28 de julio de 2006

CUADERNO DE CITAS-16

Cómo Nicanor Tremebundo

se condenó al infierno de Dante

- El enamoramiento trae consigo el germen de su castigo

- El infierno de Paolo y Francesca di Rimini, los desdichados amantes de la Divina Comedia

Por Iván Rodrigo García Palacios

Cuando hace unos veintiséis años Nicanor Tremebundo creyó que había desvelado, por primera vez, los misterios del amor y el enamoramiento, contó, en su libro "El gran indiferente", lo siguiente, sin saber, en ese momento, que se estaba condenando a ser habitante de uno de los círculos del infierno dantesco:

"Cuando entendió la diferencia entre amor y enamoramiento y comprendió que esas ganas de morirse que le producía el segundo no eran de morirse de verdad, sino de morirse de placer, que, entre otras cosas, es lo más cerca que han estado de esclarecer la muerte las teorías de las nuevas ciencias y que, por el contrario, el amor apenas si le producía unos aburrimientos mortales, esos sí como para quitarle las ganas de vivir al más sibarita; descubrió que lo mejor que podía ocurrirle era verse poseído por el más crónico de los enamoramientos, para lo cual, con su manía de prevenirlo todo, elaboró un simple y sencillo plan en su ejecución, pero complejo y lleno de riqueza imaginativa en sus detalles, el cual, en resumidas palabras, consistía en irse con su enamorada a una playa solitaria, alejados del más mínimo contacto con otros humanos, a gozar hasta el agotamiento total de las fuerzas físicas y morir dichosos, o hasta el agotamiento de las potencias de ese estado naciente y tener que retornar de nuevo al mundo de la gente y volver a intentarlo" (1).

Y, como hace poco elaboré algunas reflexiones sobre las causas y consecuencias del amor y el enamoramiento, me encuentro ahora, al releer uno de los deliciosos libros del filósofo español y estadounidense, George Santayana (1863-1952), "Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe" (2), con una cita (que compartiré con ustedes más adelante), en la cual explica, a partir de su análisis de la obra de Dante Alighieri (1265-1321), que esa fuerza poderosa y misteriosa del enamoramiento también contiene su propia potencia moral y que dentro de él ya está engendrado el germen del castigo al que serán condenado los dichosos amantes que, al subvertir, por necesidad, las leyes de la cordura, pagan, por obligación, el precio por su renovación y evolución humanas.

Aun cuando, como en todo lo que tiene que ver con el ser HUMANO, es necesario analizar, conjunta y separadamente, los aspectos biológicos y culturales, de los cuales el enamoramiento es una de sus manifestaciones.

Y, ahora que lo pienso bien, más intuitivo y anticipado fue Nicanor Tremebundo al planear su vida amorosa y que ahora me obliga a reflexionar sobre ese aspecto de la variedad y la monotonía del amor y el enamoramiento y sus repercusiones morales. En fin, ya habrá ocasión para ello.

Por el momento, los interesados en revisar mis anteriores reflexiones sobre el enamoramiento, los remito a los LECTOR LUDI-30 y 31, en mi weblog: lectorludi, cuya dirección incluyo en la nota remitente.

Así que, para abreviar, he aquí la cita de George Santayana:

CITA ÚNICA

"Un caso más sutil e interesante, bien que menos obvio, puede encontrarse en el castigo de Paolo y Francesca di Rimini. ¿Qué es lo que hace tan desdichados en el infierno a estos amantes? Están todavía juntos. ¿Puede constituir un castigo para los amantes el ser eternamente arrastrados por los vientos uno en brazos del otro? Es justamente lo que, de poder hablar, habría escogido su pasión. Es lo que la pasión busca y quisiera prolongar para siempre. La sentencia divina la ha tomado sólo de un modo literal. El destino mencionado es precisamente el que, en la bien conocida narración, desea Aucassin para sí mismo y para su amante Nicolette (*): no un cielo ganado mediante la renuncia, sino la posesión, aunque sea en el infierno, de lo que se ama e imagina. Y un gran poeta romántico, Alfred de Musset, ha echado en cara a Dante el no haber visto que el eterno destino que ha correspondido a Paolo y Francesca sería, no la ruina de su amor (**), sino su perfecto cumplimiento. Esto último parece ser muy cierto, pero ¿olvidó Dante esta verdad? Si así fuera, ¿qué instinto le guió en la elección para dichos amantes del mismo destino que ellos habrían escogido?

Hay gran diferencia entre los aprendices de la vida y los maestros. Aucassin y Alfred de Musset pertenecían a los aprendices; Dante era uno de los maestros. Podía experimentar tan profundamente como cualquier mozalbete o cualquier romántico los nuevos estímulos de la vida, pero había vivido estas cosas, conocía sus posibles e imposibles consecuencias, había visto su relación con respecto al resto de la naturaleza humana y a un ideal de paz y felicidad definitivas. Había descubierto la necesidad de decirse continuamente a sí mismo: debes renunciar. Y por esa razón no necesitaba para el infierno más adornos que los ideales y realizaciones literales de nuestras pequeñas pasiones absolutas. El alma poseída por alguna de estas pasiones tiene, sin embargo, otras esperanzas. El amor mismo sueña con algo más que con la mera posesión. Para concebir la felicidad, debe concebir una vida en un mundo variado, lleno de acontecimientos y actividades que constituyan entre los amantes vínculos nuevos e ideales. Pero el amor ilícito no puede alcanzar esta manifestación pública. Está condenado a la mera posesión; posesión en la oscuridad, sin un ambiente, sin un futuro. Es amor entre ruinas. Y es precisamente éste el tormento de Paolo y Francesca: amor entre las ruinas de ellos mismos y de todo lo que hubieran podido poseer para entregarse. Entrégate, nos diría Dante, entrégate completamente a un amor que no sea más que amor, y estarás ya en el infierno. Sólo un poeta inspirado podría ser tan penetrante moralista. Sólo un profundo moralista podría ser tan trágico poeta" (3).

(*) La narración Aucassin y Nicolette es una de las composiciones, mezcla de prosa y verso, llamadas "chante-fable, de un autor desconocido. Procede del siglo XVI y narra los amores entre Nicolette, cautiva comprada a los sarracenos, y Aucassin, hijo del conde Garin.

(**) Alfred de Musset, Poésies, Nouvelles, Souvenir:

"Dante, pourquoi dis-tu qu'il n'est pire misére

Qu'un souvenir hereux dans les jours de douleur?

Quel chagrin t'a dicté cette parole amére,

Cette offense au malheur?

... Ce blasphéme vanté ne vient pas de ton coeur.

Un souvenir hereux est peut-être sur terre

Plus vrai que le bonheur...

Et c'est ta Francoise, á ton ange de glorie,

Que tu pouvais donner ces mots á pronocer,

Elle qui s'interrompt, pour conter son historie,

D'un éternel baiser!"

NOTAS

(1) Iván Rodrigo García, Nicanor Tremebundo, el gran indiferente (novela inédita), Medellín, 1985

(2) George Santayana (1863-1952), Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe, Tecnos, Madrid, 1995 (164 p)

(3) George Santayana, Tres poetas filósofos..., ps. 90 y 91

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