7 de enero de 2009

El amor y otros asuntos de Malcolm Lowry
a Juan Rulfo y a Gabriel García Márquez


Por Iván Rodrigo García Palacios

En la literatura, como en la materia de los seres vivos, nada es ni inocente ni ingenuo; todo tiene causa y efecto, conexión y correspondencia, nexo y relación; a lo más, entropía y evolución, reproducción y mutación. Pero, lo mejor de todo, es que la literatura es el juego que explora con los lenguajes de la imaginación aquellos misterios de la naturaleza humana para los cuales los lenguajes de la razón todavía carecen de explicación.
Es por todo ello que la escritura y la lectura de la literatura son actividades que al LECTOR LUDI le permiten tanto especular como analizar... jugar. Dejo a los críticos el enmarañar los misterios de "La Santísima Trinidad" con toda su metafísica literaria.
Jugar. De eso se trata en lo siguiente.
Al final del capítulo IX de la novela de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, en tres breves párrafos, Lowry crea una poderosa imagen literaria que, como toda la materia de esa novela, está revestida de tal poder simbólico, el que no viene al caso exponer ahora en la exploración que emprendo. Mi atención está enfocada a otros asuntos.

Comienzo por transcribir esos tres párrafos:

"Ahora en la plaza sus propias sombras se dirigían hacia las puestas gemelas de la taberna Todos Contentos y Yo También: bajo las puertas advirtieron lo que parecía ser el extremo inferior de una muleta: alguien que se marchaba. La muleta no se movía; su propietario discutía tras la puerta. Tal vez una última copa. Luego, desapareció: tiraron de una de las puertas y algo salió.
Doblado, gimiendo bajo el peso, un indio viejo y cojo llevaba sobre las espaldas, mediante una correa que pasaba por la frente, a otro pobre indio aún más viejo y decrépito que él. Llevaba al anciano con sus muletas, y cada uno de sus miembros temblaban bajo este peso del pasado; llevaba la carga de los dos.
Los tres permanecieron contemplando al indio que desapareció con el anciano al girar en una curva del camino, adentrándose en la noche y arrastrando en el polvo gris y blanco sus míseras sandalias" (BV: p. 316) (1).
En el cuento de Juan Rulfo, No oyes ladrar los perros, publicado por primera vez en la primera edición de El llano en llamas, de 1953, se relata el viaje de un viejo con el cuerpo de su hijo Ignacio a las espaldas buscando un pueblo en la oscuridad de la noche a la luz de la luna, la primera descripción ambiental que hace Juan Rulfo, es la siguiente:
"La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
"La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda" (2).
Muchos años después diría Juan Rulfo:
"[...] un cuento, Luvina, me dio la clave" (3).
Con ello se refería a la clave que le permitiría escribir Pedro Páramo. Luvina apareció, al igual que No oyes ladrar los perros, por primera vez en la primera edición de El llano en llamas de 1953.
En septiembre de 1953, Juan Rulfo, quien, por su anterior desempeño laboral debió tener un manejo suficiente del inglés, ingresó como becario al Centro Mexicano de Escritores:
"Hacía años que trabajaba en una novela y esperaba que su incorporación al Centro en calidad de becario le ayudara a sacarla adelante.
El Centro Mexicano de Escritores nació por iniciativa de la novelista norteamericana Margaret Shedd, quien consiguió dinero de la Fundación Rockefeller para apoyar mediante becas a los escritores mexicanos" (4).
Juan Rulfo, que según sus propias palabras y para rechazar una crítica que le hiciera uno de sus compañeros becados en el Centro cuando leyó allí los primeros manuscritos de Pedro Páramo y quien le recomendó que, antes de escribir novelas primero tendría que leer muchas novelas, dijo:
"Leer novelas es lo que [he] hecho toda mi vida" (5).
Juan Rulfo fue un lector exhaustivo de novelas y novelísticas. Leyó, en el inglés original, buena parte de la mejor literatura y narrativa de los escritores estadounidenses e ingleses: James Joyce, William Faulkner, John Steinbeck y quién sabe cuantos más en un largo etcétera. Además, en versiones al español, otras literaturas y narrativas de todo el mundo que no viene al caso mencionar.
Lo cierto es que, dada la íntima relación con México, Juan Rulfo debió haber leído, para esa época, Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, publicada en inglés en 1947 y que "fue un éxito de la crítica en Estados Unidos y se encaramó a las listas de best-sellers" (6). La primera versión en español sólo fue publicada por Ediciones Era en 1964.
Para tener en cuenta y sin intención de ofender, el que Juan Rulfo fuera alcohólico como lo fuera Malcolm Lowry, debió haber sido un motivo de curiosidad para el primero. Quizás una casualidad cuya importancia se juzgará por los resultados y no por el chisme.
Hasta el momento y por más que he buscado, no he encontrado ningún testimonio directo que me confirme que Juan Rulfo hiciera esa lectura. Sin embargo y dadas las circunstancias de proximidad e importancia, es imposible que no hubiera leído Bajo el volcán entre 1947 y 1953. Son inextricables los motivos por los cuales los escritores ocultan o niegan algunas de sus lecturas primordiales. Juan Rulfo no es la excepción.
Lo que si me he encontrado y así sea poco, son algunas referencias sobre las posibles conexiones, correspondencias, nexos y relaciones de la obra de Juan Rulfo con Bajo el volcán, de Malcolm Lowry.

La primera y más significativa, de Octavio Paz, en Corriente alterna, 1967:

"JUAN RULFO: REGRESO AL PARAÍSO


"Si el tema de Malcolm Lowry es el de la expulsión del paraíso, el de la novela de Juan Rulfo (Pedro Páramo) es el del regreso. Por eso el héroe es un muerto: sólo después de morir podemos volver al edén nativo. Pero el personaje de Rulfo regresa a un jardín calcinado, a un paisaje lunar, al verdadero infierno. El tema del regreso se convierte en el de la condenación; el viaje a la casa patriarcal de Pedro Páramo es una nueva versión de la peregrinación del alma en pena.
Simbolismo -¿inconsciente?- del título: Pedro, el fundador, la piedra, el origen, el padre, guardián y señor del paraíso, ha muerto; Páramo es su antiguo jardín, hoy llano seco, sed y sequía, cuchicheo de sombras y eterna incomunicación. El Jardín del Señor: el Páramo de Pedro. Juan Rulfo es el único novelista mexicano que nos ha dado una imagen -no una descripción- de nuestro paisaje. Como en el caso de Lawrence y Lowry, no nos ha entregado un documento fotográfico o una pintura impresionista sino que sus intuiciones y obsesiones personales han encarnado en la piedra, el polvo, el pirú. Su visión de este mundo es, en realidad, visión de otro mundo".

La segunda, la de Óscar Brando, en su artículo El otro Juan Rulfo:

"Pero si se quiere un caso próximo a Rulfo en el tiempo y en el espacio piénsese en Malcolm Lowry y su novela Bajo el volcán. El ingreso al mundo de los muertos, que tenía una larga tradición literaria (sobre todo por La divina Comedia) estaba prefigurado en el extenso drama del capítulo 15 de Ulises" (7).

Y, la tercera, es de Sonia Mattalía Alonso, en su ensayo: Contigüidad de los textos: Juan Rulfo/Malcolm Lowry, publicado en el número especial sobre Juan Rulfo de la revista española Cuadernos Hispanoamericanos, No. 421-423 (1985), pp. 205-214, pero del cual no he podido encontrar una copia.

Mientras tanto, es del caso examinar esa literatura en la que los personajes son los muertos...
Para Juan Rulfo, los muertos fueron personajes primordiales desde su misma infancia, pero fue ya en su narrativa y poesía que se transformaron en personajes esenciales. Quizás inspirado por Dante y algunos otros grandes maestros de la literatura universal. Sin embargo, me gusta pensar que fue en Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, también él un devoto dantiano, donde descubriera que en la literatura los muertos podrían ser protagonistas, habitantes simultáneos en ambos mundos que, al parecer, es uno y el mismo.
Eso es exacto lo que hizo Malcolm Lowry en Bajo el volcán. Geoffrey Firmin, El Cónsul, e Ivonne, vuelven, un años después de muertos, para relatar las tragedias de sus existencias durante las últimas doce horas de su vida, mientras se desplazan en aquel dantesco, desolado y onírico escenario mexicano, poblado por seres que devienen, ellos mismos, entre vivos y muertos. O, como M. Laruelle, testimonio de la tragedia.
Los muertos y los dantescos y desolados escenarios de Malcolm Lowry y de Juan Rulfo, les son propios y originales, sin embargo, como los de Dante, están conectados por ese hilo de sangre evolutivo que recorre toda la vida y la literatura universal desde el primordial y mítico origen.
Geoffrey Firmin, El Cónsul, e Ivonne, QUAUHNÁHUAC, como Pedro Páramo y Comala, nacieron para la literatura en ese río heraclitiano en cuyas aguas, siempre las mismas, siempre otras, fluye la historia de la vida y las artes del Homo-Humano.

Una historia que fluye hacia otras historias.
En 1962, Gabriel García Márquez descubre asombrado y fascinado los cuentos y la novela de Juan Rulfo, hasta el punto de aprendérsela de memoria.
Dos años después, en 1964, según lo cuenta Gabriel García Márquez:
"Más tarde, Carlos Velo y Carlos Fuentes me invitaron a hacer una revisión crítica de la primera adaptación de Pedro Páramo para el cine" (8).
Tanto Carlos Fuentes como Carlos Velo, eran amigos cercanos a Juan Rulfo, a su familia y a su casa, lo que permite pensar que fue en aquel tiempo de 1964 cuando Gabriel García Márquez conoció personalmente a Juan Rulfo y que, con plena seguridad, en sus conversaciones intercambiaron confidencias literarias, de las cuales no debió ser ajena la obra de Malcolm Lowry, de quien por esos días se publicó la primera versión al español de Bajo el volcán y aquel número especial dedicado a él, su obra y su vida, por la Revista de la Universidad de México, provocando revuelo en el ámbito intelectual y cinematográfico mexicano.
Las consecuencias de estos y otros eventos sobre el origen y el "nacimiento" de Cien Años de soledad, ya las he presentado en mi libro: Desde las entrañas de Bajo el volcán al "furor" de Cien años de soledad (9).

***

Así que doy un salto hasta El otoño del patriarca, publicada en 1975.
En 1982 Gabriel García Márquez le dijo a Plinio Apuleyo Mendoza:
"- Me has dicho que todos tus libros tienen como punto de partida una imagen visual. ¿Cuál fue la imagen de El otoño del patriarca?"
"- Es la imagen de un dictador muy viejo, inconcebiblemente viejo que se queda sólo en un palacio lleno de vacas" (10).
El Pedro Páramo, de Juan Rulfo, es un cacique mexicano, dueño de la vida, honra y bienes, en Comala:
"Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna, poco antes de que se fuera la última sombra de la noche" (Toda la obra, p. 296).
El patriarca de Gabriel García Márquez:
"La segunda vez que lo encontraron carcomido por los gallinazos en la misma oficina, con la misma ropa y en la misma posición, ninguno de nosotros era bastante viejo para recordar lo que ocurrió la primera vez, pero sabíamos que ninguna evidencia de su muerte era terminante, pues siempre había otra verdad detrás de la verdad" (11).
Y, así, ese patriarca, a quien lo habían encontrado una primera vez y lo volverán a encontrar en otras ocasiones hasta su muerte... definitiva, se conecta y corresponde con la segunda vez que aparece Pedro Páramo sentado en el viejo equipal:
"Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas" (Toda la obra, p. 302).
Ambos, cacique y patriarca, muriéndose a pedazos.
Retrocediendo hasta aquel otro dictador: para Malcolm Lowry su dictador es aquel que recuerda el señor Bustamante en el capítulo I, una especie de "Gran Hermano" criollo:
"El señor Bustamante, que era mayor de lo que parecía, recordaba los tiempos de Porfirio Díaz, la época en la cual en los Estados Unidos cada pueblecillo de la frontera mexicana tenía un "cónsul" [...] mantenidos por Díaz. Claro está que no eran cónsules sino espías" (BV: cap. I, p. 51).
Claro que en los demás capítulos de Bajo el volcán, Malcolm Lowry denuncia los terrores de esa peste universal que los fascistas extienden desde Europa y a la que se propone combatir Hugh, el hermanastro de El Cónsul, en España, de ahí la reiterada mención de:
"La batalla del Ebro".
Denuncia que se vuelve delirante en el capítulo XII y que conduce al trágico desenlace de las muertes de El Cónsul e Ivonne.
Además de un modelo de dictador, Malcolm Lowry se propuso desvelar los terrores ideológicos del fascismo.
Sin embargo, era necesario remontarse todavía mucho más en el tiempo para presenciar el nacimiento del modelo de estos dictadores de Malcolm Lowry, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y otros:
Aun cuando no lo reconocieran abiertamente, los novelistas latinoamericanos de la mitad del siglo XX, le debían a don Ramón María Valle-Inclán, el modelo fundador de sus personajes-dictadores, pero, de manera más primordial, es en el Tirano Banderas, retrato y espejo, en el que se contemplaron los dictadores de Lowry y, de forma particular y evidente, de Rulfo y García Márquez:
"Inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en una remota ventana, atento al relevo de guardias en la campa barcina del convento, aparece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo. En el Perú había hecho la guerra a los españoles, y de aquellas campañas veníale la costumbre de rumiar coca, por donde en las comisuras de los labios tenía siempre una salivilla de verde veneno. Desde la remota ventana, agaritado en una inmovilidad de corneja sagrada, está mirando las escuadras de indios, soturnos en la cruel indiferencia del dolor de la muerte (...) Tirano Banderas, en la remota ventana, era siempre el garabato de un lechuzo" (TB, pp. 10-11 y 12) (12).
Y, la más asombrosa de las conexiones: esa estética de esperpentos y fantoches de don Ramón María del Valle-Inclán, en la que los muertos conversan sobre los vivos.
Al hacer una lectura lúdica de las obras de Malcolm Lowry, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, pareciera que ellos estuvieran escribiendo, a su propio genio, modo y estilo, en aquella estética que don Ramón María del Valle-Inclán propuso con su escritura de esperpentos y fantoches en la Escena XII, de Luces de bohemia:
"Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada".
A lo que después le agregó en el prólogo de Los cuernos de don Friolera:
"Mi estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos".

***

Y, un segundo salto, hasta 1985, para establecer las conexiones, correspondencias, nexos y relaciones entre los trágicos amores de Bajo el volcán, Pedro Páramo y El amor en los tiempos de cólera.
Para Malcolm Lowry, en Bajo el volcán, la tragedia del amor esta signada por un verso de Fray Luis de León: el poeta-sacerdote ascético español del siglo XVI quien fuera condenado por la Inquisición por traducir al español el Cantar de los Cantares:
"No se puede vivir sin amar" eran las palabras escritas en la casa" (BV: cap. I, p. 26 y cap. VII, p. 242).
El mismo verso que permite también establecer las conexiones, correspondencias, nexos y relaciones con el incesto, pero esa es otra historia.
En 1980, cuando el homenaje nacional a Juan Rulfo, Gabriel García Márquez escribió:
"El otro problema -inseparable del anterior- era el de las edades. En toda su obra, Juan Rulfo ha tenido el cuidado de ser muy descuidado en cuanto a los tiempos de sus criaturas. Narciso Costa Ros ha hecho hace poco una tentativa fascinante de establecerlos en Pedro Páramo. Yo siempre había pensado, por pura intuición poética, que cuando Pedro Páramo logró por fin llevar a Susana San Juan a su vasto reino de la Media Luna, ella era ya una mujer de sesenta y dos años. Pedro Páramo debía ser unos cinco años mayor que ella. En realidad, el drama me parecía más grande, más terrible y hermoso, si se precipitaba por el despeñadero de una pasión senil sin alivio. Las edades establecidas para ambos por Costa Ros no son las mismas, pero no están muy lejos de las que yo había supuesto. Semejante grandeza poética era impensable en el cine. En las salas oscuras, los amores de ancianos no conmueven a nadie" (13).
Ese amor senil de Pedro Páramo por Susana San Juan, será reivindicado por Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera.
Prefiero creer que lo que Gabriel García Márquez reivindica es el truncado amor de Susana San Juan y Florencio.
Acepto que el erotismo y los amores literarios de Malcolm Lowry y Juan Rulfo son diametralmente opuestos a los narrados por Gabriel García Márquez y, quizás por ello, comparables.
Mientras que para Susana San Juan, la erótica de su amor es una dulce y tierna calidez, tal y como lo expresan sus inaudibles murmullos frente al padre Rentería y dirigidos al asesinado Florencio:
"Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimiendo mis labios..." (Toda la obra, p. 292).
"Él me cobijaba entre sus brazos. Me daba amor" (Toda la obra, p. 293).
Para el caso de los amores de Florentino Ariza y Fermina Daza, estos están dominados por un violento pero lánguido erotismo, ardiente y sexual, pero ya impotente, tal y como lo expresa Florentino Ariza:
"Demasiado amor es tan malo para esto como la falta de amor" (14).
Y, por supuesto, Malcolm Lowry, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, comparten en las tres novelas el triángulo amoroso y algo más, como el incesto, lo que las conecta , corresponde y traspone. Geoffrey Firmin, El Cónsul, Ivonne y M. Laruelle, en Bajo el volcán; Pedro Páramo, Susana San Juan y Florencio, en Pedro Páramo y, Juvenal Urbino, Fermina Daza y Florentino Ariza, en El amor en los tiempos del cólera. Los dos primeros amores trágicos y macabros, el último, como diría su autor, "desmadrado".
En fin, imágenes literarias, dictadores, amores, para jugar a desentrañar aquellos otros misterios de la literatura que la crítica, tan seria ella, desecha por considerarlos poco académicos. Allá ellos, así como me interesan sus mecánicos ensayos, por mi parte, gozo mucho más inventando mis hipótesis descabelladas.
Y, para dejar abierto el juego, se me ocurre preguntarme si podrían existir conexiones, correspondencias, nexos o relaciones entre ese rompecabezas estructural que es Pedro Páramo con ese otro rompecabezas extraordinario que será Rayuela, de Julio Cortázar.
Me parece extraño que en sus escritos críticos, políticos, conferencias, cartas, etc., Julio Cortázar mencione reiteradamente a los mismos escritores de los considerados del "boom" y, por ninguna parte, mencione para nada a Juan Rulfo, aún y cuando se refiera específicamente a la narrativa contemporánea mexicana. Por algo fue.
Otra aventura para LECTORES LUDI.

NOTAS

(1) Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Tusquets, Barcelona, 1997. Todas las citas corresponden a esta edición.
(2) Juan Rulfo, Toda la obra: No oyes ladrar los perros, ALLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 134. Todas las citas corresponden a esta edición.
(3) Juan Rulfo: La literatura es una mentira que dice la verdad. Una conversación con Ernesto González Bermejo. En: Juan Rulfo, Toda la obra, LLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 462.
(4) Sergio López Mena, Así nacieron El llano en llamas y Pedro Páramo. En: Juan Rulfo, Toda la obra, ALLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 510.
(5) Juan Rulfo, "Pedro Páramo, treinta años después", Cuadernos Hispanoamericanos 421-423 (1985), p. 6. Citado por: Samuel Gordon en Juan Rulfo: una conversación hecha de muchas. Diálogo entre textos, pre-textos y para-textos. En: Juan Rulfo, Toda la obra, ALLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 514.
(6) Conrad Knickerbocker, San Malcolm entre los pájaros, Revista Quimera, No. 53, p. 12.
(7) Encontrado en:
http://www.diarioelpais.com/suplementos/cultural_00_10_13/index.phtml?3
(8) Gabriel García Márquez, Nostalgia de Juan Rulfo. En: Juan Rulfo, Toda la obra, ALLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 902 (publicado por primera vez en: Juan Rulfo, Homenaje nacional, México, Instituto Nacional de Bellas Artes / S. E. P., 1980, pp. 31-33).
(9) Iván Rodrigo García Palacios, Desde las entrañas de Bajo el volcán al "furor" de Cien años de soledad:
http://lowry-garciamarquez.blogspot.com/
(10) Plinio Apuleyo Mendoza, El olor de la guayaba. Conversaciones con Gabriel García Márquez, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1998 (primera edición, 1982), p. 121.
(11) Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1996, p. 53.
(12) Ramón María Valle-Inclán, Tirano Banderas, Planeta, Barcelona, 1994, pp. 10-11 y 12.
(13) Gabriel García Márquez, Nostalgia de Juan Rulfo. En: Juan Rulfo, Toda la obra, ALLCA XX / Fondo de Cultura Económica, Colección Archivos: 2a edición; 17, 1996, p. 903 (publicado por primera vez en: Juan Rulfo, Homenaje nacional, México, Instituto Nacional de Bellas Artes / S. E. P., 1980, pp. 31-33).
(14) Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, Oveja Negra, Bogotá, 1985, 1a. edición, p. 462.

6 de enero de 2009

Crítica a la lectura y a la escritura
en Sócrates y Platón


Por Iván Rodrigo García Palacios

Sócrates y Platón tenían la razón en contra de lo que la casi totalidad de sus estudiosos han considerado como una crítica y un rechazo a la lectura y a la escritura, así como un supuesto elogio de la memoria.

Lo que ambos nunca plantearon fue un rechazo de la lectura y de la escritura, sino y por el contrario, lo que anunciaron fue una apocalíptica profecía sobre lo qué sucedería con la alfabetización sin "alma" ni sentido. La formación masiva de alfabetos funcionales. Profecía que se encargaron de cumplir cabal y macabramente las religiones de El Libro: La Biblia y El Corán. Y, junto a ellas, los absolutismos y los mismos cultos y rituales de trágico terror reproducidos por el pedantismo academicista moderno... hasta hoy: Producir hombres como objetos estandarizados y de consumo masivo.

Lo que Sócrates y Platón criticaron y rechazaron fue la memoria que repite mecánicamente, al igual que el leer y el escribir mecánico o imitativo. Eso es lo que debe entenderse de su supuesta crítica a la lectura y a la escritura, cuando en Fedro Platón establece las nueve jerarquías de las almas según el grado de verdad que han "visto" o "contemplado".

La primera jerarquía corresponde al verdadero filósofo:

"Es ley que el alma que ha visto el mayor número de seres se trasplante en una simiente de hombre que deberá convertirse en amigo del saber y amigo de lo Bello, o amigo de las musas, o deseoso de amor" (Fedro, 248d-e).


La sexta está dedicada a los poetas y a aquellos que son imitadores o reproductores de lo establecido:

"A la sexta convendrá la vida de un poeta o de algún otro de los que se ocupan de imitación" (Fedro, 248d-e).


Las dos últimas y las más bajas en la escala humana, corresponden:

"A la octava, la vida de un sofista o de un cortejador del pueblo. A la novena, la vida de un tirano" (Fedro, 248d-e).


Para luego sentenciar categóricamente:

"El alma que no haya contemplado nunca la verdad no podrá alcanzar jamás la forma de hombre" (Fedro, 249b).


Porque ese hombre es el filósofo que Platón define en República:

"Los verdaderos filósofos son los que aman contemplar la verdad" (República, V 475e).


Y, como más adelante mostraré, el camino de quien aspira a ser lector y escritor, será el que conduzca a esa "visión" y a esa "contemplación", las mismas en las que se inspiraron los humanistas italianos del Renacimiento y algunos otros visionarios, al interpretar esta idea platónica:

"Por eso, el filósofo, teniendo familiaridad con lo que es divino y ordenado, se torna él mismo también en ordenado y divino, en la medida en que es posible a un hombre" (República, VI 500b-d).


El hombre, cuerpo y alma, es materia divina que se hace a sí mismo, con esfuerzo y voluntad, a imagen y semejanza de sus dioses y demonios y que no se con-forma, pasivamente, según los caprichos y designios de esos dioses y demonios.

Lectura sobre el ser del hombre que Sócrates, Platón y sus inmediatos predecesores oponían a las visiones de las realidades que poetas, sacerdotes, gobernantes y políticos, hacían y mantenían de la tradición por medio de la memoria mecánica. Para aquellos nuevos griegos, el poder no será ya un atributo que los dioses otorgan a unos cuantos privilegiados, esa ideología que reinterpretarán las religiones del Libro, los absolutismos y las dictaduras para su beneficio y con sus macabras consecuencias.

Idea del poder de devenir en dioses por sí mismo que Giordano Bruno, al igual que los humanistas italianos renacentistas, expresa y explica así para definir su "furioso heroico":

"He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Los Heroicos Furores, I, 4).


Trátese del filósofo, según Sócrates y Platón o del "furioso heroico", según Giordano Bruno o el Hombre Nuevo de los humanistas italianos renacentistas, seguir ese camino es una labor, un trabajo y una misión que el hombre asume y lleva a cabo con duro esfuerzo y plena voluntad. Sólo aquel que sabe dónde está parado, sabrá hacía dónde deseará ir.

En fin, las mismas ideas que inspiraron a Jean-Jacques Rousseau, a la Ilustración y a la Revolución Francesa.

Pero, esos son otros asuntos que será necesario explorar en ocasión propicia, lo que ahora interesa es distinguir: leer y escribir de lectura y escritura.

Lo primero que debe entenderse es: en la mayoría de los idiomas se acepta que leer y escribir son lo mismo que lectura y escritura y que como tales operan tanto en la práctica lingüística como en la investigación científica.

Es por ese motivo que, a la hora de reflexionar, se hace casi imposible diferenciar las naturalezas del leer y del escribir, de las naturalezas de la lectura y de la escritura, lo cual hace casi que imposible el diferenciar y definir a quienes saben leer y escribir de quienes son lectores y escritores.

Para los efectos de estas anotaciones y para precisar el empleo de los conceptos, propongo las siguientes definiciones para leer y escribir, y para lectura y escritura.

Saber leer y escribir, son la repetición correcta y adecuada de unas acciones previamente marcadas, tanto en su funcionamiento como en su finalidad.

Por su parte, la lectura y la escritura, como actividades mentales que son, si bien se apoyan en las funciones cerebrales de leer y escribir, implican, conjunta y simultáneamente, la totalidad de la actividad cerebral y mental: percibir, analizar, interpretar, pensar, imaginar, asociar, recordar (memoria), sentir (sensaciones), simbolizar, emoción, ánimo, expresión, etc.

Lectura y escritura, son el análisis, la interpretación, la comprensión y la dotación de sentido, tanto del contenido, forma y funcionamiento de la propia conciencia como de todo aquello que se percibe por los sentidos. Lectura y escritura son una actividad cuya dinámica se inicia con el leer y el escribir y cuya finalidad es el descubrimiento de conocimiento... hacía un horizonte sin fin.

Conocimiento que es aquello que se intuye, imagina, se anticipa y se descubre en lo desconocido, que es siempre lo nuevo. Novedad que, una vez experimentada, probada y verificada, se convierte en información. Información que se acumula, se preserva y se maneja para continuar descubriendo conocimiento. La imaginación explora en el misterio y en lo desconocido para que la razón convierta, lo descubierto, en conocimiento e información.

A manera de ejemplo y para diferenciar leer de lectura y escribir de escritura, pienso que quien sabe leer un manual de instrucciones y las sigue correctamente, no necesariamente es un lector. O, quien trascribe un texto, sabe escribir pero no es escritor. Sin embargo, quien escribe el manual, tiene, por necesidad, que ser lector y escritor.

Lo mismo sucedería con quien al leer una obra literaria, ensayística o científica, entiende y comprende sólo la literalidad de lo escrito, es cierto, sabe leer, pero no es lector, puesto que no realiza el análisis, la interpretación, la dotación de sentido y el descubrimiento de conocimiento, que lo conducirán a convertirse en escritor, que es quien, luego de haber realizado una lectura, produce la trascripción del resultado de su análisis, interpretación, dotación de sentido y convierte en información el conocimiento que ha descubierto.

EL "CÍRCULO HERMENÉUTICO"

Es a partir de esos conceptos que interpreto la crítica de Sócrates y Platón sobre la lectura y la escritura. Ellos, al criticar la mecánica de la memoria que repite y guía los actos y pensamientos por ideas, palabras y frases establecidas y aceptadas, retoman aquello que los intelectuales, filósofos y científicos griegos de los siglos V y IV, combatían y criticaban: el pensamiento mítico homérico, la superstición, proponiendo, en su lugar, el pensamiento racional (1), el "theorizar", ese resultado de la "visión" o "contemplación" de las realidades (2) para descubrir el conocimiento y convertirse o ser dioses ellos mismos, tal y como lo asumieron luego los humanistas italianos del Renacimiento (3).

La propuesta de Sócrates, maestro de la "contemplación" y del pensar dialéctico, y de Platón, excelente lector y escritor, sobre las verdaderas lecturas y escrituras, es la misma que formuló Gadamer para el "círculo hermenéutico" y para la que él partió de Schleiermacher:

"El patrimonio lingüístico de un autor y la historia de su época se comportan como el todo a partir del cual deben comprenderse sus escritos como el elemento singular, y, a la inversa, este todo debe comprenderse a su vez a partir de lo singular".

(...)

"También dentro de un solo escrito, el elemento puede comprenderse solamente a partir del todo" (4).


Y, sobre todo, de Heidegger:

"Este círculo no debe rebajarse al nivel de un circulus vitiosus, ni siquiera tolerado. En él se alberga una positiva posibilidad de conocer en la forma más original, aunque una posibilidad que sólo es empuñada de un modo genuino cuando la interpretación ha comprendido que su primera, constante y última función es evitar que las ocurrencias y los conceptos populares le impongan en ningún caso el "tener", el "ver" y el "concebir" "previos", para desenvolver éstos partiendo de las cosas mismas, de suerte que quede asegurado el tema científico" (5).


"Círculo hermenéutico" que Giovanni Reale (6) considera que ya había sido propuesto por Platón, en Fedro:

"Todo discurso debe estar compuesto como un ser viviente que tiene un cuerpo, de tal modo que no resulte sin cabeza ni sin pies, sino que tenga las partes del medio y las extremidades escritas de tal manera convenientemente una respecto de la otra y respecto al todo" (Platón, Fedro: 264c).

"Quien considerase poder transmitir un arte con la escritura, y quien lo recibiese convencido de que, a partir de esos signos escritos, podrá extraer alguna cosa clara y consistente, debería estar colmado de gran ingenuidad e ignorar verdaderamente el vaticinio de Amón (a saber, que la escritura no da memoria sino solamente capacidad de atraer a la memoria, ni sabiduría sino sólo opinión), si considera que los discursos puestos por escrito son algo más que un medio para traer a la memoria de quien sabe las cosas sobre las cuales versa el escrito" (Platón, Fedro: 275c-d).

"Verdaderamente, aun los mejores escritos no son otra cosa más que medios para ayudar a la memoria de aquellos que saben" (Platón, Fedro: 278a).

O, para ser más trágico, tal y como dice Esquilo en Agamenón:

"De buena gana hablo a los que saben, y de los que no saben me escondo".


Será, en esa tradición de hombres que emprenden el camino del descubrimiento de la verdad o, para ser posmodernos, del conocimiento, que será posible transformarse de hombres que saber leer y escribir en verdaderos hombres, lectores y escritores, aquellos que, como dijera Platón, tras contemplar lo divino "se tornan ellos mismos también en ordenados y divinos". Y que, como dice Giordano Bruno, "viven la vida de los dioses, nútrense de ambrosía y de néctar se embriagan".

Para legitimar mi invitación a la "visión" y a la "contemplación" de la lectura y la escritura, cito una de las razones por las cuales Platón consideraba que saber leer y escribir no eran suficientes:

"El conocimiento de estas cosas no es en modo alguno comunicable como los demás conocimientos, sino que, tras muchas discusiones sobre estas cosas y después de una comunidad de vida, como una luz que se enciende por una chispa que salta, él nace de improvisto en el alma y se alimenta de sí mismo" (Carta VII, 341c-d).


NOTAS

(1) Jost Herbig, La evolución del conocimiento. Del pensamiento mítico al pensamiento racional, Herder, Barcelona, 1996.

(2) Giovanni Reale, Platón, en búsqueda de la sabiduría secreta, Herder, Barcelona, 2001, p. 260:

"El ejemplo más importante está en su uso de la palabra griega para "visión" o "contemplación" (theoria), que, por supuesto, se ha convertido, con toda facilidad, en nuestra palabra "teoría", por la que denotamos un nivel de discurso totalmente abstracto, pero que Platón utiliza para sugerir la "contemplación" de realidades que, una vez alcanzadas, están ahí para ser vistas".


En esta obra, Reale demuestra que la postura de Platón sobre la lectura y la escritura, como en tantas otras cosas, no era lo que se creía.

(3) Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental, Anthropos, Barcelona, 2003, pp. 135-136. Ver la explicación completa en las páginas 131 a 135.

"[...] los significados originarios de "theoria" como visión de lo divino, suma de la festividad, experiencia de lo inesperado y de la transformación subsiguiente tal como se produce mediante la experiencia del viaje".


(4) F. D. E. Schleiermacher, Ermeneutica, Milano, 1996, pp. 331 y 335.

(5) Martín Heidegger, El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, 1971, p. 171 ss.

(6) Giovanni Reale, Platón, en búsqueda de la sabiduría secreta..., p. 349 y ss.
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