16 de octubre de 2012

Sensaciones epicúreas


Iván Rodrigo García Palacios
Sensaciones epicúreas



Henri Matisse, La alegría de vivir.
Contenido:
Introducción
1. En El Jardín de Epicuro
2. La pedagogía epicúrea
3. Sentir y conciencia
4. Atracción-rechazo: placer-dolor: entusiasmo-miedo
5. Entusiasmo, el regocijo del aliento vital
6. Yo soy el esclavo de mis miedos
7. La amistad y la solidaridad


***


Introducción


Para Epicuro, “el filosofar”, “el conocer”, “la felicidad”, son estados vitales y existenciales (no confundir estados con actividades), íntimamente conectados, que el Homo-Humano alcanza en “la contemplación” y en la buena compañía, cuando el conocimiento, aquello que él descubre en “lo desconocido”, se trasforma en “los cimientos” de su Ser y Estar en el mundo, logrando de esa manera una vida y una existencia saludable, imperturbable y libre, es decir, el verdadero espíritu de la naturaleza humana.
También, para Epicuro, tales estados se desarrollan desde el mismo comienzo de la existencia y no es necesario esperar a ser adultos para empezar a filosofar, a conocer y a ser felices, como lo exigían Platón, Aristóteles y, desde ellos, todos los sistemas educativos que forman Homo-Humanos con oficio pero sin espíritu.
Mi propósito no es el de actualizar, que bien lo ameritan, las propuestas de Epicuro, si no el de invitar a realizar una exploración por ese pensamiento que hace parte de la historia del espíritu de la humanidad y al que el poder y las ideologías posteriores se empeñaron en exterminar de la conciencia porque desvelaba sus engaños, engaños que buena falta hace desvelar hoy cuando todavía los poderes y las ideologías persisten en condenar a los Homo-Humanos a los infiernos de la ignorancia y de la superstición por el miedo a “lo desconocido” y por la esclavitud a la que los someten los vanos e ilimitados deseos. Además, para reconocer en las propuestas de Epicuro aquellas intuiciones que aun en su ingenuidad exploraban en aquellos territorios que las ciencias actuales están demostrando en su validez.
Por ejemplo, casi 2.500 años antes que las neurociencias empezaran a demostrar que las sensaciones son la primera y primordial aprehensión con las que los Homo-Humanos se extrañan, modelan y se apropian del mundo, Epicuro las proponía como el primer criterio de verdad, junto con las prenociones, las afectaciones y las proyecciones imaginativas.
Igual anticipación realizó Epicuro en la comprensión y en la acción de las manifestaciones del placer y del dolor, del ejercicio de la amistad, de la solidaridad y de la lucha contra la superstición y la ignorancia, asuntos que él propuso, practicó y enseñó, pero los que, las filosofías, las ciencias y las ideologías, hasta el día de hoy, aun son temerosas a proponer como fundamentos primordiales de una sana y feliz vida individual y social, porque van en contra de los intereses de los poderosos y de las ideologías que imponen su dominio y sometimiento por medio del miedo.
Y con razón, porque las propuestas vitales y existenciales, prácticas y teóricas, de Epicuro para ser felices, imperturbables y libres de los miedos y temores con los que la ignorancia impone la superstición, son una amenaza real y concreta que subvierten al poder y a las ideologías de dominio por las que a los Homo-Humanos se les alienan y enajenan la conciencia, la voluntad y la actividad, para que los poderosos los exploten a su arbitrio y para su beneficio.
Para que los Homo-Humanos alcancen el estado de imperturbabilidad y logren ser libres tanto del temor a las acciones ineludibles de la naturaleza como al de las manipulaciones de los poderosos y de las ideologías, Epicuro propuso y enseñó, como un todo indivisible, sus doctrinas sobre el conocer la naturaleza de la Naturaleza, la naturaleza de la existencia y sobre el bien vivir, como fundamentos por medio de los cuales superar el miedo a lo desconocido y a no caer en la adicción a los vanos e ilimitados deseos.
Si bien Epicuro no desarrolló una teoría del conocimiento de manera acabada, sus enseñanzas y las formas de impartirlas, en las que teoría y práctica se conjugan, son una pedagogía que iba más allá de la tradicional paideia griega: la de la poesía, los sofistas, la Academia, el Liceo, la Stoa, el escepticismo, etc. Es por ello que la pedagogía epicúrea, mirada a la luz de los actuales avances de las ciencias, se corresponde de manera acertada con la naturaleza del aprendizaje del Homo-Humano.
De acuerdo con Epicuro y según los actuales descubrimientos de las neurociencias, el proceso de aprendizaje y desarrollo del conocimiento se inicia con el sentir, las sensaciones y, a partir de allí, el cerebro procede a imaginar, ordenar, nombrar, representar, pensar, decidir, actuar, memorizar, de manera sucesiva y acumulativa, es decir, conocer, es hacer parte del Ser lo que se siente y, el conocimiento, es “el cimiento” del Estar en el mundo.
Parodiando a Descartes, se podría decir que Epicuro lo hubiera expresado así:
Siento luego existo.
Existo luego pienso.
Pienso luego soy.
Pero, independiente del valor o de la validez científica de las doctrinas epicúreas, extensamente discutidas y estigmatizadas, mi interés se dirige a sugerir su lectura y su estudio por el beneficio y la bondad que en la actualidad pudiera obtener cada persona de su visión del mundo y del propósito que se propone para la existencia: el conocimiento de la naturaleza de la Naturaleza y el conocimiento de la naturaleza de la existencia como fundamentos por medio de los cuales alcanzar una vida libre de miedo, imperturbable y saludable, porque, para ello, es necesario tener un sentido de la propia existencia que la haga libre de la ignorancia, de la superstición, de los vanos e ilimitados deseos, del miedo, con los que los poderosos y las ideologías nos someten, dominan y explotan como a animales domésticos.
Por ello, propongo seguir, como acción liberadora, el consejo que Epicuro ofrece en su Epístola a Meneceo:
(122) Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es ni demasiado viejo ni joven.
Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que, aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir. Debemos meditar, por tanto, sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo poseemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible para obtenerla” 1
Pero, es necesario advertir que el epicureísmo no es ninguna terapia de medicina para el alma como las que ofrecían los filósofos y las escuelas filosóficas griegas anteriores o contemporáneas de Epicuro o como las terapias psicológicas y filosóficas actuales.
Si se ha entendido bien, para Epicuro “el filosofar” es vivir en un estado de vida natural en el que se procura “la felicidad”, es decir, la ausencia del dolor, dolor físico, mental o anímico, por “el conocer”. Estado que se alcanza llevando a cabo una existencia, desde el nacimiento hasta la disgregación final de los átomos del cuerpo, acorde con las leyes de la Naturaleza y con la naturaleza del Ser humanos, mientras se convive en una comunidad de amistad y solidaridad regida por los sentimientos y por unos sencillos pactos comunes. Comunidad en la que también se “contempla”, se reflexiona e investiga sobre la naturaleza de la Naturaleza y sobre la naturaleza de la existencia a partir de los principios propuestos por el maestro y desarrollados por los discípulos.
Ese es “El Jardín de Epicuro”.


1. En El Jardín de Epicuro


La vida cotidiana de Epicuro y la de los miembros de su comunidad bien se puede deducir a partir de la lectura de sus obras, las de sus discípulos y las de Lucrecio y Diógenes Laercio y otros biógrafos.
La del Jardín fue una comunidad aislada de toda relación con la polis, conformada por personas que, sin diferencias de edad, sexo, raza, condición o clase socio-económica, convivían como amigos, unidos por una solidaridad muy específicamente definida y sin otra jerarquía entre ellos que la de maestros y discípulos, todos comprometidos con la autosuficiencia doméstica y con la reflexión sobre las doctrinas del maestro.
Porque para Epicuro la práctica de la actividad doméstica era igual de fundamental en el desarrollo de las teorías, pues, el vital y acertado conocimiento de la naturaleza, era el elemento en el que se sustentaba el poder de cada persona para llevar una vida feliz, libre e imperturbable.
Eso también puede ayudar a explicar el por qué Epicuro, en su obra conocida y según los testimonios de sus discípulos y biógrafos, no desarrolló ni concretó un sistema acabado y completo de sus teorías físicas, lógicas y éticas. Porque él, a diferencia de Platón, Aristóteles y los maestros de las escuelas filosóficas de su tiempo, autores de complejas teorías y elaborados tratados, no consideraba ni al conocimiento ni a la existencia como algo acabado y completo, sino como algo dinámico y en permanente trasformación y desarrollo, por lo que era necesario reflexionar, conocer, practicar y desarrollar constantemente.
Según Epicuro, los Homo-Humanos decidimos o ser esclavos y víctimas de la ignorancia y la superstición o ser dueños de nuestro cuerpo y artífices de nuestra existencia por medio del conocimiento, es lo que enseña y enseña a aprender en los pocos escritos rescatados y conservados de su extensa obra y enseñanzas. O vivir en El Infierno de muerte y dioses o en “El Jardín” de la la vida, de la imperturbabilidad (ataraxia) y de los amigos solidarios. Esto lo propuso hace casi veinticinco siglos y las cosas siguen igual o peor.


2. La pedagogía epicúrea


Epicuro expuso su paideia o pedagogía para aprender y comprender su pensamiento en sus epístolas y máximas de manera sencilla y sucinta. En su Epístola a Heródoto resume en los primeros párrafos su pedagogía y, en el resto de la epístola, su filosofía natural y existencial, su lógica y su ética, las cuales son una unidad indivisible e inseparable. En su Testamento, sus Epístolas a Meneceo y a Pitocles, las Máximas capitales, las Sentencias vaticanas y otros fragmentos, enseña sobre por qué no temer ni a los dioses ni a la muerte, así cómo a llevar una vida saludable e imperturbable. También son documentos fundamentales, el poema de Tito Lucrecio Caro, De rerum natura y el Libro X de las Vidas de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio, en el cual se preservaron los pocos escritos conservados de Epicuro. Igual, las opiniones de sus contradictores y sus enemigos filosóficos y teológicos.
Ya que, tanto esas epístolas como el resto de su obra conservada, son, además de breves, suficiente ilustración, me abstendré de explicaciones y comentarios, existe abundante y buena bibliografía al respecto. Lo que me interesa y en adelante expondré, es la interpretación, a partir de los conocimientos actuales, sobre aquellos asuntos que para Epicuro fueron fundamentales: la sensación, el placer y el dolor, el entusiasmo y el miedo, la amistad y la solidaridad, como fundamentos para el conocer y el vivir una existencia imperturbable y saludable.
A continuación, propongo mi interpretación a la pedagogía de Epicuro y reproduzco, a manera de ilustración, los primeros párrafos de la Epístola a Heródoto.
En los primeros párrafos de la Epístola a Heródoto, Epicuro propone de manera sencilla y breve la pedagogía que deben seguir aquellos que desean dedicarse al estudio de la naturaleza de la Naturaleza y de la naturaleza de la existencia, con la finalidad de alcanzar una vida libre, saludable e imperturbable, asuntos estos que están en íntima correspondencia los unos con los otros, porque, conocer la naturaleza de la Naturaleza, es conocer la naturaleza de la existencia, esa existencia sobre cuya teoría y práctica se reflexionaba y ejercitaba en El Jardín.
Ateniéndose al propósito de la Epístola a Heródoto, es necesario considerar que Epicuro compendia los aspectos generales de su pedagogía, los cuales, como todos los demás asuntos tratados en la carta, debieron haber sido expuestos de manera amplia y particular en otra de sus obras como todos los demás.
Sin embargo y a diferencia de todos los demás asuntos de la epístola, esa pedagogía ha pasado inadvertida para sus estudiosos e interpretes, porque no han considerado que lo primero y lo que Epicuro antepone al estudio de sus teorías, es el cómo se debe enseñar y el cómo se aprende, es decir, los fundamentos de su pedagogía, que es lo primero que él compendia y explica antes de proceder a compendiar sus teorías. Valga la pena aclarar que Diógenes Laercio si interpretó correctamente la pedagogía epicúrea, pero su interpretación fue también ignorada.
Esa situación de inadvertencia o ignorancia podría deberse a dos motivos, el primero, todos los que se han interesado por las propuestas epicúreas, han partido del supuesto de que los procesos de enseñanza y aprendizaje se realizan por el desarrollo mecánico de la razón: memorizar, comprender e interpretar, algo que, si bien ha cambiado en las últimas décadas con la aplicación a las pedagogías de algunos elementos lúdicos y la aceptación de la existencia de otras inteligencias diferentes de las inteligencias lógico-matemáticas, todavía no se ha considerado el verdadero sentido y propósito de la pedagogía epicúrea.
El segundo, que todos los interpretes se han interesado sólo por la comprensión e interpretación de las teorías físicas, lógicas y éticas de Epicuro, sin tener en cuenta que para él lo más importante es alcanzar, a través del estudio y del conocimiento, el estado de imperturbabilidad, libre de miedos, es decir, el estado de felicidad, porque el estudio y el conocimiento son los medios y no el fin.
En este contexto y a diferencia de cualquiera otra pedagogía, para Epicuro el fin es y está en en el mismo principio: la enseñanza y el aprendizaje se desarrollan a partir del sentir para luego desarrollar el pensar. Es decir, se parte del estado natural del cuerpo que siente el mundo y que alcanza su estado de imperturbabilidad porque conoce y siente el lugar en el que habita de acuerdo con su naturaleza y con la naturaleza del mundo.
Si se hace una lectura adecuada de la epístola, se advierte que Epicuro inicia con una introducción en la cual explica el propósito de su compendio como un resumen útil y práctico para recordar, permanentemente y de manera general, los aspectos particulares que ya han sido estudiados y aprendidos en las obras especializadas, pues así se podrá avanzar rápidamente en los estudios e investigaciones.
Una vez concluida la introducción y antes de proceder a resumir sus teorías, Epicuro inicia con el asunto más importante de sus propuestas, su pedagogía, es decir, qué, cómo y porqué, enseñar y aprender:
Primero, por cierto, es preciso, Heródoto, haber ya captado lo que subyace a las palabras”.
Porque, eso que subyace a las palabras es:
Y es preciso además preservar totalmente tanto las sensaciones como simplemente las presentes proyecciones aprehensivas, ya de la reflexión, ya de cualquiera otro de los criterios, e igualmente las pasiones que [actualmente] se hallan presentes [en nosotros], a fin de que tengamos [algo] mediante lo cual inferir por indicios tanto lo que espera [confirmación] como lo no evidente”.
A partir de allí, lo que sigue es sentir y pensar.
***
Epístola a Heródoto (fragmento) 2
(35) 3 Epicuro saluda a Heródoto.
A quienes no puedan, Heródoto, precisar 4 cada una de las cuestiones descritas por nosotros acerca de la naturaleza ni examinar con atención los libros mayores de los que [hemos] compilado les preparé un epítome de [mi] obra toda para que retengan de modo suficiente el recuerdo de las opiniones 5 más generales, a fin de que puedan ayudarse a cada preciso momento en las cuestiones más decisivas 6 en la medida que se apliquen a la especulación acerca de la naturaleza.
Además, a quienes han progresado de modo suficiente en la revisión de las cuestiones todas les es preciso recordar un esbozo 7 elemental de [mi] obra toda, pues precisamos 8 más a menudo de una aprehensión 9 de conjunto, mas no (36) igualmente [de una] detallada. Así pues, hay que dirigirse continuamente hacia tales cuestiones producir en el recuerdo aquello a partir de lo cual tal aprehensión tendrá más autoridad 10 sobre los hechos 11, además de [poder] alcanzar todo conocimiento exacto en detalle una vez bien comprendidos 12 y recordados los esbozos más generales. Puesto que para el perfectamente iniciado [en este estudio] el poder servirse rápidamente de aprehensiones, una vez reducidas cada una de las cuestiones 13 a simples principios elementales y fórmulas, constituye lo más decisivo de todo conocimiento exacto, pues la concentración de un repaso continuo de las materias todas no puede generar conocimiento 14 si no puede abarcar en sí misma, mediante breves fórmulas, todo lo que [anteriormente] se hubiera precisado en (37) detalle. Es por esto que, al ser ciertamente útil un método tal a todos los familiarizados con el estudio de la naturaleza, [yo], que recomiendo el ejercicio continuo en este estudio y que disfruto en grado sumo de una vida tal, produje para ti este epítome y exposición elemental de las opiniones todas.
Primero, por cierto, es preciso, Heródoto, haber ya captado 15 lo que subyace a las palabras 16 para que refiriéndonos a ello podamos juzgar las cuestiones que son objeto de opinión 17, las relativas a la investigación o a cuanto se mantiene en duda, a fin de que todas las cuestiones no , para nosotros que demostramos, indeterminadas al infinito ni tengamos palabras (38) vacías, pues es de necesidad observar 18 la primera noción de cada palabra y no precisar de ninguna demostración adicional si efectivamente vamos a tener algo a lo que referir las cuestiones relativas a la investigación, lo que se mantiene en duda o las cuestiones que son objeto de opinión. Y es preciso además preservar totalmente tanto las sensaciones 19 como simplemente las presentes proyecciones aprehensivas 20, ya de la reflexión, ya de cualquiera otro de los criterios, e igualmente las pasiones que [actualmente] se hallan presentes 21 [en nosotros], a fin de que tengamos [algo] mediante lo cual inferir por indicios tanto lo que espera [confirmación] 22 como lo no evidente.
Y habiendo distinguido estas cosas, reparar 23 ahora en lo no evidente. Primero, que nada deviene a partir de lo no ente, pues todo devendría de todo, sin precisar además [en] nada de semillas. (39) Y si lo que desaparece se corrompiese hacia lo no ente, todas las cosas [reales] 24 se habrían ya destruido, al no existir algo en lo cual disolverse. Y en verdad, además, el universo 25 (22) fue siempre tal como es ahora y siempre será tal, pues no existe nada hacia lo cual [pueda] cambiar. Pues no existe nada además del universo que, habiendo ingresado a éste, pudiera producir cambio”.


3. Sentir y conciencia


Como lo dijo Epicuro, de acuerdo con la interpretación de Diógenes Laercio, y lo que las actuales neurociencias están demostrando, es que el Homo-Humano empieza a construir su Ser y Estar en el mundo desde el sentir, desde la sensación:
(31) [...] los criterios de la verdad son las sensaciones (aistheseis), las prenociones (prolépseis) y las afectaciones (páthe), y los epicúreos añaden las proyecciones imaginativas de la mente (phantastikaí epibolaí tês dianoías)” 26
Más adelante agrega:
(33) La prólepsis (impresión, impronta, “imprintig”), dicen los epicúreos, es como una comprensión (katálepsis), una opinión recta, un pensamiento (énnoia), una noción general que está en nosotros como un recuerdo (mnéme), de lo que muchas veces se nos ha presentado desde fuera. Por ejemplo, aquello que se me está presentado de esa manera es un hombre. Porque en el momento mismo en que se dice hombre, gracias a la prólepsis, se piensa, al mismo tiempo, en su imagen genérica (týpos), según las sensaciones que antes se han tenido. Para todo hombre, pues, aquello que es primeramente significado en él se nos presenta como evidente. Y nosotros no podríamos llevar adelante investigación alguna, si no tuviéramos ya de antemano algún conocimiento. Por ejemplo, cuando decimos: ¿aquello que hay allí es un caballo o un buey? Porque para hacer tal pregunta es preciso haber conocido alguna vez la forma (morphé) de caballo o de buey. No podríamos, pues, nombrar cosa alguna, si antes no conociésemos, por medio de la prólepsis, su imagen genérica, su týpos. Las prolépseis son, pues, evidentes” 27
Al final de sus comentarios, Diógenes Laercio establece la diferencia entre el conocer por las sensaciones y la opinión que se forma a partir de ellas:
(34) »La opinión la califican de suposición, y la consideran verdadera y falsa. Si es confirmada por otros testimonios y no resulta contradicha por ninguno, es verdadera. Pero si no es confirmada por testimonios y es contradicha, resulta falsa. Por eso introdujeron la calificación de “en expectativa”, por ejemplo en expectativa de acercarse a la torre y conocer cómo es de cerca.
»Dicen que hay dos afecciones, el placer y el dolor, que se presentan a todo ser vivo, y el uno es connatural y el otro extraño. Por uno y otro decidimos nuestras elecciones y rechazos.
»Y que entre las investigaciones las unas versan sobre los hechos, y las otras, sobre la palabrería huera» 28
***
Determinar el origen del universo y de todo lo que en él es y existe supone enfrentarse a un doble salto al vacío. Por una parte, un salto al vacío metafísico de la previa existencia de un creador, una causa primera y, por la otra, un salto al vacío físico que plantea Stephen W. Hawking: nada existía y todo comenzó a existir. Una nada creada y una nada increada.
Lo cierto es que el universo existe y que en él yo existo, siento y tengo conciencia. Es sobre ese existir, sentir y el tener conciencia lo que ahora me interesa explorar.
Ya las neurociencias están cerca de mostrar qué son, porqué y cómo funcionan y para qué sirven, las sensaciones y la conciencia en los seres vivos, así que, mientras eso sucede, cualquier exploración que se realice sobre ellas, será necesario referirla, por una parte, a aquello que ya está establecido y, por la otra, a los supuestos que de ello puedan deducirse. En consecuencia, el único punto de partida cierto desde el que se puede iniciar una exploración sobre las sensaciones y la conciencia, es el hecho de que los seres vivos están compuestos de materia y energía organizadas y que, por tanto, su Ser y Estar en el mundo, son el resultado de las propiedades y cualidades de esa materia y energía.
Si se parte del hecho cierto de que es propiedad de la materia el reaccionar: atraer, rechazar y trasformarse y que en ese reaccionar se originan todas las propiedades y cualidades de la materia del universo, se puede decir que es en la reactividad en donde se origina la cualidad primordial del sentir como propiedad de la materia viva, entonces, se puede decir que la conciencia es sentir que se siente.
Saltando por sobre todas las manifestaciones de la materia en el universo y partiendo de la manifestación de esa materia como la materia viva que es el Homo-Humano, se puede decir que éste es una manifestación en la cual la materia se siente a sí misma, sabe que se siente y memoriza y tiene recuerdos de lo sentido y que con ese saber inventa un nombre y un sentido para ese sentir. Esa sensación es la conciencia y la acción de nominar es el consciente. El sentido que se le da a ese sentir, es ya un invento más complejo.
Permaneciendo en ese nominalismo, los nombres para las reacciones de la materia viva en el Homo-Humano, son placer y dolor y las trasformaciones son las acciones que esa materia ejecuta para mantenerse, permanecer, el “conatus” de Spinoza:
PROPOSICIÓN VI
Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser.
PROPOSICIÓN VII
El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma.
PROPOSICIÓN VIII
El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no implica tiempo alguno finito, sino indefinido” 29
Las reacciones, la reactividad, se producen y organizan por códigos 30 físico-químicos de atracción - rechazo. Las sensaciones 31 parten de esos códigos para organizarse en códigos sensoriales (qualia) 32 en los que las células se especializan (por estos códigos, al igual que se hace con los lenguajes, se conservaría la memoria). ¿Serán esos qualia “las sutiles partículas” con las que, según Epicuro, el alma experimenta las sensaciones? 33
El cerebro, como tal, y el organismo, en general, se organizan y funcionan de acuerdo con esos códigos. Para empezar, la primera organización es y está determinada por el código genético, el genoma, a partir del cual se desarrollan todos los demás códigos.
Todas y cada una de las células, individual o colectivamente, tienen, hacen parte y construyen esos códigos y se especializan en ellos. Las hay que son especializadas desde su generación, las hay que se irán especializando una vez son activadas por estímulos y las hay pueden cambiar de especialización. Esta plasticidad 34, “modelaje”, se sucede por el proceso de “imprintig” y por la epigenética, así como también por la acción voluntaria del individuo y por los efectos del Ser y Estar en el mundo.
Lo anterior explica por qué el cerebro es un gran mecanismo de codificación y decodificación de todo lo que el cuerpo siente, sentir que codifica y decodifica para que funcione organizado; organización que puede ser más o menos permanente, es decir, construye, mantiene, trasforma o desarrolla nuevos códigos que permanecen y evolucionan.
A partir de allí se forma la mente, que es la personalización del cerebro 35, porque la plasticidad del cerebro permite que la mente se personalice, es decir, cada individuo será único, así comparta rasgos biológicos y psicológicos con los demás miembros de su especie.
Serán esos códigos los que se traducirán como imágenes y lenguajes cada vez más complejos, en la medida en la que el cerebro y el organismo se hacen más complejos. Y serán también, tales códigos, con los que los Homo-Humanos desarrollan y construyen, en el espacio y en el tiempo, las extensiones 36 de sí mismos, a partir de su propia materia y con la materia del mundo en el que habita: su Ser y Estar en el mundo.
La primera de esas extensiones es, sin lugar a dudas, la conciencia, es decir, la propiedad de sentir que se siente y que se tiene memoria de ese sentir.
De ahí en adelante, las extensiones que ha desarrollado y construido el Homo-Humano son incontables, es una historia que es la historia de su cuerpo y de la humanidad.
Con los sentidos el Homo-Humano crea la realidad 37, eso que se llama Ser y Mundo, e inventa los códigos para nombrarlos y los objetos para manipularlos y organizarlos a su imagen y semejanza: Yo, el otro, sujetos, objetos, colores, formas, imágenes, calor, frío, sabores, sonidos, olores, espacio, tiempo, imaginación, pensamiento, conceptos, lenguajes (señas, señales, signos, símbolos, códigos, números, palabras, etc.), ciencias, filosofías, artes, artefactos concretos y abstractos, máquinas y culturas, en fin, todas las herramientas habidas y por haber con las que el Homo-Humano siente y explica que él Es y Existe.


4. Atracción-rechazo: placer-dolor: entusiasmo-miedo


Hasta ahora, las ciencias han demostrado que los Homo-Humanos son conscientes de su conciencia, es decir, que han construido los códigos y las extensiones de sí mismos mediante los cuales nominan, interpretan y recuerdan, sus propias sensaciones, las sensaciones de los otros y las comparten entre sí. A partir de esos procesos han construido su Ser y Estar en el mundo, individuales y colectivos, los que, como todo en el universo, están en permanente cambio y evolución.
Como ya se dijo antes, las sensaciones son las manifestaciones de la reactividad de la materia: atracción-rechazo, las que en la materia orgánica se manifiestan como placer-dolor, las mismas que el Homo-Humano también ha interpretado y nominado como entusiasmo-miedo 38 y, a partir de allí, ha construido el consciente y todas las extensiones de sí mismo con las que manifiesta y se manifiesta su Ser y Estar en el mundo.
La reactividad, en su funcionamiento primordial, es la expresión de un código físico-químico de atracción-rechazo por el que se afecta y se trasforma el estado de la materia. Como placer-dolor, esa reactividad es un código que informa a la materia sus estados de estabilidad y cambio. Como actividad consciente, el Homo-Humano ha codificado y nominado a algunas de sus reacciones como entusiasmo-miedo, o sea, ha codificado y nominado aquello que le informa su cuerpo y a su cuerpo de que disfruta de estados de estabilidad o que su estado está siendo afectado y trasformado por materia o por códigos externos.
También, como mecanismos de recompensa-castigo, tanto el placer y el dolor como el entusiasmo y el miedo, operan de formas y maneras diferenciadas, según sus causas, intensidad y duración.
En fin, lo anterior no son más que la simplificaciones de asuntos que las ciencias explican y explicarán más detalladamente, lo que me interesa es reflexionar sobre algunas de las interpretaciones y extensiones que el Homo-Humano ha construido a partir del entusiasmo y del miedo.
En términos generales, el entusiasmo y el miedo han sido interpretados y convertidos en las extensiones de estados ideales completamente ajenos a la realidad del Ser y Estar en el mundo de los Homo-Humanos y por medio de los cuales se han manipulado sus manifestaciones como premios o castigos de mecanismos de sometimiento y dominio.
***
Si el entusiasmo es una manifestación del placer, el miedo será la del dolor.
Tanto el entusiasmo como el miedo están inscritos como propiedades y cualidades de mi carne, el primero informa y expresa sobre la salud del cuerpo, el segundo, informa y expresa sobre los riesgos y peligros que lo amenazan.
El entusiasmo expresa la potencia del cuerpo, el miedo es la expresión de su fragilidad.
En términos de experiencias, se podría decir que mi cuerpo y yo somos más propensos al miedo que al entusiasmo, de ahí que se pueda pensar que el miedo, más que el entusiasmo, afecta al Homo-Humano y que es más por miedo, que por el entusiasmo, por lo que los instintos, los deseos y la voluntad actúan.


5. Entusiasmo, el regocijo del aliento vital


Para dejarlo claro desde ahora. El entusiasmo del que voy a hablar poco o nada tiene que ver con los conceptos y estados de frenesí, embriaguez, exaltación, inspiración, delirio, ilusión, etc., con los que se le asocia, funde y confunde, como locura divina, estado alterado de ánimo o de consciencia, experiencia mística o de éxtasis o los similares, todos ellos asociados con asuntos sagrados o religiosos y con sus manifestaciones de exaltación física o psicológica, colectiva o individual. Esas fusiones y confusiones también se extienden a aquellas manifestaciones asociadas con eventos políticos, deportivos, festivos, etc.
El entusiasmo al que me refiero es la sensación placentera de plena satisfacción anímica y plenitud vital que se experimenta al momento de emprender y estar realizando una acción o actividad física o mental que provoca placer a pesar del esfuerzo y que produce un estado de alegría y regocijo al momento de alcanzar el resultado esperado o que impulsa a continuar hasta lograrlo.
Por ser una experiencia y un estado fisiológico y psicológico que puede alcanzar una alta intensidad que se manifiesta y afecta la totalidad del cuerpo y del ánimo, es que se le ha fundido y confundido con estados alterados tanto de conciencia como psicosomáticos.
El entusiasmo es una experiencia que se puede provocar también por medios artificiales externos, pero mucho mejor y más saludable será el que se suceda de manera natural y voluntaria.
Ahora bien, el entusiasmo es un estado natural cuya función biológica es informar al cuerpo y a la mente de que se está en la plenitud de las condiciones fisiológicas y anímicas, suficientes y necesarias para actuar, al mismo tiempo que es también una recompensa placentera, fisiológica y anímica.
Visto así, el entusiasmo es un estado hacia el cual el cuerpo, la mente y el ánimo, dirigen sus funciones tratando de mantenerse en permanente equilibrio dentro de unos parámetros fisiológicos y anímicos en constante cambio. En otras palabras, el entusiasmo es un indicador de la homeodinámica de cuerpo y mente.
Las ciencias han demostrado de muchas maneras que mantener una vida activa, dinámica y entusiasta, incrementa las probabilidades de una vida saludable, porque se optimiza la gestión de los recursos y porque el sistema inmunológico funciona con mayor agilidad y eficiencia.
Como estado de conciencia, el entusiasmo es un estado placentero que el Homo-Humano desea conscientemente mantener permanente como estado saludable del cuerpo y de la mente.
Sin embargo, también se sabe que el entusiasmo es un estado ondulante que se sucede desde el principio hasta el fin de la vida, pero el que y dada la complejidad y la sensibilidad extrema de los indicadores homeodinámicos, es difícil, pero no imposible, conocer y hacer funcionar en los procesos fisiológicos y en los estados conscientes adecuados para lograrlo.
Las ciencias biológicas han alcanzado amplios y precisos conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo y de la mente, así como de la intervención sobre sus procesos. Por su parte, las ciencias del comportamiento humano han sido más lentas en asumir, elaborar y desarrollar, como propios, los conocimientos de las ciencias biológicas, porque todavía consideran que lo humano es una excepción y que, por tanto, no puede estar determinado por lo biológico, lo cual carece de fundamentos tal y como puede leerse en las referencias bibliográficas que sugiero a continuación 39.
Por fortuna, ese prejuicio de excepcionalidad de lo humano se está erradicando y ya son muchos los científicos y filósofos de la naturaleza humana que están revisando y actualizando los principios y materias sobre los que se han fundamentado sus conceptos e hipótesis sobre la naturaleza humana, así se sientan temerosos e inseguros para teorizar sobre las que, reverentemente, todavía llaman cualidades superiores del Homo-Humano.
Una de esas funciones superiores del cuerpo y de la mente del Homo-Humano que todavía atemorizan a científicos y filósofos, es la de la intencionalidad, las motivaciones para actuar y pensar, las causas que las desatan, los estados que las provocan, los mecanismos que las controlan, los premios y castigos que las afectan, etc., aunque ya aceptan que es posible manipularlas y así lo hacen.
El entusiasmo es una de esas funciones superiores de la motivación que involucra la totalidad del cuerpo y de la mente del Homo-Humano, pero la que, por su complejidad, ha sido motivo de prejuicios y confusiones, pero también materia de reflexión en la que los más sabios desde la antigüedad intuyeron su verdadera naturaleza; intuiciones que si bien han sido negadas, reprimidas, malinterpretadas y hasta perseguidas, al reconsiderarlas, a partir de los actuales conocimientos, recobran su plena validez anticipatoria y precursora.
Una mirada a la historia de la humanidad muestra que los Homo-Humanos, desde que son tales, inventaron, realizaron y conservaron prácticas mediante las cuales propiciar y festejar su aliento vital y con las que, si bien y por un lado, se han manipulado los unos a los otros, también y por fortuna, han conservado y desarrollado lo mejor de su humanidad: la expresión de su sentir como punto de partida de su pensar.
El sentir, como objeto de conocimiento, es más claro, aun cuando no menos complejo, para las ciencias que para las filosofías.
Para las ciencias biológicas es claro que el sentir se corresponde con las sensaciones y con las reacciones que estas provocan, tanto desde los aspectos meramente físicos-químicos, como hasta los ya más complejos aspectos fisiológicos y mentales.
Por el contrario, las filosofías y las ciencias de lo humano, todavía son tímidas en sus consideraciones sobre los más complejos asuntos de la naturaleza que hacen humano al Homo-Humano.
Las filosofías se complican en elaboradas interpretaciones esencialistas y trascendentalistas sobre el origen, la esencia, la trascendencia, la razón y las consecuencias del sentir y de las sensaciones, hasta el punto de no considerar relación, conexión o correspondencia alguna entre lo fisiológico y lo mental, los sentidos y los sentimientos, etc., con aquello que conceptualizan como lo sensible, hasta el punto de negar o, al menos, ignorar, que lo uno y lo otro son una y la misma cosa. Las filosofías permanecen aferradas en mantener la inexistente dualidad de cuerpo y alma, así como de la existencia de un también inexistente “más allá” de la naturaleza humana que, según ellas, hace que el Homo-Humano sea una excepción en el universo.
Por cualquier lado que se le contemple, lo que hace humano al Homo-Humano es la conciencia que se hace consciente de sentir.
Como ya se dijo antes, sentir es una cualidad constitutiva de la materia; cualidad que, en su mínima expresión, se manifiesta como la propiedad que tiene la materia de reaccionar, por atracción y rechazo, en sí misma y con la demás materia.
A partir de esa reactividad, la materia se organiza y desorganiza en objetos más complejos y cuanto más complejos los objeto, más compleja será esa reactividad.
Esa complejidad es la que se da en los seres vivos y, en el mayor grado conocido, la que se presenta en los Homo-Humanos, en quienes el sentir se hace conciencia y esa conciencia se inventa el consciente.
En fin, los asuntos que ahora me importan son los de las manifestaciones y las expresiones del sentir y del entusiasmo como una de las manifestaciones de ese sentir.
En la complejidad fisiológica y mental del Homo-Humano, la plenitud del aliento vital se siente como una sensación placentera que provoca la manifestación y expresión vital, mental y anímica de entusiasmo, el que impulsa y estimula a la acción, a actuar en concordancia y correspondencia con aquello que lo provoca y con el resultado de la acción que se realiza.
Sobre la naturaleza biológica del Homo-Humano ya existen y cada día se suceden, impresionantes descubrimientos por parte de las ciencias, a los cuales remito a los interesados.


6. Yo soy el esclavo de mis miedos


Como antes reflexioné sobre el entusiasmo, ahora voy a reflexionar sobre el miedo, esa violenta reacción mediante la cual la conciencia humana enfrenta y rechaza el dolor.
El dolor y el miedo, a diferencia del placer y el entusiasmo, son estados más comunes y perdurables que los del placer y del entusiasmo que son efímeros, volátiles y que cuestan esfuerzo. Es tan poderoso y determinante el dolor que la misma expectación por el placer genera y provoca dolor y miedo.
Por ello, parece que son el dolor y el miedo los ámbitos en los que los Homo-Humanos habitan y contra los cuales deben luchar.
Como mecanismos evolutivos de supervivencia, el placer y el dolor, el entusiasmo y el miedo, operan como recompensa o castigo; recompensa por los logros positivos y efectivos del esfuerzo y castiga por los errores y fracasos.
El miedo, por su origen en el dolor, es, tanto como reacción fisiológica o como estado anímico, más persistente en la memoria que el entusiasmo, razón por la cual se asienta con mayor intensidad y permanencia en la memoria de los sentimientos, hasta originar y mantener estados de alarma y temor, a veces, infundados por causas reales, pero sí por causas imaginarias que se extienden a las proyecciones anímicas. Eso explica lo que podría denominarse un estado de “miedo metafísico”, es decir, miedo a lo desconocido, el que, por más que se quiera, no tiene un equivalente ni fisiológico ni anímico, en los estados de placer y menos, de entusiasmo, así se les atribuya a los estados místicos algún componente metafísico.
Es por ello que, el miedo a lo desconocido, a los dioses y a una vida eterna de castigos y sufrimientos en el infierno, es más poderoso que la misma aspiración a esa misma vida eterna en los placeres de la gloria de los justos.
Eso es razonable, puesto que el placer y el entusiasmo son estados que no comportan, como el dolor y el miedo, amenaza o riesgo para la integridad y la supervivencia.
Cuando las neurociencias se refieren al miedo la definen como una emoción que es a su vez la reacción a estímulos emocionalmente competentes 40 que bien pueden ser generados o por acontecimientos externos al cuerpo o por la evocación de imágenes, situaciones o acontecimientos concretos, pasados o imaginados. Esa reacción es una respuesta que se corresponde con un proceso biológico determinado en el cerebro pero cuyas activaciones y respuestas afectan y se manifiestan de forma propia y particular en el cuerpo y en el estado de ánimo de cada persona.
Por su parte, cuando Epicuro se refiere al miedo, lo hace sobre el estado fisiológico y anímico que afecta y se manifiesta en una persona que se siente amenazada por situaciones imaginadas y desconocidas para las que carece de una explicación cierta. Por eso, para él, el miedo desaparece y cesa su afectación en el momento en que se explica y se acepta una explicación cierta para aquello que se considera una amenaza o para todo aquello que se considera desconocido.
Valga la aclaración, cuando Epicuro se refiere al miedo, lo hace sobre ese que denominé “miedo metafísico” y no a las reacciones de miedo ante las situaciones y los acontecimientos concretos que atentan contra la integridad física del individuo. Aunque si reconoce que ese “miedo metafísico” es un estado que afecta al cuerpo y al ánimo y que puede provocar la enfermedad y la muerte, lo que las ciencias de la salud actuales están demostrando de manera positiva.
Para Epicuro las causas evidentes de ese “miedo metafísico” son el miedo a la muerte y el miedo a los dioses, los que bien explica y enseña a superar en sus epístolas.
A manera de curiosidad se me ocurre sugerir que las mejores expresiones literarias de ese “miedo metafísico” se encuentran en las obras de Dostoievski y Kafka.
La mejor definición del “miedo metafísico” la propuso Dostoievski, al que llamó “terror místico”, en Humillado y ofendidos:
"Se trata de un miedo profundo y torturante que yo mismo no acierto a definir, hacia algo inconcebible e inexistente en el orden de las cosas, pero que parece presto a realizarse de un momento a otro y que, como para mofarse de todos los conceptos de la razón, va a plantarse ante mí como un hecho irrefutable, pavoroso, deforme e inexorable. Es un temor que suele ir acrecentándose más y más, pese a todos los razonamientos de la mente, de suerte que la inteligencia, no obstante alcanzar en esos momentos su máxima lucidez, se ve en la imposibilidad de contrarrestar las sensaciones. No se presta oído a la razón, que se convierte en algo inútil, y este desdoblamiento acentúa más aún la azorada angustia de la espera. Creo que, en cierto modo, este miedo es el mismo que el de las personas que temen a los difuntos. Pero, en la angustia mía, lo incierto del peligro agrava mi tormento" 41.
De esta manera queda planteado el asunto:
Yo soy el esclavo de mis miedos.


7. La amistad y la solidaridad


La amistad hace su ronda al rededor del mundo y, como un heraldo, nos convoca a todos a que nos despertemos para colaborar en la mutua felicidad” (Epicuro, Gnomonologio Vaticano, 52).


Sólo en la solidaridad42 de los amigos podré salvarme y ellos también.
Son incontables los eventos históricos en los cuales las comunidades de amigos solidarios han salvado a la humanidad, casi que me atrevería a decir que ha sido por esas comunidades de amigos que la humanidad todavía existe. Pero, esa es otra historia.
La historia que me interesa es la de ahora, la que me afecta y te afecta y afecta a todos los que conozco y no conozco, en fin, la que está “aquí y ahora” y por todas partes. Esa historia que me vive con y contra mi voluntad, la que determina mis decisiones y actos, desde el más mínimo hasta el más trascendental, la que hace que mi día sea un buen o mal día y que, en la suma de mis días, hace que mi vida sea encantadora o desastrosa o sólo un lugar común o una vida común, con sus altas y bajas y, al final, nada del otro mundo, porque y precisamente por ello, mi vida no la vivo yo, sino que me la vive esa historia que ha sido escrita para mi y para todos, desde eso que llamamos “la cultura” (abstracta, metafísica y ontológica), esa en la que se producen, reproducen y trasmiten, las normas -escritas o no- de lo que debo ser y hacer, ese “sistema de abstracciones” que llamamos: creencias, religiones, política, en fin, ideologías, que de una u otra manera dictan, imponen y condicionan mi Ser y Estar en el mundo.
Y es desde ahí donde debo volver a empezar a vivir mi propia vida, mi propia historia, desde esa pregunta que se hiciera Epicuro: ¿Cómo vivir?, a la que él responde en sus cartas y máximas, porque, como lo escribe Emilio Lledó:
[...] ya que aquel filósofo (Epicuro) que pensó, por primera vez, que había que crear un “orden del pensamiento”, pero que ese orden sólo podía establecerse si, de verdad, si implantaba sobre una teoría del “más acá”, cuyo centro era el cuerpo. Educarlo era, pues, aceptarlo; reconocer que en él reside toda posibilidad de sentido en la vida y toda esperanza de hacer una cultura que no sea ya una cultura de logos, sino de cuerpos” (Emilio Lledó, El epicureísmo, Taurus, Madrid, 1995, p. 133).
Y esto es lo que escribió Epicuro:
El que pone oído a la naturaleza y no a las varias opiniones será siempre autosuficiente. Porque con relación a aquello que “por naturaleza” es suficiente, la más mínima adquisición es riqueza, y con relación a los deseos ilimitados la mayor riqueza es pobreza”.
Para pasar de las palabras a la acción o como le gusta decir a los intelectuales, de la teoría a la práctica, vuelvo a citar a Emilio Lledó:
Ante un ser atado a destinos incomprensibles, a caprichos o designios de complicadas divinidades, los griegos descubrieron una palabra que expresaba la independencia de esos “hados”: libertad, eleuthería, y un camino para conseguirla: construcción de la intimidad, estructuración y organización y creación de la mente, en una palabra, paideia” (Emilio Lledó, El epicureísmo, Taurus, Madrid, 1995, p. 130).
Y esa paideia, la de Epicuro y no la de la areté o de la “excelencia” de los otros griegos, empieza conmigo mismo y yo la hago extensiva a mis amigos:
Lo primero, es saber por cierto que yo soy mi cuerpo y mis extensiones sobre el mundo -esas de que habló Marshall McLuhan-, que mi cuerpo es mi Ser y Estar en el mundo. Que el mundo es como yo lo siento y lo vivo. Vivo en el mundo que mis sensaciones construyen a imagen y semejanza de mi mente.
Segundo, que los poderosos y los corruptos inventan mundos terrenales y trascendentales que me niegan mi cuerpo y disuelven en ilusiones mi Ser y Estar en el mundo, por medio de engaños y mentiras que me hacen temer a los dioses y a la muerte, desear ilimitadamente, etc., cuando ni los unos ni la otra existen y los deseos ilimitados son una pesadilla.
En consecuencia, para enfrentar los engaños y mentiras de los poderosos y los corruptos, yo no me engaño, no engaño a los demás y no dejo que me engañen. Así mismo, procuro que mis amigos no se engañen, no engañen a los demás y no se dejen engañar.
Y así, entre amigos, construimos nuestro propio mundo de libertad y bienestar. No digo felicidad como lo hace Epicuro, porque esa palabra, tanto como libertad, está llena de cargas ideológicas, pero, en la primera, más complicadas de deshacer que en la segunda.
Es por eso que soy un hombre libre, tal y como lo propone Epicuro y hago de sus enseñanzas una paideia para mí y para compartir con mis amigos. Soy un hombre libre que es lo más cercano a ser un dios y a estar con dioses entre los hombres.
No es una labor sencilla, pero, si en cualquier momento, detengo todo en mi y a mí alrededor, para conocer y reconocer el punto donde estoy parado, ya podré empezar a saber y decidir para donde ir. Porque no es sabio el que sabe a donde ir, sino aquel que sabe donde está y decide donde ir.
Como lo sugiere Walter Otto:
Para Epicuro la ciencia carece de sentido y sólo encuentra una finalidad al servir a un propósito más alto: la libertad humana.
En la libertad se muestra la dignidad del hombre. Para Epicuro el verdadero sabio es el hombre libre que se levanta sobre el dominio del miedo, de las esperanzas y de las ideas irracionales nacidas del sufrimiento. En la libertad, Epicuro cree reconocer claramente el bien más alto del existir, y en ella funda el camino que guiará la vida del sabio hacia la cercanía con los dioses y que le otorga la posibilidad de tener una vigorosa amistad con ellos pese a su lejanía. Acerca de los verdaderos sabios podríamos terminar diciendo que Epicuro vivía como un dios entre mortales (Diog. 10, 135)”.
Con esta figura del sabio, Epicuro se eleva por encima de la filosofía. El explica claramente (Diog. 10, 132) que el “pensamiento razonable”, y su correspondiente postura práctica, se encuentran más allá de la filosofía.
El hombre superior o sabio epicúreo contradice claramente el materialismo radical, de tal manera que podríamos llegar a pensar que Epicuro fue llamado a la existencia tan sólo con el propósito de promulgar la libertad. El valor científico de su pensamiento queda al margen, ya que su valor radica en poder liberar al hombre de la ciega creencia en las fuerzas severas que le impiden la dicha y lo amenazan incesantemente” (Walter Otto, Epicuro, Sexto Piso, México, 2005, pp. 40-42).
Y ya que Walter Otto menciona el asunto de los dioses, es necesario aclarar que para Epicuro, estos no tenían nada que ver ni con los Homo-Humanos ni con el Mundo, ni con el cosmos. A diferencia de Nietzsche, que los declara muertos, él los coloca lejos y ajenos a todo lo que nos afecta y, más bien, los sugiere como modelos a imitar, pues estos son, precisamente, seres imperturbables y felices, que para nada se interesan en los asuntos de los Homo-Humanos, porque, si se interesaran y se inmiscuyeran, no serían ni imperturbables ni felices.
Por el contrario, los dioses y la muerte ante los que los Homo-Humanos se arrodillan y tanto temen, si son para Epicuro, como para Nietzsche, los mayores engaños que los poderosos y los corruptos les hayan impuesto.
Ya que estoy hablando sobre la paideia epicúrea, como una invitación a profundizar sobre ella, es importante aclarar que no debe tomarse de manera literal la sugerencia de Walter Otto con referencia a dejar al margen el valor científico del pensamiento de Epicuro, porque y sin exageraciones, en sus propuestas científicas pueden advertirse ideas que las ciencias actuales están demostrando como válidas y no sólo la más célebre, su teoría de los átomos. Son ideas que las ideologías, todavía hoy, se empeñan en estigmatizar como una forma de mantener a la humanidad sometida a la superstición y en la ignorancia.
Para mostrar sólo un buen ejemplo, de los muchos otros que se podrían exponer, las más avanzadas de las neurociencias actuales están investigando sobre las sensaciones y los fenómenos cerebrales y neuronales que las provocan y manejan, así como sobre sus funciones y su importancia, no sólo para la supervivencia de la especie, sino también y lo más asombroso, para el desarrollo de lo humano y de lo intelectual, del Homo-Humano en su integridad.
Esas investigaciones neurocientíficas comparten, en buena parte, el modelo que Epicuro elaboró de una epistemología que partía de la sensación como criterio de conocimiento y verdad, según lo ya citado:
[...] los criterios de la verdad son las sensaciones (aistheseis), las prenociones (prolépseis) y las afectaciones (páthe), y los epicúreos añaden las proyecciones imaginativas de la mente (phantastikaí epibolaí tês dianoías)” (Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres, citado por Emilio Lledó, El epicureismo, Taurus, Madrid, 1995, pp. 93-94).
Pero lo más importante, para mí, como persona que siente, piensa y anhela vivir libre e imperturbable, pero, al mismo tiempo, inmerso y comprometido con mi Ser y Estar en el mundo, es saber que tanto las propuestas científicas epicúreas, por arcaicas que lo parezcan, como los actuales descubrimientos de las neurociencias, confirman que es el sentir y el buen desarrollo de ese sentir, lo que me hace pensar y saber que las cosas funcionan así, lo cual me hace más fácil el hacer que mi existencia sea mucho mejor, porque mis conocimientos son reales, por más abstracciones que de ellos haga y porque, si bien las palabras siempre mienten, mi cuerpo nunca lo hace.
El método científico epicúreo es exactamente el mismo que el aplicado por la ciencia actual: nada de lo que no pueda probarse su existencia, existe.
Sería oportuno escribir también sobre eso que llamamos “Espíritu”, pero, como ya lo he escrito en mis Cartas eleusinas, te remito de nuevo a ellas, además, ese es un asunto del que nunca se termina de hablar, así que habrá otras oportunidades.
En fin ...
Dispénsame por tan extensa parrafada, mi propósito era decirte que si queremos hacer del mundo un hogar un poco mejor, es necesario empezar por hacernos nosotros mismos un poco mejores y para lograrlo debemos empezar por aprender -aprendiendo se cambia- qué cosa, en realidad, somos nosotros y porqué y cómo funcionamos; qué cosa, en realidad, es el mundo y porqué y cómo funciona, y así formarnos y tener una visión más real de nosotros y del mundo, que es lo que queremos compartir con los amigos.


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Medellín, 16 de octubre 2012




1 Epicuro, Obras, Epístola a Meneceo, traducción de Montserrat Jufresa, Tecnos, Madrid, 2005, pp.57-58.
2 Epicuro: Epístola a Heródoto, introducción, traducción y notas, Sebastián Caro, universidad de chile (sacaro@uc.cl) Trinidad Silva, pontificia universidad católica de chile (tsilva1@uc.cl):
http://www.erevistas.csic.es/ficha_articulo.php?url=oai_revista401:71&oai_iden=oai_revista401
3 Esta numeración en negrilla y entre paréntesis, se corresponde a la numeración utilizada por los traductores de Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres.
4 ἐξακριβοῦν, precisar en el sentido transitivo de fijar o determinar de un modo preciso, expresar con exactitud y completos los detalles y circunstancias de algo. Respecto del uso intransitivo de precisar, véase nota 6 infra.
5 δόξα en el sentido general de noción, opinión o juicio más o menos fundado (compárese la obra atribuida a Epicuro Κύριαι ∆όξαι, i.e. Sentencias o Máximas Capitales). Respecto del uso específico que el término adquiere en el marco del Canon o procedimiento cognoscitivo, véase § 50 ss.
6 κύριος, decisivo en cuanto a que decide el curso de una cosa trascendental, es decir, que constituye un objeto fundamental o dominante sobre determinado ámbito.
7 τύπος. Véase el punto 4.7 de la introducción.
8 Mediante la voz media del verbo δεῖν rigiendo genitivo indicamos la acción de precisar en el sentido intransitivo de ser necesario o imprescindible, del cual proviene la forma impersonal δεῖ, lit. se precisa o es preciso.
9 Véase el punto 4.6 de la introducción.
10 ἡ κυριωτάτη ἐπιβολὴ ἔσται, lit. la aprehensión será más dominante.
11 πρᾶγμα, hecho, acto, esto es, el resultado concreto de una πρᾶξις, es decir, una cosa realizada o real y no meramente una cosa, como suele traducirse.
12 Resulta fundamental hacer notar, en vista de una adecuada comprensión de nuestra versión del texto, que por el verbo περιλαμβάνειν entendemos comprender no necesariamente en el sentido metafórico de entender, alcanzar o penetrar mediante la razón, sino en el más físico, por decirlo así, y amplio de abrazar o abarcar algo por todas partes. Véase nota 25.
13 Leemos, siguiendo a Usener, ἑκάστων [...] ἀναγομένων, frente a la lectura de Von der Mühll καὶ [...] συναγομένοις.
14 οὐ [...] οἷον [...] εἰδέναι, lit. no es tal de saber. Sin embargo, la lectura de Usener οὐ [...] οἷον [...] εἶναι μὴ δυναμένου hace variar un tanto el sentido del pasaje: pues la concentración del repaso continuo de las materias todas no puede ser de (o pertenecer a) quien no puede abarcar en sí mismo, mediante breves fórmulas, todo lo que [anteriormente] se hubiera precisado en detalle. No obstante la pequeña diferencia que presentan ambas lecturas, el propósito central del pasaje continúa siendo evidentemente el mismo.
15 λαμβάνειν, captar en el sentido metafórico de aprehender o percibir mediante la razón el sentido de una cosa.
16 φθόγγος, se refiere a todo sonido claro y distinto, especialmente la voz del hombre, es decir, la palabra.
17 τὰ δοξαζόμενα, los supuestos elaborados por la facultad mental de la opinión (δόξα). Véase § 50 ss.
18 βλέπειν (generalmente medio en griego postclásico), ver, mirar. No obstante, aquí parece querer significarse además la necesidad de aceptar o conservar tal primera noción (ἐννόημα), razón por la cual el verbo observar cubriría perfectamente ambos campos de significación, pues indica, por un lado, la acción de examinar atentamente y, por otro, la de guardar y cumplir exactamente lo que se manda y ordena.
19 Esta vez la diferente lectura de Usener ἔπειτα κατὰ τὰς αἰσθήσεις δεῖ πάντα τηρεῖν, por lo tanto es preciso preservar todas las cosas en relación a las sensaciones, revela una variación bastante más sustancial en lo que al sentido del pasaje y, lo que es más, al Canon epicúreo se refiere, pues lo que se estaría señalando es que todos los criterios de verdad en cuestión deben referirse de algún modo a las sensaciones. Por su parte, la lectura de Von der Mühll parece no ir tan lejos, estableciendo un mismo nivel para los diversos criterios.
20 La expresión τὰς παρούσας ἐπιβολάς se refiere a tales proyecciones en cuanto buscan aprehender lo presente (τὸ παρόν), es decir, aquello que por su cercanía se constituye en un objeto de percepción claro y distinto (ἐναργές), cuya aprehensión, de acuerdo al Canon epicúreo, es necesariamente verdadera. Respecto de ἐπιβολή, véase el punto 4.6 de la introducción.
21 La expresión τὰ ὑπάρχοντα πάθη hace referencia a las pasiones que en el momento se encuentran actuando en nosotros.
22 El conocimiento anticipado más o menos carente de contenido sensible efectivo es lo que Epicuro denomina τὸ προσμένον, esto es, aquella inferencia que espera la confirmación (ἐπιμαρτύρησις) por parte de la sensación, garantía única de verdad.
23 συνορᾶν, reparar en el sentido de advertir, fijarse, notar, observar o percatarse. Cf. § 76 ss.
24 Véase nota 9.
25 τὸ πᾶν, lit. el todo, en el sentido generalísimo de ámbito en que ocurren la totalidad de los hechos humanos, cósmicos y divinos.
26 Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres, citado por Emilio Lledó, El epicureísmo, Taurus, Madrid, 1995, pp. 87.
27 Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres, citado por Emilio Lledó, El epicureismo, Taurus, Madrid, 1995, pp. 93-94.
28 Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Traducción del griego: Carlos García Gual, Alianza, Madrid, 2007.
29 Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico.
30 Sobre los códigos físico-químicos, ver: Susan Greenfield, ¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio? Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 36:
[...] la acción física de un neurotransmisor (…), su función real es más bien la propia de un lenguaje: un medio indirecto de comunicación. Los transmisores, como los lenguajes, son de muchos tipos distintos, y como los lenguajes encajan en una taxonomía, aunque en el caso de los transmisores ésta se basa en la identidad química, de un gas diminuto como el óxido nítrico a un gran fragmento de proteína, un péptido como el opiáceo natural de la encefalina. Pero lo más importante de todas estas artimañas bioquímicas es que la neurona es mucho más que una estación de transmisión pasiva”.
31 Sobre las sensaciones, ver Antonio Damasio, Y el cerebro creó al hombre, Destino, Barcelona, 2010.
32 Sobre los qualia, ver: Rodolfo Llinás, “I of the Vortex: From Neurons to Self”, Bradford Books, MIT Press, MA, 2001.
Antonio Damasio, Y el cerebro creó al hombre, Destino, Barcelona, 2010, pp. 380 y ss.
John R. Searle, La mente. Una breve introducción, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2006, p. 174.
33 Epicuro, Epístola a Heródoto, (63-68 y ss.).
34 Susan Greenfield, ¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio? Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 37-38.
35 Susan Greenfield, ¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio? Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 97:
La mente es la personalización del cerebro a través de una conectividad neuronal única, impulsada a su vez por experiencias únicas; si es así, estarán de acuerdo en que si tenemos acceso directo al cerebro, y cambiamos su configuración física, trasformaremos inevitablemente la mente”.
36 Ver: Marshall McLuhan.
37 Ver: Ramón Román Alcalá, El enigma de la Academia de Platón. Escépticos contra dogmáticos en la Grecia Clásica, Berenice, Córdoba, 2007, nota: p. 61.
38 Antonio Damasio, Y el cerebro creó al hombre, Destino, Barcelona, 2010, pp. 180-182 y 197-198.
39 Jean-Marie Schaeffer, El fin de la excepción humana, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009, pp. 13 y 22.
- Ramón Román Alcalá, El enigma de la Academia de Platón. Escépticos contra dogmáticos en la Grecia Clásica, Berenice, Córdoba, 2007, nota: p. 61.
- Antonio Damasio, El error de Descartes, Crítica, Barcelona, 2003.
40 Antonio Damasio, Y el cerebro creó al hombre, Destino, Barcelona, 2010, pp. 178-192.
41 Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Humillados y ofendidos, Juventud, Barcelona, 2003, p. 58.
42 Solidaridad: es la unión voluntaria de las fuerzas individuales en un grupo o comunidad para enfrentar, unidos, al miedo y al peligro y así satisfacer las necesidades, individuales y colectivas, de todos, con equidad.


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Lector Ludi por Iván Rodrigo García Palacios se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.