29 de diciembre de 2005

LECTOR LUDI-7

Remo Erdosain, el alucinado inventor de Roberto Arlt

(Primer agregado a la lista de obras literarias en las que las ciencias son materia narrativa y posible influjo para desarrollar el gusto por el estudio de disciplinas científicas).

Por Iván Rodrigo García Palacios

Los siete locos
Los lanzallamas
Autor: Roberto Arlt
Ediciones que conozco: Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978 (456 p.). Obra completa, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1981 (dos tomos)

Quizás el personaje más trágico y alucinado por la invención científica de la literatura universal, sea Remo Erdosain. Protagonista en las novelas Los siete locos (1930) y Los lanzallamas (1931), del argentino Roberto Arlt (Buenos Aires, Argentina, abril 2 de 1900-julio 26 de 1942).

La relación entre Arlt, el escritor y Erdosain, el personaje, no es casual, pues Arlt, descendiente, en primera generación, de emigrantes alemanes, llegados ya adultos a la Argentina, fue un inventor fracasado que al momento de su muerte trabajaba en su laboratorio casero en un procedimiento para evitar que las medias de nylón femeninas de aquella época se corrieran al romperse, una especie de mini tragedia para las mujeres, como lo cita Julio Cortázar en su prefacio a las obras completas de Roberto Arlt publicadas por Ediciones Carlos Lohlé en 1981, del cual citaré el aparte dedicado a la obsesión científica de Arlt.

Por su parte, Remo Erdosain también es un inventor, cuyo sueño inicial es la creación de la rosa de cobre y algunos otros inventos, a cual de ellos más alucinado, pero que termina por convertirse en el inventor de una sociedad secreta cuya revolución pretende destruir la civilización con las armas inventadas por Erdosain, entre ellas con el fosgeno, un gas tóxico, para el cual desarrolla todo su proceso de fabricación.

Pero Erdosain no es un alter ego de Arlt, más bien, se podría decir que es el personaje por medio del cual él actúa su rabia existencial, esa que le calienta la sangre: ver lo que el resto de intelectuales, periodistas y escritores, todos aburguesados, no ven ni quieren ver: el lado oscuro de una Buenos Aires en decadencia en plena época de florecimiento económico, o sería mejor decir, la perdida de la dignidad humana en la emergencia de los nuevos poderes económicos y políticos de la primera mitad del siglo XX en Argentina, y por supuesto, en el resto del mundo.

En fin, Erdosain es uno de los personajes más asombrosos de la literatura latinoamericana por su belleza, lucidez y tragedia. Un autor que bien vale la pena leer, además, por la enorme influencia que ha tenido sobre la actual literatura argentina, más allá del mismo Borges y el mismo Cortázar.

LO QUE DIJO CORTÁZAR
Luego de contar sus experiencias en sus primeras lecturas de la obra de Roberto Arlt y compararlas con la relectura que hace para escribir el prefacio a sus obras completas, Julio Cortázar dijo:
“Hoy, claro, lo releo con un poco más de distanciamiento intelectual, de embriones de análisis, de territorios descuidados en la primera lectura y que ahora adquieren un relieve diferente. La obsesión científica de Arlt, por ejemplo, que entonces me había dejado indiferente. ¿Influencias familiares, primeros oficios, atavismos germánicos en una época en que la química, la balística y la farmacopea parecían tener su amenazante capital en Berlín? Se sabe que Arlt murió mientras trabajaba en su improvisado laboratorio, a punto de lograr un procedimiento que hubiera evitado un drama de la época que hoy resulta inconcebible: el corrimiento de las mallas en las medias de las mujeres. Múltiples temas y episodios de sus cuentos y novelas vuelven explicable y casi fatal esta vocación paralela de inventor; ya en su primer libro, el adolescente Silvio Astier ha fabricado una culebrina capaz de atraer a toda la policía del barrio, y da consejos a un amigo sobre la manera de hacer volar un aeroplano. El día en que explica ante oficiales del ejército sus ideas sobre un señalador automático de estrellas y una máquina capaz de imprimir lo que se le dicta oralmente, Silvio logra su primer empleo como mecánico de aviación, e irónicamente lo pierde cuando un teniente coronel lo da de baja con una explicación que sigue explicando tantas cosas: “Vea amigo... su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo”.

Era obligado que Remo Erdosain buscara en los inventos una de las posibles salidas del laberinto donde voluntariamente se había encerrado. Siendo quien es, la maravillosa rosa de cobre que debía hacer la fortuna de los Espila y de él mismo, se deshoja entre sus manos indiferentes, de la misma manera que los planos y dibujos de la fábrica de fosgeno no son más que una manera de llenar con trabajo el horror de otra noche al borde del crimen. Arlt era un adolescente en el período de la Primera Guerra Mundial, y el infierno que Henri Barbusse y Remarque describían en Europa le llegó a través de los libros y periódicos y se reflejó intensamente en sus novelas mayores. Un cuento como La luna roja condensa esas obsesiones, y también las repetidas y a veces extensas citas sobre las propiedades de los gases asfixiantes y sus técnicas de aplicación; pero el punto máximo de su fascinación y su horror frente a un arma que anuncia ya las bombas atómicas que caerían apenas tres años después de su muerte, se da en ese capítulo de Los lanzallamas titulado El enigmático visitante. Ya antes su imaginación había visto lo que luego veríamos en los noticiosos sobre la explosión en Hiroshima: las víctimas tratando de escapar de la ciudad, con los cabellos erizados verticalmente. Vaya a saber qué posición tomarán nuestros cabellos cuando caigan las bombas de neutrones, tan entusiastamente aprobadas por los Estados Unidos, Francia y otros países democráticos”.

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