14 de enero de 2006

LECTOR LUDI-19

Un sacrificio pagano, para rescatar a
Lucas de Ochoa/Fernando González,
personajes literarios


Propuesta para los estudiosos y usufructuadores de la obra de Fernando González


Por Iván Rodrigo García Palacios

El mejor homenaje que podría hacerse a la obra de Fernando González sería el que, como en un culto pagano, el sacerdote la asumiera como a la víctima propiciatoria de un sacrificio que es llevada viva e íntegra al altar para allí proceder a leerla en su totalidad, de tal manera que la interpretación y análisis de sus señales, signos y significados, sea una Suma total que magnifique en un todo su esplendor sacrificial y la rescate de su aparente dispersión o caos, para que el Amor la exponga en la unidad de sujeto, cultura y forma artística que en ella se expresa del hombre colombiano, el espíritu de una época y la revolución estética y literaria consecuente con la reflexión que aspira a comunicar.

Todo lo contrario de lo que ha sucedido con sus usufructuadores, que la han convertido en la mera suma de partes que jamás será igual al total, y que al contrario de los sacerdotes paganos, actúan como carniceros de plaza de mercado que descuartizan, desbrozan, pieza por pieza, y desechan, para ofrecer una exhibición de trozos clasificados por sabores, pesos y precios, en un ejercicio sofístico agradable al paladar pero ajeno a la naturaleza de la obra y a la original intención -debería decirse mejor: labor o misión- que se impuso Fernando González al vivirla y tratar de comunicarla.

Y es que, si bien es relativamente clara la intención comunicativa de Fernando González, no lo es tanto su forma artística que inventa un lenguaje literario que le permita, a diferencia de Platón, Descartes o Pascal, abordar el ser del hombre, no inmerso en el absoluto, sino en una dinámica lucha y contradicción por entender y aprehender lo absoluto y la miseria humana circundante, más cercano al Nietzsche poeta y narrador y, posiblemente, a Miguel de Unamuno, con las herramientas de Husserl y Heidegger y, podría decirse, anticipándose al Sartre y Camus dramaturgos y novelistas.

Y, no finalmente, dueño de una actitud fresca y rebelde frente a la rigidez de lo dogmático y a la injusticia de lo establecido, sintetizada de las obras e ideas que se producían en el mundo en medio del malestar de la cultura de su época y que ya llegaban, en tardías olas, en las mentes y maletas de los viajeros inteligentes que regresaban, a estos territorios, olvidados, aislados y aletargados, desde Europa y Estados Unidos.

En fin, sería toda una odisea de exploración interpretar las obras de Fernando González, más desde el punto de vista de la literatura que de la filosofía, así sus novelas sean la expresión de intenciones e intuiciones filosóficas propias y originales, y quizás con potencialidades sistematizadoras, que, posiblemente, respondían al modelo de Bildungsroman de la novelística que desde los años finales del siglo XIX se estaba empezando a generalizar en Europa, así como a aquella literatura que abiertamente denunciaba las injusticias y asumía una posición crítica frente a temas delicados como la religión, la política, el libre pensamiento, etc., entre otros: Zolá, Huysmans, France, Gide, Valle-Inclán, Unamuno, y a lo que habría que agregar las radicales obras filosóficas de Kierkegaard, Schopenhauer, Nietzsche, tan cercanas a la literatura, y que él debió leer como primicias. Ello sin descontar quién sabe cuántas otras lecturas clásicas.

Lo cierto del caso es que, literariamente hablando, las obras de Fernando González tienen un narrador en primera persona, unas veces dialogante y narrativo, otras, amanuense y copiador de libretas robadas o heredadas; aforístico en Pensamientos de un viejo (1919), narrador/reflexionador en el diario con el que sigue Viaje a pie (1929), dialogador/narrativo a partir de 1930, cuando en Mi Simón Bolívar, hacen su aparición esos dos (en uno) personajes, aparentemente antagónicos, como la cara y el sello de una moneda, que son Lucas de Ochoa/Fernando González, unas veces unidos y otras, separados por algún tiempo y obras, para que así la construcción final se lleve a cabo. Es sobre ellos (él) que recae todo el peso trágico de, ahora sí llamémoslas, las novelas.

Personaje dual que también engendra a don Mirócletes/Manuelito Fernández (Don Mirócletes, 1932), reaparecen en El hermafrodita dormido (1933), se separan en Mi compadre para que sólo Fernando González geste al general Juan Vicente Gómez (1934), se preñe de místico erotismo en El remordimiento y Salomé (1935), se convierta en correspondencia en las Cartas a Estanislao (1935), sociologice en Los negroides (1936), conciba, en la Revista Antioquia (1936-1945, números 2 al 8) a Don Benjamín, jesuita predicador, resucite a Santander (1940), y se haga con la herencia de Manjarres en El maestro de escuela (1941).

Y, la re-unión final... Luego de un largo silencio que Lucas de Ochoa dice fue de 27 años, ¿necesario, o no?..., ida y regreso al infierno, como parece anticipar el prólogo de El maestro de escuela..., no lo sé, se vuelven a re-unir en las calles y lugares de Envigado, ya dos agonistas en la síntesis total, para dar a luz el Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera (1961).

... Fin del viaje.

Y es ese proceso, en principio, de Bildungsroman, que va cediendo paso a la afirmación narrativa de los personajes en el pleno ejercicio de su personalidad y carácter que determinan la acción, la trama, la estructura, el tiempo y el desarrollo dialéctico del pensamiento e ideas que se van elevando hasta límites sublimes, el que debiera interesar a los críticos literarios para descubrir, por fin, que el valor literario de las obras de Fernando González, que puede ser igual o mayor que el que se atribuye a su propuesta filosófica, que a la hora de la verdad, viene a ser uno y el mismo, que por inseparable, ha causado la confusión de dar mayor prominencia a la segunda, olvidándose de lo primero, al mismo tiempo que ha confundido, como si fueran una sola, las obras literarias, las novelas, con aquellas otras que no lo son, pero que, por participar, las unas y las otras, de la misma sustancia del pensamiento filosófico, se las usa indiscriminada y descontextualizadamente en perjuicio de la existencia plena y original del personaje Lucas de Ochoa/Fernando González.

Los interesados en la teoría del personaje elaborada por el mismo Fernando González, recomiendo empezar por las Dos palabras que anteceden la novela Don Mirócletes, que se inicia así:

"Me parece que a ninguno lo atormentó un personaje suyo como Manuelito Fernández a mí. Amargóme los días de mi primera visita a París, pues allá lo creé y llegó a estar tan vivo que me sustituyó. Casi me enloquezco al darme cuenta de que me había convertido en el hijo de mi cerebro" (1).

Advirtiendo que en las demás novelas se exponen otros conceptos sobre la teoría de los personajes, así como sobre las teorías de la novela y la literatura, que, si se reunieran, formarían un amplio manual de crítica literaria que bien podría empezar por aplicarse al estudio e interpretación de las propias novelas de Fernando González, con mucha mayor propiedad que las teorías corrientes, dada la originalidad y novedad de la forma artística que él ha creado para escribirse, así como también son originales y novedosos sus conceptos e ideas para interpretar y exponer al sujeto y la cultura que existen y se vive en sus novelas.

¿Ha dudado acaso el LECTOR LUDI alguna vez de la existencia de don Quijote, Gargantua, Pantagruel, Papá Gorot, Emma Bovary, Robinson Crusoe, Guilliver, Iván Karamazov, el capitán Ahab, Swan, Josef K, Hans Castorp, Remo Erdosain, Antoine Roquentin, Oliveira, Aureliano Buendía, Herzog, o a los heterónimos de Fernando Pessoa?

¿Porqué se le niega, entonces, el derecho a existir, como personaje, a Lucas de Ochoa/Fernando González? Es una injusticia que es necesario reparar, si es que se desea comprender que él es la representación de ese ser colombiano, único, inteligente, universal, profundo, sensible a la colombiana, angustiado por su identidad y por su trascendencia, por su ser cuerpo y ser espiritual en su propio territorio. Ese personaje que encarne la tragedia de los intelectuales colombianos y latinoamericanos que como él, aman y odian entrañablemente a su patria y no se venden a las veleidades de poder y el dinero.

Pero, ¿quién es Lucas de Ochoa/Fernando González como personaje literario?
Aventurando una descripción ordinaria de los aspectos físicos y actividades de estos dos lados de la misma moneda, son exactamente iguales, pero difieren en personalidad y pensamiento.

Que sean unas pocas palabras, tomadas de dos de las novelas, las que los presenten de manera breve y que quede a cargo de los LECTORES LUDI el gusto de completar el retrato completo en su viaje por las novelas de Fernando González:

Primer encuentro, 1930:
¿Cómo no perseguirlo, a Lucas, mi vecino?... Sus barbas efímeras, muertas en las mejillas, son retrato de su ánimo; indican sus grandes ritmos, euforias y depresiones. Durante treinta o cuarenta días crecen y vemos entonces al loco, de ojos ansiosos parecidos a los de Benito Mussolini...".
(...)
"Si Lucas está en posesión de sus barbas, su andar es variado, rápido o lento y sus ideas van en pos del reposo o de alguna mujer y habla de la castidad. Sus vestidos son anchos, viejos vestidos enviados por algún hermano rico. En sus bolsillos van los tratados acerca de los Budas, de los astros lejanos, teologías, magias y libretas...".
"Era un día de barbas. Los rayos solares calentaban hasta el hervor cuando me encontré con Lucas. ¡Pobre Lucas! Sonreía. Y me confesó el motivo: Delante iban unas jóvenes mujeres y él hacia una semana que padecía por el ímpetu carnal, por su gran capacidad de ser absorbido por la hembra".
(...)
"Tiene Lucas treinta y cinco años. Lo encontré un día al descender de la montaña Santa Elena en cuyas faldas está la ciudad. "Por todas partes esas cimas -me dijo señalando las que enmarcan el estrecho valle del río- voy en los días sin trabajo, detrás de Lucas, espiando al hombre apasionado, aconsejándolo..."
"Era domingo. Venía con las manos en los bolsillos de los pantalones y con el andar pausado del hombre amigo de sí mismo. De lejos se veía el fingimiento, la imposición de la voluntad enfermiza sobre los nervios locos, sobre las meninges irritadas. Es el hombre de su idea. Es el hombre indeterminado. Venía con andar mecido y sonrisa despreciativa y de complacencia propia. ¿Qué pensaba? Sólo mías, porque lo admiro, son sus confidencias" (2).

Segundo encuentro, 27 años después, 1959:
"Y ahora, sentado en este café de Tamayito, mirado por todos, estoy intranquilo. ¡Y sigo mi camino!..."
"Iba así, con paso mecido y rítmico, mirada alterna, acaparando vida, y al llegar casi a la tienda y café de Jorge González, en ese barrio nuevo que construyeron en La Magnolia, vi allí sentado a mi hombre, a uno cuya presencia me conmovió, pero sin caer en la cuenta de por qué ni de quién era. Apenas iba acercándome, aumentaba mi alegría y sobre salto. Estaba ahí sentado, fumando y anotando en una libreta de ésas de carnicero, con ese aire de por encima de joven y de viejo, ensimismado, por encima de sano y de enfermo, y me detuve instantáneamente y me salió esto:
"- ¡Pero si es Lucas de Ochoa que se había ido hace tiempos, y tiene ahí su pocillo de café tinto, y fuma y está apuntando en su libreta!"
"- Yo también -comenzó al extenderme la mano- yo también vivo lo que te pasa: cuando venía por enfrente de la casa del difunto Palillo, yo también sentí una amago de conocimiento..."
(...)
"En la euforia del encuentro y de estas palabras suyas, cometí el disparate garrafal, y fue el tocarle la cicatriz de la herida con que lo había alejado de mí durante veintisiete años: le pregunté por Bolívar, por el Libertador... Sus ojos se pusieron verdes, verde gatuno, cuando el felino caza o está en celo. Mírome largamente y...
"- ¿Sigue tu misma alma de publicista? ¡Eres el mismo González de hace 27 años! ¡Y en ti hay madera, porque tienes remordimientos! ¿O perdiste ya este bendito acicate? ¿Te has hundido en la pu-bli-ci-dad? ¿Qué importa el Libertador? Para mi fue hermosa posada en mi viaje" (3).

Propongo, entonces, esta invocación como la iniciación a ese gran sacrificio pagano de rescate de la obra de Fernando González como gran literatura, como pagana fue su visión de la vitalidad.

La gran fiesta de la crítica para que al fin se descubra lo que ya había anunciado Thorton Wilder cuando leyó El maestro de escuela:
"You have re-invented the novel.
You have created the Novel: Twentieth century.
Story-telling is dead. "That happened and then happenend and then that happened is dead.
This es the New Novel" (Thorton Wilder, Quito, 21 de abril de 1941).

NOTAS:
(1). Don Mirócletes, Editorial "Le Livre Libre", París, MCMXXXII (253 p.), ps. 7 a 12
(2) Mi Simón Bolívar, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1993 (264 p.), ps. 13 y 15
(3) Libro de los viajes o de las presencias, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1995 (257 p.) ps. 15 y 17

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