25 de marzo de 2016

Lector Ludi No. 82: LA CIENCIA DEL DESEO DE LO BELLO



Henri Matisse, La alegría de vivir.
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Lector Ludi No. 82
Iván Rodrigo García Palacios
La Ciencia del Deseo de lo Bello


La Ciencia del Deseo de lo Bello es aquella que conoce, sabe y guarda la memoria y el recuerdo de la escala del descubrir, acumular y perfeccionar el conocimiento y el saber; conocimiento y saber que se sienten y se obtienen en el estremecimiento sensual de la carne ante la visión y contacto con los cuerpos bellos, así como el estremecimiento sublime de estar poseído por el más trascendental de los anhelos, pasando por todos los escalones del saber actuar, saber hacer y saber inventar lo que somos y lo que hacemos.
Es la ciencia que conoce y sabe de las relaciones, conexiones y correspondencias entre la vida, el arte y la ciencia y hace de ellas la acción de buscar, descubrir, acumular y perfeccionar ese conocimiento y ese saber.
Es la ciencia que conoce y sabe del qué, cómo y por qué somos un cuerpo deseante y deseamos lo bello y lo bueno, porque lo intentamos, lo queremos, lo apetecemos y lo deseamos y porque guardamos y reproducimos la memoria y recuerdos de los deseos, los sentimientos, los momentos y lugares en los cuales sentimos placer y dolor.
Mejor dicho, es la Ciencia de la Sabiduría.
***
Con nostalgia y asombro mi amigo Jaime Florez Mesa se encontró o "descubrió" en los ojos de Rosalinda "La Ciencia de la Belleza" o "La Ciencia del Deseo de lo Bello", esa que expone BEROWNE en sus discursos en Trabajos de amor perdido, de William Shakespeare:
[...] ¿cómo habríais podido encontrar en la fría meditación cadencias tan ardientes como esas con las que os han enriquecido los inspiradores ojos de las que os han enseñado, como verdaderas maestras que son en la ciencia de la belleza? (William Shakespeare, Trabajos de amor perdidos, Acto IV, Escena 2).
Porque Rosalinda es también la encarnación de aquella mítica mujer que fue Diotima, la de Sócrates, aquella que lo instruyó en "La Ciencia del Deseo de lo Bello" que no es otra cosa que:
"Deseo de la generación y procreación en lo bello" (Platón, Banquete, 206 e).
Ese deseo que se corresponde con lo que Eros es: deseo del placer y de lo bello 1, deseo que se constituye en el objeto de esa "ciencia de lo bello mismo", esa en la que Diotima instruye a Sócrates y que es el motivo de todo el discurso en el que él relata y expone aquellas enseñanzas, la escala hacia "la ciencia de lo bello mismo", en las que fue "iniciado", escala que es, también, la escala del deseo:
"Cuando de las bellezas inferiores se ha elevado, mediante un amor bien entendido de los jóvenes, hasta la belleza perfecta, y se comienza a entreverla, se llega casi al término; porque el camino recto del amor, ya se guíe por sí mismo, ya sea guiado por otro, es comenzar por las bellezas inferiores y elevarse hasta la belleza suprema, pasando, por decirlo así, por todos los grados de la escala de un solo cuerpo bello a dos, de dos a todos los demás, de los bellos cuerpos a las bellas ocupaciones, de las bellas ocupaciones a las bellas ciencias, hasta que de ciencia en ciencia se llega a la ciencia por excelencia, que no es otra que la ciencia de lo bello mismo, y se concluye por conocerla tal como es en sí. ¡Oh, mi querido Sócrates!, prosiguió la extranjera de Mantinea, si por algo tiene mérito esta vida, es por la contemplación de la belleza absoluta" (Platón, Banquete, 211 b-c).
Y es que los dos diálogos de Platón, Banquete y Fedro, son la exposición formal de lo que es esa "Ciencia de lo Bello" o "Ciencia del Deseo" o, mejor, "La Ciencia del Deseo de lo Bello", esa que ya antes había sido narrada en mitos por Hesíodo y, luego, planteada por Empédocles como esa ciencia por la que se explica la Naturaleza y sus períodos de Armonía y Discordia, Amor y Odio, que dan origen al universo y a todo lo existente en la danza cósmica de los elementos en la materia y en la energía. Igual lo hicieron otros de los llamados filósofos presocráticos en sus filosofías de la naturaleza.
Y es que esta, "La Ciencia del Deseo de lo Bello", antes que ciencia o filosofía, es Arte y su lenguaje es el de la poesía. Y es por ello que todavía sigue siendo válido ese motivo poético de la Sabiduría, esa que se contempla en los ojos de esa mujer símbolo en la que se ha encarnado su búsqueda, entre las que cabe mencionar a la Laura de Petrarca, a la Beatriz de Dante, a la Diana de Bruno, a la Diotima de Hölderlin, a la Ariadna de Nietzsche ... mujeres reales o imaginarias trasformadas en Musas por sus enamorados.
Y es que esa ciencia es Ciencia del Arte, porque primero es el sentimiento y luego es el pensamiento y es el conocimiento y luego, finalmente, es el saber: del buen sentir al bien pensar, o sea, del sentimiento al conocimiento y al pensamiento. Y porque es la expresión de Eros, del Deseo, de ese generar y procrear en lo Bello, que no es otra cosa que la búsqueda de lo imposible: La Unidad, como lo dice Giorgio Colli:
"El eros es la nostalgia del hombre fragmentado por aquella plenitud perdida, es el deseo —insaciable porque la unidad jamás podrá ser reconstituida— " (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, p. 52).
"La Ciencia del Deseo de lo Bello" es Arte, porque sólo el Arte puede conferir el poder de "conocer" y explicar la naturaleza del cuerpo y darle sentido y sentimiento al placer y al dolor que las fuerzas de la naturaleza, esas que rigen y operan sobre la materia, provocan sobre el cuerpo en las luchas de la Armonía y la Discordia, del Amor y del Odio, y que por ello hacen que el Homo-Humano anhele un sentido y un sentimiento de Unidad en medio de la dispersión y el caos.
Porque esa, "La Ciencia del Deseo de lo Bello", es la que explica el qué, el cómo y el por qué del deseo, ese deseo del que afirma Spinoza:
"[...] el deseo es la esencia misma del hombre, en cuanto que es concebida como determinada a hacer algo" (Spinoza, Ética, III, Definiciones de los afectos, I).
A lo que habría que agregar, también con Spinoza, la explicación del conatus, el anhelo. Anhelo que para Spinoza es el conatus:
"PROPOSICIÓN IX
El alma [mens] 2, ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Ética, II).
Lo que se explicaría, también y según Spinoza, que el hombre se definirá por su anhelo y, en general, todas las cosas por su conatus.
Conatus que antes de Spinoza, fue "el furor heroico" que propusiera Giordano Bruno:
"Estos furores cerca de los cuales razonamos y cuyos efectos advertimos en nuestro discurso no son olvido sino memoria, no son negligencia de uno mismo, sino amor y anhelo de lo bello y bueno, con los que se procura alcanzar la perfección, transformándose y asemejándose a los perfecto. No son embeleso en los lazos de las afecciones ferinas, bajo las leyes de una indigna fatalidad, sino un ímpetu racional que persigue la aprehensión intelectual de lo bello y bueno que conoce, y a lo cual querría complacer tratando de conformársele, de manera tal que se inflama de su nobleza y su luz, y viene a revestirse de cualidad y condición que le hagan aparecer ilustre y digno. Por el contacto intelectual con ese objeto divino, se vuelve un dios; a nada atiende que no sean las cosas divinas, mostrándose insensible e impasible ante cosas que por lo común son consideradas las más principales y por las cuales otros tanto se atormenten" (Giordano Bruno, De los heroicos furores, I, 3, Tecnos, Madrid, 1978, p. 57).
Y, en ese orden de ideas, "La Ciencia del Deseo de lo Bello" explica qué es el Espíritu, o sea, ese anhelo de futuro de la naturaleza del Homo-Humano. Porque no de otra forma se explica lo que el Homo-Humano es.
En fin, "La Ciencia del Deseo de lo Bello", es la ciencia que hace suya esa teoría de la evolución y de la selección erótica como la consideró Platón, la misma que propusiera Epicuro y que expusiera Lucrecio en su poema De rerum natura ... el que inicia invocando a Venus: "Quae quoniam rerum naturam sola gobernas" (I, v. 21); Venus, la que gobierna la naturaleza y la que hace que tanto el poema como el mundo sean guiados por el placer "... dux vitae día voluptas" (II, v. 172):
Pues como seas tú la soberana
De la naturaleza, y por ti sola
Todos los seres ven la luz del día,
Y no hay sin ti contento ni belleza,
Vivamente deseo me acompañes
En el poema que escribir intento
De la naturaleza de las cosas".
(Lucrecio, De rerum natura, Libro I, Invocación a Venus, v. 33-38).
Para Shakespeare no debieron ser extrañas ni la invocación de Lucrecio a Venus ni las escrituras de Giordano Bruno ni esa tradición que en el humanismo italiano hacía de los ojos motivo del poder del Amor y del ingenio y de la fantasía:
"La fantasía es el ojo del ingenio" (Giambattista Vico, De antiquissima italorum sapientia, Opere, p. 303).
Y de la que también hace gala Dante Alighieri tanto en la Divina comedia como en La vida nueva:
"En los ojos mi dama lleva Amor, y se hace / noble todo lo que ella mira" (Dante Alighieri, La vida nueva, XXI, Siruela, Madrid, 1985, p. 53).
Por algo, su Rosalinda y los discursos de Berowne también se inspiran en ellos, al igual que lo hizo Bruno en su comedia Il Candelaio:
"La fascinación de amor llega con miradas muy frecuentes o incluso con una sola mirada intensísima, que hace que una mirada se prenda de otra, que los rayos visuales se encuentren, que la luz se una a la luz. Y entonces el espíritu se une al espíritu, y el brillo superior guía al inferior y brillan a través de los ojos corriendo y penetrando hasta el espíritu interno, donde está enraizado el corazón: así se produce el incendio amoroso" (Giordano Bruno, Il Candelaio, Acto I, Escena X, pág. 172).
Son los mismos ojos en los que Marcel Proust contempla la existencia de una muchacha y los enigmas de la Ciencia del Deseo de lo Bello:
"Si pensáramos que los ojos de una muchacha no son más que brillantes redondeles de mica, no sentiríamos la misma avidez por conocer su vida y penetrar en ella. Pero nos damos cuenta de que lo que luce en esos discos de reflexión no proviene exclusivamente de su composición material; hay allí muchas cosas para nosotros desconocidas, negras sombras de las ideas que tiene esa persona, de los seres y lugares que conoce –verdes pistas de los hipódromos, arena de los caminos, por donde me hubiese arrastrado, pedaleando a campo y a bosque traviesa, esta perimenudita, más seductora para mí que la del paraíso persa–, las sombras de la casa en donde va a penetrar ahora, los proyectos que hace o los proyectos que inspira; en esos redondeles de mica está ella, con sus deseos, sus simpatías, sus repulsiones, con su incesante y obscura, voluntad. Así, que sabía yo que, de no poseer todo lo que en sus ojos se encerraba, nunca poseería a la joven ciclista. De suerte que lo que me inspiraba deseo era su vida entera; deseo doloroso por lo que tenía de irrealizable, pero embriagador, porque lo –que entonces había sido mi vida dejó bruscamente de ser mi vida total y se transformó en una parte mínima del espacio que se extendía ante mí y que yo ansiaba recorrer, espacio formado por la vida de esas muchachas, que me ofrecía esa prolongación y multiplicación posibles de sí mismo que constituyen la felicidad" (Marcel Proust, En busca del tiempo perdido / 2. A la sombra de las muchachas en flor, Alianza, Madrid, 1997, p. 421).
Por eso, cuando se habla de "La Ciencia del Deseo de lo Bello", esa "mirada intensísima" es igual a las de Diotima, Diana, Venus, Laura, Beatriz, Rosalinda, la otra Diotima, Ariadna ... esas y tantas otras figuras y motivos de mujer en las que se ha encarnado el amor o el deseo por "alcanzar la perfección", la Sabiduría, y la que a tantas y bellas obras y poemas y ciencias y artefactos han dotado de "cadencias tan ardientes".
***
Hubo tiempos en los que esa, "La Ciencia del Deseo de lo Bello", fue estigmatizada y condenada y condenados sus cultores ...
Porque el deseo no es pues falta, dolor, condena, esa búsqueda desesperada de "la otra mitad" que dice Aristófanes en Banquete o el motivo de perdición que fue lo que predominó en la cultura occidental cristianizada y que, para colmo de males, el deseo fue psicoanalizado como aberración y como negación del cuerpo, como el dolor por llenar algún vacío o carencia en una presunta condición sufriente que no lo es, pues lo que somos es un cuerpo deseante de placer ... así se cause algún placentero dolor. Porque este cuerpo siente y desea generar y procrear en lo bello, no por carencia, sino por deseo pleno; no por dolor, sino por placer, por el anhelo de futuro, eso que es el espíritu y no por una supersticiosa "pulsión de muerte".
Pero, todavía hoy, lo que no se ha explorado es "La Ciencia del Deseo de lo Bello", esa que propone Platón en Fedro y Banquete, en donde y a pesar de aquello de la inmortalidad del alma y lo de "la teoría de las Ideas", de lo que habla Diotima no es de almas inmortales o "ideas eternas y absolutas", sino de un cuerpo enamorado que genera, engendra y procrea el espíritu, ese anhelo de futuro que es el espíritu. Mejor dicho, un cuerpo que se hace alado por su espíritu.
Es en Fedro, cuando Sócrates define a Eros como Amor, Deseo, impulso, fuerza, una locura, una manía, un "entusiasmo" ... El espíritu alado y deseante de generar y procrear en lo bello:
"Y aquí es, precisamente, a donde viene a parar todo ese discurso sobre la cuarta forma de locura, aquella que se da cuando alguien contempla la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de las de aquí abajo, y dando ocasión a que se le tenga por loco. Así que, de todas las formas de «entusiasmo», es ésta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía, al amante de los bellos, se le llama enamorado" (Platón, Fedro, 249 d-e).
Y en Banquete, Sócrates relata aquello que le enseño Diotima sobre el origen de Eros como un demon hijo de Poros, el recursivo, y Penía, la que todo lo desea, y expone esa "La Ciencia del Deseo de lo Bello" en la que ella lo instruyó como una ascensión escalonada hacia "la contemplación de la Belleza absoluta" y, como ya se citó atrás, hacia el "deseo de la generación y procreación en lo bello".
E insisto en la cita:
"¡Oh, mi querido Sócrates!, prosiguió la extranjera de Mantinea, si por algo tiene mérito esta vida, es por la contemplación de la belleza absoluta" (Platón, Banquete, 211 b-c).
Para ello, hay que haber sido "iniciado".
Dos mil años después, Giordano Bruno recuperara esa ciencia platónica y propondrá su propia ciencia a partir de su Arte de la memoria, su magia y sus vínculos, con la cual se "instruye e inicia" al "furioso heroico".
***
Desde entonces se ha interpretado el deseo como "idea" pero no como la definición científica de un estado del cuerpo, hasta ahora que las ciencias, en particular las neurociencias, están explorando y descubriendo a la naturaleza humana en esa materia viva que siente y siente su sentir y que de ese sentir placer y dolor hace deseo de placer y rechazo de dolor y hace la conciencia y desarrolla todo aquello que constituye el funcionamiento y comportamiento del cuerpo, desde la carne viva ascendiendo a la mente y hasta el espíritu, el anhelo de futuro, una escala que se inicia con la regulación homeostática automatizada del cuerpo desde lo biológico a lo mental y a la conciencia, escala en la cual el deseo es el punto o el escalón en el que lo que se siente pasa de ser sentido por y en el cuerpo, a tener sentido en y para la mente ("feeling to meaning"). En otras palabras, el deseo es la fuerza que se hace consciencia y que atrae o empuja hacia el placer y es la fuerza que rechaza y huye del dolor, conscientemente.
Fue Platón quien teorizara y propusiera los métodos para conocer y regular la naturaleza y ejercicio de los deseos, la Erótica platónica del cuerpo y del espíritu, como lo explica Francis M. Cornford:
"[...] El Banquete ha de explicar el papel de Eros en el amante de la sabiduría.
Platón, en la República, dividía el alma en tres partes: la racional o reflexiva, la impulsiva o apasionada, y la concupiscente; y define las distintas virtudes de sabiduría, valor, templanza, y justicia según van apareciendo en la compleja naturaleza del hombre, en su presente estado de imperfección. Un punto esencial de esta triple división es que cada una de las llamadas "partes" del alma se caracteriza por una forma peculiar de deseo. Además, estas tres formas de deseo están a su vez caracterizadas por sus objetos particulares. Así, donde Platón prueba que el tirano es el más desgraciado de entre todos los hombres, allí también observa que cada parte del alma tiene su propio goce y su deseo característico y propio, y que cualquiera de las tres puede tomar el mando sobre las demás. La parte reflexiva persigue el conocimiento y la sabiduría, la apasionada apunta al éxito, al honor, al poder; la concupiscente recibe tal nombre por la especial intensidad de los deseos que conciernen al sexo y la nutrición; es adquisitiva y gusta del dinero como de un medio de gratificación sensual. En consecuencia, existen tres tipos generales de carácter en el hombre, determinados por el predominio de un apetito o de otro, tres vidas que buscan respectivamente los goces de la contemplación de la verdad, de la ambición satisfecha y de las ganancias materiales. Se afirma que, en algún sentido, los goces inferiores son ilusorios y falsos. Por otra parte, estas dos partes inferiores del alma no han de ser meramente aniquiladas y reprimidas. Positivamente resultará mejor que la razón las rija, por lo que concierne a su propia satisfacción, que no que resulten libradas a su solo arbitrio. Y, al revés, si cualquiera de estas dos partes usurpa el mando, no solamente forzaría a las otras a perseguir falsos placeres, sino que ni siquiera encontraría satisfacción más auténtica para la que era apta. A tal respecto, lo peor es lo más bajo. Una vida arbitrada por una tolerancia sensual fuera de control es lo menos agradable de todo". (Francis M. Cornford , La filosofía no escrita y otros ensayos / La doctrina de Eros en el Banquete de Platón /, Ariel, Barcelona, pp. 130-131).
Buena parte de la filosofía existencial posterior a Platón se fundamenta en esa propuesta platónica que hasta el cristianismo convirtió en motivo y doctrina a su modo y conveniencia.
Pero lo más llamativo de todo esto es que Platón, como lo hacían los filósofos de la naturaleza de su época, proponía su erótica o "Ciencia del Deseo de lo Bello" ya incorporada en una teoría de la evolución y de la selección natural y cultural, que anticipa lo que ahora hacen las neurociencias.
"Cuando los deseos de una persona están fuertemente establecidos en una dirección sabemos que fluyen con la correspondiente parquedad en las restantes, de la misma suerte que una corriente cuyas aguas hubiesen sido distribuidas en canales diferentes. Así pues, cuando el flujo de los deseos se ha fijado en el ir hacia el conocer, en todas sus formas, el deseo de un hombre se volverá hacia aquellos goces que el alma tiene por sí misma y abandonará, si es que su amor por la sabiduría no es fingido, los placeres del cuerpo (Platón, República, 485)" .
He aquí lo que dice Francis M. Cornford analizando la mecánica del deseo de lo bello en República y Banquete:
"Ahora podemos ver con mayor claridad de qué forma esa virtud de clase ordinaria, a saber, la armonía de los deseos en una naturaleza compleja, se ve afectada por el reajuste de los impulsos naturales. A lo largo del vivir la energía tiene que fluir por todos los canales en la medida que se requiere. Una parte debe encaminarse a conservar la vida mortal. El gozo que comportan las funciones del cuerpo atrae la fuerza necesaria, y es inocente si resulta controlado y no se le considera como meta de la vida. Otra parte ha de ir a parar a los intereses y deberes cívicos. Así el amor al poder se satisface y es recompensado con los honores que otorga la sociedad. Y el amor a la verdad y a la bondad se verá satisfecho con el ejercicio de la prudencia o sabiduría práctica. La armonía de los tres elementos se llevará a cabo por medio de la correcta distribución de la energía disponible.
Sin embargo, no es éste el final del tema, ni siquiera del discurso de Diotima. Le toca ahora definir el objeto común de todo deseo como -la posesión del bien, con el significativo apéndice de "para siempre". ¿Cómo pueden los mortales alcanzar tal cosa? Por medio de la operación característica del Amor, la generación. En todos los seres humanos está el impulso de traer a luz nuevos hijos, sean del cuerpo o de la mente. El fin no es el goce individual e inmediato de la belleza, sino la perpetuación de la vida por medio de un acto creador al que asiste la Belleza como una diosa del nacer, para dar descanso a los afanes. La procreación es el atributo divino del animal que muere. Eros es, en última instancia, el deseo de inmortalidad.
Incluso en sus formas más bajas Eros traiciona tal cualidad divina, por medio de la cual alcanza algo que está más allá de su objeto inmediato y aparente, allende cualquier dicha personal que pueda ser conseguida y disfrutada en vida del individuo. En el nivel más bajo, en la forma animal de la pasión del sexo su meta es la inmortalidad de la especie. "¿No te has dado cuenta -dice Diotima- de que todos los animales se ven extrañamente afectados cuando -el deseo de producir vástagos los invade? Están perturbados por la pasión, primero por copular con otro y después por criar a la joven criatura; y por su causa el más débil luchará contra el más fuerte y expondrá su vida, o morirá de hambre por alimentar al pequeño; nada hay que ellos no hagan (Banquete, 207 a-b)" La razón es que la naturaleza mortal busca, dentro de los límites de su poder, existir para siempre y ser inmortal. Esto puede llevarse a cabo no en la propia persona, sino dejando tras de sí algo nuevo que reemplace a lo viejo. Toda vida mortal es renovación y cambio perpetuos, no inalterabilidad al modo de los dioses. Tal es la única inmortalidad posible a los mortales" (Francis M. Cornford , La filosofía no escrita y otros ensayos / La doctrina de Eros en el Banquete de Platón /, Ariel, Barcelona, pp. 136-138).
Como quien dice, la Ciencia del Deseo de lo Bello es la ciencia del espíritu, del conatus, del anhelo de futuro, de la inmortalidad, pero no de la inmortalidad del alma, la inmortalidad de la especie.
Algo como lo que ahora dice Michael S. Gazzaniga en referencia a la teoría evolutiva:
El cerebro humano es en verdad un extraño mecanismo, diseñado por la selección natural con un propósito principal: tomar decisiones que favorezcan el éxito reproductor" (Michael S. Gazzaniga, ¿Qué nos hace humanos?, Paidós, Barcelona, 2008, p. 43).
***
Pero, será hasta los tiempos del humanismo italiano y del Renacimiento cuando los filósofos que descubren y rescatan las obras de Platón y de otros antiguos maestros y que, en el contexto cultural de la época, comienzan a proponer nuevas interpretaciones y aplicaciones de las propuestas platónicas y de otras antiguas ciencias, acordes con los descubrimientos científicos y las novedosas visiones que del Homo-Humano, del mundo y del universo que ellos y los científicos empezaban a formular 3 4.
Heredero de la erótica platónica y neoplatónica a través de Plotino y Marsilio Fiscino y otros, Giordano Bruno evoluciona el concepto de deseo y por selección cultural lo trata ya como un asunto pre-científico en el que ya se advierte que el deseo es un asunto del cuerpo que se hace mental y que funciona por la atracción del placer y por el rechazo del dolor:
«Todos los afectos y vínculos de la voluntad se reducen y se refieren a dos: la repugnancia y el deseo, o el odio y el amor. Sin embargo, el odio se reduce él mismo al amor, y por ello resulta que el único vínculo de voluntad es el eros. Está demostrado que todos los otros afectos que una persona puede sentir sólo son, tanto formalmente como fundamental y originalmente, amor. Por ejemplo, la envidia es amor de alguien por sí mismo, y no soporta ni la superioridad ni la igualdad del otro; el mismo principio se aplica a la emulación. La indignación es amor por la virtud [ ... ]; el pudor y el miedo [verecundia, timor] no son más que amor por la honestidad y por lo que da miedo. Se puede decir lo mismo para los otros afectos. Por lo tanto, el odio no es más que amor por el contrario o por lo opuesto, y así mismo, la ira sólo es una especie de amor. Para todos aquellos que están destinados a la filosofía o a la magia, es del todo evidente que el vínculo más elevado, más importante y el más general [vinculum summum, praecipuum et generalissimum] pertenece al eros: lo que explica que los platónicos llamaran al amor el gran demonio, daemon magnus» (*).
[...]
(*) Theses de Magia, t. LVl, Op. Iat., III, pág. 491. La expresión daemon magnus viene del Comentario a El banquete, de Ficino, y ha sido transmitida a consciencia por toda la tradición ficiniana, desde Juan Pico.
(Giordano Bruno, citado por Ioan P. Culianu, Eros y magia en el Renacimiento 1484, Siruela, Madrid, 1999, p. 134).
Spinoza evolucionará más allá y con mayor detalle la propuesta de Bruno y, al conectar y corresponder el apetito con el deseo, hará evidente ese paso de lo corporal a lo metal:
"Escolio: Este esfuerzo, cuando se refiere al alma sola, se llama voluntad, pero cuando se refiere a la vez al alma y al cuerpo, se llama apetito; por ende, éste no es otra cosa que la esencia misma del hombre, de cuya naturaleza se siguen necesariamente aquellas cosas que sirven para su conservación, cosas que, por tanto, el hombre está determinado a realizar. Además, entre «apetito» y «deseo» no hay diferencia alguna, si no es la de que él «deseo» se refiere generalmente a los hombres, en cuanto que son conscientes de su apetito, y por ello puede definirse así: el deseo es el apetito acompañado de la conciencia del mismo. Así pues, queda claro, en virtud de todo esto, que nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos" (Spinoza, Ética, III, Proposición IX, Escolio, p. 87).
El neurocientífico Antonio Damasio explica el deseo como un subproducto de la conciencia:
"Sufridos individualmente u observados en el prójimo, el pathos y el deseo son subproductos de la consciencia. No podríamos conocer ninguno de estos estados personales si no tuviéramos consciencia. No culpes a Eva por saber; culpa a la consciencia, y dale las gracias" (Antonio Damasio, Sentir lo que sucede. Cuerpo y emoción en la fábrica de la consciencia. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 2000, p. 20).
Para luego incorporar las emociones y los sentimientos:
"Las emociones se representan en el teatro del cuerpo. Los sentimientos se representan en el teatro de la mente (3). Como veremos, las emociones y el sinnúmero de reacciones asociadas que les sirven de fundamento forman parte de los mecanismos básicos de la regulación de la vida; los sentimientos contribuyen asimismo a la regulación de la vida, pero a un nivel superior. Las emociones y las reacciones relacionadas parecen preceder a los sentimientos en la historia de la vida. Las emociones y los fenómenos asociados son el fundamento de los sentimientos, los acontecimientos mentales que forman la base sólida de nuestra mente y cuya naturaleza deseamos dilucidar".
(3) En sus escritos sobre este tema, Spinoza no utiliza la palabra emoción ni la palabra sentimiento, sino afecto (en latín, affectus), un término que es apropiado para ambos conceptos. Dice Spinoza: «Por affectus quiero decir las modificaciones del cuerpo, por las que el poder activo de dicho cuerpo aumenta o disminuye, es ayudado o constreñido, y asimismo las ideas de dichas modificaciones» (Spinoza, Ética, parte III). Cuando desea aclarar su significado preciso acota el afecto y nos hace saber si se refiere al aspecto en gran parte externo o al aspecto exclusivamente interno del fenómeno, la emoción o el sentimiento. Sospecho que vería de buena gana la distinción que propongo, porque dicha distinción se basa en la identificación de diferentes acontecimientos en el proceso de «ser afectado», precisamente como lo son los términos paralelos de Spinoza, apetito y deseo.
Tiene interés el hecho de que una de las traducciones al inglés más generalmente usadas de las obras de Spinoza (la de H. M. Elwes, publicada en Inglaterra en 1883), traduce el affectus latino por emoción y contribuye a perpetuar el uso incorrecto de dichos términos. La traducción americana moderna de Edwin Curley traduce adecuadamente affectus por afecto. Para complicar todavía más las cosas, Elwes traduce los términos laetitia y tristitia de Spinoza como placer y dolor, cuando una traducción más aceptable es felicidad/alegría y tristeza/pena".
(Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 32).
Luego, Antonio Damasio explica el deseo a partir de las definiciones que para apetito y deseo propuso Spinoza en su Ética:
"La palabra apetito designa el tipo de comportamiento de un organismo ocupado en un determinado instinto; el término deseo se refiere a los sentimientos conscientes de tener un apetito y a la eventual consumación o frustración de dicho apetito" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Drakontos, Barcelona, 2009, p. 38).
Para contemplar una visión panorámica, el mismo Antonio Damasio presenta, al final del capítulo dedicado a los apetitos y emociones, esta síntesis en la que muestra como la misma naturaleza trabaja en una especie de escala por agregados:
"Desde el cuerpo activo a la mente . Los fenómenos que hemos analizado en este capítulo (las emociones propiamente dichas, los apetitos y las reacciones reguladoras más sencillas) tienen lugar en el teatro del cuerpo bajo la guía de un cerebro que es congénitamente sabio, diseñado por la evolución para ayudar a gestionarlo. Spinoza intuyó esta sabiduría neurobiológica congénita y compendió la intuición en sus afirmaciones de conatus, la idea de que, por fuerza, todos los seres vivos tratan de preservarse sin conocimiento consciente del empeño y sin haber decidido, como entidad individual, emprender nada. Dicho en pocas palabras, desconocen el problema que intentan resolver. Cuando las consecuencias de esta sabiduría natural se cartografían de nuevo en el cerebro, el resultado son los sentimientos, los componentes fundacionales de nuestra mente. De forma provisional como veremos, los sentimientos pueden guiar una empresa deliberada de instinto de conservación y ayudar a la hora de elegir la manera en que ésta debe tener lugar. Los sentimientos abren la puerta a una cierta medida de control premeditado de las emociones automatizadas.
La evolución parece haber ensamblado la maquinaria cerebral de la emoción y el sentimiento en entregas parciales. Primero fue la maquinaria para producir reacciones ante un objeto o acontecimiento, dirigidas al objeto o a las circunstancias: la maquinaria de la emoción. En segundo lugar vino la maquinaria para producir un mapa cerebral y después una imagen mental, una idea, para las reacciones y para el estado resultante del organismo: la maquinaria del sentimiento.
El primer dispositivo, la emoción, permitió a los organismos responder de forma efectiva pero no creativamente a una serie de circunstancias favorables o amenazadoras para la vida: circunstancias «buenas para la vida» o «malas para la vida», resultados «buenos para la vida» o «malos para la vida». El segundo dispositivo, los sentimientos, introdujo una alerta mental para las circunstancias buenas o malas y prolongó el impacto de las emociones al afectar de manera permanente la atención y la memoria. Finalmente, en una fructífera combinación con los recuerdos pasados, la imaginación y el razonamiento, los sentimientos condujeron a la aparición de la previsión y a la posibilidad de crear respuestas nuevas, no estereotipadas.
Como suele ocurrir cuando se añaden nuevos dispositivos, la naturaleza utilizó la maquinaria de la emoción como punto de partida y añadió chapuceramente unos cuantos componentes más. En el principio fue la emoción, pero en el principio de la emoción fue la acción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 80-81).
Y así, finalmente, el deseo, al convertirse en un sentir consciente, se integra en la mente a los mecanismos de la memoria, el recuerdo, los sentimientos, la acción.
"¿Son el hambre y la sed tan diferentes del deseo sexual? Más simples, sin duda, pero no realmente diferentes en su mecanismo. Ésta es la razón por la que los tres puedan fundirse de modo tan fácil y, a veces, incluso compensarse mutuamente. La principal distinción procede de la memoria, me atrevería a decir, de la manera en que la remembranza y redistribución permanente de nuestras experiencias personales desempeñan un papel en el despliegue del deseo, más aún de lo que por lo general hacen en el hambre o la sed. (Pero guardémonos de los gastrónomos y de los connaisseurs de vinos que nos desengañarán de esta idea.) Sea como sea, hay una rica interacción entre el objeto de deseo y un cúmulo de memorias personales pertinentes al objeto: ocasiones pasadas de deseo, aspiraciones pasadas y placeres pasados, reales o imaginados". (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 94).
Y en este juego entre el objeto de deseo con la memoria y el recuerdo de los objetos de deseo, se sitúan los métodos por medio de los cuales se provoca y se produce la manipulación de los deseos, de los sentimientos y de la voluntad de las personas. Pero ese es el asunto de "la ingeniería social" que es tratado en otro escrito.
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Y, para definir "LO BELLO". Parodiando lo que dice Spinoza de lo bueno ...
"[...] "LO BELLO" lo es, no porque lo juzguemos "BELLO", sino que es "BELLO" porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos y porque place, complace y conmueve los sentimientos más viscerales ...".
Aquí es donde nacen el Arte y las Ciencias. El deseo que se hace sentimiento de "LO BELLO", porque lo "intentamos, queremos, apetecemos y deseamos" y porque se hace memoria, recuerdo, imaginación, intuición, que es ya aquello que ya juzgamos "BELLO":
"Bello, sin reservas, es el amor a la verdad. Lleva lejos, y es difícil alcanzar el final de camino. Más difícil es, sin embargo, la vía de regreso, cuando se quiere decir la verdad. Querer mostrar la verdad desnuda es menos bello, porque turba como una pasión. Casi todos los buscadores de verdad han sufrido esta enfermedad, desde tiempos inmemoriales" (Giorgio Colli, La naturaleza ama esconderse, Sexto Piso, México, 2009, p. 27).
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"Bello es lo que uno ama", Safo.
En aquellos tiempos el deseo de lo bello era una expresión natural del aliento vital, lo bello era ese algo por lo que se asciende desde la carne hasta el espíritu y en su ascenso nos hace lo que somos y hacemos.
Para el Sócrates platónico en Hipias Mayor lo bello era:
"Sócrates – Creo que acabo de encontrar una salida. Mira a ver. Si decimos que es bello lo que nos produce satisfacción, no todos los placeres, sino los producidos por el oído y la vista, ¿cómo saldríamos adelante? Los seres humanos bellos, Hipias, los colores bellos y las pinturas y las esculturas que son bellas nos deleitan al verlos. Los sonidos bellos y toda la música y los discursos y los mitos nos hacen el mismo efecto, de modo que si respondemos a nuestro atrevido hombre: «Lo bello, amigo, es lo que produce placer por medio del oído o de la vista», ¿no le contendríamos en su atrevimiento?
Hipias – Me parece, Sócrates, que ahora has dicho bien qué es lo bello" (Platón, Hipias Mayor, 298 a- b).
En otras palabras, para Safo lo bello es:
"Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería
y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra
oscura es lo más bello: mas yo digo
que bello es lo que uno ama".
(Safo, fragmento 16. Puede verse en Luque, Aurora, Los dados de Eros. Antología de poesía erótica griega, Madrid, Hiperión, 2001, p. 79).
Así lo explica Hermann Fränkel, en referencia a lo que era bello y bueno para Safo, la poeta de los apetitos, los deseos y los sentimientos propios y particulares, físicos y anímicos y nunca idealizados, en anticipación a uno de los conceptos de la filosofía griega y, luego, a lo bueno y bello en Spinoza:
"No deseamos lo que es bello en sí, sino que encontramos bello lo que deseamos. Esto anticipa la tesis del sofista Protágoras según la cual el hombre es la medida de todas las cosas. No es raro que, en esta época, la poesía vaya por delante de la filosofía, preparándole el camino" (Hermann Fränkel, La poesía y la filosofía de la Grecia Arcáica, Visor (La balsa de la Medusa), Madrid, 1993, p. 184).
Ahora y sin equiparar eso de "la Belleza" con "el Bien", como se acostumbra en ciertas filosofías y morales que inauguraran Platón y exaltara Plotino, y haciendo una excepción con lo bello en el sentir místico, de lo que no me ocupare ahora, si me gustaría establecer unas correspondencias entre lo bueno y lo bello, pero parodiando, como lo hice atrás con lo que dice Spinoza de la mecánica "del deseo de lo bueno" y lo que ahora las neurociencias demuestran tanto para "bien" como para "mal", pues, así como por el deseo de lo bello el Homo-Humano conoce y se conoce, también los poderosos lo utilizan para manipular a las personas en lo que son, desean y hacen.
Esta es la mecánica de Spinoza, repitiendo lo ya citado:
"Así pues, queda claro, en virtud de todo esto, que nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos" (Spinoza, Ética, III, Proposición IX, Escolio, p. 87).
Aplicando esa mecánica para "LO BELLO", en la que "LO BELLO" lo es, no porque lo juzguemos "BELLO", sino que es "BELLO" porque "lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos" y porque nos place, complace y conmueve nuestros sentimientos más viscerales, es decir, que el arte y la materia del arte, más que de la intuición, nacen del deseo, del sentimiento; el mismo deseo y sentimiento que comparten el artista y el espectador, deseo y sentimiento del que si puede decirse que se expresan, para ambos, en una intuición, es decir, un conocimiento propio y particular que artista y espectador también comparten. Y así, de esa forma, el Arte si es un arte único, el arte que nace y asciende del sentir, al deseo, al sentimiento, a la imaginación, a la intuición, al pensamiento, al anhelo de expresar y manifestar la Unidad y el Todo, a partir, no de la incoherencia, sino de la diversidad, la diferencia, la variedad, la disparidad, la pluralidad, la complejidad, la heterogeneidad, la multiplicidad, que son los asuntos de la imaginación y del arte y cuyos productos, efectos y consecuencias son, también, en y para la ciencia puntos de partida, porque combinando multiplicidad y unidad, la ciencia establece otras coherencias.
Será Giordano Bruno quien con sus artes de la memoria, la magia de los vínculos y sus heroicos furores proponga un método de la imaginación y de la intuición:
"Sólo en virtud de aquellas cosas que preexisten en nosotros conseguimos no sólo las imágenes, sino también las formas, virtudes, y en suma la sustancia en aquello que se participan y comunican. Así, por lo conocido adquirimos el conocimiento de lo desconocido... Por lo que tenemos poseído y concebido de antemano logramos aquello de lo que carecemos y deseamos. Sólo recoge el que sembró, y al que nada tiene nada se le dará... Conviene por consiguiente que haya previamente algunos principios y semillas de donde nazca la ilimitada abundancia de las imágenes y las cosas imaginables" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
Mecánica que conduce hacia la imaginación, la que es expuesta por Giordano Bruno en ese lenguaje común a los intelectuales renacentistas, y que se corresponde evidentemente con la mecánica con la que funciona el cerebro tal y como los neurocientíficos descubren en la actualidad:
"La potencia imaginativa es como un pintor, esto es, como el consolidador de imágenes, que fabrica haciendo múltiples combinaciones con las cosas vistas y oídas. Fácilmente empero podermos conocer a la imaginación, que se rige por las leyes de la razón; siempre muestra y manifiesta, ciertamente, en la superficie de los sentidos el orden y la trabazón más idóneas de miembros con miembros. Más nosotros también enseñamos ... el arte que de todas las cosas hace todas las cosas" (Giordano Bruno, De imaginum, signorum et idearum compositione).
Esto se corresponde con lo que dije en LA FANTÁSTICA No. 5, cuando mostré las explicaciones del neurólogo del University College London, Karl Friston, sobre cómo funcionan la genialidad y la creatividad en el cerebro y en la mente.
Es así que la intuición es tratada también como asunto del conocer en las neurociencias, tal como lo que dice Antonio Damasio al referirse a lo que Spinoza llama "Ciencia intuitiva" que es la misma que había sido propuesta por Giordano Bruno:
"Spinoza considera que la intuición es el medio más refinado de conseguir el saber; la intuición es el saber de Spinoza del tercer tipo. Pero la intuición sólo se da después de que acumulemos conocimientos y utilicemos la razón para analizarlos" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Drakontos, Barcelona, 2009, p. 253).
Como que la definición de Spinoza a su "Ciencia intuitiva" es:
[...] «ciencia intuitiva»: conocimiento que va del concepto de los atributos hacia la realidad de las cosas" (Spinoza, Ética, II, Propocición XL, Escolio II).
Lo que, como puede verse, ya nos pone en los terrenos de las neurociencias y nos delimita los territorios del sentir y del pensar, del conocer y del saber, como ya había sido explicado por las citas de Ernesto Grassi (ver: LA FANTÁSTICA, No. 6) y que, para el caso, significa la escala del deseo: del sentido al sentimiento, a la imaginación, a la intuición, al pensamiento, al anhelo, el espíritu o para ser más enfático, la composición de las materias del Arte y de la Ciencia.
Lo que conecta con la teoría combinatoria de múltiples y variadas hipótesis para obtener un resultado óptimo, el que lo será tanto para el científico como para el artista, como ya lo había dicho Karl Friston (ver: LA FANTÁSTICA, Nos. 5 y 6). Igualitico a lo dicho por Giordano Bruno, a lo de la "Ciencia intuitiva" de Spinoza, a lo dicho por Antonio Damasio y lo de Karl Friston en lo de la combinación de varias y diversas hipótesis y a todo lo demás ya dicho antes.
Aquí es donde puedo decir que la intuición es un conocer o saber que se produce en el momento en el cual los apetitos no conscientes se hacen deseos y sentimientos conscientes e imaginación y "se ilumina el bombillo": ¡Eureka! Del sentir al imaginar y al pensar. Igual para el arte que para la ciencia, pero, tanto para la una como para la otra, con sus métodos, procedimientos y resultados propios y particulares.
He ahí unificada "La Ciencia del Deseo de lo Bello" por su materia: "EL DESEO" y el sentimiento por "LO BELLO", que, en el caso del Arte, es la misma para el artista y para el espectador. La expresión, la obra, el resultado, es aquello a lo que ambos deben acceder, acceso que se produce cuando las neuronas espejo ejercitan sus funciones -imitación, anticipación, proyección, alerta, empatía- integradas en el cerebro en y con las emociones, en el proceso por el cual se imagina, se conoce, se sabe y se relacionan los unos con los otros y cada cual con el mundo, que es de lo que se trata en la intuición:
"En el fondo, ¿qué es lo que los seres humanos hacemos durante todo el día? Leemos el mundo, en especial, a las personas con las que interactuamos" (Marco Iacoboni, Las neuronas espejo, Katz, Buenos Aires, 2009, p. 13).
Pero, como todo en la teoría de la evolución y de la selección natural es porque cumple un papel determinante en el cumplimiento de los imperativos de la vida (supervivencia, reproducción y adaptación), tanto esa lectura que se hace del mundo y de los otros como las funciones de las neuronas espejo, cumplen una una función primordial para el éxito de la especie, tal el caso de la función que explica Marco Iacoboni:
"Las neuronas espejo nos permiten comprender las intenciones de otras personas".
[...]
"Tal como afirmé antes, el hecho de que las neuronas espejo codifican en modo diferente el mismo movimiento prensil asociado con distintas intenciones –no sólo cuando lo realizamos, sino también cuando lo observamos en otros– sugiere que el cerebro humano es capaz de reflejar especularmente los aspectos más profundos de la mente de los demás, aun a ínfima escala unicelular". (Marco Iacoboni, Las neuronas espejo, Katz, Buenos Aires, 2009, p. 40).
Pero como la cosa es con el arte y las ciencias, también escribe Marco Iacoboni:
"En su famoso cuento “La carta robada”, Edgar Allan Poe escribe, a través de las palabras del protagonista C. August Dupin: “Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara” (∗). ¡Cuánta preciencia! Poe no podría haber elegido una mejor manera de penetrar en la vida interna de sus personajes. Sin embargo, no fue el único. En la literatura científica sobre las emociones, la teoría de que la experiencia emocional cobra forma mediante los cambios de la musculatura facial –la “hipótesis de la retroalimentación facial”– tiene muchos antecedentes. Charles Darwin y William James fueron dos de los primeros en escribir sobre el tema (aunque Poe se adelantó a ambos por varias décadas). Darwin escribe: “La expresión libre de una emoción se intensifica por medio de signos externos. Por otro lado, la represión de todos sus signos exteriores suaviza nuestra emoción”. Para James, el fenómeno significa que “nuestra vida mental está entretejida con nuestro marco corpóreo, en el sentido más literal del término”(76 )
(∗) Traducción tomada de: Edgar Allan Poe, La carta robada, traducida por Julio Cortázar, Cuentos, vol. 1, Alianza Editorial, 1970, p. 525.
(76 ) Poe, E. A., The tell-tale heart and other writings, Nueva York, Bantam Books, 1982; Darwin, C., The expression of the emotions in man and animals, University of Chicago Press, 1965; James, W., 1890, “What is an emotion?”, en Calhoun, C. y R. C. Solomon (eds.), What is an emotion?, Nueva York, Oxford University Press, 1984, pp. 125-142.
(Marco Iacoboni, Las neuronas espejo. Empatía, neuropolítica, autismo, imitación o de cómo entendemos a los otros, Katz, Buenos Aires, 2009. P. 120-121).
En fin, la intuición es el primer paso del saber consciente, del anticiparnos e imaginar las intenciones y compartir los sentimientos de los otros, así como del anticipar y proyectar el futuro en el tiempo y en el espacio, como el caso que propone un sociólogo del arte:
Especialmente importantes son las averiguaciones del arte sobre los fenómenos para cuya investigación la ciencia todavía no posee los medios adecuados; la intuición artística anticipa conocimientos que sirven de guía a la investigación” (Hauser, 1982: 16). (Hauser, Arnold (1982) Fundamentos de la Sociología del Arte. Barcelona: Guadarrama).
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Sobre LA IMAGINACIÓN:
"Admirable parentesco que se da entre los verdaderos poetas -a los que se asimilan los músicos por ser idéntica la especie a que ambos hacen referencia-, los verdaderos pintores y los verdaderos filósofos; puesto que la verdadera filosofía es tanto música o poesía como pintura; la verdadera pintura es tanto música como filosofía; la verdadera poesía -o música- es tanto pintura como cierta divina sabiduría" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
"[...] pues no es filósofo sino quien imagina (fingit) y pinta, por lo que no sin razón se dice que "intelegir es especular con imágenes y el intelecto es imaginación o no es sin imaginación" [...]. Del mismo modo que nada intelegimos sin imagen, tampoco recordamos nada sin imagen" (Giordano Bruno, Sigillus sigillus sigillorum).
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"La imaginación es la loca de la casa" (Teresa de Ávila).
Hasta el momento hemos hablado de la imaginación de variados modos y maneras, pero no nos hemos ocupado de cuál es el sentido y la importancia específica de esa función del cerebro del Homo-Humano en la evolución y en la selección natural y cultural, así como su contribución en el éxito individual y de la especie. Pues bien, eso esta planteado en lo que dice Antonio Damasio:
"Las criaturas conscientes cuentan con algunas ventajas: pueden establecer un vínculo entre el mundo de la regulación automática (el de la homeostasis básica entretejido con el proto-self) y el mundo de la imaginación (donde imágenes de diversas modalidades pueden combinarse y generar nuevas imágenes de situaciones que aún no suceden). El mundo de las creaciones imaginarias -el de la planificación, de la formulación de escenarios y predicción de resultados- se conecta con el mundo del proto-self. La sensación de self vincula pronósticos y automatismo preexistente.
La consciencia no es el único medio de generar respuestas adecuadas a un entorno para lograr la homeostasis: solo es el medio más nuevo y sofisticado de hacerlo, y desempeña su función desbrozando caminos para la creación de respuestas novedosas en un entorno no previsto en el diseño del organismo, en términos de respuestas automáticas.
Diría que la consciencia, en su diseño actual, obliga al mundo de la imaginación a ocuparse prioritariamente del individuo, de un organismo individual, de un self en su acepción más amplia" (Antonio Damasio, Sentir lo que sucede. Cuerpo y emoción en la fábrica de la consciencia. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 2000, p. 330).
Según se deduce de la cita anterior, la imaginación es la que le permite al individuo "ver" y elaborar planes de acción a partir de la información no consciente y prever, pronosticar y proyectar conscientemente las situaciones, circunstancias, escenarios y resultados en el tiempo y en el espacio. Espacios y tiempos que son, por igual, pasados, presentes o futuros, reales o imaginarios, todos a una, desde prever el futuro hasta inventar historias y mundos, así como elaborar la historia de la conciencia presente en tiempo real, todo con el fin de lograr el imperativo de la vida: el éxito en la supervivencia del individuo y el de la especie.
La imaginación es la función y la habilidad del cerebro de tener "visión en imágenes" y mejor lo dejamos así, pues el asunto de la imaginación, lo de la representación, lo de lo sensible y lo de las imágenes mentales, todavía es una polémica "Moebius", siempre la misma, sin fin.
Aparte de lo anterior, imaginar es pues ese tener "visión en imágenes", significa no sólo "ver y sentir" imágenes reales o abstractas o ficticias o fijas o dinámicas o pasadas o presentes, sino, y lo más complejo, integrar en esas imágenes la información que procesan todos los sentidos y que es afectada por los sentimientos; además, también, convertirlas en materia para la combinación e integración en otras actividades superiores de la mente y la producción de nuevos y originales objetos de la imaginación y del pensamiento, lo cual está conectado a su vez con la memoria, los recuerdos, el deseo, los sentimientos, en fin, son funciones que se integran en el cerebro y en la mente para regir y dirigir la acción inmediata o mediata, real o imaginaria del individuo, tal y como lo proponen, en el campo de las neurociencias, Gerald M. Edelman y Giulio Tononi, quienes han dedicado un libro a explicar "cómo la materia se convierte en imaginación", por el funcionamiento y la acción del cerebro y la mente 5:
"Esta memoria dispone de propiedades que permiten que la percepción altere el recuerdo y que el recuerdo altere la percepción. No tiene un límite de capacidad definido, puesto que genera «información» por medio de la construcción. Es robusta, dinámica, asociativa y adaptativa. Si nuestra concepción de la memoria es correcta, en los organismos superiores cada acto de percepción es, hasta cierto punto, un acto de creación, y cada acto de la memoria es, hasta cierto punto, un acto de imaginación. La memoria biológica es, por tanto, creativa y no estrictamente replicativa. Es una de las bases esenciales de la conciencia" (Gerald M. Edelman, Giulio Tononi, El universo de la conciencia. Cómo la materia se convierte en imaginación, capítulo 15: El lenguaje y el yo, Crítica, Barcelona, 2005, p. 126).
Edelman y Tononi hablan de percepción y memoria, el recuerdo, de las imágenes que se producen a partir de la información suministrada por los sentidos, las cuales se integran para formar las imágenes complejas por medio de las cuales "imaginamos el mundo" o, para decirlo en otras palabras, "construimos el mundo mental" que sentimos y en el que somos y habitamos.
Esa memoria y recuerdos de los que hablan Edelman y Tononi es la misma de la que habla el neurobiológo Eric R. Kandel y, además, de la función del recuerdo en la definición de lo que somos:
"Los aportes de la nueva ciencia de la mente se manifiestan plenamente en la actual comprensión de los mecanismos moleculares que utiliza el cerebro para almacenar los recuerdos. La memoria –capacidad de adquirir y almacenar información sumamente diversa, desde las nimiedades de la vida cotidiana hasta las complejas abstracciones de la geografía y del álgebra– es uno de los aspectos más notables del comportamiento humano. Nos permite resolver problemas que afrontamos a diario evocando simultáneamente varios hechos a la vez, cosa vital para la resolución de problemas. En un sentido más amplio, confiere continuidad a nuestra vida: nos brinda una imagen coherente del pasado que pone en perspectiva la experiencia actual. Esa imagen puede no ser racional ni precisa, pero es persistente. Sin la fuerza cohesiva de la memoria, la experiencia se escindiría en tantos fragmentos como instantes hay en la vida, y sin el viaje en el tiempo que nos permite hacer la memoria, no tendríamos conciencia de nuestra historia personal ni manera de recordar las alegrías que son los luminosos mojones de la vida. Somos quienes somos por obra de lo que aprendemos y de lo que recordamos" (Eric R. Kandel, En busca de la memoria: nacimiento de una nueva ciencia de la mente - 1a ed. - Buenos Aires : Katz, 2007. p. 28).
Ahora bien, esa combinación e integración de las actividades superiores de la mente: imaginación y pensamiento, se originan a partir de la acción y de la emoción y, desde allí, sucesivamente, en la escala por la cual la evolución y la selección natural y cultural desarrollaron tales funciones, como lo explica Antonio Damasio:
"Desde el cuerpo activo a la mente. Los fenómenos que hemos analizado en este capítulo (las emociones propiamente dichas, los apetitos y las reacciones reguladoras más sencillas) tienen lugar en el teatro del cuerpo bajo la guía de un cerebro que es congénitamente sabio, diseñado por la evolución para ayudar a gestionarlo. Spinoza intuyó esta sabiduría neurobiológica congénita y compendió la intuición en sus afirmaciones de conatus, la idea de que, por fuerza, todos los seres vivos tratan de preservarse sin conocimiento consciente del empeño y sin haber decidido, como entidad individual, emprender nada. Dicho en pocas palabras, desconocen el problema que intentan resolver. Cuando las consecuencias de esta sabiduría natural se cartografían de nuevo en el cerebro, el resultado son los sentimientos, los componentes fundacionales de nuestra mente. De forma provisional como veremos, los sentimientos pueden guiar una empresa deliberada de instinto de conservación y ayudar a la hora de elegir la manera en que ésta debe tener lugar. Los sentimientos abren la puerta a una cierta medida de control premeditado de las emociones automatizadas.
La evolución parece haber ensamblado la maquinaria cerebral de la emoción y el sentimiento en entregas parciales. Primero fue la maquinaria para producir reacciones ante un objeto o acontecimiento, dirigidas al objeto o a las circunstancias: la maquinaria de la emoción. En segundo lugar vino la maquinaria para producir un mapa cerebral y después una imagen mental, una idea, para las reacciones y para el estado resultante del organismo: la maquinaria del sentimiento.
El primer dispositivo, la emoción, permitió a los organismos responder de forma efectiva pero no creativamente a una serie de circunstancias favorables o amenazadoras para la vida: circunstancias «buenas para la vida» o «malas para la vida», resultados «buenos para la vida» o «malos para la vida». El segundo dispositivo, los sentimientos, introdujo una alerta mental para las circunstancias buenas o malas y prolongó el impacto de las emociones al afectar de manera permanente la atención y la memoria. Finalmente, en una fructífera combinación con los recuerdos pasados, la imaginación y el razonamiento, los sentimientos condujeron a la aparición de la previsión y a la posibilidad de crear respuestas nuevas, no estereotipadas.
Como suele ocurrir cuando se añaden nuevos dispositivos, la naturaleza utilizó la maquinaria de la emoción como punto de partida y añadió chapuceramente unos cuantos componentes más. En el principio fue la emoción, pero en el principio de la emoción fue la acción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 80-81).
Emociones, sentimientos y recuerdos son los mecanismos que hacen funcionar a la imaginación que es la que inventa lo que somos y lo que hacemos y el universo en donde habitamos: de la naturaleza a la cultura.
Luego vendrán los científicos de la neurociencias cognitivas para explicar cómo la imaginación nos permite construir y explicar las imágenes y los conceptos mediante los cuales nos explicamos y explicamos lo qué, cómo y por qué somos y estamos en el mundo, tal y como lo hacen George Lakoff y Mark Johnson cuando hablan de "la imaginación encarnada" y de la metáfora 6
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Vistas así las cosas, mirar hacia el pasado para ver cómo las ciencias, las artes y las filosofías comprendieron y explicaron la imaginación y sus manifestaciones en los Homo-Humanos, es encontrarse con aquellos que las consideraron, junto con las otras actividades superiores de la mente, como algo excepcional y sin conexión con la evolución y la selección natural. Pero, también, con aquellos otros que, enfrentando peligros letales, afirmaban que la imaginación no sólo era una función más del cerebro, sino que también era la más poderosa fuerza con la cual los Homo-Humanos se hacen a sí mismos y hacen su mundo 7.
De todos ellos y como cima de una tradición, me encanta recordar a Giordano Bruno, no sólo por sus hipótesis atrevidas, las que pagó con su la vida en la hoguera de la Inquisición, sino por su visión, con la que anticipó algunas de las ciencias actuales, como los infinitos mundos en la astronomía, así como la imaginación y "la mente artificial" en las ciencias de la mente y del cerebro, al igual que su magia y vínculos que son la anticipación de esa materia que exploran "la ingeniería de la mente" y "la ingeniería social" con cuyos métodos ahora se manipulan los deseos y sentimientos de individuos y comunidades 8.
Pero, para nuestro caso, en esas propuestas de Giordano Bruno también él propone una "Ciencia del Deseo de lo Bello" con la combinación de memoria, recuerdos, vínculos y magia con los que se instruye o "inicia" al furioso heroico.
Para Giordano Bruno, la imaginación es:
"Entender es o imaginación o imaginar algo. Por eso sabemos que no se puede realizar ninguna operación conveniente con nuestra naturaleza sin ciertas formas o figuras, que por medio de los sentidos externos son concebidas a partir de los objetos sensibles y que se establecen y se digieren en los sentidos interiores" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
A lo que se agrega esta mecánica para el funcionamiento de la imaginación:
"Sólo en virtud de aquellas cosas que preexisten en nosotros conseguimos no sólo las imágenes, sino también las formas, virtudes, y en suma la sustancia en aquello que se participan y comunican. Así, por lo conocido adquirimos el conocimiento de lo desconocido... Por lo que tenemos poseído y concebido de antemano logramos aquello de lo que carecemos y deseamos. Sólo recoge el que sembró, y al que nada tiene nada se le dará... Conviene por consiguiente que haya previamente algunos principios y semillas de donde nazca la ilimitada abundancia de las imágenes y las cosas imaginables" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
Mecánica que conduce hacia el conocimiento y al poder de la imaginación y que son expuestos por Giordano Bruno en ese lenguaje común a los renacentistas, pero que se corresponde evidentemente con la mecánica con la que funciona el cerebro tal y como los neurocientíficos lo explican en la actualidad:
"La potencia imaginativa es como un pintor, esto es, como el consolidador de imágenes, que fabrica haciendo múltiples combinaciones con las cosas vistas y oídas. Fácilmente empero podemos conocer a la imaginación, que se rige por las leyes de la razón; siempre muestra y manifiesta, ciertamente, en la superficie de los sentidos el orden y la trabazón más idóneas de miembros con miembros. Más nosotros también enseñamos ... el arte que de todas las cosas hace todas las cosas" (Giordano Bruno, De imaginum, signorum et idearum compositione).
Esto se corresponde con lo que dije en LA FANTÁSTICA No. 5, cuando mostré las explicaciones del neurologo del University College London, Karl Friston, sobre cómo funcionan la genialidad y la creatividad en el cerebro y en la mente.
A lo que se puede agregar la explicación de Rodolfo Mondolfo a esa mecánica de la imaginación en Bruno y a sus implicaciones en el desarrollo de las ciencias, para el caso, las ideas de Leibniz:
"Una anticipación de la teoría de la continuidad de Leibniz se afirma clara y explícitamente en Bruno. La sensibilidad (dice) en sí misma no hace otra cosa que sentir; en la imaginación percibe más profundamente que es ella la que siente; en la razón percibe que ejerce la propia actividad imaginativa; en el entendimiento se da cuenta de que desarrolla una actividad raciocinadora; en la mente divina, en fin, observa la propia inteligencia («sensus in se sentii tantum; in imaginatione persentit etiam se sentire..., in ratione imaginari se percipit..., in intellectu animadvertit se argumentan..., in divina mente intelligentiam suam tuetur» (Sigillus sigillus sigillorum) (Rodolfo Mondolfo, Figuras e ideas de la filosofía del Renacimiento / Giordano Bruno, Icaria, Barcelona, 198o, p. 57).
Y, como lo dije antes,Giordano Bruno propone a la imaginación como el gran poder:
"¿Por qué, digo yo, son tan pocos los que comprenden y hacen suyo el poder interior? ... Aquel que ve en sí mismo todas las cosas es, a un mismo tiempo, todas las cosas" (Giordano Bruno, De Imaginum, signorum et idearum compositione).
Exponer, explicar y enseñar a descubrir en uno mismo, así como aprehender y aprender a manejar el poder de la imaginación, esa instrucción o "iniciación", como la que hizo Diotima con Sócrates, es para mi lo más importante de la vida y la obra de Giordano Bruno.
Pero, es ahí donde las propuestas de Giordano Bruno fueron malinterpretadas, estigmatizadas y olvidadas, algo que bien convenía a quienes lo condenaron a la hoguera, pues "el idioma de la imaginación" 9 que era el punto de partida para esa instrucción o "iniciación", no fue conectado, relacionado y correspondido con aquella "iniciación", la instrucción de Diotima a Sócrates, o sea, la misma la instrucción e "iniciación" del furioso heroico, esa que para Bruno está conformada e integrada por los artes de la memoria, el recuerdo, la magia, los vínculos y la erótica del furioso heroico, que es lo que nos conecta con "La Ciencia del Deseo de lo Bello" que estamos proponiendo y de la que Giordano Bruno es un noble antecesor:
"Estos furores cerca de los cuales razonamos y cuyos efectos advertimos en nuestro discurso no son olvido sino memoria, no son negligencia de uno mismo, sino amor y anhelo de lo bello y bueno, con los que se procura alcanzar la perfección, transformándose y asemejándose a los perfecto. No son embeleso en los lazos de las afecciones ferinas, bajo las leyes de una indigna fatalidad, sino un ímpetu racional que persigue la aprehensión intelectual de lo bello y bueno que conoce, y a lo cual querría complacer tratando de conformársele, de manera tal que se inflama de su nobleza y su luz, y viene a revestirse de cualidad y condición que le hagan aparecer ilustre y digno. Por el contacto intelectual con ese objeto divino, se vuelve un dios; a nada atiende que no sean las cosas divinas, mostrándose insensible e impasible ante cosas que por lo común son consideradas las más principales y por las cuales otros tanto se atormenten" (Giordano Bruno, De los heroicos furores, I, 3, Tecnos, Madrid, 1978, p. 57).
Y como dije antes, Giordano Bruno fue el filósofo que elevó la imaginación a la condición superior que esa expresión de la naturaleza humana exige si se quiere explicar el sentido y destino del Homo-Humano, pues sin ella no seríamos lo que somos, así que para concluir estas notas, trascribo lo que dice Ignacio Gómez de Liaño:
"Cuando Bruno trata del amor, del heroico furor que impulsa al héroe a trascender su condición actual, a fin de explorar los secretos del universo y del saber, hasta llegar a una meta que, sin embargo, jamás podrá alcanzar, su discurso es, ante todo, un comentario y una glosa filosófica en torno a las imágenes; y su héroe furioso es un ser que se mira en los espejos que le ofrecen las imágenes de la realidad, en su anhelo de penetrar en un mundo cada vez más sintético y comprensivo, en el punto divino que armoniza los contrarios y así concentra toda la energía e inteligencia del universo" (Ignacio Gómez de Liaño, prólogo a su traducción de las obras de Giordano Bruno: Expulsión de la bestia triunfante y De los heroicos furores, Siruela, Madrid, 2011, p. 16).
Pero es necesario aclarar algo, tal y como lo hace María Rosario González Prada en la introducción a su traducción de Los heroicos furores:
"Este ascenso místico se nos describe en los Furores en términos platónicos, de tal manera que podría sugerir al lector de los anteriores diálogos un retorno a posiciones neoplatónicas. Sin embargo, si bien es cierto que la inspiración del diálogo se debe fundamentalmente a la filosofía de Marsilio Ficino y que toda la tradición platónica y neo- platónica está en gran medida presente en Bruno, una lectura atenta de la obra desde la perspectiva del resto de los diálogos italianos -a los cuales viene en cierto modo a servir de conclusión- pone de manifiesto que Bruno se sirve del esquema conceptual platónico-ficiniano para caracterizar un ascenso que es también de tipo místico; en este caso, sin embargo, será un ascenso cognoscitivo y no ya ontológico, como lo era el platónico" (Giordano Bruno, Los heroicos furores, María Rosario González Prada, Introducción, Tecnos, Madrid, 1987, p. XIV).
Porque, al fin y al cabo, es en la imaginación en la que nos hacemos y hacemos el mundo en el que somos y estamos. O, para repetir las palabras de Giordano Bruno citadas antes y que si bien estaban dirigidas al filósofo, también se aplican para el común de los mortales, pues para unos y otros, el cerebro y la mente funcionan igual:
"[...] pues no es filósofo sino quien imagina (fingit) y pinta, por lo que no sin razón se dice que "intelegir es especular con imágenes y el intelecto es imaginación o no es sin imaginación" [...]. Del mismo modo que nada intelegimos sin imagen, tampoco recordamos nada sin imagen" (Giordano Bruno, Sigillus sigillus sigillorum).
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Ahora, algunas explicaciones sobre el SENTIMIENTO.
Siguiendo el ascenso en la escala de la naturaleza humana, siguen las emociones y los sentimientos, paso previo y necesario para que se produzcan la memoria, los recuerdos, la imaginación, la intuición, el pensamiento y, por supuesto, el espíritu que es el anhelo de futuro, el conatus spinoziano. Y, por supuesto, el conato o furioso heroico de Giordano Bruno.
En la mecánica del cerebro y de la mente, los sentimientos son uno de los elementos necesarios para la integración de la conciencia al cómo sentimos y explicamos lo que somos, lo que hacemos y las conexiones y relaciones con los otros y con el mundo en que habitamos.
Esas conexiones entre lo biológico y lo mental, los recuerdos, las emociones, los sentimientos, lo no consciente y lo consciente, lo explica Eric R. Kandel:
"Investigaciones realizadas con seres humanos y con roedores demuestran que los sistemas neurales que almacenan recuerdos inconscientes, implícitos, con carga emotiva son diferentes de los que generan los recuerdos de sentimientos conscientes y explícitos. Las lesiones de la amígdala, que se ocupa de los recuerdos vinculados con el temor, impiden que un estímulo con carga emotiva suscite una respuesta emocional. En cambio, las lesiones del hipocampo, que se ocupa de la memoria consciente, afectan la capacidad de recordar el contexto en que se produjo el estímulo. De esta suerte, los sistemas cognitivos conscientes nos ofrecen un abanico de acciones posibles, mientras que los mecanismos inconscientes de evaluación emocional restringen esas opciones a unas pocas que se adecuan a la situación. Una característica interesante de esta teoría es que vincula el estudio de la emoción con las investigaciones sobre la memoria. Se ha demostrado que la evocación inconsciente de la memoria emocional entraña almacenamiento en la memoria implícita, mientras que la rememoración consciente de los sentimientos entraña almacenamiento en la memoria explícita y exige, por consiguiente, la intervención del hipocampo" (Eric R. Kandel, En busca de la memoria: nacimiento de una nueva ciencia de la mente - 1a ed. - Buenos Aires, Katz, 2007. p. 399).
Continuando con los sentimientos y lo ya citado antes de Antonio Damasio (ver además: Lector Ludi No. 75), estos se constituyen en el punto de encuentro y resolución entre lo meramente biológico y la conciencia, que tiene como escenario la mente que se convierte así en la memoria del cuerpo y el punto de animación de los datos y de la información que son los recuerdos y por ende, del conocer:
"Los sentimientos, en el sentido que se emplea en este libro, surgen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas, no únicamente de las emociones propiamente dichas. Traducen el estado de vida en curso en el lenguaje de la mente" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica. Barcelona, 2009, p. 85).
[...]
"En esencia, un sentimiento es una idea; una idea del cuerpo y, de manera todavía más concreta, una idea de un determinado aspecto del cuerpo, su interior, en determinadas circunstancias. Un sentimiento de emoción es una idea del cuerpo cuando es perturbado por el proceso de sentir la emoción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Drakontos, Barcelona, 2009, p. 89).
[...]
"Para que se produzca un sentimiento o sensación en el sentido tradicional del término se requiere que su contenido sea conocido por parte del organismo; es decir, la conciencia es un requisito. La relación entre sentimiento y conciencia es delicada. En términos sencillos, no podemos sentir si no somos conscientes. Pero resulta que la maquinaria de las sensaciones contribuye en sí misma al proceso de conciencia, a saber, a la creación del yo, sin el cual no se puede conocer nada. La manera de salir de esta dificultad pasa por darse cuenta de que el proceso de sentir es múltiple y ramificado. Algunos de los pasos necesarios para producir una sensación son exactamente los mismos que se precisan para producir el protoyo, del que dependen el yo y eventualmente la conciencia. Pero algunos de los pasos son específicos del conjunto de cambios homeostáticos que se sienten, es decir, específicos de un objeto determinado." (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Drakontos, Barcelona, 2009, p. 109).
Y para complementar este asunto de la conciencia y del YO y de los sentimientos, etc., he aquí lo que dicen otros neurocientíficos, Gerald M. Edelman y Giulio Tononi, quienes complementan lo anterior y nos colocan en el ámbito de la teoría de la evolución y la selección natural y cultural:
"Parte III. Los mecanismos de la conciencia: la perspectiva darwinista.
"Con su teoría de la selección natural, Charles Darwin construyó los fundamentos de la biología moderna. A la vuelta de su viaje en el Beagle, no cejó nunca en sus intentos por comprender cómo habían surgido durante la evolución las funciones realizadas por el cerebro. Sus libros de notas revelan sus esfuerzos por explicar cómo la percepción, la memoria y el lenguaje podían haber surgido mediante lo que denominaba descendencia. Actualmente disponemos de una rica teoría evolutiva ornada por una perspectiva darwinista, pero el problema de la comprensión de los procesos mentales sigue con nosotros. Le toca a la neurociencia completar el programa de Darwin.
En esta parte exponemos de qué modo los principios darwinistas incorporados a una teoría de la función cerebral nos ayudan a comprender los procesos de la percepción, la memoria y la asignación de valor, todos los cuales son esenciales para comprender la conciencia. Una vez el lector haya entendido la naturaleza de estos procesos, el escenario estará listo para considerar los mecanismos neuronales mediante los cuales surge la conciencia durante la evolución y el desarrollo. Nuestros esfuerzos se centran aquí en la conciencia primaria, la capacidad de construir una escena mental integrada en el presente que no requiera un lenguaje o un auténtico sentido de la identidad. Creemos que esta escena mental integrada depende no sólo de la categorización perceptual de los estímulos sensoriales entrantes -el presente- sino también, lo que es aún más importante, de su interacción con los recuerdos categorizados -el pasado. Dicho de otro modo, esta escena mental integrada es un «presente recordado». Los principales medios utilizados para construir esta escena son las interacciones de reentrada entre grupos de neuronas distribuidos por el sistema talamocortical. Tal como explicamos, estas son precisamente las interacciones responsables de la integración y la diferenciación que discutimos en el capítulo 6" (Gerald M. Edelman, Giulio Tononi, El universo de la conciencia. Cómo la materia se convierte en imaginación, parte iii: Los mecanismos de la conciencia: la perspectiva darwinista, Barcelona, 2005, p. 102).
Y el último escalón, el espíritu, el sentimiento supremo, el anhelo de futuro, otra vez Antonio Damasio:
"El anhelo es un rasgo profundo de la mente humana. Esta implantado en el diseño del cerebro humano y en el acervo genético que lo engendra, no menos que los rasgos profundos que nos conducen con gran curiosidad hacia una exploración sistemática de nuestro propio ser y del mundo que lo rodea; los mismos rasgos que nos impulsan a construir explicaciones para los objetos y situaciones de este mundo. El origen evolutivo del anhelo es completamente plausible, pero la explicación necesita otro factor para que uno pueda comprender por qué la constitución humana acabó por incorporar el rasgo. Creo que en los seres humanos primitivos funcionó un parecido factor de la misma manera que está funcionando ahora. Su consistencia tiene que ver con el poderoso mecanismo biológico que hay tras él: la misma empresa natural de autopreservación que Spinoza enuncia de forma tan clara y trasparente como esencia de nuestro ser, el conatus, es llamado actuar cuando nos enfrentamos a la realidad del sufrimiento y, en especial, de la muerte, real o anticipada, ya sea la nuestra o la de los que amamos. La perspectiva misma del sufrimiento y la muerte trastorna el proceso homeostático del espectador. La empresa natural para la autopreservación y el bienestar responde al trastorno con una lucha para evitar lo inevitable y corregir el equilibrio. La lucha provoca que encontremos estrategias compensadoras para la homeodinámica que se ha desviado del camino recto; y el darse cuenta de toda la situación comprometida es causa de profunda aflicción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 249).
Y desde el cuerpo, se inventan las que se constituirán en las extensiones del cuerpo, esas de las que hablaba Marshall McLuhan, aquellas por medio de las cuales el Homo-Humano establece, desarrolla y extiende su Ser y Estar en el mundo y en el universo 10.
La mayor y la más humana de esas extensiones es la que Nietzsche sentencia:
"El cuerpo creador se creó el espíritu como una mano de su voluntad".
"[...]
Espíritu - es la vida que muerde en la propia carne ¡en su padecimiento acrecienta su saber!" (Nietzsche, Así habló Zaratustra, I, De los despreciadores del cuerpo).
He ahí la "Experiencia primordial", el espíritu, que es el Gran Anhelo de futuro:
Anhelo: Deseo vehemente de obtener o realizar alguna cosa.
Anhelo que para Spinoza es el conatus:
"PROPOSICIÓN IX
El alma [mens], ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Spinoza, Ética, III, p. 87).
Lo que se explicaría, también, que el hombre se definirá por su anhelo y, según Spinoza, y, en general, todas las cosas, por su conatus. Esta ley del conatus es general para toda la naturaleza, aunque sólo en el hombre alcance la dimensión vital, existencial y psicológica que las palabras "perseverar, duración, esfuerzo", parecen conllevar.


***
Y en cuanto al método ... cada expresión o género artístico o científico, incluida la filosofía -y no es que considere a la filosofía como expresión o género excepcional, sino porque ella es un método-, desarrollan sus propios métodos, los que, esta vez, deben considerarse, por una parte, desde la manifestación y expresión del sentimiento como proceso neurocientífico y, por la otra, desde las metodologías elaboradas por la razón para el descubrimiento, la acumulación y el perfeccionamiento del conocimiento y del saber, igual para las ciencias, las tecnologías y las técnicas propias y particulares de cada expresión y género artístico o científico. Y, finalmente, el resultado, la obra misma, el objeto que será artístico o científico.
Porque las artes y las ciencias tienen un origen común que se manifiesta y expresa de formas diferentes, propias y particulares, las que son necesarias para distinguirlas y explicarlas desde la teoría de la evolución y la selección natural y cultural, naturaleza y cultura que se conectan, relacionan, condicionan y corresponden, tal y como lo explica el genetista Luigi Luca Cavalli Sforza:
"Como ya hemos visto, en la evolución natural existen dos niveles de selección: el primero, tal vez más fácil o comprensible, es la selección cultural, es decir, la búsqueda y la aceptación por nuestra parte de una conducta, nueva o antigua, que puede influir en la evolución: inventar y decidir, frente a una propuesta de innovación, si aceptarla y cambiar de comportamiento o rechazarla y seguir como antes. ¿Qué factores controlan la selección cultural? Resulta claro que es la suma de los aprendizajes sobre la innovación hasta el momento en que hay que tomar una decisión, que forman nuestros deseos y nuestras preferencias útiles para tomar la decisión, pero también los valores que aceptamos y que intentamos seguir en nuestra vida cotidiana o en circunstancias especiales (o que a lo mejor fingimos seguir cuando nos decidimos por una conducta o por otra).
Acerca de estos factores, la psicología está aprendiendo fatigosamente algunas cosas y está llevando a cabo algunas mediciones interesantes; una explicación a un nivel más profundo podrá llegarnos (y en cierta medida, pequeña, está empezando a llegar) gracias a la neurofisiología del cerebro.
Recuerdo la complicación, por otra parte fundamental, de la que he hablado más arriba, de que nuestras decisiones a nivel cultural son luego sometidas a un tribunal más elevado, la selección natural, que las juzga y decide automáticamente según nuestra supervivencia y reproducción si tendrán importancia para las generaciones sucesivas y en qué medida. Al final, la selección natural tiene siempre la última palabra al determinar el futuro del comportamiento de la especie a largo plazo. Nunca como hoy se toman decisiones culturales que pueden influir, de manera incluso tosca y potencialmente desastrosa, en nuestro futuro. Pensemos sólo en nuestro influjo en los cambios climáticos, la globalización económica, las divergencias religiosas que no son una novedad, dado que las guerras religiosas siempre se han encontrado entre las más terribles, pero que siguen siéndolo al unirse a las tribales, por no hablar de los nuevos medios de destrucción masiva" (Luigi Luca Cavalli Sforza, La evolución cultural, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 191-192).
Sin embargo y en cuanto al arte, mejor que cualquier interpretación, hermenéutica o analítica idealizada, son las mismas obras de arte las que mejor muestran las relaciones, conexiones y correspondencias de su inserción en la teoría de la evolución y la selección natural y cultural, bien como producto de ellas o bien como expresión de la naturaleza humana del artista, artista que se expresa en y desde su cuerpo.
Un buen ejemplo, es el que hemos propuesto en el artículo: ¿Una visión de la selección natural, sexual y cultural?, al hacer la interpretación de El jardín de las Delicias de Hieronymous Bosch, El Bosco, desde el artista como Homo-Humano, natural y cultural, y desde la obra en la que el artista expone una historia, la historia de la evolución de la humanidad, pero más allá de esa historia, la interpretación del artista sobre las manifestaciones y expresiones de la naturaleza humana, en particular, el deseo como esencia y acción, así, en la elaborada simbología renacentista, parezca que se da mayor preponderancia a los deseos carnales, los "siete pecados capitales" de la moral cristiana, pero que, si se elimina esa visión cristianizada, muestra la manifestación y expresión del ascenso desde los deseos mínimos o metabólicos, a los sentimientos, a la imaginación, al pensamiento y a la perdición, esta última, que será el fracaso del anhelo de futuro, del espíritu.
En otras palabras, el deseo es el mecanismo humano en el que se origina y soporta lo mejor y lo peor del ser humanos. El deseo es la fuerza que nos provoca a ir hasta las estrellas o a descender a lo peor de la condición humana; a manipular el cuerpo y la mente y, como dioses perversos, a inventar criaturas como si de objetos desechables de placer y utilidad se tratara.
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Volviendo al terreno de nuestros juegos. El método o anti-método para acceder del Deseo a lo Bello, ese ya fue propuesto por Platón en Banquete y Fedro, pero es un método al que es necesario purgar de aquello de "Las Ideas" y de la inmortalidad del alma. Ese método o erótica platónica fue luego propuesto también por Giordano Bruno en Los heroicos furores, ese diálogo italiano en el que expone "las instrucciones" por las cuales acceder al poder del deseo y del sentimiento y de la imaginación como si de una "iniciación" eleusina" se tratara, tal y como hiciera Diotima con Sócrates:
"3 [A 10] a. Pues bien, querido Sócrates, tal vez tu también puedas ser iniciado en esta doctrina del amor; pero llegar al grado más perfecto de la contemplación mistérica, que es la meta de todo lo dicho -con tal de que se siga el camino justo- no sé si serás capaz de alcanzarlo".
b. ... ése tal, llegado al término de la disciplina amorosa, percibirá de repente algo muy bello, de carácter maravilloso; precisamente, querido Sócrates, aquello por lo que cobran sentido los sufrimientos precedentes.
... Es más, esa belleza no se le manifestará con la figura de un ... rostro, ni como un discurso o un conocimiento ... sino en sí misma, por sí misma, y consigo misma, simple y eterna" (Platón, Banquete, 209e - 210 a, 210 e - 211 b).
Para Giordano Bruno, ese es el camino del furioso heroico:
"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Giordano Bruno, Los Heroicos Furores, I, 4, Tecnos, Madrid, 1987, p. 75).
También por ahí hay algunos otros métodos, tal y como sugieres, posiblemente el de Walter Benjamin, algo que será necesario averiguar y así proponer nuestro método acorde, propio y particular con la "La Ciencia del Deseo de lo Bello" y LA FANTÁSTICA.
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Un reconocimiento a Giordano Bruno.
Y aquí es donde "La Ciencia del Deseo de lo Bello" se hace también otra ciencia, la ciencia que conoce el qué, el cómo y el por qué de ese deseo de conocer lo bello, o sea la expresión suprema del deseo de conocerlo todo, que es lo que ya había propuesto Giordano Bruno en la escala ascensional del conocimiento y del deseo hasta la visión de la Naturaleza infinita en La cena de las cenizas:
"Así nos vemos llevados a descubrir el infinito efecto de la infinita causa, el verdadero y vivo vestigio del infinito vigor, y sabemos que no hay que buscar la divinidad lejos de nosotros, puesto que la tenemos al lado, incluso dentro, más de lo que nosotros estamos dentro de nosotros mismos" (*).
(*) La inmanencia de Dios al mundo (Natura est Deus in rebus, dirá Bruno en el Spaccio) se manifiesta también en la divinidad del hombre. El hombre, sujeto divino, es un animal activo en la reproducción de su existencia, mediante la apropiación de la naturaleza (de Dios) por la magia y el trabajo y mediante la búsqueda heroica por el filósofo de la unidad. No hay necesidad de Gracia, ni de Encarnación, ni de Redención. Vemos claramente la incompatibilidad de Grecia y el naturalismo con el cristianismo.
(Giordano Bruno, La cena de las cenizas, Introducción, traducción y notas de Miguel Angel Granada, Alianza, Madrid, 1994, p. 71).
En Los heroicos furores, Giordano Bruno expone el conato, ese que anima su teoría del conocimiento", como lo explica Rodolfo Mondolfo:
"La idea de la inmanencia universal de lo divino tiende así hacia una coherente conclusión universalista acerca de la voluntad y capacidad humana de conocimiento. A raíz de tal inmanencia, en efecto (afirma Bruno en De los heroicos furores), «en todo tiempo, en toda edad y en cualquier situación que se encuentre, el hombre siempre aspira» a la conquista de la verdad, y por ella «suele negarse a hacer caso de cualquier fatiga, e intenta en cambio todo estudio, sin cuidarse del cuerpo ni dispensarle aprecio a la vida».
III. TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
De esta manera, para Bruno, el conocimiento y amor de lo divino se desarrollan en todos los hombres como un conato interior que empuja la intrínseca potencia infinita hacia la propia realización. «La potencia sensitiva quiere informarse de toda la realidad sensible..., el intelecto quiere entender toda la verdad», porque en la primera «se halla todo lo visible», en la segunda «todo lo inteligible en aptitud», es decir, en potencia, que significa tendencia hacia el acto" (Rodolfo Mondolfo, Figuras e ideas de la filosofía del Renacimiento: Giordano Bruno,Icaria, Barcelona, 1980, p. 55).
Paideia y epistemología, serían los nombres de las ciencias que ahora se proponen como aplicaciones de "La Ciencia del Deseo de lo Bello", pues al fin, lo que se desea y se busca es la felicidad y el sendero que conduce a ella es el de la Sabiduría que desde siempre ha sido el Arte de actuar como se piensa y se siente y de pensar y sentir como se actúa, en otras palabras, el deseo de lo bello y de lo bueno que es la ciencia que propongo.
Pero no es Giordano Bruno el único, él hace parte de una tradición, la misma que interpreta y propone con originalidad y novedad en sus obras sobre la memoria, la magia y los vínculos, esa erótica que por tanto tiempo ha permanecido estigmatizada por el poder y por los prejuicios cristianos.
Antes que Giordano Bruno ya otros habían propuesto la paideia y la epistemología de las que se sirve para proponer y plantear las propias. Las más evidentes fueron la platónica y la neoplatónica, Epicuro y el poema de Lucrecio, De rerum natura, y más próximo, Nicolás de Cusa, El Cusano y los humanistas italianos y renacentistas. En cuanto a la memoria, Giordano Bruno tomó también de una larga tradición, la que en los dominicos, la orden religiosa en la que se formó, era de especial importancia y, en particular, de la obra de Raimundo Lulio y a partir de ellas propuso algo original y novedoso que, visto ahora, se le considera como anticipaciones a diversas ciencias actuales tanto en las ciencias exactas como en las sociales y humanas. De ellas, destaca su visión del universo y, en especial, sobre el funcionamiento del cerebro y de la mente, a lo que consideró tal y como ahora lo consideran las neurociencias y las ciencias cognitivas.
Las influencia que tuvo Giordano Bruno fue amplia y profunda, pero, el peligro de ser perseguido por su lectura, hizo que aquellos que lo leyeron ni lo mencionen ni lo reconozcan. Sin embargo y quizás la más trascendental, fue el influjo que ejerció sobre Spinoza, sobre lo que no existe memoria, de quien, sus obras, al igual que las de Bruno, fueron estigmatizadas y condenadas a la clandestinidad y sus lectores perseguidos y anatematizados. Lo que explica el por qué sus aportes a la ciencia se tardaran tanto y no les fueran reconocidos.
Por ello y además de la lectura de las obras de Giordano Bruno, recomiendo en particular la lectura de los diálogos de Platón, Banquete y Fedro, las cartas y fragmentos de Epicuro, el poema de Lucrecio, De rerum natura, que es una exhibición de lo bello, del deseo y de la poesía en la ciencia, algo que algunos científicos actuales, si bien no emulan como poetas, si lo hacen como ejercicio de buena escritura. Y como obra fundamental, la de Spinoza, en particular la Ética demostrada según el orden geométrico, fundamental porque sus conceptos y propuestas, como los de Giordano Bruno, son anticipaciones a la ciencia actual y una radiante manfiestación de estas ciencias que he denominado "La Ciencia del Deseo de lo Bello".
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Si se hiciera otra historia de las ciencias, una que estudie y exponga aquellos aspectos que se han ignorado, estigmatizado y anatematizado, en el del desarrollo, uso e impacto de esas ciencias de la manipulación de los deseos, de los sentimientos y de la voluntad de los Homo-Humanos, individual o colectivamente, nos vamos a encontrar con que "La Ciencia del Deseo de lo Bello", ha hecho parte del saber de la humanidad desde tiempos remotos como bellas utopías, pero también como práctica perversa y con diferentes propósitos, intereses y con fines y medios puestos al servicio del poder, al dominio y al sometimiento de los deseos, de los sentimientos y de la voluntad de unos en beneficio de otros: la domesticación y la esclavitud. Como que la humanización es un proceso de auto-domesticación que se desarrolla por obra y gracia de la evolución y la selección natural y cultural, pero ese es otro asunto (ver: Lector Ludi No. 78).
Son esos los mismos saberes y prácticas con las que ahora se experimenta en una ciencia que se propone el fin de conocer, dominar y someter los deseos y los sentimientos y la voluntad de los Homo-Humanos a través de la manipulación de los mecanismos cerebrales y mentales del deseo, de los sentimientos y de la voluntad. Es una ciencia, la misma que antes fue especulativa como ingeniería social y que ahora se pretende una ciencia exacta, aplicable, replicable y verificable, en su acción, unas ingenierías, social y de la mente, que desarrollan los modelos mediante los cuales se provocan y se dirigen los deseos, los sentimientos y las reacciones de las personas hacia acciones, sentimientos, pensamientos, objetos, etc., previamente determinados.
Pero, contrario a ese uso perverso, lo que se propone es que "La Ciencia del Deseo de lo Bello" y la ingeniería de la mente y la ingeniería social que se desarrollan a partir de ella, es lograr descubrir aquel conocimiento, saber y capacidad, por medio del cual cada individuo pueda hacer que su vida y existencia sea cada vez más próxima al logro de ese deseo de lo bello y de lo bueno que es la felicidad y, al mismo tiempo, a poseer las herramientas con las cuales poder evitar y defenderse de la manipulación de otros sobre sus deseos, sentimientos y reacciones. Y eso es el anhelo, el mismo que explica el neurocientífico Antonio Damasio, ya citado atrás.
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Y para concluir, las palabras de Diotima:
Quien haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que se hicieron precisamente todos los esfuerzos anteriores... Éste es el momento, querido Sócrates, –dijo la extranjera de Mantinea– en el que, más que en ningún otro, le merece la pena vivir al hombre. Cuando contempla la belleza en sí. Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro ni con los vestidos ni con los jóvenes y adolescentes bellos” (Platón, Banquete, 210 e-211 d).
... la escala del deseo atrae una y otra vez, porque el deseo de lo bello es el primer paso hacia el espíritu.
Bien lo expresó Goethe en Fausto:
"Chorus Misticus
Lo Temporal y lo Perecedero no son más que un símbolo,
que una mera fábula.
Sólo lo Incomprensible, lo Inenarrable, lo Infinito,
Lo Eterno-femenino nos atrae a lo alto". (Goethe, Fausto, II).
NOTAS

1"La descripción de Eros debida a Agatón, por cuanto que está adornado con toda hermosura y virtudes, no es una descripción del propio Eros, sino del objeto de Eros. La hermosura y la bondad son atributos, no del deseo, sino de la cosa deseada. Tal crítica apunta a un singular fenómeno de personificación. Las representaciones de Afrodita y Eros del gran arte, como una mujer y un joven idealmente bellos, son representaciones de lo digno de ser deseado, no del Deseo, de lo digno de ser amado, no del Amor. De aquí en adelante se supondrá que el objeto de Eros, en todas sus formas, desde la más alta a la más baja, es algo que puede llamarse indiferentemente lo bello o lo bueno. La belleza y la bondad pueden manifestarse en una gama de formas que se extiende a lo largo de toda la escala del ser. Tal variedad de formas es la que distingue las varias clases de deseo; pero la pasión en sí es fundamentalmente la misma" (Francis M. Cornford, La filosofía no escrita y otros ensayos / La doctrina del Eros en el Banquete, Ariel, Barcelona, p. 134).
2Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, nota 43, Traducción de Vidal Peña:
Advertimos desde ahora que traduciremos, siguiendo el uso, mens por «alma». E. GIANCOTTI-BOSCHERINl («Sul concetto spinozano di mens», en Ricerche lessicali su opere di Descartes e Spinoza, Roma, 1969) ha probado cómo no puede por menos de ser significativo el hecho de que Espinosa utilice la voz mens en lugar de la voz anima. Al proceder así, se evaporan muchas connotaciones «espiritualistas» tradicionales, connotaciones espiritualistas que siguen presentes en la voz «alma». Pero «mente» tampoco nos satisface: permanece demasiado adscrita, en castellano, a «contenidos cerebrales», y tampoco es ése el caso de la mens espinosiana, que es forma o idea del cuerpo, y no —o no sólo— «representación cerebral». Por ello, a riesgo de mantener aquellas connotaciones espiritualistas (contra las cuales, desde luego, prevenimos al lector también desde ahora), seguiremos traduciendo «alma», a falta de cosa mejor.
3 Ioan P. Culianu, Eros y magia en el Renacimiento 1484, Siruela, Madrid, 1999.
4Eugenio Garin, La revolución cultural del Renacimiento, Crítica, Barcelona, 1984.
5 Gerald M. Edelman y Giulio Tononi, El universo de la conciencia. Cómo la materia se convierte en imaginación, Crítica, Barcelona, 2005, p. 174.
6Mark Johnson, El cuerpo en la mente. Fundamentos corporales del significado, la imaginación y la razón, Debate, Madrid, 1991.
- George Lakoff y Mark Johnson, Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, Madrid, 2009.
7Un estudio interesante sobre el tema lo propone Mary Warnock, La imaginación, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
8 Ioan P. Culianu, Giordano Bruno: Eros y Magia en el Renacimiento / Manipulación de las masas y los individuos, Siruela, Madrid, 1999, p. 131 y ss.
9 Véase Ignacio Gómez de Liaño, El idioma de la imaginación. Ensayos sobre la memoria, la imaginación y el tiempo, Madrid, 1992 (primera edición, 1983).
10Marshall McLuhan, Comprender los medios de comunicación . Las extensiones del ser humano , Paidós, Barcelona, 1996.
Licencia Creative Commons
Lector Ludi por Iván Rodrigo García Palacios se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.