21 de diciembre de 2005

LECTOR LUDI-2

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk
Autor: Jaroslav Hasek
Ediciones Destino, Barcelona, 2004 (606 p.)

Por Iván Rodrigo García Palacios

La mayor muestra de la estupidez humana es su macabra fascinación por la guerra y la violencia, las cuales la inhumanidad ha querido convertir hasta en manifestaciones sagradas y caminos expeditos para alcanzar los cielos inexistentes que prometen las ideologías del poder y las religiones. Lástima que algunas de las obras fundadoras de la literatura universal, a pesar de su crítica a la estupidez de los poderosos que desatan las guerras para satisfacer sus propios intereses y a los ingenuos guerreros que, engañados con honores y glorias épicas, se lanzan de cabezas al matadero, han sido utilizadas, en algunas épocas, más para estimular la estupidez que para combatirla, en especial sobre aquellos engañosos asuntos del patriotismo y el heroísmo.
Siendo la guerra la más macabra estupidez humana, cualquier escrito, del género que se quiera, jamás podrá poner en evidencia tal afirmación, a menos que se trate del humor, ese ácido corrosivo que pela el cobre de la ridícula condición humana del guerrero, que las ideologías del poder han querido convertir en épica, desgraciadamente, con mayor éxito que los pocos pero deslumbrantes ejemplos con los que cuenta la historia de la literatura en la sátira, la picaresca, lo burlesco, la farsa, la parodia, y últimamente, lo cómico. Pero, que ello no sea motivo para desistir.
En el decadente Imperio Austro-Húngaro la vida de las personas y las instituciones había llegado al extremo de ser regidas por la apariencia de las formas ya sin ningún otro contenido que la costumbre rutinaria y el mandato de la norma. La vida estaba estrictamente jerarquizada en una pirámide que descendía desde el vértice del emperador, pasando por una aristocracia estéril y parásita, una burguesía panzona, ambiciosa y decadente, seguidas por unas clases económicas de trabajadores arrivistas y así sucesivamente hasta el último de los seres humanos explotado en la servidumbre. Tal modelo se representaba con mayor anquilosamiento en las estructuras burocratizadas del gobierno y el ejército, en las cuales las normas de comportamiento eran consideradas como cuestiones de honor en las que cualquier subversión era lavada con sangre.
Esas son las sustancias de que está constituida y esos son los ámbitos en los que se desarrolla la inconclusa, y lastimosamente poco conocida, novela de Jaroslav Hasek (Praga 1883-Lipnice 1923), Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (completada por el también escritor checo, K. Vanek), en la que se burla y satiriza al Imperio Austro-Húngaro y a la Primera Guerra Mundial, demostrando la inmensidad de la estupidez humana, así como el origen, el desarrollo y, anticipándose, las consecuencias de esa absurda guerra, de una manera tal, que igual sirve para ridiculizar las guerras y a los guerreros de todos los tiempos, tanto los que se creen héroes de cartón como a los humildes e ingenuos que obligan a matar y a matarse, así como a aquellos que por sus intereses particulares, económicos o políticos, provocan las guerras que los volverán ricos y poderosos a costa de la sangre de soldados y civiles, a los que hacen soñar con la gloria y la paz eterna.
Pero más allá de esa exploración a la trágica y ridícula condición humana del guerrero, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, es una deliciosa y magnífica novela que hace recordar una extensa tradición literaria, satírica y burlesca, que en la antigua Grecia se manifiesta con Eurípides y Aristófanes, en Roma con Juvenal y otros satíricos, que quizás sean antecedentes algo lejanos, a los que habría que agregar: En la Edad Media, el Decamerón (1353), de Giovanni Boccaccio, al inglés Geoffrey Chaucer y Los cuentos de Canterbury. Más adelante y ya en el Renacimiento, al alemán Sebastián Brant y La nave de los locos (1494), el holandés Erasmo y El elogio de la locura (1511), al francés François Rabelais y Pantagruel y Gargantua (1532 y 1534, respectivamente), y al español Miguel de Cervantes Saavedra y El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha (1605 y 1615). Saltando al siglo XVIII, los ingleses, Henry Fielding con su Tom Jones (1749), y Jonathan Swift con Los viajes de Gulliver (1726), el francés Voltaire con Cándido (1759). En el siglo XIX, Ambrose Gwinett Bierce con Diccionario del diablo (1906). Y para el siglo XX, las piezas teatrales y la prosa de Bertold Brecht, entre muchos otros.
La anterior es una breve lista de los mejores y posibles antecesores de Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, pero si existe una obra literaria con la que pueda relacionarse directa y estrechamente, ella es, Los últimos días de la humanidad (1919), del austriaco Karl Kraus (1874-1936), la más gigantesca obra de teatro jamás escrita y nunca representada –es imposible-, en la que Krauss como Hasek, demuestran que tan ridículos son los seres humanos cuando se inflan con la pomposidad de los falso altos valores (¿los falsos monederos guidianos?) y toda las cursilerías tras las que las ideologías ocultan sus manos ensangrentadas y a las que, como ya se dijo, sólo el humor logra desnudar como al emperador del cuento, la inocencia de un niño.
En fin, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, una novela para leer, como se dice popularmente: riendo por no llorar y llorando de la risa.

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