2 de enero de 2006

LECTOR LUDI-12

La mejor literatura para enseñar
a pensar... filosóficamente


El filósofo autodidacto, de Abu Bakr ibn Tufayl, una novela filosófica de hace 900 años.
Otros filósofos novelistas, Sartre, Camus, Fernando González, y sus mejores obras filosófico-literarias

Por Iván Rodrigo García Palacios

Todos pensamos, pero ¿se sabe pensar? Uno de los lamentos más generalizados es que ya no se enseña a pensar. Que la educación transmite conocimientos pero no da la formación para saber pensar. No sé si será lamento de viejos pasados de moda o de quienes, en los ámbitos del trabajo y la cotidianidad, se encuentran con personas que tienen muchos conocimientos pero que no saben interpretar ni comprender lo que saben. Pero ¿qué es, cómo y para qué pensar?
Sin mucha metafísica, pensar, para el hombre “unificado en razón y en pasión”, del que habla el amigo Jairo Ibarbo (1) sería interpretar, comprender y transformar de manera ordenada, proyectiva y eficaz, lo que se siente y se hace, acumulándolo como conocimiento y convirtiéndolo en nuevo punto de partida, en un proceso infinito de acumulación y creación de ese conocimiento, lo que, al mismo tiempo, permite entrever ese extraño misterio de ser humanos. Y eso es lo que se supone hacen el filósofo y su filosofía.

Así, que la función de enseñar a pensar, que en la Grecia clásica estaba encomendada a los “filósofos”, esos hombres sabios, amantes de la sabiduría que buscaban, a la vez que la verdad, la salud del espíritu y el buen vivir ciudadano, fue traspasada, en la modernidad fragmentada y especializada, a la filosofía profesional y académica, que no son otra cosa que Historia de la Filosofía (con mayúsculas) y esa hermenéutica, que como dijo con fina ironía un olvidado filósofo de comienzos del siglo XX, “consiste en una serie de notas de pie de página a las obras de Platón”, y que, como tal, ya no puede ejercer ninguna enseñanza del pensar, pues perdió su objeto, al ser humano, en la intrincada selva de los sistemas y el ultimo absoluto. Como quien dice, en nombre del mismo ideal griego se disolvió en la confusión.

En fin, como se quejaba un amigo, en estos días la filosofía, en el buen sentido griego, ha sido desterrada de nuestras vidas y, en consecuencia, la existencia se ha hecho opaca y sin sentido, controlada por peligrosas ideologías mimetizadas de falsos iluminismos Nueva Era, la mayor parte de las veces simples y oscuros, que más que la verdad y el buen vivir ciudadano, sirven, como siempre han servido, para perpetuar la ignorancia en beneficio de intereses particulares, valiéndose para ello del poderoso instrumento que siempre ha sido la literatura, claro que de la más dudosa calidad, como la historia de la literatura se ha encargado de demostrar.

Valga la pena aclarar que existe una larga y profunda polémica sobre las relaciones entre filosofía y literatura, en la que estas notas no pretenden terciar de manera alguna, pues su propósito es el de mostrar que a la formación del pensamiento filosófico y al estimulo de la vocación de filósofo, también puede llegarse por la lectura de la buena literatura. Al igual que reseñar a cuatro filósofos novelistas, el primero de ellos, quizás el ejemplo más antiguo de una novela como sistema filosófico y tan cercano a la cultura hispánica que asombrará. Pero eso será más adelante.

FILOSOFÍA EN LA LITERATURA
Así que continuando con lo del poder de la literatura, como ésta es un arma de doble filo en las manos de la inteligencia, sólo han sobrevivido aquellas obras maestras de la literatura universal cuya razón de haber sido creadas ha sido y sigue siendo: enseñar a pensar y a descubrir las realidades del ser humano a través de la narración de las aventuras, las desventuras y los pensamientos de aquellos personajes que los novelistas crean para mostrar y demostrar lo qué somos los hombres, explorando en las tinieblas interiores de su humanidad.

Esas obras maestras están ahí, para ser aprovechadas y, si bien todas muestran el pensamiento e ideologías de su época, algunas de ellas, específicamente, fueron escritas con el propósito de exponer y demostrar una idea o sistema filosófico. O, mejor, como una guía para encontrar el camino de retorno al ideal griego, claro está, en las condiciones de nuestro propio tiempo y espacio.

En la larga lista de la historia de la filosofía, son muchas las novelas, poemas y otras obras de diversos géneros, cuyo contenido sustancial ha sido la divulgación y enseñanza de ideas filosóficas. Desde los griegos, y por influencia directa, los romanos, las obras de los poetas y los dramaturgos, estaban destinadas a enseñar a pensar y a criticar sus propias realidades. Quienes mejor, y a veces mucho mejor que los propios “filósofos”, los grandes escritores trágicos y cómicos, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, enseñaron a los griegos a liberarse de la superstición y a usar la razón en la determinación de su destino, al mismo tiempo que criticaban al poder como una investidura otorgada por los dioses.

En la cúspide del poder romano, serán Lucrecio, Cicerón, Séneca, Virgilio, Ovidio, así como los escritores satíricos, quienes se encargarán de divulgar, criticar y hasta burlarse, de la idea que del imperio y de sí mismos, tenían los romanos, al igual que exponían el pensamiento e ideologías que debiera dirigir su vida y sociedad.
Luego, entre la Edad Media y el Renacimiento, sería Giovanni Boccaccio, quien con su Decamerón desnudaría la estúpida credulidad y enaltecería la pícara burla, en un mundo caído de nuevo en la superstición, para proponer el retorno de la razón. Y la lista podría continuar larga y generosa por los siglos posteriores y por toda la geografía de la literatura universal, con Dante, Rabelais, Cervantes, Shakespeare, Diderot, Swift, Sade, De Quincey, Hawthorne, Melville, Goethe, Hugo, Chaucer, Milton, Novalis, Hölderlin, Kleist, Balzac, Flaubert, Tolstói, Dostoievski, Manzoni, Svevo, Proust, Döblin, Musil, Kafka, Papini, Bulgakov, Onetti, Sabato, Kawabata, Xingjian, y un extenso etcétera que cada cual resolverá su gusto.

LITERATURA Y FILOSOFÍA
Como se dijo antes, existen algunas obras de la literatura que los autores las crearon con la finalidad de presentar y demostrar sus ideas filosóficas por medio de los géneros y técnicas literarias, logrando, al mismo, una bella obra y una exposición vívida, y cuyo antecedente máximo serían los Diálogos platónicos y los exponentes modernos, La náusea, de Jean Paul Sartre y El extranjero, de Albert Camus, como se verá más adelante.

Algunos ejemplos de ello y que si bien no son propiamente novelas, la calidad de su narración las estimula a leer como si lo fueran. Inspirados en La República y Leyes, de Platón, los relatos sobre utopías, los más conocidos son: Utopía, de Tomas Moro; La ciudad del sol, de Tomaso Campanella; Nueva Atlántida, de Francis Bacon, y muy cercana, La ciudad de Dios, de San Agustín. O, como novelas propiamente dichas, Cándido, de Voltaire y La isla, de Aldous Huxley.

En este apartado, también se podrían incluir las confesiones, al que la española María Zambrano considera un género literario, las más famosas, las de San Agustín y Juan Jacobo Rousseau, a éste último habría que agregarle sus casi novelas: La nueva Eloisa y Emilio o de la educación, que forman parte de su obra filosófica.

Vale la pena destacar aquí, entre otras, la obra narrativa del alemán Thomas Mann, quien en sus novelas, cuentos y relatos, siempre se inspiró y se propuso la discusión crítica de las filosofías, teologías e ideologías que determinaron la existencia y vida social de su época: Doktor Faustus, y el sentido religioso de la vocación en el cristianismo; La montaña mágica, y su crítica al pragmatismo en perjuicio del espíritu y el amor; la tetralogía, José y sus hermanos, y la búsqueda de los valores universales de la civilización, para citar sólo tres.

Y, la del también alemán del siglo XX, Hermann Broch, quien en su trilogía Los sonámbulos, explora los límites de la libertad, la anarquía, la justicia, el amor, así como las posibilidades de redención humana, y que, en La muerte de Virgilio, explora los avatares de la existencia y la visión de la muerte.

CUATRO NOVELISTAS FILÓSOFOS
Ahora bien, voy a destacar cuatro filósofos que fueron magníficos novelistas, el primero, una asombrosa sorpresa bibliográfica, los otros tres, más que conocidos.

Cuatro siglos antes que naciera la novela moderna con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Cervantes, en el mismo territorio andaluz, el místico sufí y médico, Abu Bakr ibn Tufayl (Guadix, primer decenio del siglo XII- Marrakech, 1185), escribió la novela Epístola de Hayy ibn Yaqzan sobre los secretos de la sabiduría oriental, mejor conocida con el título de El filósofo autodidacto que le dio su primer traductor, E. Pococke, y en la que narra la evolución intelectual y moral de su protagonista, Hayy, que vive desde niño en una isla desierta y que aspira a llegar al máximo estado místico.

Del autor y la novela, dice Emilio Tornero en la introducción a la edición de Editorial Trotta (2): “Abu Bakr ibn Tufayl frecuenta las tariqas (comunidad o cofradía mística), es un sufí practicante, pero también es un hombre ilustrado, un intelectual, un filósofo. Ambos extremos son los que une en su vida, y es, sin duda, esta experiencia suya la que quiere transmitirnos en su obra, fundiendo filosofía y sufismo en una síntesis armoniosa en la que la filosofía es puesta el servicio de un fin místico, el de llegar a conseguir el éxtasis, pues éste es el objetivo principal de El filósofo autodidacto, mostrar prácticamente, mediante la narración de un caso ejemplar, el de un personaje, Hayy ibn Yaqzan, aislado de toda sociedad humana, cómo es posible conseguirlo, cómo la razón natural en su despliegue muestra el camino a seguir, descubriendo por sí sola, sin el auxilio de revelación ni de autoridad alguna, las verdades necesarias al hombre en su camino ascendente hacia la fusión con lo divino”.
Lamentablemente, se me ocurre pensar, que esta bella literatura árabe-andaluza, pueda estar siendo mal utilizada por mercantilistas escritores Nueva Era, que con superficiales y simplistas narraciones engañan a millones de lectores que creen estar encontrando el camino con su barata alquimia.

VIDAS PARALELAS
A las vidas y las obras de Jean Paul Sartre (1905-1980) y Albert Camus (1913-1960), se les puede aplicar con justicia el concepto de paralelismo: corrieron equidistantes pero sin posibilidad alguna de encontrarse, pues, a pesar la espesa fama, la presunta similitud de sus ideas filosóficas e ideológicas y algunas coincidencias históricas, que los medios de comunicación, en su prisa irreflexiva, les otorgaron sin fundamento, las diferencias son más notorias que las semejanzas, en especial en lo del existencialismo, salvo en una igualdad que sólo los enaltece pero no los acerca: fueron dos magníficos filósofos novelistas, y escribieron las novelas, que en la historia de la literatura universal, encarnarían el modelo de filosofía novelada, sin que ello signifique detrimento alguno para la filosofía o la novela.

La obra filosófico-literaria de Sartre estaría representada por sus dos novelas, La náusea y Los caminos de la libertad, y sus obras de teatro, las que la crítica ha exaltado y denigrado con suficiencia, y que en la actualidad ha venido a reivindicar, con justicia, también, por su excelencia literaria, tan innegable, que bien valdría la pena volver a leer y descubrir lo que significaron sus anticipaciones para la narrativa posterior.

Pero, ¿cuál es la filosofía de las novelas de Sartre? Véase lo que dice Álvaro Restrepo Betancur, en Sartre a través de La náusea (3):
“Una es la clave del pensamiento filosófico de Sartre: el dualismo onto-fenomenológico del en-sí y del para-sí. La “unión específica” de estas dos regiones del Ser es lo que constituye la totalidad, lo concreto, esto es: el hombre como “ser-en-el-mundo”.

En su “grueso libro de filosofía, El ser y la nada, Sartre hace el develamiento del sentido de estas dos regiones del Ser en cuya “unión sintética” se muestra la totalidad de la existencia.

“El ser es. El ser es en sí. El ser es lo que es”.

Tal es la fórmula definitoria del ser utilizada por Sartre. La primera característica del ser contenida en la fórmula que lo define, “el ser es”, apunta hacia el carácter absurdo de la existencia. El ser existe innecesariamente, de ahí que ante la presencia de la conciencia, el ser está “de más”. Absurdo, innecesario, increado, el ser es.
Roquentin, portavoz de este pensamiento sartriano, descubre en La náusea esta absurdidad e innecesariedad del ser que lo circunda:
“Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros”.

Hasta aquí la cita, y de nuevo la invitación a leer al Sartre novelista y al dramaturgo, de “el infierno son los otros”, en su obra Las moscas, lecturas para pensar en las inquietudes del existir.

UN EXTRAJERO EN EL MUNDO
Igualmente, la obra filosófico-literaria de Camus la componen tres de sus novelas: El extranjero, La peste y La caída, junto con sus obras teatrales y aquellos textos literarios de profunda reflexión filosófica como El verano y Bodas. Al contrario que Sartre, la obra literaria de Camus fue exaltada desde su publicación por la crítica especializada y su fama es tal que continúa siendo leída por miles de lectores, nuevos y viejos.

Y, ¿cuál sería la filosofía de Camus? Salvo por su equívoca vinculación y clasificación en las corrientes existencialistas, su pensamiento se orienta hacia otras respuestas y propuestas sobre la existencia humana, que bien valdría a los interesados estudiar, pues su actualidad es innegable.

Véase lo que dice el jesuita Charles Moeller, en el primer tomo de Literatura del siglo XX y cristianismo (4), en el fragmento que se inicia con la siguiente cita de Anverso y reverso del mismo Camus:
“Una obra de hombre no es más que un largo caminar para redescubrir por los rodeos del arte las dos o tres imágenes sencillas y grandes ante las cuales el corazón se abrió por vez primera... Para mí, yo sé que mi fuente está en Anverso y reverso, en ese mundo de pobreza y de luz en que viví largo tiempo y cuyo recuerdo me preserva todavía de dos peligros contrarios que amenazan a todo artista, el resentimiento y la satisfacción” (A. Camus, Anverso y reverso)

“La obra de Camus oscila entre estos dos polos. La pobreza será ante todo la de su infancia, luego el “absurdo”, después “la peste” de la Segunda Guerra Mundial, por último la obsesión de la muerte y la idea fija de una nueva “pobreza”, la culpabilidad. La luz se identificará primero con el sol de una “juventud mediterránea”; será, más tarde, la extraña claridad que envuelve al étranger; se convertirá en la religión de la dicha; finalmente, debía ser un amor: la novela El Primer hombre (sólo publicada hasta 1994), nos dirá el secreto de esta luz. “Hay más amor verdadero en Anverso y reverso que en lo que le ha seguido” (Anverso y reverso), escribía Camus, el año de 1954, en el prefacio de la reedición de su primer escrito. Y, más adelante, añade: “Mi obra hablará de cierta forma de amor” (A y R).
Hasta aquí la cita. Lo que sigue es el estudio delicioso de la obra de un hombre del siglo XX, quizás el último en encarnar el ideal del intelectual con el que los intelectuales franceses se distinguieron en el siglo XIX y principios del XX.

LA DESNUDEZ DE LA MUCHACHA ALSACIANA
La vida y la obra del filósofo y escritor antioqueño Fernando González (1895-1964), fue y continúa siendo acosada por los círculos viciosos de la estupidez humana. El primero, mientras los “lanetas”, sus enemigos encarnizados se empeñaban en estigmatizarlo y en desconocer la originalidad de su pensamiento, por otra parte, sus jóvenes lectores, de todas las calañas, y muchos admiradores sinceros, reconocían el gran valor de su ejemplo y su filosofía. El segundo, por la misma originalidad y novedad de su escritura, la gran mayoría de sus estudiosos y críticos no han sido capaces de contextualizar sus propuestas filosóficas y se han dedicado ha descuartizarla en mínimos fragmentos de sus frases, porque su sistema filosófico es la suma de su obra, de principio a fin. El tercero y que más lamento, no se le ha reconocido que es uno de los filósofos novelista más importantes del siglo XX, con todos los méritos para figurar al lado de Sartre y Camus, como lo demuestra el hecho de que en 1954, Jean Paul Sartre, Thornton Wilder, así como un amplio grupo de intelectuales y escritores europeos y estadounidenses lo nominaran como candidato al Premio Nobel de Literatura, a lo que, como todo en la envidia colombiana, se opusiera la “lanetas” Academia Colombiana de la Lengua, por candidatizar al español Ramón Menéndez Pidal.

Literatura sin par, en el doble sentido de calidad y originalidad, es lo que hay en la obra de Fernando González, a lo que hay que sumarle la originalidad y profundidad de su pensamiento. Es casi que imposible separar en su obra lo uno de lo otro, aun en aquellos textos que no parecen estar de un lado o del otro, como sus escritos jurídicos o, los mal llamados, panfletarios. Por mi parte, prefiero dejar que cada lector seleccione a su gusto, pues yo prefiero quedarme con la sensual desnudez de la muchacha alsaciana, en El remordimiento y Salomé, que han sido mi puerta a la deliciosa mística del al-Andaluz, y por supuesto de Teresa y Juan.

Quizás, quien más ha intimado con la totalidad de la vida y obra de Fernando González, ha sido su pariente cercano, Alberto Restrepo González (sin desconocer los acercamientos que ha hecho su sobrino, Tomás González), quien en su obra Para leer a Fernando González (5), dice:

“Nada hay en la obra de Fernando González que él no hubiera padecido y meditado, con dolor y gozo. Jamás intentó sistematizar conceptualmente pensamientos ajenos a sus emociones y problemas vitales de cada día: no le interesó, ni trató de conceptuar lo que no hubiera vivido pasionalmente, surgido de su fisiología e instintividad más primarias.

Entre angustias y gozos, sin elusión alguna, vivió toda su filogenia, instintividad, emocionalidad y pasionalidad y, en un lenguaje totalmente suyo, sin otra intención que vivir intensa y auténticamente cada instante, fue consignando sus vivencias en las libretas que siempre lo acompañaron y constituyen el germen de sus libros.

Sus obras son su confesión y su itinerario, no un elenco de pensamientos y conceptos ajenos a su experiencia, pues para él vivir fue afrontar instante a instante, desde su individualidad más desnuda y su solidaridad más comprometedora, sin elusiones especulativas ni sistematizaciones meramente intelectuales, la agonía de las vivencias fisiológicas, instintivas, pasionales, mentales, religiosas y espirituales”.

Agregó por mi parte, una excelente, original y novedosa literatura, que al igual que su pensamiento, todavía permanece ignorada e incomprendida.

CONCLUSIÓN Y RECOMENDACIONES
Ninguna mejor que la obra de Fernando González para inspirar la siguiente conclusión a estas notas: No hay que ser filósofo profesional para saber pensar, pero si es necesario saber pensar filosóficamente para vivir saludablemente.

Y para cerrar, a aquellos lectores más que interesados en el tema, les recomiendo tres buenos títulos para conocer un poco mejor estas relaciones entre filosofía y literatura:

¿En que piensa la literatura?, de Pierre Macherey , editado por Siglo del Hombre Editores, con la colaboración de la Universidad Nacional de Colombia y la Embajada de Francia, Bogotá, 2003 (286 p.). Un brillante ensayo en el que el autor plantea las relaciones entre filosofía y literatura, al tiempo que analiza un grupo de importantes títulos de la literatura universal.

Introducción al pensamiento filosófico, de Michel Gourinat, Ediciones Istmo, Madrid, 2004 (325 p.). Aparentemente, un sencillo manual de filosofía que sorprenderá a los lectores, y el que se inicia con un capítulo sobre literatura y filosofía.

La prohibición del amor, sujeto, cultura y forma artística en Thomas Mann, de Fernando Bayón, Anthropos Editorial, Barcelona, 2004 (414 p.). Un delicioso ensayo dedicado a explicar el contenido filosófico en las obras del escritor alemán, en especial, Doctor Faustus.

NOTAS
(1) Ibarbo, Jairo, Incertidumbre y objetividad en el conocimiento, Editorial ?, Medellín, 2003 (174 p.), p. 22.
(2) Abu Bakr ibn Tufayl, El filósofo autodidacto, Editorial Trotta, Madrid, 1995 (114 p.), p. 19
(3)Restrepo Betancur, Álvaro, Sartre a través de La náusea, Facultad de Ciencias de la Educación, UNAULA, Medellín, 2003 (121 p.), ps. 39-40.
(4) Moeller, Charles, Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo I, Editorial Gredos, Madrid, 1981 (524 p.), p. 37
(5) Restrepo González, Alberto, Para leer a Fernando González, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1997 (827 p.) p. 21

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