17 de diciembre de 2007

LECTOR LUDI-53: "La alegría de enamorarse"

LECTOR LUDI-53

"La alegría de enamorarse"

o "La fuente de la eterna juventud"

"A LAS PARCAS

Un verano y un otoño más os pido, Poderosas,

para que pueda madurar mi canto,

y así, saciado con tan dulce juego,

mi corazón se llegue hasta morir.

El alma que aquí abajo fue frustrada

no hallará reposo, ni en el Orco,

pero si logro plasmar lo más querido

y sacro ante todo, la poesía,

entonces sonreiré satisfecho a las feroces

sombras, aunque debiera dejar

en el umbral mi voz. Un solo día

habré vivido como los dioses. Y eso basta".

(Empédocles, J. C. Friedrich Hölderlin (1770-1843).

Por Iván Rodrigo García Palacios

Al revisar mis anteriores escritos, reflexiones e hipótesis descabelladas sobre el enamoramiento y la depresión anímica advierto un vacío: la ausencia del elemento necesario, la causa obligada que hace que el "Estado agónico" se convierta en el "Estado Naciente", o en la depresión anímica, o en estados de exaltación y euforia.

Observo y deduzco que es necesaria la presencia de un "gatillo" que dispare la chispa que haga estallar el polvorín de las energías acumuladas por la sobresaturación de las fuerzas eróticas, emocionales e intelectuales, frustradas, explicadas antes.

Ese "gatillo", al que antes había llamado como "el mínimo y adecuado pretexto", sin dar explicación alguna, se me descubre ahora como un estado real y concreto, preexistente al inicio mismo de cualquier estado depresivo y se dispara en el momento preciso en el que se dan las condiciones necesarias para que el choque de acción y reacción sobre las energías acumuladas en el "Estado agónico" produzcan la explosión que dan origen al "Estado naciente" o a los estados de exaltación y euforia de la depresión anímica.

Ese "gatillo" es un objeto ideal del deseo que se "monta" u origina desde el momento mismo en el que somos Homo-humanos, ese instante en que se crea y se inicia la evolución de la mente. Ese momento en el cual se instala en la mente y en el cerebro el objeto ideal del deseo, el recuerdo mental y físico de haber estado en el paraíso de la feliz y placentera plenitud. ¿Paraíso? Sí, pero el paraíso perdido.

Objeto ideal del deseo, paraíso perdido, propio y particular, imposible de definir y describir, el cual, cada individuo sólo siente, habita y maneja como imágenes y sensaciones subliminales, pero, al mismo tiempo, un objeto ideal del deseo que opera eficaz y permanentemente sobre mente y cuerpo, obligándolos a su búsqueda y restauración presentida pero imposible.

Ese es el imposible retorno al paraíso perdido cuya ilusión explotan las ideologías religiosas, políticas, económicas, etc., para esclavizar, individual y colectivamente, al Homo-humano que en su fragilidad y dependencia ha sido marcado violentamente por medio de la privación y la deprivación de sus necesidades primordiales y que ha sido condicionado para responder bajo la amenaza del miedo y el chantaje como únicas alternativas para acceder a la satisfacción de esas necesidades.

Es en esa búsqueda y restauración presentida pero imposible del propio objeto ideal del deseo, del paraíso perdido, en la que se generan los estados depresivos, obsesivos y adictivos.

Las obsesiones y adicciones, así sean estados relacionados, al ser causados y desarrollados en otras circunstancias, condiciones y ámbitos, no serán materia de mis reflexiones.

En cuanto a la depresión, el objeto ideal del deseo, además de actuar como uno de los sobresaturadores de las energías del "Estado agónico", es el conjunto de imágenes y sensaciones que actúan como el "gatillo" que enciende la chispa, como dije atrás, o bien del "Estado naciente" o bien de los estados de exaltación y euforia de la depresión anímica.

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Todos, de manera propia y particular, deseamos permanecer en el estado de placer, mental y físico, que proporciona el propio y particular objeto ideal del deseo, habitar el paraíso perdido. Para lograr tal estado, la mente y el cerebro deben desarrollar nuevos recursos con los cuales concretar en la realidad ese objeto ideal del deseo y ese paraíso y así poder disfrutar de los placeres concretos, cada vez nuevos y superiores, así como de la seguridad y la tranquilidad que una vez fue.

Ese es el desarrollo que de manera natural obliga a que la mente y el cerebro evolucionen hacia nuevos estados con los cuales manejar a un objeto ideal del deseo cada vez más complejo y elaborado, así como a los nuevos placeres cada vez más sofisticados, porque cada vez la supervivencia, la reproducción y la adaptación, se hacen más complejas, elaboradas y de más alto riesgo.

A este desarrollo mental y cerebral se le podría comparar con el impulso a la trascendencia o, para ser más concreto, al impulso hacia la superación. La acción de trascender y/o superase y el éxito en su logro, producen el placer mental y físico y seguridad y tranquilidad, como reacciones.

En los asuntos de la trascendencia y la superación de la sexualidad todos hemos desarrollado un sujeto/objeto ideal del deseo con imagen y cuerpo, con características reales y concretas: sabores, olores, sonidos, colores y caricias incluidos, de la pareja ideal, de la amada o el amado soñados o, para proponerlo por una imagen: Eros ha poseído a ese sujeto/objeto ideal del deseo.

Cuando, en el tope o en el punto crítico de un "Estado agónico", presentimos ese particular sujeto/objeto ideal del deseo y la imaginación lo proyecta sobre una persona real, se dispara el "Estado naciente": el enamoramiento.

En los demás asuntos que hacen humano al Homo, también habita Eros: la creación del conocimiento, el manejo de las relaciones con los otros y con los misterios del universo y la Naturaleza, allí y de igual manera, todos hemos creado objetos ideales del deseo y hemos sentido placeres mentales y físicos que anhelamos mantener y reinstaurar permanentemente: saborear el triunfo y el éxito en la diaria competencia por la supervivencia, la reproducción y la adaptación y, por supuesto, por ser el mejor.

Pero si, por el contrario, se fracasa o es difícil obtener los éxitos y placeres que se desean, se instala la frustración creciente, se hace dolorosa la satisfacción de las necesidades básicas y de esos deseos y placeres, se sienten angustias, ansiedades, temores, inseguridad y otros estados dolorosos, mentales y físicos.

Esas son las circunstancias y condiciones cuando la sobresaturación alcanza su estado crítico y el presentir e imaginar otros estados ideales de dicha, provoca la depresión anímica, la cual, por carecer de un objeto más real y concreto, como en el caso del enamoramiento, comienza girar sobre sí misma o a oscilar entre los estados de desánimo y decaimiento, de exaltación y euforia, que caracterizan a la depresión anímica.

¿Podrían ser explicadas de esa manera las depresiones navideñas; las de los días grises y lluviosos; las de los recuerdos por la muerte de un ser querido; las del peso por un fracaso; las de rechazarse a sí mismo por no ser "los otros"; las de sentirse mal por no estar en otra parte; las de no encontrarle gusto a la vida y a lo que se hace con ella, en fin, las de no vivir con el objeto ideal del deseo en el mundo con el que se sueña...? En fin, ese es el primer paso hacia la depresión anímica patológica.

O, si de manera similar a lo que sucede en el enamoramiento, si se encuentra o se crea, ante cualquier síntoma de estado depresivo, un objeto ideal del deseo, un paraíso, concretable y realizable, no sólo será posible confrontar la depresión anímica, sino y lo más importante, esta funcionará, al igual que en el enamoramiento, como mecanismo evolutivo (1), evitando así que se convierta en un estado patológico.

En estas condiciones, si a la depresión anímica se la conduce por un proceso igual al del enamoramiento, también puede conducir al "Estado de renacimiento", explicado y descrito antes.

Enfatizando, la depresión anímica tiene tanto su lado oscuro como su aspecto luminoso, ello dependerá de si se desea morir o renacer.

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Si esas son las naturalezas del enamoramiento y de la depresión anímica, el elixir de los dioses está a mano: "estar enamorado amigos": el objeto ideal del deseo, el triunfo, el éxito y el mundo soñado que se pueden crear con la imaginación y se pueden concretar con el pensamiento y en la acción.

El enamoramiento es el estado en el cual el cuerpo acaricia al propio espíritu. Pero, más importante aun: el enamoramiento es la vacuna contra la depresión anímica y corporal y el sendero de la transformación.

Hay que vivir enamorado para disfrutar de las mieles de la eterna juventud. El entusiasmo jubiloso del enamoramiento es el elixir de la juventud eterna y la fuerza poderosa que mueve montañas.

El enamoramiento perpetuo por su amada eterna o por la eterna sabiduría, son el motivo de aquella visión que inspirara a Dante Alighieri su Divina Comedia, tal y como lo anunciara en La vida nueva:

"Terminado este soneto, me sobrevino una extraña visión en que contemplé cosas tales que me determinaron a no hablar de aquella alma bienaventurada hasta tanto que pudiera hablar de ella más dignamente. Para lograrlo estudio cuanto puedo, como a ella le consta. Así es que, si el Sumo Hacedor quiere que mi vida dure algunos años, espero decir de ella lo que jamás se ha dicho de ninguna. Después ¡quiera el Señor de toda bondad que mi alma pueda ir a contemplar la gloria de mi amada, de la bienaventurada Beatriz, que gloriosamente admira la faz de Aquel "qui est per omnia saecula benedictus!".

(Dante Alighieri, La vida nueva, XLII).

O, como lo dice Berowne, el bruniano y hermético, personaje de William Shakespeare en Trabajos de amor perdido:

"Además, ¿cómo vos, señor,

y tú, y tú lo mismo, hubierais podido hallar lo que

constituye la base del estudio sin la ayuda de la hermosura

de un rostro de mujer? De los ojos precisamente

de las mujeres saco yo la doctrina siguiente:

que ellas son el fundamento de todo saber, los libros,

las academias de donde brota la verdadera

llama de Prometeo".

(William Shakespeare, Trabajos de amor perdido, Acto IV, escena III).

El enamoramiento es la inspiración, la fuerza y el poder, que se nutre "de los ojos de las mujeres": la sabiduría la pintan con cuerpo de mujer y sabios son aquellos que saben ser perpetuos enamorados de la sabiduría, los que saben mirar en los ojos de la mujer ideal.

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El enamoramiento perpetuo no necesariamente tiene que serlo por otra persona, una amada o un amado, porque ese enamoramiento emerge cuando las condiciones han sido dadas.

Existe ese otro enamoramiento igual y tan erótico. Es aquel que se inspira en lo excelso y lo trascendente de la existencia que bien pueden ser actividades físicas o actividades mentales, sin otra importancia o trascendencia que enamorarse de ellas, porque sí.

Inspirados o no por amada o por amado, del enamoramiento del que voy a hablar es aquel que se puede provocar a voluntad, pero de acuerdo con ciertas condiciones.

Es ese enamoramiento por la vida que hizo cantar a Hölderlin:

"Un solo día

habré vivido como los dioses. Y eso basta".

Yo agregaría: Un día, cada día, todos los instantes de todos los días.

Ese enamoramiento se puede producir en y por condiciones nada poéticas ni sublimes, pero sí pragmáticas y cotidianas, cuyos resultados si lo son:

La primera de ellas, obligatoria y necesaria: saber identificar, desde el momento de su inicio, el propio "Estado agónico" o de depresión por saturación que ya fue definido y descrito antes.

La segunda, tener una actividad y una idea a las cuales se desee realizar y desarrollar con excelencia por simple gozo lúdico. La actividad para la salud del cuerpo y la idea para la salud de la mente.

La tercera, cumplidas las dos condiciones anteriores, dejarse poseer por el "Estado naciente" o "La alegría de enamorarse" y lanzarse a la realización de cada nuevo reto que signifique la realización de una actividad e idea que se deseen con pasión.

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Como podría decir uno de esos manuales comerciales de autoayuda, el enamoramiento perpetuo se logra con un sencillo programa de "alegría de vivir".

Programa que, bajo ninguna circunstancia y para rechazar de plano toda autoayuda comercial, nunca debe ser sometido por la enajenación consumista imperante sobre la sociedad del Homo-Humano común.

No es ninguna "alegría de vivir" dejarse engañar y enajenar por los espejismos del consumismo, esa ideología del poder que, aprovechando las fragilidades de la mente, ha creado toda clase de ilusiones que van desde lo material a lo mental y hasta lo espiritual.

Más enferma el "loleo" en las nuevas maravillas que son los centros comerciales, o la rumba tematizada de las grandes discotecas, tabernas, bares, etc., o la actividad física en burbujas mecanizadas que crean más problemas con la anorexia y la bulimia, o la actividad artística y cultural frívola en academias de oropel, o en todas esas actividades que se venden como modas de socialización vana. Para no hablar de los paraísos psicotrópicos.

La "alegría de vivir" no es nada de eso ni de muchas otras cosas frívolas y banales.

La "alegría de vivir" es la cosa más sencilla y deliciosa que el Homo-humano pueda sentir. Es la permanente sensación que se siente en el punto exacto cuando el deseo está en su cenit y en el momento anterior de la plenitud. Es esa sensación de estar vivo, saludable y satisfecho. Es el estado que se origina por el más poderoso de los estímulos: el sentido de ser y de vivir.

La "alegría de vivir" es el delicioso estado de imaginar estas y tantas otras cosas y el gozo de poder pensarlas y escribirlas. Y, al mismo tiempo, hacer la vida: gozar sin envanecerse de los pequeños y grandes éxitos; sufrir sin dejarse derrotar ni deprimir por las pequeñas y grandes derrotas, penas o fracasos.

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A manera de ejemplo y porque es la "alegría de vivir" que me es más conocida, la fuente de mis dichas y labores ha sido siempre, unas veces con mayor éxito que otras, el deseo permanente de formular las preguntas adecuadas y el reto de encontrar mis propias respuestas y, más epicúreo que budista, ser el Peralta que todos debiéramos ser.

Desde siempre y mucho más ahora en la placidez de una senectud largamente anticipada, continúo preguntando y tratando de resolver tanto las grandes preguntas como las más nimias; enfrentar con asombro los solubles e insolubles enigmas; gozar como un niño cada vez que puedo salir desnudo y gritar "¡Eureka!". Hoy y todos los días es el gran día:

¿Qué es el hombre? ¿Qué y porqué somos humanos? ¿Qué y porque es el universo? ¿Qué es el enamoramiento y porqué nos enamoramos? ¿Qué y porqué es el amor? ¿Qué y porqué son la mente, la conciencia, la imaginación, el pensamiento, etc.? ¿Qué y porqué pensar y escribir sobre todo esto? En fin, poderme preguntar y responder: ¿Qué es la depresión y porqué me deprimo?

En fin, preguntas y respuestas como el tiempo: siempre pasado, siempre presente y siempre futuro. Preguntas sin fin en la búsqueda interminable de respuestas que me van aclarando cada paso del camino, me plantean el horizonte inabarcable de la existencia y me producen el gozo extático en el que cada instante es el primero de una suma cuyo resultado es ahora y que mañana ya no será. Ese instante en que, como dijo Hölderlin:

[...] sonreiré satisfecho a las feroces/ sombras"

(Empédocles, J. C. Friedrich Hölderlin (1770-1843).

Porque el misterio prevalece. Porque sé que mi intuición habita y explora en el misterio. Porque, salvo el universo, todo es invento del Homo-humano... y yo invento el mío: arte o ciencia son lo mismo.

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Así como prendí a caminar, aprendí a leer y con la guía de mi padre empecé a formularme las primeras preguntas y a intentar sus respuestas, aprendiendo a ser lector en el libro de la naturaleza, con las herramientas y las mecánicas de su taller y en las páginas de los libros, revistas y periódicos que con frecuencia llegaban hasta la casa y a lomo de mula como si fueran dulces o regalos.

Esos fueron mis primeros enamoramientos antes que apareciera esa niña que me inició en aquellas otras lecturas, las del pasmo, ese pasmo, a la vez, oscuro y luminoso.

Ahora y como LECTOR LUDI, interpreto y doy sentido a todo lo qué fue y continúo buscándolo para lo qué es y lo qué será.

Pequeñas caminadas por placer o utilidad; comer lo que me da placer y vida sin perturbar mi cuerpo y saber distinguirlo; largas y cortas lecturas; nuevas y viejas lecturas o por el gusto de la curiosidad o por la necesidad de un dato recordado o necesitado; escribir y reescribir hasta encontrar la mejor forma de decir mi respuesta; buenos amigos con quienes discutir; esfuerzos y descansos; vigilias que son vigilias y dormires que son dormires; ensueños que lo son y lo cotidiano tal cual.

Nada de lo que llega o de lo que se va lo hace por su gracia. Porque hubo, sí, épocas en las que fui excesivo y exagerado y visité las regiones de mis tinieblas interiores en expediciones de exploración, consecuente y necesaria, de las que regresé gracias a la luz del faro de mis preguntas y respuestas, de mis lecturas del ocio o de la obligación y, con todo ello, cartografíe los mapas de mi futuro, porque como le decía Séneca a Paulino:

"La vida es breve; el arte largo"

(Séneca, De la brevedad de la vida).

A Séneca los remito para la restante cantaleta.

Mi objeto ideal del deseo, mi paraíso, siempre fue aspirar a la felicidad de poder crear y pensar las respuestas a mis preguntas a partir de todas mis lecturas en las páginas del misterio, de la Naturaleza, de mis sueños, de mi imaginación, de mi pensamiento, de mi cuerpo, de los otros y lo otro, de los libros, antes de papel y ahora de luz, en fin, de todo aquello que fuera legible.

Soñar en un sueño irrealizable que es la felicidad, porque los sueños que se realizan se convierten en pesadillas.

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De Roma, retornar más atrás, hasta la "verdadera" filosofía griega, esa que pensaba en el cuerpo como cuerpo y en la filosofía como medicina para el alma. Esa que ofrece el más saludable de los programas para "la alegría de vivir" y la mejor terapia para los males de nuestros tiempos.

Esa filosofía que Michel Onfray se ha propuesto rescatar con sus ya abundantes libros y con la escritura de los seis volúmenes de su obra: "Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía", de los que ya publicó el primer volumen y en los cuales, según sus propias palabras, se propone:

"[...] volver a contar los grandes episodios de estas abundantes aventuras, desde Leucipo hasta Jean-Francois Lyotard, el último de los muertos ilustres; es decir, más de veinticinco siglos de colores, luces, abigarramientos solares, vivos cromatismos, pensamientos generosos, sabidurías pródigas y existencialmente útiles. Todo lleva a creer que, inmutada, radiante y luminosa, esa filosofía de la incandescencia hedonista está disponible para nuevas aventuras".

Como quien dice, el ambicioso proyecto de Michel Onfray de cambiar las formas y contenidos por los que estamos acostumbrados a pensar y a sentir que son el dolor y el sufrimiento los excelsos valores con los que se compran la gloria y la felicidad eterna en el más allá, olvidándose de la salud y la felicidad del cuerpo y de la mente en este más acá.

Reinstaurar aquellos valores censurados que proponían "la alegría auténtica", de Leucipo o "el goce del placer en uno mismo", de Demócrito o "el placer supremo", de Epicuro o "la voluptuosidad divina", de Lucrecio o "de la alegría de nuestra naturaleza", de Diógenes de Enoanda.

Disfrutar "el arte de combatir la tristeza", propuesto Antifón, el inventor de un verdadero psicoanálisis por medio del cual no se habrían sufrido las consecuencias de las pernicias del psicoanálisis de Freud, Jung, Lacan y el resto de los dañinos miembros de sus sectas psicoanalíticas, torturadores "a mansalva y sobreseguros" de cuerpos y mentes.

O, se tendría la opción de convivir con el modelo epicúreo latino del Jardín de Herculano en el que Filemón de Gandara proponía una ética en la que "el trabajo solitario adquiere sentido en el intercambio solidario".

En fin, descubrir y explorar ese un nuevo universo en el cual lo humano es humano, verdaderamente, humano, en el que el cuerpo sea "la gran razón" de la que hablaba Nietzsche en "La gaya ciencia", otro de los filósofos libres de Michel Onfray.

En los libros de Michel Onfray se pueden encontrar abundantes propuestas para crearse un propio programa de lecturas y actividades para el cuerpo, la mente y el espíritu. La lectura misma de sus libros ya es parte de un programa de "alegría de vivir".

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Al final del día y antes de dormirme, he separado un breve tiempo, particular y privado, para mi entero disfrute y para la preparación de mañana. Un momento secreto como ese que describió William Blake en uno de sus poemas:

"Cada día hay un momento que Satán no puede hallar

ni sus diablos tampoco, pero que el hombre industrioso

encuentra, y lo multiplica, y ése, una vez encontrado,

renueva cada momento si el tiempo es el adecuado".

NOTAS

(1) Iván Rodrigo García Palacios, Beso Rico-EROS ALQUÍMICO, 2a. parte.

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Lector Ludi por Iván Rodrigo García Palacios se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.