9 de julio de 2013

Lector Ludi No. 70: ¿Qué es el pensamiento? ¿Cómo y por qué se piensa?







Hieronymus van Aken, El Bosco, La sanación del loco.

Lector Ludi No. 70

Iván Rodrigo García Palacios

¿Qué es el pensamiento?
¿Cómo y por qué se piensa?


Paradoja aparte, el pensamiento sólo es posible describirlo o definirlo o hablar de él por la mediación de los propios inventos del pensamiento: los códigos articulados de gestos, señas, señales, signos, símbolos, etc. que lo hacen funcionar.
En esas condiciones, un código es:
Para explicarse la naturaleza de la Naturaleza y la naturaleza de su Ser y Estar en el mundo, el Homo-Humano inventa los códigos con los cuales ordenar, organizar, memorizar, asignar sentido, explicarse y recordar, lo que percibe y siente, en un proceso exponencial y ascendente de acuerdo con la complejidad de cada materia a codificar.
Un código es la articulación sistematizada de gestos, señas, señales, signos o símbolos, arbitrarios con los cuales se representa un orden u ordenamiento de las cosas de acuerdo con la asignación de sentido a la unidad de una materia y regido por normas preestablecidas.
El conocimiento es la codificación de los elementos y partes de una materia según un código preestablecido.
El saber es la acumulación del conocimiento codificado con un determinado código.
Las artes son la experimentación de nuevos códigos con los cuales se realiza la exploración en lo desconocido.

¿Qué es el pensamiento?
El Homo-Humano es materia que se ordena, forma, trasforma, evoluciona, siente, se siente (conciencia), imagina, piensa, recuerda (consciente) y anhela mantenerse unida y perdurar (Eros/Afrodita 1).
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Un espacio para ilustrar:
Eros:
"Todos sabemos, en efecto, que no hay Afrodita sin Eros" (Platón, Banquete, 180 d).
Y, según instruyó Diotima a Sócrates en Banquete, Eros es:
"Deseo de la generación y procreación en lo bello" (Platón, Banquete, 206 e).
También, dice Diotima que ese deseo se manifiesta en los cuerpos y en los espíritus 2.
Afrodita:
"...cómo, cuando el agua, la tierra, el aire y el sol [fuego] se mezclan, se originaron las formas (o figuras) y los colores de todos los seres mortales que ahora existen, reunidos por Afrodita..." (Empédocles, fr. 71).
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El pensamiento es la expresión codificada de las sensaciones, las que, a su vez, son el resultado de la expresión de los códigos sensoriales de la codificación físico-química del cuerpo por medio de los cuales la materia percibe y se percibe, siente y se siente y se mantiene unida.
Esa expresión somática de sentir, sentirse y perdurar, se inicia en las propiedades y cualidades de la materia, la reactividad: la materia se atrae y se ordena y se rechaza y desordena, en un proceso permanente regido por las leyes de la Naturaleza.
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Abro otro espacio para ilustrar:
Esas antiguas leyes, que ya propusiera Empédocles y que luego inspiraran a filósofos, matemáticos y científicos hasta las más avanzadas, pero no menos poéticas, teorías matemáticas, físicas y biológicas, de hoy, son, como lo explica W. K. C. Guthrie:
"Aunque Empédocles aceptó la negación eleata del espacio vacío, no admitió como consecuencia necesaria que el movimiento local fuera imposible. Dadas cuatro substancias en lugar de una, cada una de ellas podría ocupar los lugares de las otras, deslizándose las últimas, como en una serie de objetos en movimiento, para ocupar el lugar de las primeras, y así sucesivamente, sin necesidad de espacio vacío para moverse entre ellas. Toda vez que se les ha concedido el movimiento, sus «seres» adoptan dos características que había negado Parménides a su Ser único, y que hacen posible la génesis de un cosmos: a) están en movimiento y b) son divisibles. Esta segunda característica aparece ilustrada en el fr. 22, 1-2: «Ya que todos ellos —el sol, la tierra, el cielo y el mar— están en armonía (o concordia) con sus propias partes, que se han separado de ellos en los seres mortales.» La divisibilidad y el movimiento de las cuatro «raíces» posibilita su afirmación de que «no existe nacimiento de ningún ser mortal, ni fin alguno en la execrable muerte, sino sólo mezcla y separación de lo que está mezclado». El cambio aparente no es sino una nueva disposición. «Sólo existen precisamente estos elementos», escribe él, «pero, debido a su interpenetración mutua, alteran su apariencia: hasta tal punto la mezcla hace que cambien» (21, 13-14)" (W. K. C. Guthrie , Historia de la filosofía griega, II, La tradición presocrática desde Parménides a Demócrito, Gredos, Madrid, 1963, p. 159).
Continuando pero ya citando a Empédocles, él también las llamó: Armonía, Concordia, Discordia, Amor, Afrodita, Gozo:
"349. Fr. 17, verso 14, Simplicio, in Phys. 158, 13 (continuación de 348).
349. Ea, escucha mis palabras, pues el aprender acrece la sabiduría. Como antes te dije, al manifestarte los limites de mis palabras, te voy a contar un doble relato: en un tiempo lo Uno se acreció de la pluralidad y, en otro, del Uno nació por división la multiplicidad: fuego, agua, tierra y la altura inconmensurable del aire y, separada de ellos, la funesta Discordia, equilibrada por todas partes y, entre ellos, el Amor, igual en extensión y anchura. Míralo con tu mente y no te sientes con ojos estupefactos, pues se le considera innato incluso en los miembros mortales: debido a él tienen ambiciosos pensamientos y realizan acciones de concordia, dándole el nombre de Gozo y de Afrodita. Ningún mortal lo conoce, cuando se mueve en circulo entre ellos, pero tú presta atención al orden no engañoso de mi discurso.
Todos ellos son iguales y coetáneos, aunque cada uno tiene una prerrogativa diferente y su propio carácter, y prevalecen alternativamente, cuando les llega su momento. Nada nace ni perece fuera de ellos ¿Cómo podría, de hecho, ser destruido totalmente, puesto que nada está vacío de ellos? Porque, sólo si estuvieran en un constante perecer, no serían. Y ¿qué es lo que podría acrecer todo esto? ¿De dónde Podría venir? Sólo ellos existen, pero penetrándose mutuamente, se convierten en cosas diferentes en momentos diferentes, aunque son continuamente y siempre los mismos" (C. S. Kirk, J. E. Raven y M. Schofield, Los Filósofos Presocráticos. Historia crítica con selección de textos, Gredos, Madrid, pp. 412-413).
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En la materia viva, la reactividad se define e identifica como el sentir placer y dolor. El sentir que se siente, la conciencia, provoca las sensaciones, las cuales, ordenadas y codificadas, determinan el desarrollo y el funcionamiento de la materia viva.
A medida que la materia viva se ordena y agrupa, los códigos se superponen, yuxtaponen e integran, se hacen más complejos y extensos para así manejar y controlar los procesos, funciones y acciones de los cuerpos que se forman. Estos procesos, funciones y acciones codificados y memorizados operan desde el nivel físico-químico, biológico, metabólico, instintivo, hasta los niveles más complejos: sensoriales, apetitos, deseos, emociones, sentimientos, imaginación, pensamientos, recuerdos y anhelos (el anhelo es la expresión de las propiedades y cualidades de la materia mediante las cuales se ordenan, se mantienen unidos y se mueven los objetos o los cuerpos que se forman).
El cuerpo del Homo-Humano está formado por la infinidad de los cuerpos de las células que se han agrupado, ordenado y especializado de acuerdo a un código que determina su orden, forma, desarrollo, funcionamiento y acción, como un cuerpo intradependiente, pero independiente e interdependiente con los otros cuerpos en la Naturaleza.
De acuerdo con la especialización celular, corresponde a las células neuronales la función de procesar y controlar la información y la operación del cuerpo como unidad interna y externa, es decir, el funcionamiento interno y externo y las conexiones que se establecen entre lo uno y lo otro.
Una de las funciones especializadas de las células neuronales, es la de formar circuitos mediante los cuales procesar y almacenar la información del estado del cuerpo y determinar, para su preservación, la actividad interna y externa del cuerpo en el espacio y en el tiempo. La ordenación, conexión, superposición, yuxtaposición e integración de los diferentes circuitos neuronales se convierten en imágenes o mapas neuronales que se actualizan y almacenan permanentemente.
Las imágenes o mapas de la memoria sensorial y de la memoria de las sensaciones, son las que producen la mente, es decir, la memoria del cuerpo: la conciencia, la que, a partir de la codificación conectada, superpuesta, yuxtapuesta e integrada de los códigos particulares, producirá el consciente, o sea, la codificación de las sensaciones, los instintos, los apetitos, los deseos, las emociones, los sentimientos, la imaginación, los pensamientos, los recuerdos y los anhelos.
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Otro espacio para ilustrar:
Giordano Bruno describió así su Arte de la Memoria y su invento de "la memoria artificial":
"Tratamos este arte bajo una doble forma y camino, de las cuales una es más elevada y general ya sea para ordenar todas las operaciones del alma, ya sea también principio de muchos métodos, con los que cual diversos instrumentos puede intentarse e inventarse la memoria artificial. Consiste en primer lugar de treinta intenciones de las sombras, en segundo lugar en treinta conceptos de ideas, en tercer lugar en parecidos vínculos que podemos derivar de las intenciones y conceptos mediante una industriosa adaptación de los elementos de la primera rueda a los elementos de la segunda. La segunda parte que sigue está más limitada a un modo determinado de adquirir la memoria mediante el artificio" (Giordano Bruno, De Umbris idearum).
Será luego que Giordano Bruno exponga de manera amplia el funcionamiento y operaciones de su Arte de la Memoria en De magia, De vinculis in genere, Sigillus sigillorum y en otros de sus escritos, un método que, si bien se inspira en una tradición ya en decadencia, el tratamiento que él le da, no sólo inspirará los modelos de filósofos y matemáticos posteriores, sino que, analizado en un lenguaje actual, pareciera que estuvieran hablando de la internet que ahora copa nuestro mundo, si así se interpreta tanto el método bruniano como la explicación que de él ofrece Ignacio Gómez de Liaño:
"[...] el arte de la memoria de Giordano Bruno es la fabricación de un ojo. Ventana y espejo donde las cosas son apariciones y juegos de espectros, este ojo artificial e inventivo es la cifra de la mente que alumbra Bruno. Es en la práctica de la diversión óptica como se descifra esta, es en las seguridades de la presencia y en las inseguridades de una presencia siempre ambigua, como se enseña a vivir en la apariencia. Desde la cifra del ojo no son las apariencias lo que engaña.
Este ojo -cifra de la mente- no es el instrumento de la visión: no se ve con los ojos, sino, como los héroes de Homero, se ve en los ojos. Ubicadas en la vista, hecha lugar, la retina insume en sus puntos a las cosas, hechas puntos; y repite en su pequeño mundo de luz a la tierra y al cielo como geometría -medida de la tierra- y como planisferio celeste. ("Tierra" y "ojo" es como llama Bruno al centro de sus atrios mnemónicos). Tierra y cielo, a contrapelo de la ley de la gravedad, aparecen en el ojo como concreción de imágenes, pero también como diversión de espectros" 3.
Pero, en principio, lo que propone Giordano Bruno, es un "arte" mediante el cual "ordenar todas las operaciones del alma", pero de una "alma" de naturaleza y expresión diferentes a las impuestas por las filosofías y teologías cristianas de su época, a las que se opone y que, por el contrario, anticipa la concepción de que en el Homo-Humano no existe una excepcional dualidad de cuerpo y alma, sino la maravillosa unidad de un cuerpo que produce una mente excepcional que se construye de sensaciones, pasiones, anhelos y del que emana un Espíritu 4.
Para Giordano Bruno, cuerpo y alma, son lo que antes fueran para Epicuro:
"(63) Y después de estas cosas, es preciso reparar, refiriéndose a las sensaciones y pasiones –pues así la convicción será más certera– en que el alma es un cuerpo sutilmente particulado, diseminado por todo el organismo y muy semejante a un soplo que tiene una mezcla de calor, en parte semejante a este [calor], en parte semejante a aquel [soplo], si bien hay una parte que ha alcanzado gran variación [respecto] de tales [primeras partes] en razón de su sutil particulación y [que es] más simpática con el restante organismo" (Epicuro, Epístola a Heródoto).
Así describe Giordano Bruno el funcionamiento del cuerpo y del alma:
"Pues así como nuestra alma produce primera y universalmente con el cuerpo entero toda obra de vida, sin embargo, pese a estar toda entera en el todo y en toda y en no importa qué parte, no por ello hace todo a partir de todo ni de cualesquiera partes, sino que hace ver en el ojo, oír en el oído, gustar por la boca (porque si el ojo estuviese por todas partes, por todas partes vería, y si los órganos de todos los sentidos estuviesen por todas partes, por todas partes enteramente sentirían), así también el alma del mundo que está en todo el mundo, allí donde ha alcanzado una materia determinada, allí mismo produce un sujeto (cosa) y manifiesta, a partir de él, determinadas operaciones. Por consiguiente, aun cuando se halle igualmente por doquier, no actúa de igual manera en todas partes, porque no se le suministra una materia igualmente dispuesta en todas partes" (Giordano Bruno, De magia).
Y así serán, después, cuerpo y "mens" para Spinoza, quien se inspira en Giordano Bruno:
"PROPOSICIÓN XIII
"El objeto de la idea que constituye el alma (mens) humana es un cuerpo, o sea, cierto modo de la Extensión existente en acto, y no otra cosa" (Spinoza, Ética, II, Proposición XIII).
En palabras sencillas y en una traducción actual:
"La mente humana es la idea, imagen, forma y memoria, del cuerpo humano".
O para decirlo de la forma como lo explico en otro escrito:
La mente es la memoria sensorial del cuerpo, el escenario de la imaginación, donde se despliegan las emociones y los sentimientos, actúa el pensamiento y juegan los recuerdos y los sueños.
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Al cerebro, al igual que a la Naturaleza, le repugna el vacío 5 y también le repugna el desorden y, por ello, llena y ordena todo lo que lo afecta, es decir, lo codifica, lo recodifica y lo almacena.
El código genético todo lo llena y todo lo ordena, en él ya está codificado el cuerpo, su forma, su desarrollo y su funcionamiento.
Para el Homo-Humano ese funcionamiento se lo explica desde momento en el cual la conciencia se hace consciente, es decir, cuando el individuo comienza a codificar y dar sentido a lo que siente y, a partir de allí, se produce la evolución y la mutación de los códigos culturales: el conocimiento, el saber y las artes.
El cerebro del Homo-Humano tiene la capacidad y la habilidad de conectar, superponer, yuxtaponer e integrar, a los códigos biológicos, sus propios códigos culturales, es decir, aquellos códigos que inventa y desarrolla para dar orden, sentido, explicación y extensión, a lo que siente. De las imágenes mentales que produce y reproduce de las percepciones y sensaciones que le provocan sus sentidos, elabora, conecta, superpone, yuxtapone e integra códigos para ordenarlas, memorizarlas y llenar su sentido, para así, finalmente, darles una expresión que se establece, simultáneamente, como criterios de verdad, conducta y de acción, siempre en evolución, expansión, extensión y trasformación. Nunca definitivos ni absolutos.
Es precisamente por esas conexiones, superposiciones, yuxtaposiciones e integraciones que extiende y expande la percepción de su sí mismo al mundo, desde lo meramente sensorial hasta sus proyecciones concretas, prácticas y abstractas, inventando y desarrollando códigos que evolucionan, mutan y se acumulan en códigos cada vez más complejos y poderosos con los cuales explicarse lo que siente y lo que se siente sentir: el mundo micro y macro en el que habita, así como el mundo que anhela y construye, aquel en el que anhela habitar.
A manera de ejemplo, los primitivos códigos de gestos, señas, señales, sonidos, mutaron en códigos de signos y símbolos y, estos últimos, a su vez, también mutaron al momento de introducirles elementos que los trasforman, desarrollando los lenguajes.
Tal el caso de los lenguajes fonéticos, los que se trasformaron al momento de combinar las consonantes y las vocales o al momento de ser reproducida, por escrito, la fonetización. Por su parte, los lenguajes matemáticos, numéricos, aritméticos, científicos, se trasformaron al momento de introducir el cero a los sistemas numéricos y, luego, con la introducción de signos, símbolos y conceptos, tales los de: inercia, movimiento, vacío, unidad, divisibilidad, infinitesimal, quantum, etc.
Igual sucede con todos los códigos simbólicos, desde las primitivas expresiones hasta las expresiones actuales.
Lo mismo es válido para los códigos, expresiones y lenguajes de las ciencias y las artes particulares.
Una historia de esas trasformaciones de los códigos, expresiones y lenguajes culturales demostraría la validez de esa hipótesis y, con ello, la evolución y mutación de la imaginación y del pensamiento, puesto que, a cada mutación o evolución, corresponde una extensión y una expansión del conocimiento y del saber, los que, al igual que en el funcionamiento del cerebro, trasforman la memoria y extienden, expanden y proyectan la visión sobre el mundo y el sí mismo.

¿Cómo se piensa?
La imaginación y el pensamiento son, entonces, la habilidad de inventar, desarrollar, manejar y controlar los códigos culturales a partir de los códigos naturales.
El cerebro recibe, procesa, almacena, conecta, contrasta, interpreta y expresa la información, las percepciones y las sensaciones que recibe tanto del interior como del exterior del cuerpo y las convierte en las imágenes o mapas que conforman la mente como la memoria del cuerpo, la conciencia, algo así como un sistema operativo y de memorias que manejan y controlan el funcionamiento del cuerpo, los que se expresan en procesos internos y en procesos externos de movimiento y acción con el propósito de preservar la supervivencia, reproducción y adaptación del organismo. En el interior del cuerpo se desarrollan los procesos metabólicos, homeodinámicos y dinámicos. Hacia el exterior, la dinámica del movimiento que lleva a la organización de la acción, la ejecución de las actividades y la expresión de los sentimientos, por medio de los cuales cumplir aquellos mismos propósitos: los imperativos evolutivos.
Son entonces las sensaciones, la conciencia, los propósitos y esas actividades, las que el cerebro memoriza, produce y expresa como instinto, apetito, deseo, emoción, sentimiento, imaginación, pensamiento, recuerdo y anhelo, al momento de asignarles un orden con significados y significantes con los cuales dirigir las acciones como criterios de verdad, conducta, acción y recuerdo.
Ese orden de significados y significantes se fundamenta en las sensaciones físicas, las que, a medida que se acumulan en la mente, la memoria, son trasformadas en proyecciones de acción y expectativa, hasta alcanzar altos grados de abstracción.
Ese orden se traduce en códigos cada vez más complejos que se conectan, superponen, yuxtaponen e integran, para desarrollar una memoria cada vez más extensa y expandida, la que, por magnitud y necesidad, se expresará, conservará y compartirá por medio de acciones externas: gestos, sonidos, señas, señales, signos, símbolos, los que, a su vez, se expresan a través del cuerpo y se conservan en objetos, en archivos.
Como criterios de acción, de conducta y de verdad, esos códigos, serán concretos, reales, especulativos o ficticios, de ahí que se conviertan en las expresiones de las ciencias, las matemáticas, las filosofías y las artes, como herramientas de la exploración en lo desconocido.
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Un nuevo espacio para ilustrar:
Sentir y conciencia
Como lo dijo Epicuro, de acuerdo con la interpretación de Diógenes Laercio y lo que las actuales neurociencias están demostrando, el Homo-Humano empieza a construir su Ser y Estar en el mundo desde el sentir, desde la sensación:
(31) [...] los criterios de la verdad son las sensaciones (aistheseis), las prenociones (prolépseis) y las afectaciones (páthe), y los epicúreos añaden las proyecciones imaginativas de la mente (phantastikaí epibolaí tês dianoías)” 6
Más adelante agrega:
(33) La prólepsis (impresión, impronta, “imprintig”), dicen los epicúreos, es como una comprensión (katálepsis), una opinión recta, un pensamiento (énnoia), una noción general que está en nosotros como un recuerdo (mnéme), de lo que muchas veces se nos ha presentado desde fuera. Por ejemplo, aquello que se me está presentado de esa manera es un hombre. Porque en el momento mismo en que se dice hombre, gracias a la prólepsis, se piensa, al mismo tiempo, en su imagen genérica (týpos), según las sensaciones que antes se han tenido. Para todo hombre, pues, aquello que es primeramente significado en él se nos presenta como evidente. Y nosotros no podríamos llevar adelante investigación alguna, si no tuviéramos ya de antemano algún conocimiento. Por ejemplo, cuando decimos: ¿aquello que hay allí es un caballo o un buey? Porque para hacer tal pregunta es preciso haber conocido alguna vez la forma (morphé) de caballo o de buey. No podríamos, pues, nombrar cosa alguna, si antes no conociésemos, por medio de la prólepsis, su imagen genérica, su týpos. Las prolépseis son, pues, evidentes” 7
Al final de sus comentarios, Diógenes Laercio establece la diferencia entre el conocer por las sensaciones y la opinión que se forma a partir de ellas:
(34) »La opinión la califican de suposición, y la consideran verdadera y falsa. Si es confirmada por otros testimonios y no resulta contradicha por ninguno, es verdadera. Pero si no es confirmada por testimonios y es contradicha, resulta falsa. Por eso introdujeron la calificación de “en expectativa”, por ejemplo en expectativa de acercarse a la torre y conocer cómo es de cerca.
»Dicen que hay dos afecciones, el placer y el dolor, que se presentan a todo ser vivo, y el uno es connatural y el otro extraño. Por uno y otro decidimos nuestras elecciones y rechazos.
»Y que entre las investigaciones las unas versan sobre los hechos, y las otras, sobre la palabrería huera» 8
[...]
Y aquí retorna el asunto de sentir y conciencia, del que ya escribí en Sensaciones epicúreas, y que me obliga ahora a transcribir lo escrito por dos físicos: el Premio Nobel Georges Charpak y Roland Omnès y un neurocientífico, Antonio Damasio, citado por ellos dos.
Escriben Georges Charpak y Roland Omnès:
"Intelectualmente, sabemos que el problema de la significación carece de respuesta o, al menos, que la respuesta está más allá del horizonte del saber actual. Sin embargo, ¿qué palabras concretas han acudido a nuestra pluma y a la de Bertrand Jordan? Sufrimiento, vida interior, belleza, alegría, deseo, repugnancia, dificultad de creer ... Todas pertenecen al orden del sentimiento: un sentimiento que lucha contra el entendimiento. Podría decirse, pues, que el problema no es encontrar el significado intelectual del universo y de las leyes, sino integrar este conocimiento en la conciencia: conciencia más vasta que el puro conocimiento y que engloba los sentimientos, incluido el sentimiento de sí mismo. Es en mí, por mí, para mí, que deseo hacer del conocimiento una parte viva de mí y algo absolutamente extraño.
Un gran neurobiólogo, Antonio Damasio, nos ayudará a dar cuerpo a esta idea aún vaga, a la luz de recientes resultados en el campo del cerebro y de la conciencia. He aquí lo que dice:
"La idea más sorprendente (surgida de las investigaciones sobre estos temas) es, quizás, el hecho de que la conciencia se origina en un sentimiento. [...] La idea de que la conciencia sería un sentimiento de conocimiento concuerda con los resultados que hemos podido obtener sobre las estructuras cerebrales que se le asocian más estrechamente. [...] Arraigando la conciencia en el sentir podemos explicar el sentimiento de sí mismo. [...] Situar el origen de la conciencia en el sentimiento nos lleva a interrogarnos por la naturaleza íntima del sentir. ¿De qué están hechos los sentimientos? (Notemos que el autor ha descrito antes el soporte biológico, humoral, de las emociones, que son más primarias que los sentimientos). ¿De qué son percepción los sentimientos? ¿Hasta dónde podemos explorarlos? En la actualidad aún no es posible dar una respuesta plena a estas preguntas. [...] Pudiera ser que la conciencia humana exigiera la presencia de sentimientos" 9
Los mecanismos neuronales del sentir, de los sentimientos y de su utilidad biológica y existencial serán también explorados y explicados a partir del descubrimiento de las neuronas espejo por parte de Marco Iacoboni y su equipo de investigaciones.
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 ¿Por qué se piensa?

Porque el pensamiento es otra herramienta más con la que la materia viva cumple los imperativos de la evolución: supervivencia, reproducción y adaptación.
Y porque ese es el sendero para que el Homo-Humano realice su anhelo de futuro, el espíritu, aquello que su naturaleza le exige: extender sus manos hacia las estrellas.
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Y un último espacio para ilustrar:
Y ese cuerpo inventa (o crea, según el gusto) las extensiones de las que hablaba Marchall McLuhan, por medio de las cuales establece, desarrolla y extiende su Ser y Estar en el mundo.
Y la mayor y más humana de esas extensiones es la que describe Nietzsche:
"El cuerpo creador se creó el espíritu como una mano de su voluntad".
"[...] Espíritu - es la vida que muerde en la propia carne ¡en su padecimiento acrecienta su saber!" (Nietzsche, Así habló Zaratustra, I, De los despreciadores del cuerpo).
He ahí la "Experiencia primordial", el espíritu, que es el Gran Anhelo de futuro:
Anhelo: Deseo vehemente de conseguir alguna cosa.
Anhelo que para Spinoza es el conatus:
"PROPOSICIÓN IX
El alma [mens], ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Ética, II).
Lo que se explicaría, también y según Spinoza, que el hombre se definirá por su anhelo y, en general, todas las cosas por su conatus.
Esta ley del conatus es general para toda la naturaleza, aunque sólo en el hombre alcance la dimensión vital, existencial y psicológica que las palabras "perseverar, duración, esfuerzo", parecen conllevar.
Pero, también y según Antonio Damasio:
"El anhelo es un rasgo profundo de la mente humana. Esta implantado en el diseño del cerebro humano y en el acervo genético que lo engendra, no menos que los rasgos profundos que nos conducen con gran curiosidad hacia una exploración sistemática de nuestro propio ser y del mundo que lo rodea; los mismos rasgos que nos impulsan a construir explicaciones para los objetos y situaciones de este mundo. El origen evolutivo del anhelo es completamente plausible, pero la explicación necesita otro factor para que uno pueda comprender por qué la constitución humana acabó por incorporar el rasgo. Creo que en los seres humanos primitivos funcionó un parecido factor de la misma manera que está funcionando ahora. Su consistencia tiene que ver con el poderoso mecanismo biológico que hay tras él: la misma empresa natural de autopreservación que Spinoza enuncia de forma tan clara y trasparente como esencia de nuestro ser, el conatus, es llamado actuar cuando nos enfrentamos a la realidad del sufrimiento y, en especial, de la muerte, real o anticipada, ya sea la nuestra o la de los que amamos. La perspectiva misma del sufrimiento y la muerte trastorna el proceso homeostático del espectador. La empresa natural para la autopreservación y el bienestar responde al trastorno con una lucha para evitar lo inevitable y corregir el equilibrio. La lucha provoca que encontremos estrategias compensadoras para la homeodinámica que se ha desviado del camino recto; y el darse cuenta de toda la situación comprometida es causa de profunda aflicción" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos, Crítica, Barcelona, 2009, p. 249).
Es en ese contexto en el que, por un "calentamiento cerebral", concentración extrema de la atención, motivado por la imperiosa necesidad de resolver una situación agobiante, se sucede "una experiencia excepcional" de naturaleza biológica, anímica o intelectual, por la que se provoca y produce una conformación emergente, breve o duradera, de un nuevo sistema de circuitos y conexiones neuronales nuevas, en los que se involucran otros sistemas, circuitos y conexiones, existentes o se reactivan otros que estaban inactivos o habían sido eliminados, causando un estado de exaltado entusiasmo gozoso y de regocijo.
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1Eros, el dios sin padre, la fuerza de la generación y la degeneración, algo así como la entropía. Afrodita, diosa del Deseo/Amor, la fuerza que atrae y une.
2 Digo deseo en lugar de amor y espíritu en lugar de alma, porque amor y alma son términos que están condicionados por una alta carga ideológica. En cambio, deseo y espíritu, aunque son también términos complejos, son conceptos más filosófica y científicamente pertinentes.
3 Ignacio Gomez de Liaño, Mundo, magia, memoria, Biblioteca Nueva, Madrid, 2007, p. 28-29
4 Sobre el Espíritu ya me he expresado en las Cartas eleusinas.
5Albert Ribas Massana, Biografía del vacío. Su historia filosófica y científica desde la Antigüedad a la Edad Moderna, Sunya, Barcelona, 2008.
6Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres, citado por Emilio Lledó, El epicureísmo, Taurus, Madrid, 1995, pp. 87.
7Diógenes Laercio, Vida de Epicuro, Libro X, de las Vidas de los filósofos ilustres, citado por Emilio Lledó, El epicureismo, Taurus, Madrid, 1995, pp. 93-94.
8Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Traducción del griego: Carlos García Gual, Alianza, Madrid, 2007.
9 Georges Charpak y Roland Omnès, Sed sabios, convertíos en profetas, Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 165-166.
Antonio R. Damasio, La sensación de lo que ocurre, Debate, Barcelona, 2001, capítulo 11.

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