17 de noviembre de 2008

LECTOR LUDI-65

En la escritura de Fernando González, la literatura es filosofía y viceversa



Por Iván Rodrigo García Palacios

Tuvo que existir un poderoso motivo, además de la crítica filosófica y una agradecida anécdota, para que Fernando González dedicara su Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera a Juan Pablo Sartre.

Se me ocurre pensar, como hipótesis descabellada, que Fernando González reconoció en la escritura del filósofo francés "un algo" que él ya había experimentado y probado con su escritura, aquello que muchos años después afirmaría Bernard-Henri Lévy sobre la escritura de Jean Paul Sartre:

"[...] es un novelista original, inventor de formas y estilos; e inventor de formas, de estilos, porque es filósofo, y su filosofía pule su arte literario. Dicho de otra forma, no a pesar, sino gracias a su filosofía" (1).

Una novedad, porque en la historia de la literatura universal son excepción los grandes filósofos que, a su vez, también fueron grandes literatos. Lo corriente es que en la historia de la filosofía los grandes filósofos sean grandes escritores, una tradición en la que también algunos grandes filósofos han demostrado especiales habilidades literarias: Platón y sus mitos, Epicuro y su novela de los átomos, Lucrecio y su poema De la Naturaleza, Descartes y su "genio malicioso", la epopeya de la sustancia de Spinoza, Jean-Jacques Rousseau y sus Julia o La nueva Eloísa y su Emilio o De la educación, Friedrich Nietzsche y su Así habló Zaratustra (2), para sólo citar algunos de los ejemplos más específicos y notorios, porque también existen otros filósofos, aquellos en cuyas obras la escritura de su filosofía alcanza elevados estados literarios y poéticos y los que en la literatura, la ficción y la poesía, en especial de sus confesiones, meditaciones, reflexiones, fantasías, etc., han sido maquilladas como obra filosófica.

De esas excepciones de filósofos literatos (3), tres se presentan en el siglo XX: Jean Paul Sartre -aun cuando sufrió su momento de contradicción-, Albert Camus -quien diferenció sus obras literarias de sus obras filosóficas- y Fernando González, injustamente ignorado, quien no asumió separación alguna entre su literatura y su filosofía y para quien su lucha y su búsqueda fue exclusiva contra la imposibilidad expresiva de La Palabra. La Palabra, la lengua, el lenguaje, las palabras, como imposibilidad de expresar al cuerpo, a la vida, al espíritu, a La Verdad.

A diferencia de la casi totalidad de los filósofos, quienes, desde el mismo Platón en adelante, rechazaron y hasta estigmatizaron a la literatura, a la ficción y a la poesía, Fernando González fue tal cual y como Bernard-Henri Lévy concluye sobre Sartre:

"Era escritor por ser filósofo, luego es filósofo por ser escritor. Sacaba de la filosofía lo mejor de las invenciones formales de sus novelas, luego saca de su talento de novelista las hipótesis más audaces y más fuertes de su ontología y su moral. ¿La señal de que un pensamiento es acertado? Una frase cadenciosa. ¿La prueba de que un concepto está bien construido? La armonía de la lengua que lo expone" (4).

Lo mismo sería válido sobre Albert Camus, más cercano en sus obras: Verano y Bodas, a Fernando González.

Sólo hasta aquí son válidas esas comparaciones, porque mientras la filosofía y la literatura de Jean Paul Sartre y Albert Camus, pertenecen a los imperativos de la tradición cartesiana -moderna- filosófica y estética, aceptadas por la historia académica de la literatura y de la filosofía occidental, convenciones que Fernando González reconoce, pero critica por insuficientes y por su ausencia de Vida.

La filosofía y la literatura de Fernando González se insertan en tradiciones filosóficas y estéticas más antiguas, más extensas y maravillosas, más cercanas a lo Humano, como más adelante lo mostraré.

Por lo anterior, yo afirmo que para Fernando González, más que para Jean Paul Sartre, Albert Camus y para casi toda la historia de la filosofía Occidental, La Palabra es VIDA (sangre + imaginación + pasión + intuición +...) antes que concepto (episteme) o, para decirlo de otra manera, para él: VIDA y concepto, son una y la misma cosa.

De ahí las dificultades para entender e interpretar la filosofía y la literatura de Fernando González según el canon Occidental, porque para él el sistema es la propia VIDA; el método, el objeto y el sujeto son el propio individuo, su experiencia de VIDA, experimentada y expresada como en las antiguas sabidurías.

El mejor y más exhaustivo estudio sobre las relaciones de Fernando González y su obra con la filosofía occidental, con la filosofía de los humanistas y con la filosofía de sus orígenes ancestrales, culturales y vitales, es el de Alberto Restrepo González en su extensa y profunda obra: Para leer a Fernando González (5).

Como mi interés está dirigido a desentrañar la naturaleza de La Palabra que en Fernando González es literatura y que es filosofía al mismo tiempo, remito a la obra de Alberto Restrepo González para esa comprensión filosófica.

Contra la imposibilidad expresiva de las palabras para alcanzar La Palabra, será la lucha, la búsqueda, de Fernando González. Con algunas batallas ganadas y una guerra, al final, perdida, esa lucha y esa búsqueda fue propuesta, enfrentada y combatida, ya desde la primera y última líneas de su primera obra: Pensamientos de un viejo:

"A vosotros, amigos míos, mi sombra os oculta mis pensamientos" (Pensamientos de un viejo).

Una lucha y una búsqueda en la que, desde el inicio, Fernando González ya intuye esa imposibilidad expresiva de las palabras, porque ellas son la sombra y su sentido es determinado y derivado:

"Dolor, alegría... Palabras que sólo tienen sentido en relación al ser sensible. Para ti el tener sólo un pedazo de pan es tristeza, mientras que para un mendigo es alegría" (Pensamientos de un viejo).

Porque esas palabras, paradójicamente, son olvido y alejamiento:

"¿Hablaría el niño para apartar la mirada de sí mismo? Tal vez. La palabra sirve para eso: para olvidar, para alejar un poco nuestro mundo interior..." (Pensamientos de un viejo).

Diez y seis años después, ya viviendo en la experiencia europea, empieza a ser claro para Fernando González que una cosa son las palabras y otra La Palabra y que la lucha, la búsqueda, empiezan cada día:

"El ser está fuera de la apariencia: esto es evidente. Dios no existe. Es. Yo soy el que es. Si de Dios se pudiera tratar, sería fenómeno. La palabra..." (El remordimiento).

Así, al final, en el último párrafo de su última obra: Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, reconoce que esa lucha, esa búsqueda, no tenían fin y entrega su bandera, ni vencedora ni vencida, en manos del lector:

"Y finalmente, la única lección de esta Tragicomedia es:

No lo busques ni en este librito ni en ningún otro. Lo hallarás en tí mismo. Él es lo más cercano de ti, lector; es más cercano que tu yo; pero es lo más lejano de ti, a causa de tu yo. Búscalo, muriendo:

¡Leve cadáver en insomne vida!" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Así Fernando González resuelve la contradicción entre los caminos del espíritu y del cuerpo para alcanzar el conocimiento del misterio.

Porque la lucha y la búsqueda de Fernando González fue la misma que emprendió Lucas de Ochoa en el cercano oriente con los "sabios judíos, sefarditas cristianos":

"[..] la compañía que nos llega cuando nos abrimos en soledad y ese enigma de que La Soledad es La Compañía y la compañía es la soledad" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Y así situarse ante La Palabra, La Puerta, que no puede expresarse ni abrirse con las palabras:

"La Puerta es úno mismo. Cristo es úno mismo vacío. Dioses somos" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

***

Esa es la lucha y esa es la búsqueda de la naturaleza de las palabras que Fernando González se plantea, acepta y rechaza, ya desde el inicio en su primera obra, Pensamientos de un viejo:

"Juan de Dios. —¡No seas tonto! No afirmes. Toda palabra es una profanación de la nada" (Pensamientos de un viejo).

Un poco más adelante:

"El día en que ella te contó en palabras su amor, fue un día triste: la palabra es la muerte de las cosas del alma" (Pensamientos de un viejo).

Porque las palabras son los instrumentos inútiles, pero los únicos, para pretender alcanzar La Palabra. Es necesario reinventar por las palabras. Porque, desde ese inicio, ya intuye que Todo es El Silencio:

"La verdad: El hombre que afirma dice una mentira, y el hombre que niega dice otra mentira. He aquí: la verdad reside en el que tiene los labios inmóviles" (Pensamientos de un viejo).

Esa lucha y esa búsqueda que empieza por definir que las palabras son y debieran ser Vida, actos, antes que signos o conceptos o sonidos. Que La Palabra, la de su búsqueda, es un acto de la vida más que un concepto:

"¡El amor! Todo él está en los ojos y en los actos. ¿Para qué sirve la palabra allí? Una mujer quiere a un hombre: ¿Que el padre morirá? Que muera. ¿Qué resulta el fin de todo? Que venga ese fin. Pero la mujer no lo dice; en esos casos no habla; en esos conflictos le brillan los ojos y obra; obra como rueda una piedra por la pendiente. Es que el amor es el negocio esencial; el afecto filial, el sentimiento de honor, las ideas, son accesorios lujosos, lo mismo que los pétalos: lo esencial es el pistilo y el estambre.

¡El amor! Todo está en los actos; no se debe hablar. Por eso decía Enrique Laserre que las mujeres tienen el pudor en las orejas" (Viaje a pie).

De esta manera Fernando González está proponiendo una teoría de las palabras y de La Palabra. Una teoría que explique la transformación de la naturaleza originaria, sensual, racional y espiritual de La Palabra y de quien la pronuncia. Una teoría más cercana a la definición de "theoria" de los antiguos griegos:

"[...] los significados originarios de "theoria" como visión de lo divino, suma de la festividad, experiencia de lo inesperado y de la transformación subsiguiente tal como se produce mediante la experiencia del viaje" (6).

Una teoría de las palabras ajena a cualquier interpretación en todo ese galimatías posmoderno de la lingüística y de todas esas ciencias del lenguaje.

Por ello, Fernando González, para quien las palabras en Pensamientos de un viejo, en 1916, eran asunto del "ser sensible" y alejamiento del mundo interior, ya, para 1929, comienza su theorización y dice que las palabras son:

"Esto nos enseña que las palabras sirven casi siempre para disimular, para vestir los actos, para hacerlos amables al bautizarlos, para tergiversar su origen. Un acto, antes de estar bautizado, está en la niebla de la posibilidad, puede ser mil cosas, es indeterminado, vago, inexistente. Una vez que se le ha dado un nombre queda petrificado. La palabra es determinadora. Si le pedimos un beso a una mujer, lo niega indignada. Es porque entonces afirmamos; afirmamos que es capaz de regalar el beso. Pero si se lo damos sin hablar de él, todo pasa deliciosamente, porque entonces nada se puede afirmar, porque fue acto nuestro, porque nosotros hicimos el esfuerzo. Fue que no hablamos.

[...]

“11. Cuando no se ha hablado de un acto, queda la palabra como el gran recurso para tergiversarlo, para que desaparezca" (Viaje a pie).

Ese es el momento de la iniciación de su viaje, de su lucha, de su búsqueda, de su "theoria". De la necesidad de reinventar las palabras para poder decir aquello que lo exprese a él, al "otro", al mundo, a lo que no puede decirse. Ese es su proceso de transformación, el que se irá desarrollando obra a obra.

Un año después, en Mi Simón Bolívar:

"Tenemos hasta ahora el concepto de conciencia orgánica: es la percepción unificada del propio cuerpo, sintetizada en la palabra yo. Quien no ha pasado de ahí, al decir yo expresa su cuerpo únicamente. El yo de cada uno encierra aquello que se ha apropiado" (Mi Simón Bolívar).

Dos años más tarde, en El hermafrodita dormido:

"La palabra es materia muy difícil para que emociones e ideas tomen apariencia. Menos la palabra hablada, pues el gesto es plástico; la vibración muscular contribuye a crear la forma; la expresión de los ojos es casi espiritual. Para convencerse, basta observar a un ciego cuando habla; se nota que carece de un elemento creador. En fin, hablando se puede crear: la mímica, la acción, la actitud, etc. Pero la palabra escrita es casi inerte" (El hermafrodita dormido).

Un giro y las palabras "habladas" definen la antropología, la sociología y la identidad de los mestizos sudamericanos que son lo que son porque son parlanchines:

"La conversación de estos híbridos es variada siempre, inconstante; inventan hablando; hacen encuentros hablando. Por eso, a ratos se auto-escuchan y les brillan los ojos de admiración por sí mismos. Se dejan sugestionar por el sonido; cada encuentro feliz los excita más. Acaban por ser elocuentes" (Los negroides).

Y así, obra por obra, las de esos diez y seis años prolijos -1929-1945, continúa en la lucha y en la búsqueda. Y, en 1945, de nuevo el silencio.

Cincuenta y tres años después de publicado Pensamientos de un viejo, Fernando González publica Libro de los Viajes o de las Presencias, en 1959, y dos años después, en 1962, Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera, para con ellos hacer entrega al lector del fruto de su búsqueda, las victorias y las heridas de sus luchas, para que con ellas sea él lector mismo quien continúe la misión: la posibilidad de realizar él mismo su propia "theoria", encontrar su propia identidad, alcanzar su propio "eterno retorno" y ser dueño de su propia Palabra:

"Con esta nota se pretende dar desde ahora una idea aproximada de la finalidad de la Tragicomedia, que es revelar que “esta vida” es oportunidad única y trascendentalísima en que toda veracidad, vigilancia y atención es poca para desempeñarse en ella humanamente; que eso de considerar a los demás como “otros” es apenas el punto de partida de “esta vida”... ¿Hay varias vidas? No. Es unitotal, pero en sucediendo o siendo infinito". (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

La lucha y la búsqueda por alcanzar LA PALABRA (así con esas mayúsculas que Fernando González usaba para destacar sus PALABRAS), originaria, primordial, inderivada, la que predice, la que profetiza, la que es la que es, la que anuncia, la que muestra y no demuestra, la que no es oscurecida y enmudecida por el razonamiento.

Esa lucha y esa búsqueda contra las palabras que son "la muerte de las cosas del alma" como lo decía desde Pensamientos de un viejo. Y que, en Mi Simón Bolívar se planteaban en el campo del conocer, de la razón contra la VIDA:

"Conocer es el fin del hombre, o sea, convivir con el universo. Hay una especie de conocimiento inferior, el adquirido mediante el método inductivo-deductivo-dialéctico. También se llega a conocer por medio de este método, pero tal conocimiento es indirecto. “Sé que esto es verdad porque conozco que otras cosas lo son”. Es el razonamiento, sencillamente.

Pero tal conocimiento no satisface, porque es indirecto. La intuición es el conocimiento directo. El que intuye dice: Lo sé — ¿por qué? Porque sí; así como sé que existo; lo que intuyo hace parte de mi yo y es evidente por sí mismo" (Mi Simón Bolívar).

Lo que, finalmente, se resuelve en La Palabra y en El Silencio que se expresarán en la PRESENCIA.

***

Es estéril la polémica de sí las obras de Fernando González son filosofía o literatura, literatura filosófica o filosofía literaria. Ellas son, al mismo tiempo, filosofía y literatura.

Por una parte, es una filosofía en la cual Fernando González contrapone la racionalidad universal, enferma e inmóvil, en la que Occidente convirtió a la filosofía, contra aquel actuar individual que "corre detrás de la cosa escondida, lleno de alegría" y que él ha encontrado en los maestros humanistas del renacimiento y en los maestros de esos maestros:

"De este fenómeno de teología moral han resultado la teoría nietzscheana de que el error es necesario para la vida, las teorías pesimistas y optimistas y la otra de la mediocridad, o sea, del término medio. Porque la filosofía no es sino expresión escrita, hablada o vivida de la reactividad. Un organismo bueno, corre detrás de la cosa escondida, cantando, lleno de alegría; otro, enfermo, no se mueve, y aquellos que carecen de acometividad, dicen que es en el justo medio donde se encuentra la verdad". (El remordimiento).

Por la otra parte, es una literatura que en Viaje a pie es:

"¡El arte! ¡La literatura! ¡Eso es pura metáfora!" (Viaje a pie).

O es confesión:

"La literatura ha sido mi panacea; es una necesidad espiritual, sucedáneo del confesonario. Tanto me confesé donde los jesuitas que si no lo hago ahora, me extingo. Mis lectores reemplazan hoy al padre Mairena y, curioso, en uno y otros he hallado incomprensión. Pero ambos han sido instrumentos y nada importa que no entiendan: la cuestión es confesarse" (El remordimiento).

O es sensualidad:

"Seré muy honrado. Hasta hoy he embellecido. He callado y he aumentado. Pero las cosas de Toní eran mejores que la literatura" (El remordimiento).

O es música:

"—He bregado —me dice Fernando González— por enseñar aquí que cada tema tiene una música y un dejo propios que se materializan en el estilo. El secreto del estilo literario, y también de las otras artes, está en la música" (Salomé).

En fin, una lucha y una búsqueda expresiva que de batalla en batalla encuentran el campo adecuado de expresión, en donde la victoria se alcanza en la unidad de La Palabra, de La Vida, de La Verdad, de la PRESENCIA, de filosofía y literatura, de sus últimas obras.

Porque las obras de Fernando González pertenecen a otra tradición más primordial. Una tradición anterior a la filosofía y a la literatura. Una tradición anterior al triunfo de la episteme, de las categorizaciones, de las taxonomías, de las conceptualizaciones, de las especializaciones. Una tradición de cuando "mythos" y "logos", fábula y ciencia, falso y verdadero, etc., estaban entremezclados. Una tradición en la que pensamiento e "imaginalis" son una misma cosa (7). Una tradición en la que la vida interior y la vida exterior son el resultado de sus íntimas y correspondientes conexiones. Una tradición en la cual tanto La Verdad como la materia y el espíritu son una emanación de la vida natural (8). Una tradición en la que La Verdad, las verdades de la materia y las verdades del espíritu, existencia y esencia, están conectadas tal y como lo propuso y explicó George Santayana (9).

Una tradición, a su vez, de profundas tradiciones: la del humanismo renacentista -Dante, Petrarca, Boccaccio, Cusa, Bruno, Vico, etc.-. Un humanismo que hace una lectura propia y particular de sus antecedentes y cuyas raíces se hunden, hacia atrás:

1. En la visión del mundo de la cultura islámica -Alfarabi, Avicena, Avempace, Averroes, Abenjaldún y, por supuesto, la literatura de esos inventores de quimeras-.

2. En la crítica a la visión religiosa y teológica del Medioevo -de los Padres de la Iglesia, de Agustín, de Tomás, de la escolástica, etc.-.

3. En la cultura latina -Virgilio, Lucrecio, Cicerón, Séneca, Plutarco, Filodemo de Gandara, etc.-.

4. En la cultura helénica, ese primer humanismo en el que se sintetizan las culturas mediterráneas, asiáticas y africanas.

5. En la propia lectura que los humanistas renacentistas hicieron de la cultura griega -Homero, Píndaro, Esquilo, Sófocles, Eurípides, presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, sofistas, físicos y geómetras, etc.- diferente a la que hicieron los cartesianos, los racionalistas ilustrados y los idealistas alemanes, que es la que ha predominado por siglos en la cultura occidental.

6. Y, por supuesto, en las herencias de las herencias: Israel, Egipto, Creta, Medio y lejano Oriente, etc.

Una tradición que contenía las esencias y las sustancias que nutrirían la la lucha y la búsqueda de Fernando González "como anillo al dedo", esa tradición que es como explica Ernesto Grassi:

"En la tradición humanista italiana aparece una y otra vez la tesis fundamental de la conexión íntima entre la experiencia personal y el pensamiento teórico, pues se sabe que los problemas que afectan realmente a las personas no se pueden ni deben plantear de una manera abstracta y puramente formal. Si tienen sentido las preguntas que nos apremian, han de tener un presupuesto existencial, que hay que sacar a la luz a toda costa.

[...]

Lo que movía a los humanistas era el problema de la unidad de palabra y cosa, de forma y contenido, la superación del dualismo de retórica y filosofía" (10).


***

Los escritos de los maestros de la tradición humanista renacentista han sido inubicables para los críticos de la literatura y de la filosofía Occidental, alienados por la rígida división de los géneros, similar alienación que han traspuesto a la lectura de las obras de Fernando González. Al fin y al cabo esa es la alienación generada por el afán sistematizador de la moderna filosofía Occidental que desarrolla sus prejuicios desde el punto de partida, desde su lectura de la antigüedad griega.

Sin embargo, basta con echar una rápida mirada a la formación y desarrollo de la tradición humanista renacentista para comprender que el problema es de punto de vista y no de contenido y forma.

En primer lugar, los humanistas renacentistas eran maestros, educadores, totales. Sus reflexiones, escritos y enseñanzas, estaban dirigidos a la exposición bella y literaria -retórica- de las ideas y de las ciencias, sin que, por ello, esa retórica, fuera otra cosa un vehículo adecuado, correcto, claro y preciso, que no reñía, para nada, con La Verdad y la Belleza, tal y como lo habían hecho sus maestros, herederos de la doble función de la poética de griegos y latinos. Para los humanistas era clara la advertencia de Plutarco:

"Aunque existan ritos sagrados sin danzas y sonidos de flautas, no hay poesía sin mito".

Y, por supuesto, está el asunto de la magia y los magos, condenados al fuego por siglos de estigmatización cristiana y persecución inquisitorial como actividad de origen infernal y poder diabólico, acusados de pretender subvertir el "orden imperante", el "pensamiento único", la "Verdad Revelada", etc., con sus peligrosas propuestas de libertad de pensamiento y de conocimiento.

Esa magia y esos magos que llamaban, en aquellos tiempos oscuros, magia y filosofía a lo que hoy se llama ciencia y filosofía, es decir, las artes que experimentan con la naturaleza para dominarla y transformarla en beneficio de la humanidad, como lo hicieron Roger Bacon, Giordano Bruno y muchos otros.

Magia y magos que aceptaban como dice Roger Bacon en De secretis operibus naturae:

"[...] el alma en tensión puede modificar muchas cosas en el respectivo cuerpo".

O, como lo define Giordano Bruno en su obra De magia:

"Mago significa hombre sabio con poder de obrar".

Un obrar que para Giordano Bruno es:

"La idea, la imaginación, la ficción, la configuración, la designación, la notación son la obra universal de Dios, la naturaleza y la razón, y está en poder de la analogía de aquella el que la naturaleza pueda admirablemente representar la acción divina, y que el ingenio humano pueda emular, por ello, la operación de la naturaleza (De Imaginum, signorum et idearum compositione).

Magia y mago que Fernando González define en El Remordimiento:

"Para los jóvenes tengo un mundo de fantasmas que me obedecen y que me alegran. Son las cosas de que he triunfado. Mis experiencias. Ellas surgen a mi llamada. Soy un mago, dueño de mi interior. ¡Toní!, y sale y escribe en un papelito de mi mesa, en el consulado de Colombia en Marsella: “Yo te amo...”. Luego ocupa el campo mental Augusto Bréal, o sea, la amistad; María Olózaga, o sea, el alma viajera y solitaria, radiante de soledad; las estatuas griegas, es decir, la belleza formal; la música, o el canto de un ave, oído en un amanecer..." (El Remordimiento).

En fin, una magia y unos magos que para expresarse recurrían a lo mejor de su imaginación alegórica y metafórica para describir y definir los objetos y los procesos de su operar sobre aquellos misterios para los que no existían, todavía, las palabras y los conceptos y que, por el peligro que corrían sus vidas, tenían que ocultar con herméticos lenguajes.

Haciendo un corte, más o menos arbitrario y más o menos histórico, ya desde el siglo XII y en medio de la polémica sobre si la poesía era un instrumento pagano o un medio adecuado para la expresión reveladora del cristianismo, algunos de los más duros de los enemigos de la poesía y de la filosofía al interior de la jerarquía de la Iglesia Católica, al separarlos, aceptaban que la poesía era útil a la expresión de lo sagrado, sin dejar, por ello, de condenar la expresión secular y pagana que con ella se hiciera.

De esa manera y hasta el Renacimiento, las búsquedas, las enseñanzas y las polémicas literarias, filosóficas y teológicas, se expresaron en la mejor y más bella poesía y prosa, sin que, dadas las circunstancias, fuera posible establecer una división taxonómica rígida entre ellas, como si lo hará la modernidad. Para ellos La Belleza y La Verdad eran interdependientes.

Así como en lo formal la expresión de los humanistas renacentistas no contemplaba diferencias literarias de género, tampoco las existían de contenido. Para ellos, los asuntos de la reflexión, la visión del mundo, el ser y el estar, eran tratados en su unidad esencial y existencial por un racionamiento tan válido, eficaz y eficiente como el cartesiano o ilustrado, salvo que no de manera abstracta ni formal.

Ello explica la primordial unidad literaria, filosófica, metafísica, teológica, en La Palabra de Fernando González, la misma que se convierte en la dificultad para sus críticos y estudiosos incapaces de contemplarla, de theorizarla, superando los prejuicios y alienaciones que por tantos siglos impidieron que se comprendiera que las Confesiones y La Ciudad de dios, de Agustín de Hipona, fueran tanto literatura como teología. O que la poesía y prosa de Dante, Petrarca, Boccaccio, fueran tan literarias como filosóficas o teológicas. O que Giordano Bruno, uno de los personajes cercanos al corazón y al pensamiento de Fernando González, escribiera sus obras científicas, filosóficas y literarias, tanto en bella, significativa y hermética, poesía como en poética prosa.

Bien sé que las denominaciones humanismo renacentista o italiano o francés o inglés, etc., son polémicas e imprecisas, por ello advierto que para estos comentarios las empleo sólo para señalar a aquellos personajes y obras que, desde el siglo XII y hasta el siglo XVI, generaron las corrientes de pensamiento y ciencia que incidieron poderosamente en el desarrollo de la cultura occidental.

***

Esa es la tradición que explica el motivo por el cual Lucas de Ochoa habitará con los "sabios judíos, sefarditas cristianos".

Esa tradición que Fernando González define para sí mismo y cuya explicación fue expresa y ejemplar en las páginas de su penúltimo libro: Libro de los Viajes o de las Presencias:

"Al regresar a mi tierra y gente me sentí como en casa y me dí nuevamente a callejear, caminar por la carretera, sentarme en las barrancas y en los cafés de las aceras, para atisbar agonías, entierros y mujeres, que son mi vocación. Primero son las agonías; segundo, los entierros; tercero, las muchachas y, como si en ellos estuviesen estos temas, los tipos como idos, que se quedan por ahí parados, mirando sin ver y de quienes la gente se aparta desde lejos y dicen que vinieron no se sabe de dónde y les atribuyen todo lo que les asusta y presienten. Son agonizantes. En realidad, las cuatro son una sola vocación" (Libro de los Viajes o de las Presencias).

Esa tradición en la que la escritura (LA NOVELA) es una y todo con la vida -esencia y existencia-, la filosofía, la literatura, la Naturaleza, la materia, el espíritu, el Ser y la realidad, tal la final definición que Fernando González propone en su última obra, porque él, como el Padre Elías:

"[...] era el hombre que sabía más de LA NOVELA, tanto, que su gran anhelo era el acabar con las novelas, para que cada uno estuviese atento a LA NOVELA que en él se representa y vive, pero, ¡ay, con vida inconsciente y vergonzante!" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Por eso, en LA NOVELA, -las novelas de Fernando González-, el autor -los autores-, el personaje -los personajes-, el ámbito -los ámbitos-, son uno, son todos, tal y como se explica al final del prólogo de su última obra, Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera:

"Y, para terminar, explicaré cómo hube estos manuscritos y personaje del drama: así como hay que atisbar en el silencio de las noches para ver las estrellas viajeras, yo me he dado a atisbar en soledad, y he recibido en casa la visita de misteriosos viajeros. No hay tal soledad; lo que así llaman es precisamente la compañía y viceversa. Otraparte, octubre 23 de 1961" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Al final, el reencuentro con Lucas de Ochoa:

"Apenas el Lucas de Ochoa partió para el cercano oriente, el autor fue visitado por el padre Elías y Fabricio, los cuales (apenas ahora principia a entreverlo) fueron enviados por aquél" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Y el ingreso en la PRESENCIA:

"PRESENCIA, o sea, realmente" (Tragicomedia del Padre Elías y Martina la Velera).

Por todo ello es que las obras de Fernando González son agua fresca y transparente para aquellos que las leen como los niños, porque sólo ellos son y ven la unidad: PRESENCIA.

***

Y, así como para Juan Pablo Sartre, en ¿Qué es la literatura?", el compromiso es necesario al escribir, el compromiso de la escritura de Fernando González fue el de crear un lector que se descubra a sí mismo, a su propia imagen y semejanza.


NOTAS

(1) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre, Ediciones B, Barcelona, 2001, p. 58.

(2) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre..., p. 66:

"El maestro de los Estoicos y el Sacerdote de Nietzsche. Zaratustra. Dionisio. De Nietzsche, también, el águila y su ligereza, el camello símbolo del espíritu de la pesadez, la serpiente y todas las ambigüedades del sentido de la tierra".

(3) Ver LECTOR LUDI-12: Iván Rodrigo García Palacios, http://lectorludi.blogspot.com/

(4) Bernard-Henri Lévy, El siglo de Sartre..., p. 71.

(5) Alberto Restrepo González, Para leer a Fernando González, Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, 1997.

Ver también una aproximación académica y Occidental a la filosofía de Fernando González en: Fernando González ¿Filósofo colombiano?: Marquínez Argote, Germán. Sobre filosofía española y latinoamericana. Biblioteca colombiana de filosofía, Universidad Santo Tomás USTA, Bogotá, 1987, p.p. 165 - 175.

(6) Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental, Anthropos, Barcelona, 2003, pp. 135-136. Ver la explicación completa en las páginas 131 a 135.

(7) Ver CUADERNO DE CITAS-6: Unas cuantas citas sobre la importancia del "mundus imaginalis",
http://lectorludi.blogspot.com/

(8) George Santayana, Platonismo y vida espiritual, Trotta, Madrid, 2006, p. 57. También en Dominaciones y potestades:

"Por "espíritu" no entiendo ningún poder separado, alma, persona o deidad que persista en el tiempo con un carácter individual, como un personaje dramático. Entiendo por "espíritu" solamente la despierta atención interna que cubre todos los sentimientos y pensamientos reales, aun cuando éstos se encuentren dispersos y sean momentáneos, bien existan en un efímero insecto o en la eterna omnisciencia de Dios. El espíritu así concebido no es un individuo, sino una categoría: es la vida en tanto alcanza la pura realidad en sentimiento o en pensamiento [...]. El espíritu es el testigo, involuntario y desprevenido, de todo lo real e imaginario, de cuanto bueno o malo pueda experimentarse".

(9) Así resume Daniel Moreno en: Santayana filósofo. La filosofía como forma de vida (Trotta, Madrid, 2007, p. 92), la propuesta de George Santayana:

"Los cuatro volúmenes de Reinos del ser se ocupan de cuatro ámbitos del ser o categorías de la realidad que Santayana distingue. Brevemente presentados son:

- Ámbito de la esencia: conjunto de esencias idénticas, simples, de tipos muy diferentes; es infinito, eterno, ahumano.

- Ámbito de la materia: conjunto de hechos existentes y sucesos ocurriendo junto con su influencia en la psique humana; es contingente, infinito, ahumano.

- Ámbito de la verdad: conjunto de esencias que describan fielmente lo ya ocurrido en el reino de la materia; es invariable, ahumano, contingente.

- Ámbito del espíritu: dimensión abierta por la psique cuando alcanza la intuición de esencias, en especial el conjunto de esencias procedentes de la filosofía, la literatura o la religión que alimenten y entusiasmen al espíritu".

(10) Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental..., p. 6.


OTRA BIBLIOGRAFÍA

Eugenio Garin, Medioevo y Renacimiento, Taurus, Madrid, 2001.

1 comentario:

Miguel Yepes dijo...

En mi juventud sentí admiración por Fernando González. Pensamientos de un Viejo dejó una profunda huella en mi juventud.
Hoy, luego de muchos años, siento el entusiasmo de Fernando González, la pasión por el saber, por el remontarse por encima de la mediocridad. Y Fernando González sigue siendo un baluarte del anhelo de la sabiduría.
Iván Rodrigo, felicitaciones por tu blog y por tu esfuerzo hacia la cultura.

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