17 de diciembre de 2007

LECTOR LUDI-53: "La alegría de enamorarse"

LECTOR LUDI-53

"La alegría de enamorarse"

o "La fuente de la eterna juventud"

"A LAS PARCAS

Un verano y un otoño más os pido, Poderosas,

para que pueda madurar mi canto,

y así, saciado con tan dulce juego,

mi corazón se llegue hasta morir.

El alma que aquí abajo fue frustrada

no hallará reposo, ni en el Orco,

pero si logro plasmar lo más querido

y sacro ante todo, la poesía,

entonces sonreiré satisfecho a las feroces

sombras, aunque debiera dejar

en el umbral mi voz. Un solo día

habré vivido como los dioses. Y eso basta".

(Empédocles, J. C. Friedrich Hölderlin (1770-1843).

Por Iván Rodrigo García Palacios

Al revisar mis anteriores escritos, reflexiones e hipótesis descabelladas sobre el enamoramiento y la depresión anímica advierto un vacío: la ausencia del elemento necesario, la causa obligada que hace que el "Estado agónico" se convierta en el "Estado Naciente", o en la depresión anímica, o en estados de exaltación y euforia.

Observo y deduzco que es necesaria la presencia de un "gatillo" que dispare la chispa que haga estallar el polvorín de las energías acumuladas por la sobresaturación de las fuerzas eróticas, emocionales e intelectuales, frustradas, explicadas antes.

Ese "gatillo", al que antes había llamado como "el mínimo y adecuado pretexto", sin dar explicación alguna, se me descubre ahora como un estado real y concreto, preexistente al inicio mismo de cualquier estado depresivo y se dispara en el momento preciso en el que se dan las condiciones necesarias para que el choque de acción y reacción sobre las energías acumuladas en el "Estado agónico" produzcan la explosión que dan origen al "Estado naciente" o a los estados de exaltación y euforia de la depresión anímica.

Ese "gatillo" es un objeto ideal del deseo que se "monta" u origina desde el momento mismo en el que somos Homo-humanos, ese instante en que se crea y se inicia la evolución de la mente. Ese momento en el cual se instala en la mente y en el cerebro el objeto ideal del deseo, el recuerdo mental y físico de haber estado en el paraíso de la feliz y placentera plenitud. ¿Paraíso? Sí, pero el paraíso perdido.

Objeto ideal del deseo, paraíso perdido, propio y particular, imposible de definir y describir, el cual, cada individuo sólo siente, habita y maneja como imágenes y sensaciones subliminales, pero, al mismo tiempo, un objeto ideal del deseo que opera eficaz y permanentemente sobre mente y cuerpo, obligándolos a su búsqueda y restauración presentida pero imposible.

Ese es el imposible retorno al paraíso perdido cuya ilusión explotan las ideologías religiosas, políticas, económicas, etc., para esclavizar, individual y colectivamente, al Homo-humano que en su fragilidad y dependencia ha sido marcado violentamente por medio de la privación y la deprivación de sus necesidades primordiales y que ha sido condicionado para responder bajo la amenaza del miedo y el chantaje como únicas alternativas para acceder a la satisfacción de esas necesidades.

Es en esa búsqueda y restauración presentida pero imposible del propio objeto ideal del deseo, del paraíso perdido, en la que se generan los estados depresivos, obsesivos y adictivos.

Las obsesiones y adicciones, así sean estados relacionados, al ser causados y desarrollados en otras circunstancias, condiciones y ámbitos, no serán materia de mis reflexiones.

En cuanto a la depresión, el objeto ideal del deseo, además de actuar como uno de los sobresaturadores de las energías del "Estado agónico", es el conjunto de imágenes y sensaciones que actúan como el "gatillo" que enciende la chispa, como dije atrás, o bien del "Estado naciente" o bien de los estados de exaltación y euforia de la depresión anímica.

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Todos, de manera propia y particular, deseamos permanecer en el estado de placer, mental y físico, que proporciona el propio y particular objeto ideal del deseo, habitar el paraíso perdido. Para lograr tal estado, la mente y el cerebro deben desarrollar nuevos recursos con los cuales concretar en la realidad ese objeto ideal del deseo y ese paraíso y así poder disfrutar de los placeres concretos, cada vez nuevos y superiores, así como de la seguridad y la tranquilidad que una vez fue.

Ese es el desarrollo que de manera natural obliga a que la mente y el cerebro evolucionen hacia nuevos estados con los cuales manejar a un objeto ideal del deseo cada vez más complejo y elaborado, así como a los nuevos placeres cada vez más sofisticados, porque cada vez la supervivencia, la reproducción y la adaptación, se hacen más complejas, elaboradas y de más alto riesgo.

A este desarrollo mental y cerebral se le podría comparar con el impulso a la trascendencia o, para ser más concreto, al impulso hacia la superación. La acción de trascender y/o superase y el éxito en su logro, producen el placer mental y físico y seguridad y tranquilidad, como reacciones.

En los asuntos de la trascendencia y la superación de la sexualidad todos hemos desarrollado un sujeto/objeto ideal del deseo con imagen y cuerpo, con características reales y concretas: sabores, olores, sonidos, colores y caricias incluidos, de la pareja ideal, de la amada o el amado soñados o, para proponerlo por una imagen: Eros ha poseído a ese sujeto/objeto ideal del deseo.

Cuando, en el tope o en el punto crítico de un "Estado agónico", presentimos ese particular sujeto/objeto ideal del deseo y la imaginación lo proyecta sobre una persona real, se dispara el "Estado naciente": el enamoramiento.

En los demás asuntos que hacen humano al Homo, también habita Eros: la creación del conocimiento, el manejo de las relaciones con los otros y con los misterios del universo y la Naturaleza, allí y de igual manera, todos hemos creado objetos ideales del deseo y hemos sentido placeres mentales y físicos que anhelamos mantener y reinstaurar permanentemente: saborear el triunfo y el éxito en la diaria competencia por la supervivencia, la reproducción y la adaptación y, por supuesto, por ser el mejor.

Pero si, por el contrario, se fracasa o es difícil obtener los éxitos y placeres que se desean, se instala la frustración creciente, se hace dolorosa la satisfacción de las necesidades básicas y de esos deseos y placeres, se sienten angustias, ansiedades, temores, inseguridad y otros estados dolorosos, mentales y físicos.

Esas son las circunstancias y condiciones cuando la sobresaturación alcanza su estado crítico y el presentir e imaginar otros estados ideales de dicha, provoca la depresión anímica, la cual, por carecer de un objeto más real y concreto, como en el caso del enamoramiento, comienza girar sobre sí misma o a oscilar entre los estados de desánimo y decaimiento, de exaltación y euforia, que caracterizan a la depresión anímica.

¿Podrían ser explicadas de esa manera las depresiones navideñas; las de los días grises y lluviosos; las de los recuerdos por la muerte de un ser querido; las del peso por un fracaso; las de rechazarse a sí mismo por no ser "los otros"; las de sentirse mal por no estar en otra parte; las de no encontrarle gusto a la vida y a lo que se hace con ella, en fin, las de no vivir con el objeto ideal del deseo en el mundo con el que se sueña...? En fin, ese es el primer paso hacia la depresión anímica patológica.

O, si de manera similar a lo que sucede en el enamoramiento, si se encuentra o se crea, ante cualquier síntoma de estado depresivo, un objeto ideal del deseo, un paraíso, concretable y realizable, no sólo será posible confrontar la depresión anímica, sino y lo más importante, esta funcionará, al igual que en el enamoramiento, como mecanismo evolutivo (1), evitando así que se convierta en un estado patológico.

En estas condiciones, si a la depresión anímica se la conduce por un proceso igual al del enamoramiento, también puede conducir al "Estado de renacimiento", explicado y descrito antes.

Enfatizando, la depresión anímica tiene tanto su lado oscuro como su aspecto luminoso, ello dependerá de si se desea morir o renacer.

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Si esas son las naturalezas del enamoramiento y de la depresión anímica, el elixir de los dioses está a mano: "estar enamorado amigos": el objeto ideal del deseo, el triunfo, el éxito y el mundo soñado que se pueden crear con la imaginación y se pueden concretar con el pensamiento y en la acción.

El enamoramiento es el estado en el cual el cuerpo acaricia al propio espíritu. Pero, más importante aun: el enamoramiento es la vacuna contra la depresión anímica y corporal y el sendero de la transformación.

Hay que vivir enamorado para disfrutar de las mieles de la eterna juventud. El entusiasmo jubiloso del enamoramiento es el elixir de la juventud eterna y la fuerza poderosa que mueve montañas.

El enamoramiento perpetuo por su amada eterna o por la eterna sabiduría, son el motivo de aquella visión que inspirara a Dante Alighieri su Divina Comedia, tal y como lo anunciara en La vida nueva:

"Terminado este soneto, me sobrevino una extraña visión en que contemplé cosas tales que me determinaron a no hablar de aquella alma bienaventurada hasta tanto que pudiera hablar de ella más dignamente. Para lograrlo estudio cuanto puedo, como a ella le consta. Así es que, si el Sumo Hacedor quiere que mi vida dure algunos años, espero decir de ella lo que jamás se ha dicho de ninguna. Después ¡quiera el Señor de toda bondad que mi alma pueda ir a contemplar la gloria de mi amada, de la bienaventurada Beatriz, que gloriosamente admira la faz de Aquel "qui est per omnia saecula benedictus!".

(Dante Alighieri, La vida nueva, XLII).

O, como lo dice Berowne, el bruniano y hermético, personaje de William Shakespeare en Trabajos de amor perdido:

"Además, ¿cómo vos, señor,

y tú, y tú lo mismo, hubierais podido hallar lo que

constituye la base del estudio sin la ayuda de la hermosura

de un rostro de mujer? De los ojos precisamente

de las mujeres saco yo la doctrina siguiente:

que ellas son el fundamento de todo saber, los libros,

las academias de donde brota la verdadera

llama de Prometeo".

(William Shakespeare, Trabajos de amor perdido, Acto IV, escena III).

El enamoramiento es la inspiración, la fuerza y el poder, que se nutre "de los ojos de las mujeres": la sabiduría la pintan con cuerpo de mujer y sabios son aquellos que saben ser perpetuos enamorados de la sabiduría, los que saben mirar en los ojos de la mujer ideal.

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El enamoramiento perpetuo no necesariamente tiene que serlo por otra persona, una amada o un amado, porque ese enamoramiento emerge cuando las condiciones han sido dadas.

Existe ese otro enamoramiento igual y tan erótico. Es aquel que se inspira en lo excelso y lo trascendente de la existencia que bien pueden ser actividades físicas o actividades mentales, sin otra importancia o trascendencia que enamorarse de ellas, porque sí.

Inspirados o no por amada o por amado, del enamoramiento del que voy a hablar es aquel que se puede provocar a voluntad, pero de acuerdo con ciertas condiciones.

Es ese enamoramiento por la vida que hizo cantar a Hölderlin:

"Un solo día

habré vivido como los dioses. Y eso basta".

Yo agregaría: Un día, cada día, todos los instantes de todos los días.

Ese enamoramiento se puede producir en y por condiciones nada poéticas ni sublimes, pero sí pragmáticas y cotidianas, cuyos resultados si lo son:

La primera de ellas, obligatoria y necesaria: saber identificar, desde el momento de su inicio, el propio "Estado agónico" o de depresión por saturación que ya fue definido y descrito antes.

La segunda, tener una actividad y una idea a las cuales se desee realizar y desarrollar con excelencia por simple gozo lúdico. La actividad para la salud del cuerpo y la idea para la salud de la mente.

La tercera, cumplidas las dos condiciones anteriores, dejarse poseer por el "Estado naciente" o "La alegría de enamorarse" y lanzarse a la realización de cada nuevo reto que signifique la realización de una actividad e idea que se deseen con pasión.

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Como podría decir uno de esos manuales comerciales de autoayuda, el enamoramiento perpetuo se logra con un sencillo programa de "alegría de vivir".

Programa que, bajo ninguna circunstancia y para rechazar de plano toda autoayuda comercial, nunca debe ser sometido por la enajenación consumista imperante sobre la sociedad del Homo-Humano común.

No es ninguna "alegría de vivir" dejarse engañar y enajenar por los espejismos del consumismo, esa ideología del poder que, aprovechando las fragilidades de la mente, ha creado toda clase de ilusiones que van desde lo material a lo mental y hasta lo espiritual.

Más enferma el "loleo" en las nuevas maravillas que son los centros comerciales, o la rumba tematizada de las grandes discotecas, tabernas, bares, etc., o la actividad física en burbujas mecanizadas que crean más problemas con la anorexia y la bulimia, o la actividad artística y cultural frívola en academias de oropel, o en todas esas actividades que se venden como modas de socialización vana. Para no hablar de los paraísos psicotrópicos.

La "alegría de vivir" no es nada de eso ni de muchas otras cosas frívolas y banales.

La "alegría de vivir" es la cosa más sencilla y deliciosa que el Homo-humano pueda sentir. Es la permanente sensación que se siente en el punto exacto cuando el deseo está en su cenit y en el momento anterior de la plenitud. Es esa sensación de estar vivo, saludable y satisfecho. Es el estado que se origina por el más poderoso de los estímulos: el sentido de ser y de vivir.

La "alegría de vivir" es el delicioso estado de imaginar estas y tantas otras cosas y el gozo de poder pensarlas y escribirlas. Y, al mismo tiempo, hacer la vida: gozar sin envanecerse de los pequeños y grandes éxitos; sufrir sin dejarse derrotar ni deprimir por las pequeñas y grandes derrotas, penas o fracasos.

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A manera de ejemplo y porque es la "alegría de vivir" que me es más conocida, la fuente de mis dichas y labores ha sido siempre, unas veces con mayor éxito que otras, el deseo permanente de formular las preguntas adecuadas y el reto de encontrar mis propias respuestas y, más epicúreo que budista, ser el Peralta que todos debiéramos ser.

Desde siempre y mucho más ahora en la placidez de una senectud largamente anticipada, continúo preguntando y tratando de resolver tanto las grandes preguntas como las más nimias; enfrentar con asombro los solubles e insolubles enigmas; gozar como un niño cada vez que puedo salir desnudo y gritar "¡Eureka!". Hoy y todos los días es el gran día:

¿Qué es el hombre? ¿Qué y porqué somos humanos? ¿Qué y porque es el universo? ¿Qué es el enamoramiento y porqué nos enamoramos? ¿Qué y porqué es el amor? ¿Qué y porqué son la mente, la conciencia, la imaginación, el pensamiento, etc.? ¿Qué y porqué pensar y escribir sobre todo esto? En fin, poderme preguntar y responder: ¿Qué es la depresión y porqué me deprimo?

En fin, preguntas y respuestas como el tiempo: siempre pasado, siempre presente y siempre futuro. Preguntas sin fin en la búsqueda interminable de respuestas que me van aclarando cada paso del camino, me plantean el horizonte inabarcable de la existencia y me producen el gozo extático en el que cada instante es el primero de una suma cuyo resultado es ahora y que mañana ya no será. Ese instante en que, como dijo Hölderlin:

[...] sonreiré satisfecho a las feroces/ sombras"

(Empédocles, J. C. Friedrich Hölderlin (1770-1843).

Porque el misterio prevalece. Porque sé que mi intuición habita y explora en el misterio. Porque, salvo el universo, todo es invento del Homo-humano... y yo invento el mío: arte o ciencia son lo mismo.

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Así como prendí a caminar, aprendí a leer y con la guía de mi padre empecé a formularme las primeras preguntas y a intentar sus respuestas, aprendiendo a ser lector en el libro de la naturaleza, con las herramientas y las mecánicas de su taller y en las páginas de los libros, revistas y periódicos que con frecuencia llegaban hasta la casa y a lomo de mula como si fueran dulces o regalos.

Esos fueron mis primeros enamoramientos antes que apareciera esa niña que me inició en aquellas otras lecturas, las del pasmo, ese pasmo, a la vez, oscuro y luminoso.

Ahora y como LECTOR LUDI, interpreto y doy sentido a todo lo qué fue y continúo buscándolo para lo qué es y lo qué será.

Pequeñas caminadas por placer o utilidad; comer lo que me da placer y vida sin perturbar mi cuerpo y saber distinguirlo; largas y cortas lecturas; nuevas y viejas lecturas o por el gusto de la curiosidad o por la necesidad de un dato recordado o necesitado; escribir y reescribir hasta encontrar la mejor forma de decir mi respuesta; buenos amigos con quienes discutir; esfuerzos y descansos; vigilias que son vigilias y dormires que son dormires; ensueños que lo son y lo cotidiano tal cual.

Nada de lo que llega o de lo que se va lo hace por su gracia. Porque hubo, sí, épocas en las que fui excesivo y exagerado y visité las regiones de mis tinieblas interiores en expediciones de exploración, consecuente y necesaria, de las que regresé gracias a la luz del faro de mis preguntas y respuestas, de mis lecturas del ocio o de la obligación y, con todo ello, cartografíe los mapas de mi futuro, porque como le decía Séneca a Paulino:

"La vida es breve; el arte largo"

(Séneca, De la brevedad de la vida).

A Séneca los remito para la restante cantaleta.

Mi objeto ideal del deseo, mi paraíso, siempre fue aspirar a la felicidad de poder crear y pensar las respuestas a mis preguntas a partir de todas mis lecturas en las páginas del misterio, de la Naturaleza, de mis sueños, de mi imaginación, de mi pensamiento, de mi cuerpo, de los otros y lo otro, de los libros, antes de papel y ahora de luz, en fin, de todo aquello que fuera legible.

Soñar en un sueño irrealizable que es la felicidad, porque los sueños que se realizan se convierten en pesadillas.

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De Roma, retornar más atrás, hasta la "verdadera" filosofía griega, esa que pensaba en el cuerpo como cuerpo y en la filosofía como medicina para el alma. Esa que ofrece el más saludable de los programas para "la alegría de vivir" y la mejor terapia para los males de nuestros tiempos.

Esa filosofía que Michel Onfray se ha propuesto rescatar con sus ya abundantes libros y con la escritura de los seis volúmenes de su obra: "Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía", de los que ya publicó el primer volumen y en los cuales, según sus propias palabras, se propone:

"[...] volver a contar los grandes episodios de estas abundantes aventuras, desde Leucipo hasta Jean-Francois Lyotard, el último de los muertos ilustres; es decir, más de veinticinco siglos de colores, luces, abigarramientos solares, vivos cromatismos, pensamientos generosos, sabidurías pródigas y existencialmente útiles. Todo lleva a creer que, inmutada, radiante y luminosa, esa filosofía de la incandescencia hedonista está disponible para nuevas aventuras".

Como quien dice, el ambicioso proyecto de Michel Onfray de cambiar las formas y contenidos por los que estamos acostumbrados a pensar y a sentir que son el dolor y el sufrimiento los excelsos valores con los que se compran la gloria y la felicidad eterna en el más allá, olvidándose de la salud y la felicidad del cuerpo y de la mente en este más acá.

Reinstaurar aquellos valores censurados que proponían "la alegría auténtica", de Leucipo o "el goce del placer en uno mismo", de Demócrito o "el placer supremo", de Epicuro o "la voluptuosidad divina", de Lucrecio o "de la alegría de nuestra naturaleza", de Diógenes de Enoanda.

Disfrutar "el arte de combatir la tristeza", propuesto Antifón, el inventor de un verdadero psicoanálisis por medio del cual no se habrían sufrido las consecuencias de las pernicias del psicoanálisis de Freud, Jung, Lacan y el resto de los dañinos miembros de sus sectas psicoanalíticas, torturadores "a mansalva y sobreseguros" de cuerpos y mentes.

O, se tendría la opción de convivir con el modelo epicúreo latino del Jardín de Herculano en el que Filemón de Gandara proponía una ética en la que "el trabajo solitario adquiere sentido en el intercambio solidario".

En fin, descubrir y explorar ese un nuevo universo en el cual lo humano es humano, verdaderamente, humano, en el que el cuerpo sea "la gran razón" de la que hablaba Nietzsche en "La gaya ciencia", otro de los filósofos libres de Michel Onfray.

En los libros de Michel Onfray se pueden encontrar abundantes propuestas para crearse un propio programa de lecturas y actividades para el cuerpo, la mente y el espíritu. La lectura misma de sus libros ya es parte de un programa de "alegría de vivir".

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Al final del día y antes de dormirme, he separado un breve tiempo, particular y privado, para mi entero disfrute y para la preparación de mañana. Un momento secreto como ese que describió William Blake en uno de sus poemas:

"Cada día hay un momento que Satán no puede hallar

ni sus diablos tampoco, pero que el hombre industrioso

encuentra, y lo multiplica, y ése, una vez encontrado,

renueva cada momento si el tiempo es el adecuado".

NOTAS

(1) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, 2a. parte.

15 de diciembre de 2007

LECTOR LUDI-52: Del infierno de la depresión

LECTOR LUDI-52

Del infierno de la depresión

a la tierra prometida de la transformación


Por Iván Rodrigo García Palacios


¿Son mentales, orgánicas o genéticas, las causas de la depresión? La respuesta justa sería: "todas a una", así médicos, psiquiatras y psicólogos se empeñen en atribuirle la causa a la una o a las otras.

Iguales confusiones que se presentan al determinar la naturaleza de la depresión para las mujeres y para los hombres, porque sus organismos y mentes, siendo similares, son diferentes y como tales funcionan.

Y, para mayores confusiones, todo lo que sucede en el cuerpo es y está en estrecha y simultánea correspondencia de causas y efectos con la mente, por lo que, para ser precisos, es imposible separar lo mental de lo orgánico a la hora de precisar el origen de la depresión y de la casi totalidad de los fenómenos psicosomáticos. Aun más, al determinar una precedencia se entra en el ámbito de lo paradójico: "¿qué fue primero: el huevo o la gallina?".

En tales condiciones, cualquier reflexión que se emprenda, específicamente, sobre la depresión, así sea con hipótesis descabelladas como estas, debe eliminarse toda precedencia absoluta como punto de partida y, al mismo tiempo, debe considerar que lo mental y lo orgánico actúan en estrecha y simultánea correspondencia como se dijo atrás.

Al reflexionar sobre la depresión me he encontrado con excesiva información, lo cual puede parecer positivo, siempre y cuando el lector común no tenga que enfrentar los obstáculos de carecer de una previa formación científica en la materia o, lo que considero peor: la mayor parte del exceso de esa información ha sido convertida en guías o manuales de autoayuda de una superficialidad y ánimo comercial que repugna y la hace completamente inútil.

Por esos motivos apoyé mis reflexiones en la información que consideré útil y pertinente, tomada, no sólo del ámbito de estudio y terapia de la depresión, sino también de otros ámbitos de estudio conectados, relacionados y correspondientes con ella: neurociencias, antropología, sociología, psicología, filosofía, etc.

Al hacer el análisis de esa información utilicé mis propias experiencias y observaciones sobre las personas cercana con el fin de desarrollar una metodología reflexiva que me permitiera explorar la naturaleza de los fenómenos depresivos en un ámbito real y concreto, conectando las circunstancias y condiciones tanto de lo natural como de lo cultural del Homo-Humano.

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Dada la casi imposible fijación del momento del origen y de las causas de la depresión, así como por la volatilidad y volubilidad de sus síntomas o manifestaciones, era necesario determinar unas circunstancias y condiciones en las cuales un estado depresivo se presentara y actuara de manera constante y regular en cualquier persona saludable tanto mental como orgánicamente y el cual bien pudiera evolucionar en un proceso natural, con principio y fin determinados o, por el contrario, convertirse en un estado patológico.

¿Existía un estado que cumplirá con tales condiciones? Sí.

En mis reflexiones sobre el enamoramiento, me encontré con le presencia necesaria de un estado depresivo al que había denominado "Estado agónico" (1), el cual es precedente a lo que Francesco Alberoni denomina "Estado naciente" (2).

Al tratar el tema del "Estado agónico", escribí:

"El enamoramiento es, pues, un poderoso fenómeno, puramente humano, que se desata en aquellas circunstancias cuando el cerebro y la mente se saturan de fuerzas eróticas, emocionales e intelectuales, frustradas, las cuales le es imposible satisfacer, expresar o eliminar de manera fluida y natural, por los procesos normales. O, bien, porque la sobrecarga es excesiva. O, bien, porque no se han desarrollado las funciones fisiológicas, cerebrales y mentales necesarias para ello, provocando que la imaginación, las emociones y el pensamiento creen un estado ilusorio de impotencia. En fin, cuando el individuo se siente incapaz de controlar su vida, su ánimo y su cuerpo.

Esta especie de congestión orgánico-mental que es, simultáneamente, un estado de ánimo de angustia y ansiedad psicológicas y una sensación de enfermedad orgánica, es una situación abrumadora, cuyos síntomas son dolorosos. Se siente el desaliento corporal y la confusión mental como si fueran una misma y extrema sensación.

Al mismo tiempo, la persona se visualiza en situaciones imaginarias y desmesuradas de estar en ilusorios territorios de brillantes horizontes de felicidad y éxito, lo mismo que sentirse perdido en tenebrosos y brumosos bosques plagados de ciénagas y enemigos ocultos a la caída de una noche oscura y tormentosa, paralizado por el miedo y una dolorosa ansiedad.

Este primer estado crítico, previo al enamoramiento que denomino “Estado agónico”, obliga al cerebro y a la mente a buscar una salida urgente, la cual encuentran ante el mínimo y adecuado pretexto que logre desatar lo que Francesco Alberoni ha denominado y explicado como el “Estado Naciente” (3).

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Es necesario comenzar por plantear algunos de los paradigmas y mitos, así como las limitaciones y confusiones, que las ciencias mantienen sobre la depresión anímica, para así poder pasar a analizar con mayor amplitud las conexiones, correspondencias y relaciones con el "Estado agónico", su naturaleza, causas, efectos y, lo más importante, como punto de partida para enfrentar y manejar la depresión antes de que esta se convierta en patología.

La neurobiología, la medicina, la psiquiatría y la psicología, todavía no han producido información cierta sobre los fenómenos del enamoramiento y lo más próximo que en ellas se encuentra sobre el tema, es que confunden el enamoramiento con estados obsesivos, adicciones o depresiones, todo ello de una manera generalizada, por la semejanza tanto de sus procesos cerebrales como por su sintomatología.

Es cierto que a partir de los fenómenos del enamoramiento y por causas ajenas a su naturaleza, por algunas circunstancias y condiciones patológicas preexistentes en el individuo, un proceso de enamoramiento puede derivar hacia estados patológicos, pero no se puede decir que el enamoramiento sea su causa.

Los estados patológicos: obsesión, adicción y depresión, han sido mejor estudiados y precisados por las ciencias en sus aspectos de procesos cerebrales, orgánicos y genéticos. Sin embargo, sus correspondencias mente/cerebro, dado lo desconocido y las polémicas sobre la naturaleza de la mente y de lo mental, no han sido precisadas con la misma certeza.

Consecuentemente, el tratamiento que se les ha dado al diagnóstico y la terapia de estas patologías, sigue siendo confuso y, muchas veces, "más dañino el remedio que la enfermedad", porque al no establecerse la natural correspondencia de lo mental con lo orgánico, cualquier intervención que se realice será paliativa o errónea.

Esos son temas que dada su sensibilidad y especialización dejo para que sean las ciencias las que los resuelvan. Por mi parte, concentro mis reflexiones e hipótesis descabelladas en proponer un enfoque evolutivo y natural de la depresión de la misma naturaleza que el que propuse anteriormente para el enamoramiento.

La depresión, como el enamoramiento, es un mecanismo evolutivo, que manejado de manera natural, conduce a una transformación del Homo-Humano, transformación más evidente en lo mental pero también con efectos orgánicos.

Mecanismo evolutivo que, como todo lo relacionado con los asuntos de la evolución natural, no es cuestión ni de calidad ni de moral, es algo que corresponde a las leyes de la vida y la materia, por más metafísicas con las que se le quiera confundir.

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Antes de analizar el "Estado agónico" o la depresión pre-enamoramiento, he aquí algunas consideraciones sobre la causa y origen de lo que se denomina la depresión anímica.

¿En qué momento y por cuáles causas se origina la depresión?

La respuesta cierta para esta pregunta todavía no existe. Sobre lo que sí se pueden proponer hipótesis descabelladas, es que, por motivos de correspondencias mentales, cerebrales, orgánicas y genéticas, en algún momento y por causas internas, externas y evolutivas, el cerebro y con él la mente y el organismo, inician un proceso de ajustes en respuesta a tales causas, causas que pueden ser provocadas bien por un estado mental o por un estado orgánico o por una consecuencia genética.

El estado mental es el más difícil de establecer, aunque no imposible. Lo más común es que en algún momento, la mente, al igual que sucede con el cuerpo, empiece a disminuir su capacidad de estímulo, entusiasmo y capacidad de continuar y resistir lo que percibe como motivación para vivir: pensamiento y acción se vuelven opacos y oscuros; desanimados y desalentados.

Es en este punto donde la causa es imprecisable, porque así como puede iniciarse por un estado puramente mental, también lo puede ser por una causa orgánica o genética, por supuesto, más evidentes estas últimas. O, en el mejor de los casos y lo más probable y cierto, es que el origen se deba a todas esas causas, simultánea o correspondientemente.

Una mente que se oscurece o un cuerpo que se desalienta por falta de saludables rutinas de actividad creativa y física, se desentona, pierden su estado "físico" y tienden hacia la atrofia y la enfermedad.

El desánimo mental o el decaimiento físico pueden ser causa y efecto de lo uno o de lo otro o el origen simultáneo de tales consecuencias. Por supuesto, también deben considerarse como factores de decaimiento a las enfermedades causadas por virus, bacterias u otros agentes biológicos; sin embargo, estas serán más virulentas si, por causas anímicas, se ha debilitado el sistema inmunológico.

Lo cierto es que, como ante cualquier otro estado patológico, al inicio de la depresión también se disparan los mecanismos de defensa, mentales y físicos, del cuerpo. Si este esta fuerte y saludable, será capaz de derrotar aquello que lo afecta, se curará a sí mismo, pero si no, mente y cuerpo se enferman en un proceso progresivo de degradación anímica y física.

En tales circunstancias, ese estado patológico es tratado con medicinas para la mente y el organismo, cada vez más poderosas y agresivas, que desgraciadamente y por lo que se afirmó más atrás, atacan o bien los síntomas, o bien sólo la parte orgánica, o bien y lo que es peor, se lo confronta con un tratamiento psicológico confuso y distorsionado que no contempla las causas y orígenes reales y concretos.

En fin, esos son ya asuntos de los "doctores..." y a ellos los dejo en su consciencia.

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Mi asunto es la depresión como mecanismo evolutivo, el cual, a través del enamoramiento o, si se quiere llamarlo de otra forma, a través de "la alegría de enamorarse", conduce a la transformación mental y física del Homo-Humano.

Como ya lo dije atrás, cuando el cuerpo, el cerebro y la mente alcanzan estados de saturación, es decir, cuando su capacidad para actuar es limitada o reprimida por sus propios recursos y capacidades, estos buscan las formas de correr los límites, abrir las fronteras hacia un horizonte más amplio.

Esta situación puede ser desatada por una crisis, caso en el cual se cae en la depresión. Depresión que en sus primeras etapas bien puede ser prevenida y manejada a través de actividades que sometan al cuerpo y a la mente a esfuerzos y logros cada vez mayores o placenteros, por medio de los cuales aumentar paulatinamente la potencia de la fuerza y la capacidad de resistencia ante esfuerzos mayores y prologados. Algo así como un permanente entrenamiento de alto rendimiento que aumente la capacidad mental y física al más alto grado posible.

Esto se explica por ejemplos sencillos y cotidianos. Si se quiere que el cuerpo mejore su desempeño, se le mantiene saludable por medio de una buena alimentación y una adecuada actividad física, al mismo tiempo que anímica

Si se desea que el cerebro se mantenga saludable, además de la buena dieta y la adecuada actividad física, es necesario mantenerlo en progresiva actividad, adecuada alerta y ejercitarlo en el desarrollo de las conexiones neuronales existentes y en el cambio y creación de las conexiones neuronales necesarias para mejorar su estado físico-químico y su capacidad de resistencia a las condiciones de la presión cotidiana y a las presiones aun mayores y emergentes en un mundo cada vez más deshumanizado.

El antiguo precepto griego continúa vigente:

"Mente sana en cuerpo sano".

Por supuesto, viceversa: un cuerpo sano por una mente sana.

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Una mente saludable será cada vez más poderosa, amplia y profunda. Será capaz de enfrentar retos mayores, de alcanzar mejores logros para sí misma y para aquellos que le interesan, así como será capaz de enfrentar cada vez mayores desafíos. Esto podría considerarse un proceso evolutivo natural pero controlado.

El otro tipo de proceso evolutivo, si se desarrolla de forma natural, es el que se sucede en el enamoramiento o en la "alegría de enamorarse", el que, para desatarse y desarrollarse, debe pasar por cuatro estadios necesarios:

1) El "Estado agónico" o depresión por saturación, ya explicado.

2) El "Estado naciente", "La alegría de enamorarse", o estadio de "Euforia extática" o lo que podría llamarse un momento epifánico.

3) El agotamiento, fin de la energía y de las ansias de la "Euforia extática" o, para ponerlo en otro sentido, el hastío o rechazo a nuevos estímulos que provoca la plenitud.

4) El “Estado de Renacimiento”, o la transformación de mente y cuerpo y el cierre del ciclo para dar inicio a uno nuevo. O, como Dante: "¡Incipit vita nova!".

La definición y descripción breve de estos estadios es:

1) El "Estado agónico" o depresión por saturación ya fue definido y descrito atrás. Agrego la descripción que hace Francesco Alberoni que complementa mi anterior explicación y que se aplica igual a aquellos procesos que no necesariamente desatan un enamoramiento pero sí un estado extremo de entusiasmo o de "alegría de enamorarse", como lo he denominado:

"El período que precede a la aparición del Estado Naciente el individuo padece un estado de Tensión Creciente, de insatisfacción. Tiene la impresión de vivir de modo falso, inauténtico. Un estado que corresponde a la tensión y la asfixia que el feto sufre en el útero materno al término del embarazo. En la vida adulta nos sentimos sofocados, prisioneros, cuando nuestro impulso vital, nuestro deseo de vivir se ve trabado por las normas, las relaciones sociales, por instituciones escleróticas. Es la Sobrecarga Depresiva. Entonces la tensión entre el impulso vital y las estructuras que lo comprimen llegan a un umbral en el que el sistema se desintegra, explota.

Este proceso, en términos absolutamente generales, es un aumento progresivo del desorden, de la Entropía hasta el umbral en el cual el sistema se hace añicos. Pero, como ha mostrado Ilya Prigogine, si tiene suficiente energía, el sistema no muere, sufre una metamorfosis, asume otra estructura, cambia de forma. En nuestra psique, esta transición de un orden a otro se da a través de una experiencia particular, el Estado Naciente" (4).

2) El "Estado naciente" o estadio de "Euforia extática", o "La alegría de enamorarse", o el momento epifánico es, según la definición y descripción de Francesco Alberoni:

"El enamoramiento es el Estado Naciente de un movimiento colectivo de dos" (5).

Agrega:

"Roto el cascarón que lo apresaba, el individuo vive una excitante experiencia de liberación, de euforia, una expansión del yo. Se encuentra en un mundo en el que ya no existen los vínculos, las obligaciones, los obstáculos de su mundo interior y en el que la vida es feliz, fresca, auténtica; en el que los colores son más vivos y todas las cosas resplandecientes y maravillosas. Y a él se entrega lleno de energía, de esperanza, deslumbrado y con el corazón latiendo fuerte, pero con la experiencia regocijante de que todo es posible nuevamente. Es un renacimiento: "¡Incipit vita nova!" (6).

El "gatillo" que dispara el "Estado naciente" será explicado en el siguiente LECTOR LUDI-53.

3) El agotamiento, fin de la energía y de las ansias de la "Euforia extática" o para ponerlo en otro sentido, el hastío o rechazo a nuevos estímulos que provoca la plenitud es, según mi definición y descripción anteriores:

"Este es otro estadio, intenso y doloroso, de obligatorio cumplimiento que da inicio a la culminación del enamoramiento, al que Alberoni llama “Petrificación” (7), pero al que él considera, más bien, fortuito.

Según Alberoni, el enamoramiento puede concluir o, bien, convertido en amor, ese estado que une a las personas, y a sus existencias y en el cual se forman las parejas estables en las que se funda la institución familiar.

Ese amor tan omnipresente, elusivo y confuso del que también se podría pensar que es esa fuerza que existe más allá de lo humano, ese Eros platónico que une y mantiene unidas la materia y la energía del universo para crear las formas. En fin, de ese amor que incluye a todas esas razones y motivos sobre los que la literatura, la filosofía y las ciencias, tanto han divagado o precisado por siglos.

O, bien, el enamoramiento, según lo dice Alberoni, da paso al “Desenamoramiento” (8), un proceso que lleva a la terminación paulatina del “Estado Naciente”.

Por mi parte, pienso que, al estadio de euforia extática le sigue un estadio obligado de depresión pos eufórico, similar al que se presenta tras intensos sucesos de fiesta o alegría, pero que para el caso del enamoramiento, es el estadio en el cual el cerebro y la mente se desintoxican y buscan recuperase tanto de los remanentes y desperdicios de la saturación del “Estado agónico” como de los excesos producidos y utilizados durante el “Estado Naciente”.

Pero, además y más importante, es en esa depresión pos eufórica cuando se realiza la instalación y fijación de aquellas transformaciones logradas durante el “Estado Naciente”, las que, en ese proceso, quedarán instaladas y fijadas hasta la siguiente saturación.

Esa instalación y fijación, son lo que constituirán el “Estado de Renacimiento” (9).

4) El “Estado de Renacimiento” o la transformación de mente y cuerpo, así como cierre del ciclo para dar inicio a uno nuevo, como también ya lo había definido y descrito en mis LECTOR LUDI anteriores:

"Con fenómenos y sucesos menos evidentes y espectaculares que los del “Estado Agónico” y los del “Estado Naciente”, el “Estado de Renacimiento” es la conclusión natural y el propósito final de las transformaciones que provoca el enamoramiento.

Siempre y cuando el enamoramiento se hubiere desarrollado normal y saludablemente, pues, también es posible que en la intensa sacudida mental, emocional y física del enamoramiento, al individuo se le despierten patologías emocionales preexistentes. Asunto, este último, que no se va a tratar, por el momento.

Ahora bien, el “Estado de Renacimiento” se inicia al concluir el estadio de depresión pos eufórico, cuando el desenamorado, al igual que sucede con aquel que ha padecido una enfermedad penosa y dolorosa, sin saber cómo ni por qué ni en qué momento, se olvida de sus penas y, casi, de si alguna vez estuvo enfermo o enamorado.

Sólo que en el desenamorado, además de esos olvidos, si bien no se olvida a la persona real y concreta que fue el motivo de sus alegrías y tristezas, si se olvida totalmente de la persona extraordinaria a la que su imaginación inventó a partir de ese modelo tan vacuo y se pregunta: ¿por qué ella?, pues ya ni la percibe ni la siente con aquel brillo y poder con el que la percibía al estallar la sobrecarga de energía con el que se desató su “Estado Naciente”. Y, todavía más, se pregunta: ¿Qué sucedió? ¿Por qué me sucedió?... Y, ¿ahora qué?

¿Qué ha sucedido? Resulta que aquel ser extraordinario que el enamorado cree que es el objeto de su enamoramiento, no lo es tal, porque es una imagen, imaginaria e ilusoria, que se le fijó durante el desarrollo de su mente e imaginación emocional y que permanece, latente, en la memoria y en las imágenes de sus nostalgias. Un ser de fantasía que se proyecta e impone sobre un individuo real y concreto, con muy pocas variaciones, cada vez que se inicia todo proceso del enamoramiento. Es una imagen sublimada, la de su Beatriz ideal que lo conducirá, algún día, al paraíso.

Es, en ese momento, el del olvido o la evaporación de la amada ideal, cuando ya le ha sucedido al desenamorado, como se anotó atrás, la gran transformación, aquella en la que, sin dejar de ser lo que era, se ha transmutado en otro nuevo, es él mismo, el que continuará transformándose, con variaciones de duración e intensidad, hasta la muerte, cada vez que es poseído por el enamoramiento.

Y, ¿cuáles son esas transformaciones?

Tras cada desenamoramiento al individuo le han quedado fijados, total o parcialmente, en su cerebro, mente y memoria, las nuevas conexiones neuronales, la expansión de su capacidad mental y ha incorporado la nueva información y los nuevos conocimientos adquiridos durante el “Estado Naciente”.

Como todos los estados y estadios anteriores, el “Estado de Renacimiento” es igualmente temporal y con el paso de los días, lo que es, el inicial estado de saludable y maravillosa armonía y bienestar, anímico y físico, se irá convirtiendo en algo común y rutinario, se irá degradando y obsoletizando por los impactos de una realidad que obliga a la formalización y normalización de las novedades adquiridas, si es que se desea mantener control y dominio sobre ellas. El desenamorado va retornado a su vida monótona y opaca.

Es que, el paso del tiempo y los sucesos, hacen que la nostalgia de lo ilusorio se vaya apoderando del ánimo y se anhele, ardorosamente, recobrar el brillo de la belleza añorada y la visión de aquellas hermosas formas, soñadas.

Los ojos cansados por la monotonía, dejan de encandilarse con el brillo de aquella ya remota fuente de la luz. El tacto extraña la sutil y tersa suavidad de aquella piel, de aquella Beatriz nunca acariciada y sentirá asperezas en toda otra piel que toca. Los olores y sabores recordados pierden su intensidad y profundidad y se siente que el gozo ya no es aquel gozo.

Entonces, la nostalgia y la melancolía se aferran con sus garras poderosas al corazón y a la mente para así iniciar el nuevo círculo de aquel estado maravilloso: el enamoramiento.

Jamás el corazón humano dejará de anhelar y desear un retorno al paraíso perdido" (10).

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Como en el poema de Francisco Luís Bernárdez, el mejor remedio para la depresión, la fuerza más poderosa tras de las grandes obras de la humanidad y la fuente de las mieles de la eterna juventud, es el enamoramiento perpetuo, la alegría de enamorarse todo el tiempo de las más bellas personas y de las cosas excelsas de la vida.

O, como lo dijo el trágico y desdichado, pero glorioso, J. C. Friedrich Hölderlin (1770-1843) enloquecido por sus excesos de perpetuo enamorado:

"¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine

este amor ardiente y gozoso, este impulso

hacia la verdad suprema? ¿Que cante

mi canto del cisne al borde del sepulcro

donde os complacéis en encerrarnos vivos?

¡Perdonadme!, mas no obstante el poderoso impulso que lo arrastra

el oleaje surgente de la vida

hierve impaciente en su angosto lecho

hasta el día en que descansar en su mar natal".

(Empédocles: El joven a sus juiciosos consejeros).

Pero ese será el tema del LECTOR LUDI-53: "La alegría de enamorarse" o "La fuente de la eterna juventud", para lo cual convocaré las musas de la poesía y de las ciencias.

NOTAS

(1) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, capítulo 1, 2a. parte.

(2) Francesco Alberoni, Enamoramiento y amor, Gedisa, Barcelona, 1980 (167 p.) y Francesco Alberoni, El misterio del enamoramiento, Gedisa, Barcelona, 2004 (163 p.).

(3) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, capítulo 1, 2a. parte.

(4) Francesco Alberoni, El misterio del enamoramiento, Gedisa, Barcelona, 2004 (163 p.), pp. 26-27

(5) Francesco Alberoni, Enamoramiento y amor..., p. 9.

(6) Francesco Alberoni, El misterio del enamoramiento... p. 27

(7) Francesco Alberoni, Enamoramiento y amor,... p. 105

(8) Francesco Alberoni, Enamoramiento y amor,... p. 113

(9) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, capítulo 1, 2a. parte.

(10) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, capítulo 1, 2a. parte.

1 de diciembre de 2007

LECTOR LUDI-51: "La iluminación camino de Cuernavaca"

LECTOR LUDI-51

"La iluminación camino de Cuernavaca"

y el nacimiento de Cien años de soledad

Por Iván Rodrigo García Palacios

Al fin pude encontrarle una relación lógica y real a la frase del discurso de Carlos Fuentes en el homenaje, en Cartagena, abril de 2007, a Gabriel García Márquez por sus ochenta años y los cuarenta de Cien años de soledad, frase que había dejado sin conectar con Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán (1), pues, para ese momento y “poseído” por el éxtasis y la premura, no acaté a recordar que Malcolm Lowry había escrito, durante su permanencia en Cuernavaca, entre 1937 y 1939, el primer cuento que dio origen al que había titulado: Bajo el volcán, así como la primera versión de la novela, esa célebre ciudad mexicana que también aporta buena parte de su ámbito y escenarios de la narración. Y, con esos datos, se hizo la luz.

Dijo Carlos Fuentes:

"[...] los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías" (2)

Resulta que Tres Marías es un pequeño pueblo que queda unos kilómetros antes de Cuernavaca, cuando se viaja por carretera de Ciudad de México hacia Acapulco.

Coincide, como ya lo había escrito, con la misma anécdota que cuenta Mercedes Barcha sobre el momento de la iluminación de su esposo en el nacimiento de Cien años de soledad, ocurrido durante un paseo familiar a Cuernavaca. Anécdota similar de otros testigos, es citada por Dasso Saldívar (3).

Se podría afirmar qué si coinciden los datos de la misma anécdota contada por personas diferentes, el suceso que las origina tiene un fundamento lógico y real. Si. Ese es uno de los métodos de comprobación que utilizan los estudiosos de la historia, la literatura y otras disciplinas.

Se puede decir entonces que la reiterada coincidencia de varios testigos sobre el momento y la localización exacta del lugar del nacimiento de Cien años de soledad en Cuernavaca, más que afirmar la ocurrencia real del evento en ese sitio, así como al evento mismo, a lo que se refiere es a un asunto relacionado pero de otra naturaleza.

Para el caso, lo que cuentan los testigos no es tanto la ocurrencia del evento sino de la conexión de este con las causas que lo originaron: Cuernavaca + Malcolm Lowry + Bajo el volcán = nacimiento de Cien años de soledad.

Con este tipo de juegos herméticos se trata de encriptar una referencia particular por medio de alusiones cuyas claves, una vez se descifra el asunto, son claras y obvias, así no se diga nada de los motivos por los cuales se le quiere ocultar. Lo que conduce a otra condición: este tipo de ocultamiento se hace para compartir un secreto con otros iniciados, así como el reconocimiento de que el asunto, tarde que temprano, será descubierto y que no es un secreto indecible.

Sobre esto ya escribí antes. Sin embargo, para descubrir ese secreto y los motivos por los cuales Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes quieren mantener el ocultamiento, habrá que esperar hasta que se levante la reserva sobre “el correo” entre ellos.

“Correo” que, como lo muestra la breve cita que hace Carlos Fuentes, muestra a un Gabriel García Márquez en el mismo estado en el que Malcolm Lowry se sintió en su momento: poseído por la escritura y su obra.

Esto es lo que dice la carta de Gabriel García Márquez a Carlos Fuentes:

“[…] jamás he trabajado en soledad comparable, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.

“A veces me salta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…” (4).

Las mismas quejas y el mismo estado de agonía y éxtasis que manifiesta Malcolm Lowry en sus cartas, al igual que en los testimonios de quienes se relacionaron con él durante los casi nueve años que estuvo escribiendo y reescribiendo Bajo el volcán y otras de sus obras, tal y como lo cita Douglas Day en los capítulos V y VI, de su biografía. Cartas y testimonios que ya habían sido publicados, tanto en inglés como en versiones en español, para 1964 (5).

¿Coincidencias? Todavía no se puede saber, lo que si se puede afirmar ahora y sin ninguna duda, es que tanto la anécdota como las palabras de Carlos Fuentes, son el reconocimiento encriptado a la deuda de Gabriel García Márquez con Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán.

GGM Y LA VERSIÓN CINEMATOGRÁFICA DE BAJO EL VOLCÁN

Voy a contar otra historia más que conecta a Gabriel García Márquez con Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán.

Desde los años cincuenta y antes de la muerte de Malcolm Lowry, en 1957, existía en el Hollywood cinematográfico interés por realizar la versión cinematográfica de Bajo el volcán, interés al que no fueron ajenos los mismos productores mexicanos.

El primero en manifestar este interés fue Orson Wells, quien quiso reunirse con Lowry, sin lograrlo. Otros de los interesados fueron: John Ford, así como unos productores alemanes a través de Clemensten Holder y unos años más tarde el director José Quintero.

Pero sólo fue hasta 1962, ya estando radicado Gabriel García Márquez en Ciudad de México, cuando Margerie, la esposa de Malcolm Lowry, le vendió al actor Zachary Scoott los derechos cinematográficos de Bajo el volcán, a lo que sigue una historia de veinte años de dilaciones causadas por las condiciones impuestas por Margerie sobre el guión y el guionista. Historia que culmina con la versión de John Huston.

Pero, antes que concluya esa historia, en ella se va a involucrar también a Gabriel García Márquez.

Luego de la muerte de Zachary Scoott, su esposa, Ruth Ford, vendió los derechos a dos productores franceses, Robert y Ramond Hakim, quienes habían sido los productores de Belle do Jour, la famosa película de Luis Buñuel, al que consideraban el más adecuado para realizar la versión de Bajo el volcán, dada la admiración del director español por la novela de Malcolm Lowry, a la que ya le había hecho un homenaje en su película Los olvidados (1950). Margerie rechazó al actor propuesto por Buñuel para representar el papel del Cónsul, por lo que se descartó que Buñuel dirigiera la película.

En la puja que siguió por la realización de la versión cinematográfica de Bajo el volcán, se sumaron muchos grandes directores, entre ellos: Alan Bridges, Joseph Losey, Tony Richardson, Ken Rusell, Joseph Stricky, Anthony Harvey.

Sin embargo, en algún momento que desconozco, fue el productor mexicano Luis Barranco quien obtuvo esos derechos y para quien, por razones que no se conocen pero que presiento, Gabriel García Márquez "tenía que ser el guionista". Barranco, que quería a Paul Leduc como director, tampoco logró realizar el proyecto (6).

Ese presentimiento lo sustento en que Luis Barranco bien sabía que Gabriel García Márquez era un guionista y escritor reconocido por los cineastas mexicanos, pero, más extraño aun, que Luis Barranco debió estar al tanto del secreto y sabía que él era un conocedor y admirador de la obra de Malcolm Lowry y, en especial de su novela Bajo el volcán. Estoy averiguando las fechas en las cuales se sucedieron estos eventos, porque sería más asombroso todavía que coincidieran con algún momento entre 1964 y 1967.

Para 1962 Gabriel García Márquez ya estaba radicado en Ciudad de México y ya se relacionaba con los intelectuales y cineastas mexicanos, incluidos los españoles del exilio, entre quienes debió ser notoria la expectativa por las intrigas que se sucedían en el Hollywood cinematográfico alrededor de la realización de la versión cinematográfica de Bajo el volcán y en especial por parte de Luis Buñuel, también radicado en México, quien, como ya dije, era un viejo conocedor y admirador de la novela de Malcolm Lowry y con antecedentes en el asunto.

Consecuentemente y además de lo anterior, debió ser notable el interés que despertara entre los intelectuales, cineastas mexicanos y españoles expatriados, tanto la historia como la obra de Malcolm Lowry, porque para esa época las publicaciones culturales y universitarias empezaron a publicar sus cartas y escritos inéditos, así como ensayos sobre su vida y obra.

Por ejemplo, la Revista de la Universidad de México publicó en el volumen XIX, número 3, de noviembre de 1964, p. 4, la primera versión en español del cuento que con el título: Bajo el volcán, escribió Malcolm Lowry en Cuernavaca, en 1937 y que, como dije atrás, fue el origen de la novela y que luego fuera transformado en el capítulo VIII de la misma. Igualmente, en el mismo número publicaron una versión en español de una de sus cartas, página 29. Por el momento no he investigado sobre otras publicaciones.

Toda esta expectativa alcanzó su más alto grado en 1964, cuando Editorial Era publica la primera versión castellana de Bajo el volcán, en la traducción de Raúl Ortiz y Ortiz.

¿Extraño? Justo un año antes que ocurriera “la iluminación camino de Cuernavaca" y que Gabriel García Márquez iniciara la escritura de Cien años de soledad.

ADULTERIO, INCESTO...

Para continuar abundando en datos, conexiones y relaciones entre Cien años de soledad y Bajo el volcán, quiero ahora añadir dos más. Uno que apenas insinúe en mi escrito anterior y otro que había dejado de lado del discurso de Carlos Fuentes cuando menciona a Somerset Maugham.

En mi escrito anterior había dicho que los pecados y las culpas que se cometen y castigan en Bajo el volcán y en Cien años de soledad, eran el adulterio y el incesto, respectivamente.

Me encuentro ahora en la biografía escrita por Douglas Day que en ese cuento, escrito por Malcolm Lowry y terminado en Cuernavaca a mediados de 1937, titulado Bajo el volcán, origen de la novela y convertido luego en el capítulo VIII, así como en la conocida como la "segunda versión" de la misma, Yvonne es la hija de el Cónsul y no su esposa y que Hugh es un extraño, amigo de su hija y no el medio hermano del Cónsul. Y que entre Yvonne y el Cónsul se plantea una posible relación incestuosa:

"Hugh, un joven recién llegado ese mismo día de Acapulco, no tiene ojos más que para Yvonne, pero Yvonne está más interesada en su padre, que, por ella, está haciendo el esfuerzo de pasar el día sin licor. En libre asociación, a la manera de todos los héroes atormentados de Lowry, él va emitiendo señales a lo largo del camino, vistas que se abren ante ellos, sonidos y palabras fortuitas, que se intersectan y se corresponden, y apuntan hacia cierta culpa no especificada que el Cónsul siente" (7).

Queda consumado el incesto en Bajo el volcán y en Cien años de soledad y, por supuesto, se mantiene el adulterio de la versión publicada de la novela de Malcolm Lowry.

... Y SOMERSET MAUGHAM

Lo otro, cuando hice la desencriptación del discurso de Carlos Fuentes, ni siquiera mencioné lo que escribió en ese breve paréntesis:

"(Homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham)" (8).

No lo hice porque la referencia me parecía que no tenía nada que ver con el asunto de Bajo el volcán y Cien años de soledad. Pero resulta que estaba equivocado, por defectos de mi memoria.

Lo había olvidado y ahora lo recuerdo, porque al releer la biografía de Douglas Day sobre Malcolm Lowry, la conexión si existía, al igual que la conexión con el tema del adulterio, tal y como escribió Douglas Day en su comentario sobre el capítulo VII de la "segunda versión". "Segunda versión" que debió ser también motivo de estudio y lectura para la intelectualidad mexicana de la primera mitad de los sesenta, tanto en inglés como en versiones en español, dado el interés despertado por la vida y la obra de Malcolm Lowry.

Esto es lo que escribe Douglas Day:

"[...] pero el Cónsul sostiene que alguien que gustaba de Somerset Maugham debía de haber hecho aquella inscripción en la pared de Laruelle. Allí había dormido Priscilla con Laruelle, y el Cónsul, recordándolo, se vuelve bastante brusco" (9).

Priscilla es el nombre del personaje que encarna la esposa del Cónsul en esa "segunda versión" y esa inscripción se explica así:

"En la pared más cercana a la calle hay una inscripción en dorado: "No se puede vivir sin amar". Las palabras son de Fray Luis de León: el poeta-sacerdote ascético español del siglo XVI que fuera condenado por la Inquisición por traducir al español el Cantar de los Cantares" (10).

Aquí se vuelve abrir esa otra antigua conexión de Gabriel García Márquez con la poesía española, pero ese es también asunto de otra historia.

Historia que también podría contar sobre cuáles fueron los motivos herméticos que Gabriel García Márquez tomó de Bajo el volcán para Cien años de soledad. Hasta el momento me encontrado con algunos, pero ese es otro "trabajo en progreso".

Hay les dejo la inquietud.

NOTAS

(1) Las menciones que hago sobre mi anterior escrito, se refieren al LECTOR LUDI-45, http://lectorludi.blogspot.com/

(2) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad, edición conmemorativa, RAE, 2007 (609 p.), p. XIX.

(3) Dasso Saldívar, García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, Alfaguara, Madrid, 1997 (611 p.), p. 430.

(4) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad…, p. XXII.

(5) Para los interesados en informarse sobre la historia de la escritura de Bajo el volcán y las circunstancias que la rodearon, especialmente, la permanencia de Malcolm Lowry en Cuernavaca y Canadá, recomiendo la biografía de Douglas Day, considerado el biógrafo oficial del escritor:

Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía, Fondo de Cultura Económica, México, 1973 (529 p.), capítulos V y VI.

(6) Julius Neelley, Persiguiendo el volcán, Revista Quimera No. 53, Barcelona, p. 81.

(7) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía…, p. 246.

(8) Carlos Fuentes, Para darle nombre a América, homenaje, Cien años de soledad..., p. XIX.

(9) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., p. 299.

(10) Douglas Day, Malcolm Lowry. Una biografía..., p. 299.

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