Ernesto Grassi:

"En la tradición humanista italiana aparece una y otra vez la tesis fundamental de la conexión íntima entre la experiencia personal y el pensamiento teórico, pues se sabe que los problemas que afectan realmente a las personas no se pueden ni deben plantear de una manera abstracta y puramente formal. Si tienen sentido las preguntas que nos apremian, han de tener un presupuesto existencial, que hay que sacar a la luz a toda costa.

[...]

Lo que movía a los humanistas era el problema de la unidad de palabra y cosa, de forma y contenido, la superación del dualismo de retórica y filosofía" (10).


***

Los escritos de los maestros de la tradición humanista renacentista han sido inubicables para los críticos de la literatura y de la filosofía Occidental, alienados por la rígida división de los géneros, similar alienación que han traspuesto a la lectura de las obras de Fernando González. Al fin y al cabo esa es la alienación generada por el afán sistematizador de la moderna filosofía Occidental que desarrolla sus prejuicios desde el punto de partida, desde su lectura de la antigüedad griega.

Sin embargo, basta con echar una rápida mirada a la formación y desarrollo de la tradición humanista renacentista para comprender que el problema es de punto de vista y no de contenido y forma.

En primer lugar, los humanistas renacentistas eran maestros, educadores, totales. Sus reflexiones, escritos y enseñanzas, estaban dirigidos a la exposición bella y literaria -retórica- de las ideas y de las ciencias, sin que, por ello, esa retórica, fuera otra cosa un vehículo adecuado, correcto, claro y preciso, que no reñía, para nada, con La Verdad y la Belleza, tal y como lo habían hecho sus maestros, herederos de la doble función de la poética de griegos y latinos. Para los humanistas era clara la advertencia de Plutarco:

"Aunque existan ritos sagrados sin danzas y sonidos de flautas, no hay poesía sin mito".

Y, por supuesto, está el asunto de la magia y los magos, condenados al fuego por siglos de estigmatización cristiana y persecución inquisitorial como actividad de origen infernal y poder diabólico, acusados de pretender subvertir el "orden imperante", el "pensamiento único", la "Verdad Revelada", etc., con sus peligrosas propuestas de libertad de pensamiento y de conocimiento.

Esa magia y esos magos que llamaban, en aquellos tiempos oscuros, magia y filosofía a lo que hoy se llama ciencia y filosofía, es decir, las artes que experimentan con la naturaleza para dominarla y transformarla en beneficio de la humanidad, como lo hicieron Roger Bacon, Giordano Bruno y muchos otros.

Magia y magos que aceptaban como dice Roger Bacon en De secretis operibus naturae:

"[...] el alma en tensión puede modificar muchas cosas en el respectivo cuerpo".

O, como lo define Giordano Bruno en su obra De magia:

"Mago significa hombre sabio con poder de obrar".

Un obrar que para Giordano Bruno es:

"La idea, la imaginación, la ficción, la configuración, la designación, la notación son la obra universal de Dios, la naturaleza y la razón, y está en poder de la analogía de aquella el que la naturaleza pueda admirablemente representar la acción divina, y que el ingenio humano pueda emular, por ello, la operación de la naturaleza (De Imaginum, signorum et idearum compositione).

Magia y mago que Fernando González define en El Remordimiento:

"Para los jóvenes tengo un mundo de fantasmas que me obedecen y que me alegran. Son las cosas de que he triunfado. Mis experiencias. Ellas surgen a mi llamada. Soy un mago, dueño de mi interior. ¡Toní!, y sale y escribe en un papelito de mi mesa, en el consulado de Colombia en Marsella: “Yo te amo...”. Luego ocupa el campo mental Augusto Bréal, o sea, la amistad; María Olózaga, o sea, el alma viajera y solitaria, radiante de soledad; las estatuas griegas, es decir, la belleza formal; la música, o el canto de un ave, oído en un amanecer..." (El Remordimiento).

En fin, una magia y unos magos que para expresarse recurrían a lo mejor de su imaginación alegórica y metafórica para describir y definir los objetos y los procesos de su operar sobre aquellos misterios para los que no existían, todavía, las palabras y los conceptos y que, por el peligro que corrían sus vidas, tenían que ocultar con herméticos lenguajes.

Haciendo un corte, más o menos arbitrario y más o menos histórico, ya desde el siglo XII y en medio de la polémica sobre si la poesía era un instrumento pagano o un medio adecuado para la expresión reveladora del cristianismo, algunos de los más duros de los enemigos de la poesía y de la filosofía al interior de la jerarquía de la Iglesia Católica, al separarlos, aceptaban que la poesía era útil a la expresión de lo sagrado, sin dejar, por ello, de condenar la expresión secular y pagana que con ella se hiciera.

De esa manera y hasta el Renacimiento, las búsquedas, las enseñanzas y las polémicas literarias, filosóficas y teológicas, se expresaron en la mejor y más bella poesía y prosa, sin que, dadas las circunstancias, fuera posible establecer una división taxonómica rígida entre ellas, como si lo hará la modernidad. Para ellos La Belleza y La Verdad eran interdependientes.

Así como en lo formal la expresión de los humanistas renacentistas no contemplaba diferencias literarias de género, tampoco las existían de contenido. Para ellos, los asuntos de la reflexión, la visión del mundo, el ser y el estar, eran tratados en su unidad esencial y existencial por un racionamiento tan válido, eficaz y eficiente como el cartesiano o ilustrado, salvo que no de manera abstracta ni formal.

Ello explica la primordial unidad literaria, filosófica, metafísica, teológica, en La Palabra de Fernando González, la misma que se convierte en la dificultad para sus críticos y estudiosos incapaces de contemplarla, de theorizarla, superando los prejuicios y alienaciones que por tantos siglos impidieron que se comprendiera que las Confesiones y La Ciudad de dios, de Agustín de Hipona, fueran tanto literatura como teología. O que la poesía y prosa de Dante, Petrarca, Boccaccio, fueran tan literarias como filosóficas o teológicas. O que Giordano Bruno, uno de los personajes cercanos al corazón y al pensamiento de Fernando González, escribiera sus obras científicas, filosóficas y literarias, tanto en bella, significativa y hermética, poesía como en poética prosa.

Bien sé que las denominaciones humanismo renacentista o italiano o francés o inglés, etc., son polémicas e imprecisas, por ello advierto que para estos comentarios las empleo sólo para señalar a aquellos personajes y obras que, desde el siglo XII y hasta el siglo XVI, generaron las corrientes de pensamiento y ciencia que incidieron poderosamente en el desarrollo de la cultura occidental.

***

Esa es la tradición que explica el motivo por el cual Lucas de Ochoa habitará con los "sabios judíos, sefarditas cristianos".

Esa tradición que Fernando González define para sí mismo y cuya explicación fue expresa y ejemplar en las páginas de su penúltimo libro: Libro de los Viajes o de las Presencias:

"Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me dí nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero son las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas y, como si en ellos estuviesen estos temas, los tipos como idos, que se quedan por ahí parados, mirando sin ver y de quienes la gente se aparta desde lejos y dicen que vinieron no se sabe de dónde y les atribuyen todo lo que les asusta y presienten. Son agonizantes. En realidad, las cuatro son una sola vocación" (Libro de los Viajes o de las Presencias).

Esa tradición en la que la escritura (LA NOVELA) es una y todo con la vida -esencia y existencia-, la filosofía, la literatura, la Naturaleza, la materia, el espíritu, el Ser y la realidad, tal la final definición que Fernando González propone en su última obra, porque él, como el Padre Elías:

"[...] era el hombre que sabía más de LA NOVELA, tanto, que su gran anhelo era el acabar con las novelas, para que cada uno estuviese atento a LA NOVELA que en él se representa y vive, pero, ¡ay, con vida inconsciente y vergonzante!" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Por eso, en LA NOVELA, -las novelas de Fernando González-, el autor -los autores-, el personaje -los personajes-, el ámbito -los ámbitos-, son uno, son todos, tal y como se explica al final del prólogo de su última obra, Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera:

"Y, para terminar, explicaré cómo hube estos manuscritos y personaje del drama: así como hay que atisbar en el silencio de las noches para ver las estrellas viajeras, yo me he dado a atisbar en soledad, y he recibido en casa la visita de misteriosos viajeros. No hay tal soledad; lo que así llaman es precisamente la compañía y viceversa. Otraparte, octubre 23 de 1961" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Al final, el reencuentro con Lucas de Ochoa:

"Apenas el Lucas de Ochoa partió para el cercano oriente, el autor fue visitado por el padre Elías y Fabricio, los cuales (apenas ahora principia a entreverlo) fueron enviados por aquél" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Y el ingreso en la PRESENCIA:

"PRESENCIA, o sea, realmente" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Por todo ello es que las obras de Fernando González son agua fresca y transparente para aquellos que las leen como los niños, porque sólo ellos son y ven la unidad: PRESENCIA.

***

Y, así como para Juan Pablo Sartre, en ¿Qué es la literatura?", el compromiso es necesario al escribir, el compromiso de la escritura de Fernando González fue el de crear un lector que se descubra a sí mismo, a su propia imagen y semejanza.


NOTAS

(1) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre, Ediciones B, Barcelona, 2001, p. 58.

(2) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre..., p. 66:

"El maestro de los Estoicos y el Sacerdote de Nietzsche. Zaratustra. Dionisio. De Nietzsche, también, el águila y su ligereza, el camello símbolo del espíritu de la pesadez, la serpiente y todas las ambigüedades del sentido de la tierra".

(3) Ver LECTOR LUDI-12: Iván Rodrigo García Palacios, http://lectorludi.blogspot.com/

(4) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre..., p. 71.

(5) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1997.

Ver también una aproximación académica y Occidental a la filosofía de Fernando González en: Fernando González ¿Filósofo colombiano?: Marquínez Argote, Germán. Sobre filosofía española y latinoamericana. Biblioteca colombiana de filosofía, Universidad Santo Tomás USTA, Bogotá, 1987, p.p. 165 - 175.

(6) Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental, Anthropos, Barcelona, 2003, pp. 135-136. Ver la explicación completa en las páginas 131 a 135.

(7) Ver CUADERNO DE CITAS-6: Unas cuantas citas sobre la importancia del "mundus imaginalis",
http://lectorludi.blogspot.com/

(8) George Santayana, Platonismo y vida espiritual, Trotta, Madrid, 2006, p. 57. También en Dominaciones y potestades:

"Por "espíritu" no entiendo ningún poder separado, alma, persona o deidad que persista en el tiempo con un carácter individual, como un personaje dramático. Entiendo por "espíritu" solamente la despierta atención interna que cubre todos los sentimientos y pensamientos reales, aun cuando éstos se encuentren dispersos y sean momentáneos, bien existan en un efímero insecto o en la eterna omnisciencia de Dios. El espíritu así concebido no es un individuo, sino una categoría: es la vida en tanto alcanza la pura realidad en sentimiento o en pensamiento [...]. El espíritu es el testigo, involuntario y desprevenido, de todo lo real e imaginario, de cuanto bueno o malo pueda experimentarse".

(9) Así resume Daniel Moreno en: Santayana filósofo. La filosofía como forma de vida (Trotta, Madrid, 2007, p. 92), la propuesta de George Santayana:

"Los cuatro volúmenes de Reinos del ser se ocupan de cuatro ámbitos del ser o categorías de la realidad que Santayana distingue. Brevemente presentados son:

- Ámbito de la esencia: conjunto de esencias idénticas, simples, de tipos muy diferentes; es infinito, eterno, ahumano.

- Ámbito de la materia: conjunto de hechos existentes y sucesos ocurriendo junto con su influencia en la psique humana; es contingente, infinito, ahumano.

- Ámbito de la verdad: conjunto de esencias que describan fielmente lo ya ocurrido en el reino de la materia; es invariable, ahumano, contingente.

- Ámbito del espíritu: dimensión abierta por la psique cuando alcanza la intuición de esencias, en especial el conjunto de esencias procedentes de la filosofía, la literatura o la religión que alimenten y entusiasmen al espíritu".

(10) Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental..., p. 6.


OTRA BIBLIOGRAFÍA

Eugenio Garin, Medioevo y Renacimiento, Taurus, Madrid, 2001.
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