14 de octubre de 2007

LECTOR LUDI-49

La tragedia de un mundo

de dioses desmadrados


- La consciencia escindida, el delirio de un dios sin madre.

- La unidad de consciencia, tesoro perdido de la humanidad.


Por Iván Rodrigo García Palacios


A MANERA DE MITO

Hace muchos siglos la Naturaleza era la Madre y el Padre de todo: los Homo-Humanos, los animales, las plantas y los cielos, y ellos eran, a su vez, Naturaleza y Espíritu. Vivieron en paz y armonía consigo mismos, entre ellos y con su Madre-Padre, por muchos años.

Ellos eran como su Madre-Padre, masculino y femenino. Sin embargo, en sí mismos, cada cual y por aparte, eran también: machos y hembras, naturaleza y espíritu, cuerpo y mente, intuición y razón, el todo y sus partes, sujeto y objeto.

Pero un día, los hombres se creyeron superiores y quisieron ser dios ellos mismos y crearon dioses sin madre, a su imagen y semejanza.

Pretendieron que podrían prescindir de la Madre-Padre, desterrándola, escindiendo de su propia naturaleza lo material para así sublimar su espíritu.

Desde entonces el Ser del Homo-Humano anda huérfano y escindido por el mundo, en trágico conflicto consigo mismo, con los otros y con la Naturaleza. Condenado a sufrir el dolor y la melancolía de esa separación.

LA HISTORIA

Al final de la última glaciación, 8.000 a. C., grupos de Homo-Humanos, cuya identidad y origen todavía no han sido precisados, emprendió la travesía de las aguas del Mediterráneo oriental, quizás por las islas del Mar Egeo, o desde las costas de Anatolia, o, hipotéticamente, desde las costas africanas de Egipto o Libia, para finalmente asentarse en la Isla de Creta y en las islas Cícladas, en donde se aislaron, por cerca de tres a cuatro mil años, de la evolución cultural de los grupos y civilizaciones que se desarrollaban en África, Asia y Europa, porque en sus islas contaban con todos los recursos necesarios para sobrevivir y construir una civilización, con la que alcanzaron grandes desarrollos en las ciencias y las artes.

Estas culturas y civilizaciones fueron afectada por grandes desastres naturales que destruyeron casi todo rastro de su existencia, razón por la cual, todavía se las considera un mundo misterioso y extraño, quizás sólo un mito: la Atlántida.

Lo cierto es que fueron Homo-Humanos del Paleolítico inferior y el Neolítico: agricultores que reverenciaban a la Diosa Madre, ante la cual eran iguales hombres y mujeres, quienes vivían en paz y armonía consigo mismos, con los otros y con la naturaleza.

Uno de esos grupos se instaló en Creta y del cual y de su avanzada cultura y civilización sólo se conoce, con alguna precisión y fragmentariamente, la historia de la civilización minoica que alcanzó su cumbre en el II milenio a. C., en Cnosos, Festo, Malia y otros centros prósperos y se considera que su desarrollo tuvo lugar desde aproximadamente el 2600 hasta el 1200 a.C.

El otro, el que se instaló en las islas Cícladas, tuvo un desarrollo propio y diferente al de los minoicos de Creta, pero, seguramente, ambas culturas y civilizaciones mantuvieron estrechas relaciones de intercambio económico y cultural, en especial porque los cicládicos, quienes alcanzaron importantes avances en metalurgia y eran guerreros, les vendieron a los minoicos productos metalúrgicos y su tecnología, así como, muy factiblemente, les sirvieran de defensa y seguridad frente a posibles invasores.

Sin embargo, nada impide imaginar que antes del 2600 a. C., los minoicos ya hubieran alcanzado altos grados de desarrollo y civilización, con los cuales, junto con los productos que debieron comerciar, al desarrollar una importante flota mercante, establecieron, también, contactos e influencias mutuas, con las civilizaciones continentales, mesopotámicas y egipcias.

De las relaciones con los egipcios se tienen mayores indicios y, con las otras, son notables las similitudes culturales, científicas y tecnológicas que los unen, lo que, en ambos casos, permite especular que más bien fueron los minoicos quienes influyeron sobre sumerios, babilónicos y egipcios que viceversa.

Por ejemplo y aun cuando no se haya establecido la antigüedad de la ingeniería y arquitectura minoica (1), se puede imaginar que antecede a la muy similar de las grandes construcciones mesopotámicas y egipcias, de las cuales, las más antiguas, muestran notables correspondencias con las técnicas y formas de construcción minoicas.

Pero, de los indicios de esta influencia cultural minoica, el más importante se relaciona con el origen del idioma, el alfabeto y la escritura, pues recientes descubrimientos y polémicas están demostrando la existencia de un idioma, un alfabeto y una escritura de origen minoico que antecedió al alfabeto fenicio y a la escritura sumeria. Alfabeto, escritura e idioma minoico del cual se origina el griego homérico, el que, a su vez, es el resultado de la fusión de ese idioma minoico con el griego indoeuropeo de los aqueos, dorios, jonios y otros pobladores de la Grecia Central y del Peloponeso y con el griego micénico de los pobladores de Anatolia y Troya, quienes más conexiones establecieron con los minoicos.

Independiente de todo lo anterior y de las hipótesis descabelladas que allí se proponen, el aspecto de la cultura y civilización minoica que me es más atractivo es el que se relaciona con su evolución de la consciencia dentro del contexto de creencias que se originan en el mito de la Diosa Madre, pacífica y hedonista, de expresiones místicas son intuitivas y naturalizadas, a diferencia de esa otra línea de evolución de consciencia que se siguió en las culturas continentales de la Edad del Hierro con el Dios Padre, guerrero y metafísico, cuyas expresiones místicas son racionales y teologizadas.

Fue la cultura minoica, con su completo y complejo sentido de la unidad de consciencia natural y espiritual, representado por el culto de la Diosa Madre, la que debió influir en algunos de los cultos y representaciones de las diosas de los egipcios, así como en los de las civilizaciones mesopotámicas: Sumer y Babilonia y en los judíos gnósticos anteriores al exilio babilónico del 623 a. C.

Esos cultos y representaciones de las diosas preservaron en esas culturas, parcialmente, las cualidades sagradas que le eran atribuidas a la Diosa Madre y a los misterios de la naturaleza de la feminidad como son: el ser fuente de la vida y su unidad, causa de la fertilidad, la "Sofía" o sabiduría de la percepción intuitiva de todo el ser y la creación, en fin, los principios de lo femenino y lo masculino, no antagónicos sino complementarios, que integran la unidad de consciencia, para la cual no existen oposiciones entre naturaleza y espíritu; mente y materia; trascendencia e inmanencia, razón e instinto; vida y muerte; macho y hembra.

Esa unidad que ha confirmado la ciencia, como lo anotan Anne Baring y Jules Cashford en su libro, El mito de la diosa:

"[...] nunca podemos hablar de la naturaleza sin hablar, en última instancia, de nosotros mismos" (2).

Sin embargo, fue también en esas mismas culturas, más específicamente babilonios y judíos, en las que se inició el rompimiento de esa unidad, la cual se pretendió destruir con la imposición de mitos y teologías de dioses masculinos que no sólo subordinaban a las diosas femeninas, sino que las relegaban a oficios menores y serviles, condenando la consciencia humana a reprimir la intuición en subordinación al intelecto; a lo femenino subordinado a lo masculino; a la naturaleza bajo el poder del espíritu, en fin, a la encarnación de la hembra como materia y al macho como espíritu.

Un rompimiento o escisión, por naturaleza, imposible, porque si se acepta que en la naturaleza del Homo-Humano participan, por una parte, tanto elementos masculinos como femeninos y que, por la otra, es la cultura la que determina la formación, el desarrollo y la evolución de la consciencia, bien se puede inferir que si se reprimen, desde la cultura, la formación y el desarrollo adecuado y armónico de algunos o la totalidad de los elementos de la consciencia de uno u otro género, pretendiendo escindir esa unidad, se causan efectos que desnaturalizan y patologizan el saludable estado y comportamiento de los individuos y la cultura, así como se distorsionará la visión que el individuo tenga de su mundo, mirándose a sí mismo desde el intelecto pero en ausencia de la intuición.

Distorsión que se ha manifestado como la plantean Anne Baring y Jules Cashford:

"Al alejar la evolución de la consciencia todavía más a la humanidad de la naturaleza y de la base instintiva de la vida, se consideró cada vez en mayor medida que los procesos mentales y espirituales carecían de relación con los procesos físicos; y, por las mismas razones, que el intelecto era superior al instinto" (3).

O, como ellas lo afirman más adelante:

"Se sacrificó la inmanencia en aras a la trascendencia" (4).

Se fragmentó la consciencia y con ello, se creo la ilusión de un mundo fragmentario.

Si también se acepta que en esa unidad de consciencia los elementos masculinos y femeninos son diferentes pero que actúan, se manifiestan y se expresan de manera conjunta, coordinada y armónica, a partir de allí bien se puede llegar a definir, así sea teóricamente, la naturaleza de lo masculino y de lo femenino, así como la finalidad de sus funciones, por una parte, en la evolución, la adaptación, la reproducción y la supervivencia y, por la otra, en la construcción del sentido de la vida. De este asunto ya he escrito en el LECTOR LUDI-47 (5).

Sin embargo, leyendo ahora el libro, El mito de la diosa, es asombroso enterarse que a pesar de siglos de represión y deliberada ignorancia, la naturaleza del Homo-Humano se resiste a ser escindida por la cultura y que, contra la represión religiosa, ideológica o científica, opone el poder de la imaginación, manteniendo vivos y activos los mitos que representan su unidad original.

Ha sido precisamente el mito de la diosa el que, desde el paleolítico y el neolítico, ha expresado de forma natural el origen y la existencia corporal e instintiva, así como la existencia mental y su dimensión espiritual, sustanciales del Homo-Humano.

Este mito se ha resistido a ser borrado de la consciencia de la humanidad por la imposición violenta de un dios masculino, en especial y de manera más evidente por parte de las religiones, en especial las monoteístas: por la judía después del 623 a. C., por el cristianismo en los últimos 2000 años y por el Islam desde 622 d. C.

Entre quienes persistieron en mantener activa en sus creencias a la diosa, a la unidad de consciencia, están los gnósticos, judíos y cristianos, quienes han interpretado, de igual manera, la dualidad de la naturaleza humana, como lo muestran Anne Baring y Jules Cashford:

"Los grupos gnósticos originarios tomaron su nombre del vocablo griego "gnostikoi", que es un adjetivo, no un verbo. Dos palabras griegas designan el conocimiento. Una significa conocimiento en el sentido de información recogida: "episteme". La otra, "gnosis", significa conocimiento en el sentido de percepción intuitiva o comprensión, que requiere no sólo la participación del intelecto, sino también la de todo el ser. Es el conocimiento alcanzado mediante la intuición -los ojos del corazón- que no necesita una clase sacerdotal como intermediaria, sino que se percibe directamente. Es en este segundo sentido, abundando en la idea de conocimiento como percepción intuitiva, en el que las sectas gnósticas interpretan su "conocimiento" (6).

Para los gnósticos los cuerpos o principios eran dos que debían ser uno y cuyo anhelo y logro final era la unidad, un matrimonio sagrado, el despertar. Conceptos que ya se anticipaban a las mismas teorías de la física moderna, como lo explican Anne Baring y Jules Cashford:

"La visión que los gnósticos tenían de este cuerpo "luminoso" que subyacía a la forma física les permitía llegar al conocimiento de que no había muerte; la materia se les hacía translúcida porque penetraban de forma intuitiva en su verdadera naturaleza. Hoy en día podría dársele el nombre de cuerpo "subatómico" o, como en la imagen que David Bohm sugiere, "el orden implicado" (7).

Finalmente, hay que agradecer a los gnósticos sus luchas por sobrevivir a la extinción y evitar que el antiguo mito de la diosa madre y la visión del Homo-Humano y el mundo que de ella se inspira fueran borrados de la consciencia de la humanidad, porque, como también afirman, Anne Baring y Jules Cashford:

"La importancia que los gnósticos atribuyeron al despertar a través del entendimiento o de la percepción intuitiva, más que a través de la creencia, constituyó su gran contribución a una evolución más avanzada de la consciencia" (8).

Este es el tesoro perdido de la humanidad, el que, como en todas las leyendas del pasado, el Homo-Humano persiste en mantener su unidad en oposición a las oscuras fuerzas del Poder que pretenden fragmentarlo.

Sin embargo, luego de las masacres de finales del siglo XIII y principios del XIV, salvo la consagración católica de la Virgen María, algunos rezagos marginales y una que otra moda pasajera, la figura de la diosa madre fue siendo borrada por la cultura Occidental, hasta convertir al Homo-Humano en un ser sin madre y sólo hijo de un padre, "espíritu", que no engendra a sus hijos sino que los amasa con tierra insuflándoles la vida con su aliento.

Pareciera el triunfo pírrico de un idealismo platónico retorcido, a través del cual "el Hombre" pretende convertirse, en vida, en un "espíritu puro", en dios.

Nada más pernicioso, porque, peor que en el pasado y como lo anotan Anne Baring y Jules Cashford:

"A todo esto subyace una importante inferencia: la conquista de la materia libera al espíritu. Míticamente hablando, esta inferencia se halla detrás de muchas destrucciones de la tierra y de las guerras "santas" contra otros seres humanos" (9).

Esto se explica, según las mismas autoras:

"Si la relación con la naturaleza como madre es una relación de identidad, y la relación con la naturaleza en las culturas que tienen como núcleo la imagen del padre es una relación de disociación, el movimiento que lleva desde la madre hasta el padre simbolizará una separación, cada vez mayor, de un estado en el que la naturaleza lo contiene todo. Ya no se considera a ésta como fuente nutricia de vida, sino como una entidad que impide el crecimiento. Históricamente, este proceso puede describirse como aquel en el que la humanidad ha descubierto su independencia progresiva de los fenómenos naturales entre los que vive; su capacidad de diferenciar y seleccionar es cada vez mayor, y teóricamente, por tanto, también lo es su capacidad de moldear y ordenar el mundo según sus propias ideas" (10).

... el delirio de un dios sin madre.

NOTAS

(1) http://www.nature.com/news/2006/060227/full/news060227-3.html

Were ancient Minoans centuries ahead of their time?

Unprecedented mathematical knowledge found in Bronze Age wall paintings.

Por Philip Ball

A geometrical figure commonly attributed to Archimedes in 300 BC has been identified in Minoan wall paintings dated to over 1,000 years earlier.

The mathematical features of the paintings suggest that the Minoans of the Late Bronze Age, around 1650 BC, had a much more advanced working knowledge of geometry than has previously been recognized, says computer scientist Constantin Papaodysseus of the National Technical University of Athens, Greece, and his colleagues.

The paintings appear in a building that is still being excavated and restored in the ancient Minoan town of Akrotiri on the island of Thera. A catastrophic eruption of the volcano on Thera, now known as Santorini, around 1650 BC, is thought to have dealt a fatal blow to the Minoan culture. The blast covered Akrotiri, on the island's southern coast, in a thick layer of ash that preserved many buildings and artefacts [...].



Pie de foto:

Did the Minoans understand the Archimedes' spiral more than 1,000 years before him?


(2) Fritjot Capra, The Turnig Point, citado por: Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa, Fondo de Cultura Económica/Siruela, 2005 (851 p.), p. 749.

(3) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p. 699.

(4) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p. 709.

(5) Iván Rodrigo García Palacios, LECTOR LUDI-47: ¿Se podría hablar, más que de género, de una especie masculina o femenina?

(6) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p.p. 700-701.

(7) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p.p. 706-707.

(8) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p. 707.

(9) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p. 747.

(10) Anne Baring, Jules Cashford, El mito de la diosa..., p. 749.
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