16 de septiembre de 2011

De lo sagrado y lo trágico del enamoramiento en Romeo y Julieta


Iván Rodrigo García Palacios
De lo sagrado y lo trágico
del enamoramiento en Romeo y Julieta

Diana y Acteón, dibujo de Alexander Runciman, 1736-1785


FRAY LORENZO
"[...] La tierra es la madre y la tumba de la naturaleza; su antro sepulcral es su seno creador , del cual vemos surgir toda clase de engendros, que de ella, de sus maternales entrañas, se nutren, la mayor parte dotados de virtudes numerosas, todos con alguna particular, ninguno semejante a otro".
(William Shakespeare, Romeo y Julieta, Acto II, Escena III).

(ADVERTENCIA: El siguiente escrito es el capítulo 6 de mi libro titulado: Del ferino furor del enamoramiento, en el cual propongo mis hipótesis descabelladas sobre la naturaleza evolutiva del enamoramiento).

***


Las obras de William Shakespeare, tal y como sus estudiosos y críticos lo han señalado, son, además de un misterio, la expresión poética y dramática de los grandes y de los pequeños temas, de los asuntos de la existencia de los Homo-Humanos: la vida, la muerte, el poder, el amor, la mezquindad, etc.
De esos temas y asuntos me interesa destacar uno, el del amor, sobre el que Shakespeare hace especial énfasis en la mayoría de sus obras y sonetos, de los cuales, algunos, han sido convertidos en paradigmas, fuentes de inspiración y ejemplos sobre lo qué es y lo qué significa el amor.
Sin embargo, en todas mis lecturas a las interpretaciones de estudiosos y críticos de la obra shakesperiana, no he encontrado ninguna en la cual se vaya un poco "más allá" y se muestre que para Shakespeare eran claras las diferencias entre el amor y el enamoramiento como estados naturales, vitales y existenciales y no como conceptos idealistas o románticos.
Así como que tampoco muestran que para él eran claras las conexiones, las diferencias y las consecuencias particulares, biológicas y psicológicas, que ejercían en los Homo-Humanos el amor y el enamoramiento, la sexualidad y el erotismo, la pasión o el amor apasionado y los celos, que, así sean asuntos que se relacionan, lo hacen de manera particular, como bien se podría demostrar.
Para empezar, hay que decir que el enamoramiento, a diferencia del amor, es un imperativo natural, un mecanismo evolutivo para el Homo-Humano, necesario, temporal, repetitivo e incontrolable, mediante el cual el cuerpo y la mente se trasforman. Pero también, el enamoramiento es, para la imaginación, un ideal, un anhelo de unidad y perfección:
Porque el enamoramiento como fenómeno neurobiológico, vital, es instinto, apetito, emoción, deseo y sentimiento y como evento existencial, biográfico y cultural, se corresponde como un asunto sagrado, erótico, heroico, trágico y cómico:

Sagrado, porque es una experiencia de lo divino.
Erótico, porque, en la plenitud de sus significados, es la fuerza entrópica que forma y transforma el cuerpo y la mente de los amantes.
Heroico, porque hace que los enamorados desplieguen la totalidad de unas energías, fuerzas y poderes de las que no sabían eran poseedores.
Trágico, porque su fin es ineludible e ineluctable.
Cómico, porque el pícaro Eros siempre se sale con la suya" (1).

Por el contrario, si existe abundante literatura en la que, para Shakespeare, el asunto del amor era esencial, en todos los sentidos, pero sin ninguna diferencia con el enamoramiento. Es por ello que estudiosos y críticos continúan ciegos a esas diferencias y perpetúan las fusiones y confusiones entre el amor y el enamoramiento, las cuales podrían deducirse y demostrarse en una lectura acorde con las hipótesis descabelladas que propongo.
Así que es necesario ir un poco más allá de esas evidentes expresiones de Shakespeare sobre sexualidad, erotismo, amor, pasión, celos, para descubrir, cómo él lo hace, las claras diferencias entre amor y enamoramiento.
Shakespeare accede y deduce esas diferencias entre amor y enamoramiento de una larga tradición cultural: Grecia, Roma, los místicos al-andaluces, así como de Petrarca, Dante, Bruno. A partir de esa tradición, él, como sus antecesores, si bien se enfrenta con las fusiones y confusiones sobre el asunto, logra expresar, con suficiente ilustración, lo qué en realidad es el enamoramiento: ese momento sublime en el que se funden el espíritu y la carne y como estas, así fundidas, se expresan como un único Ser, ese momento, el único, en el que mujeres y hombres son iguales, "sagrados o divinos", en la unión de los contrarios: Ariadna y Dionisios. El enamoramiento es, también, la emergencia del estro amoroso y creativo.
Es esa, la naturaleza "sagrada o divina" del enamoramiento, la razón que explica el por qué todo lo relacionado con el enamoramiento debe ser expresado, en esa época y en tiempos posteriores, con el debido hermetismo que exige un asunto tan contaminado por prejuicios ideológicos y religiosos. Uno, porque está estrechamente conectado con el Islam sufí y con el paganismo y, dos, porque una exposición abierta y explicita expondría a su autor al rechazo y, peor aún, al riesgo de perder la vida.
Por ejemplo, para Shakespeare era evidente que la hierofanía del enamoramiento es el momento y el estado en el cual los enamorados son poseídos por "los heroicos furores" y se les revelan y acceden a las más altas esferas de su naturaleza y de La Sabiduría, tal y como lo expresa en Penas de amor perdidas (entre 1595-1596).
Penas de amor perdidas es la obra en la que Frances A. Yates (2) ha considerado que se conectan, corresponden y relacionan, los motivos de Shakespeare, con los motivos de Giordano Bruno en los diálogos italianos, Los heroicos furores y La Expulsión de la bestia triunfante.
Tales conexiones, correspondencias y relaciones, se establecen, por ejemplo, con las alabanzas de los dioses al amor, de La Expulsión de la bestia triunfante, así como con la aventura de los nueve ciegos del diálogo quinto de la segunda parte, de Los heroicos furores, porque los mismos motivos son tratados por Shakespeare en el parlamento de Berowne, el personaje bruniano de Penas de amor perdidas, en el Acto IV, Escena III, ya antes citado.
Y no son los únicos ejemplos. Igual puede decirse de los temas y asuntos que en otros de los parlamentos conectan, corresponden y relacionan a Shakespeare con Bruno, como ya lo he mostrado en otros de mis escritos.
Pero, es en Romeo y Julieta (entre 1591-1595), la obra más paradigmática de Shakespeare sobre el amor, en donde se muestran con precisión, no sólo las diferencias entre amor y enamoramiento, sino, también, en la que se expone el exacto desarrollo de los procesos vitales, anímicos, existenciales y culturales del enamoramiento. Igual debe decirse que en Romeo y Julieta, Shakespeare establece con precisión las causas y las diferencias de la intervención, así como de las consecuencias de la sexualidad, el erotismo, la pasión o el amor apasionado y los celos, cuando afectan a los enamorados en estado de enamoramiento, así como afectan también a aquellos que no están afectado por tal estado, tal y como lo he explicado en mis hipótesis descabellada sobre el enamoramiento.
Es por ello que el enamoramiento debe ser considerado el verdadero motivo y protagonista de Romeo y Julieta, tanto por ser una realidad natural, existencial e íntima, como por su realidad cultural, ideológica y social.
Si, como lo afirma Harold Bloom:

"Muy pronto, en la tríada romántica Romeo y Julieta, Ricardo III y Sueño de una noche de verano, Shakespeare salta a la perfección en la representación de la interioridad y sus permutaciones" (3).

Afirmación sobre la que, y si se hace un bucle interpretativo, se podría decir que lo que Shakespeare representa en la tragedia de los dos jóvenes es el proceso de su enamoramiento. Enamoramiento por el cual, Romeo y Julieta, así como su ámbito cultural, son afectados y trasformados tanto en su representación social e ideológica como en su naturaleza biológica y existencial.
La representación social e ideológica esta a cargo de los personajes y situaciones -el ámbito cultural- que rodean a los enamorados y en los que se encarnan las voces, las actitudes, los comportamientos y los modelos, sociales e ideológicos que asumen y representan ellos por causa del estado de enamoramiento de los dos jóvenes y porque, de acuerdo con las convenciones sociales y las ideologías vigentes, los enamorados subvierten lo establecido. Es esa la historia de voces, actitudes y comportamientos críticos en contra del enamoramiento que se inicia con Platón y que para Shakespeare ya ha pasado por Roma, la Edad Media, la cultura árabe, el Renacimiento y el poderoso dominio del cristianismo, en lo que Shakespeare está inmerso.
Pero también, en la tragedia de los dos jóvenes se representa otro nivel aun más complejo: la realidad natural, existencial e íntima, que subyace al estado de enamoramiento, la cual se puede abducir, por un lado, de la estructura y, por el otro, de los estados vitales y anímicos que ellos manifiestan y expresan, así como, y aún más complejo, por los cambios fisiológicos y psicológicos que los afectan y trasforman.
Pero, y lo más asombroso de Romeo y Julieta, es que, para Shakespeare, la naturaleza del enamoramiento de los dos jóvenes está representado y se corresponde con la naturaleza de su sexo: el Ser y la palabra de la mujer y el Ser y la palabra del hombre. Ser, estados y palabras que les son propios y diferentes de acuerdo con las necesidades y finalidades, naturales, vitales y anímicas, para cada sexo. Una filosofía, una fenomenología y unas ciencias que apenas están incursionando en los terrenos de las realidades y diferencias entre mujeres y hombres, tal y como intento exponerlo en mis escritos sobre Ser y palabra de mujer.
Y, como debe ser en el enamoramiento, lo que se sucede en Romeo y Julieta, es un proceso natural de la vida que nace, muere y resucita en el ciclo del eterno retorno: el árbol florece para producir los frutos y las semillas de la nueva vida en la resurrección. Lo que muere en escena no son los amantes, sino el enamoramiento, ese es el momento del renacimiento o de la resurrección de quienes estuvieron enamorados, como ya mostré antes.
A manera de digresión, Shakespeare también representa, como algunos de sus contemporáneos, la pervivencia clandestina del mito minoico de La Gran Diosa Madre: Ariadna y Dionisios, como lo he mostrado en mi escrito Ariadna, la diosa de la perdición para Nietzsche (4).
Ahora bien, que el enamoramiento es así y que así está representado en Romeo y Julieta, puede analizarse a partir de las hipótesis descabellada que he propuesto para el enamoramiento, análisis que deberían realizar aquellos aspirantes a convertirse en Lector Lúdi, por ejemplo, a partir de unas conexiones, correspondencias y relaciones, como las siguientes:
En el Primer Acto, escenas I, III, IV y V, es en donde Shakespeare presenta los estados vitales y existenciales que afectan a los jóvenes Romeo y Julieta: el estado de desasosiego, la Sobrecarga depresiva y el estallido del Estado naciente, tal y como los define Francesco Alberoni y como yo los propongo:
En la Escena I, en primer lugar, hablan, Benvolio y el padre de Romeo, del desasosegado estado de ánimo de Romeo. Y, un poco más adelante, cuando Benvolio le inquiere por los motivos que lo afectan, Romeo le responde:

"BENVOLIO: Sí. ¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?
ROMEO: No tener lo que, al tenerlo, las abrevia".

En seguida, Romeo explica el motivo de su desasosiego, el cual se debe a un amor no correspondido e imposible.
Luego, en la Escena III, la madre y la nodriza de Julieta hablan con ella de matrimonio y la nodriza expone el motivo del estado de ánimo triste y desasosegado de Julieta:

SEÑORA CAPULETO
Pues de casamiento venía yo a hablar.
Dime, Julieta, hija mía,
¿qué te parece la idea de casarte?
JULIETA
Es un honor que no he soñado.
NODRIZA
¡Un honor! Si yo no fuera tu nodriza, diría que mamaste listeza de mis pechos.


En la Escena IV, para dar sentido y explicar ese desasosiego, Mercucio confronta su teoría de los sueños con la de Romeo:
ROMEO
             Anoche tuve un sueño.
MERCUCIO
            Y también yo.
ROMEO
           ¿Qué soñaste?
MERCUCIO
Que los sueños son ficción.
ROMEO
           No, porque durmiendo sueñas la verdad.
Y para ilustrarlo, Mercucio cuenta la leyenda de la reina Mab.
Es con este parlamento y con otros parlamentos del mismo Mercucio o de La Nodriza que Shakespeare pone en su lugar a las expresiones de la sexualidad, del erotismo, de la pasión o amor apasionado y de los celos, incluida la obscenidad y, al mismo tiempo, marca las diferencias entre sus manifestaciones vulgares e idealizadas, vitales y líricas.
Finalmente, en la Escena V, se presentan los momentos de la explosión del Estado naciente para Romeo y Julieta, es el momento de su encuentro en el baile.
Para Romeo es una visión:

ROMEO
¡Ah, cómo enseña a brillar a las antorchas!
En el rostro de la noche es cual la joya
que en la oreja de una etíope destella...
No se hizo para el mundo tal belleza.
Esa dama se distingue de las otras
como de los cuervos la blanca paloma.
Buscaré su sitio cuando hayan bailado
y seré feliz si le toco la mano.
¿Supe qué es amor? Ojos, desmentidlo,

                       pues nunca hasta ahora la belleza he visto.

Y para Julieta, un beso:

ROMEO
Si con mi mano indigna he profanado
tu santa efigie, sólo peco en eso:
mi boca, peregrino avergonzado,
suavizará el contacto con un beso.
JULIETA
Buen peregrino, no reproches tanto
a tu mano un fervor tan verdadero:
si juntan manos peregrino y santo,
palma con palma es beso de palmero.
ROMEO
           ¿Ni santos ni palmeros tienen boca?
JULIETA
           Sí, peregrino: para la oración.
ROMEO
           Entonces, santa, mi oración te invoca:
           suplico un beso por mi salvación.
JULIETA
           Los santos están quietos cuando acceden.
ROMEO
           Pues, quieta, y tomaré lo que conceden.

[La besa.]

          Mi pecado en tu boca se ha purgado.
JULIETA
          Pecado que en mi boca quedaría.
ROMEO
         Repruebas con dulzura. ¿Mi pecado?
         ¡Devuélvemelo!
JULIETA
Besas con maestría.

Ya en el Segundo Acto, los jóvenes amantes se sumergen en el éxtasis del enamoramiento, cuya máxima expresión se consuma en el Tercer acto, Escena V, con la canción del alba de Romeo y Julieta, luego del único momento y su única noche de plenitud, que es también lo único que permite el enamoramiento: un único momento de plenitud. Luego, todo es morir.
Y, partir de allí y hasta el final, es la alternancia de éxtasis y agonías, trabas, intrigas, fallidas ayudas y los absurdos y trágicos eventos que culminarán con la muerte de los amantes, sucesos y muerte que, para efectos de esta interpretación, son el proceso y el fin por el que concluye todo enamoramiento, los que son universales pero particulares para cada enamorado.
Esa es la tragedia del enamoramiento, su muerte, su fin ineluctable, dura lo que dura una flor, porque, luego de su muerte, los enamorados renacerán o resucitarán, como otros, en ellos mismos.
El enamoramiento es el Acteón bruniano al que

"[...] "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Los Heroicos Furores, I, 4).

Shakespeare lo sabía y sabía que era asunto claro y esencial para la mujer: el enamoramiento es una flor y es Julieta quien lo expone en el Acto II, Escena II:

"JULIETA
Este capullo de amor, con el aliento del verano que hace madurar,
Tal vez resultará una hermosa flor la próxima vez que nos veamos".

Como también sabía que es esencia de mujer el que el enamoramiento, mientras dura, es infinito y como lo infinito esta sometido a la Ley del Eterno Retorno. Será otra vez Julieta quien lo diga:

"JULIETA
Sólo para ser generosa y volvértelo a dar;
Y sin embargo sólo deseo aquello que tengo.
Mi botín es ilimitado como el mar,
Mi amor igual de profundo: Cuanto más te lo doy
Más tengo, pues ambos son infinitos".

Lo que se sigue: a la muerte del enamoramiento, deviene el renacimiento o resurrección de los desenamorados, pero, para Romeo y Julieta, esa será otra vida, cuya representación queda a la consideración y a la imaginación del espectador.
Shakespeare tratará el tema del renacimiento o resurrección de después del enamoramiento en otras de sus obras y en los sonetos.
NOTAS
(1) Iván Rodrigo García, El enamoramiento:
http://enamoramientoyevolucion.blogspot.com/
(2) Frances A. Yates, Giordano Bruno y la tradición hermética, Ariel Filosofía, Barcelona, 1983, pp. 408.
(3) Harold Bloom, Shakespeare. La invención de lo Humano, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2001 p. 87.
(4) Iván Rodrigo García Palacios, Ariadna, la diosa de la perdición para Nietzsche,
http://lectorludi.blogspot.com/2011/05/ariadna-la-diosa-de-la-perdicion-para.html
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