9 de septiembre de 2010




Carta eleusina No. 2

Por Iván Rodrigo García Palacios

Apreciado Lucilio, "te saludo"
Despertó mi interés el que, de la serie de asuntos que de manera introductoria te expuse en mi primera Carta eleusina, privilegiaras el aspecto "casi mitológico" de la iniciación en lo mistérico de las celebraciones eleusinas, por sobre el contenido de lo vital, de lo saludable y de lo cognoscitivo, de lo individual y de lo colectivo, ya que por ello eran consideradas fuente de sabiduría y de "experiencias de satisfacción y de felicidad" en "el aquí y el ahora" y "del pasado para el de ahí en adelante", que era por y para lo que se festejaba.
¿Será, acaso, lo que Nietzsche intuyó tras el misterio y lo que sintió del "eterno retorno de lo mismo"? ¿Será ese "el conocimiento" del que él habla?
Creo que sí, basta con leer en los fragmentos póstumos el primer proyecto: El retorno de lo mismo, el que Nietzsche escribiera a los pocos días de concebir el "eterno retorno" en la roca de Surlei.
Sé que a través de los siglos ese es el aspecto que ha fascinado, por su enigma, secreto y misterio, a aquellos que miran la historia de los antiguos griegos y la mitifican. Sin embargo, "a la luz" de las recientes investigaciones, la cosa era misteriosa porque el acceso a los estados místicos del éxtasis estaba sólo reservado a los "iniciados", quienes debían guardar absoluto secreto a costa de sus vidas. Era algo así como lo que hacen las sectas, organizaciones y mafias secretas: cátaros, masones, "Cosa Nostra" y tantas otras mafias de toda clase y motivos que sus razones elitistas y de compromiso tenían.
Lo cierto es que la experiencia íntima de los estados místicos y de éxtasis, es inefable, inexpresable y un "conocimiento incomunicable" y que, el enigma de ese "conocimiento" presupone una condición del éxtasis, pero sé que no es tan misterioso el método por el cual acceder a tales estados y poder "conocer". La sola "búsqueda" de tal método, es ya una labor que depara salud y gozo.
Es un asunto de "cosa" y "palabra", como te lo escribí en mi primera carta.
Los griegos lo tenían claro:
"Nosotros no revelamos a quien se nos acerca las cosas que son , sino las palabras, que son cosas distintas de las cosas reales" (Georgias).

Plotino, con quien Nietzsche comparte intereses sobre los asuntos del cuerpo, lo expresa como experiencia mística:
"Muchas veces, despertándome de mi cuerpo a mí mismo, saliéndome de las otras cosas y entrando en mí mismo, al contemplar entonces una belleza maravillosa y convencerme de que pertenezco a lo más alto en el mundo superior, habiendo vivido la vida más noble, habiéndome convertido en idéntico a lo divino y fijado en él, ejercitando esta actividad suprema y situándome por encima de cualquier otra realidad espiritual, cuando luego, tras esa estancia en la región divina desciendo del Intelecto al raciocinio, me pregunto cómo ha sido posible, y también esta vez, descender de este modo, cómo es posible que mi alma haya llegado jamás a estar dentro de un cuerpo si ya, desde que está en un cuerpo, el alma es tal como se me manifestó" (Plotino, Eneadas, IV, 8, 1,1.).

Vico, siguiendo a Aristóteles, lo explica en su Ciencia nueva:
"(...) los primeros hombres, como niños del genero humano (...) tuvieron una necesidad natural de fingir los carácteres poéticos que son géneros o universales fantásticos, para reducir a ellos, como modelos ciertos, o retratos ideales, todas las sabidurías particulares a sus géneros semejantes" (Giambattista Vico, Ciencia nueva).

Qué decir de los filósofos y místicos al-Andaluses y musulmanes cuyas obras son guías detalladas para recorrer ese "camino justo" de preparación para el "iniciado" hacia la experiencia mística y la búsqueda del "conocimiento": Avempace, Avicena, al-Farabi, al-Gazali, Ibn-Tufayl y otros.
Tal es lo que se propone Ibn-Tufayl, en su libro El filósofo autodidacto, al explicar el éxtasis, en el que también incluye las opiniones de Avenpace y Avicena:
"Motivo ocasional de este libro: el éxtasis
Me pediste, hermano sincero (Dios te dé la inmortalidad eterna y te haga gozar la perpetua felicidad), que te comunicase aquellos misterios de la Sabiduría iluminativa que me fuera posible divulgar, los cuales menciona el maestro y príncipe [de los filósofos] Abu Ali b. Sina. Has de saber, pues, que el que quiera alcanzar la verdad pura, debe estudiar estos secretos y esforzarse por conocerlos. Tu pregunta ha sugerido en mi ánimo una noble idea, que me ha conducido a la visión intuitiva de un estado [místico o éxtasis], que antes no experimenté, y me ha llevado a un término tan maravilloso, que ni lengua alguna podría describir [su naturaleza] ni razonamiento alguno demostrar [su existencia], porque es de una categoría y de un mundo completamente distinto de ellas; sólo que la alegría, contento y placer que este estado lleva consigo, no permiten que la persona que a él llega o que alcanza algunos de sus grados, pueda ocultarlo y guardarlo secreto, sino que, dominado por la emoción, el entusiasmo, la alegría y la satisfacción, se inclina a manifestarlo, de una manera vaga e indistinta. Si es hombre inculto, habla de él sin tino, hasta llegar a decir alguno, a propósito de este estado: «¡Glorificado sea yo! ¡Cuán grande es mi condición!». Otro dijo: «Yo soy la Verdad». Y otro: «No hay, bajo estos vestidos, sino Dios».
El maestro Abu Hamid al-Gazali [Algazel], cuando alcanzó este estado, aplicóle el verso siguiente:
Sea lo que quiera (que yo no he de decirlo), cree tú que es un bien y no pidas de él noticias.
Pero este [filósofo] era experto tan sólo en los conocimientos racionales y estaba versado únicamente en las ciencias" (Ibn Tufayl, El filósofo autodidacto, Trotta, Madrid, 1995, p. 31).
Por supuesto, tampoco hay que olvidarse de los Upanishads y otros referentes orientales que el mismo Nietzsche ya cita en aquellos primeros apuntes de 1881.
Por ejemplo, esto dice el Kena Upanishad:
"¿Animada e impulsada por quién la mente se eleva? ¿Dirigida por quién la vida se mueve por primera vez? ¿Animados por quién dicen esta palabra? ¿Qué dios controla la vista y el oído?
Es del oído el oído, de la mente la mente, de la palabra la palabra, del aliento el aliento, de la vista la vista. Los sabios renunciando, al dejar este mundo, devienen inmortales.
No llega allí el ojo, no llega allí la palabra y tampoco la mente. No sabemos, no entendemos como puede esto ser enseñado.
Diferente es en verdad a lo conocido y superior aún a lo desconocido. Así escuchamos de los antiguos quienes esto nos explicaron.
Aquello no expresado por la palabra sino por lo cual la palabra se expresa: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que no se piensa con la mente sino por lo cual, dijeron, la mente piensa: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que con el ojo no se ve sino por lo cual los ojos ven: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que con el oído no se oye sino por lo cual el oído oye: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que la vida no anima sino por lo cual la vida es animada: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian" (Kena Upanishad, Sección I).
No son los únicos autores y antecedentes, la lista es extensa, pero sustanciosa, y en ella se debe incluir los solares místicos del Mediterráneo, los oscuros místicos del Norte de Europa, los místicos del desierto persa, así como a Zaratustra y Gilgamesh.
Todo esto y mucho más, lo intuyó Nietzsche desde temprano, como citaré más adelante.
Por otra parte y ya en los territorios del "más acá", habrá oportunidad para revisar las lecturas literarias, filosóficas, científicas, teológicas, políticas, sociales, etc. que Nietzsche devoró, unas veces con método, pero, la mayor parte, con gula descontrolada. Nietzsche fue un Lector Ludi, apolíneo y dionisíaco, trágico y voraz.

***

Vistas las cosas de esa manera y explorando y frivolizando un poco la nueva información, se sabe que aquellas celebraciones eleusinas eran una fiesta de fin de verano en la que se celebraba a la vida como sabiduría y ese era el gran misterio: el poder de la música, la danza, la poesía, la "contemplación", para provocar la "visión suprema": el juego en el que los dioses, sin negar el dolor, lo minimizan, le anteponen un rival que le proporciona alegrías a la vida:
"El juego no es únicamente sueño, sino vigilia, no es apariencia más de cuanto lo sea la violencia del dolor, es un aspecto positivo de la vida que emerge de las islas griegas, es vida triunfante que consigue equilibrar el peso de la necesidad y del esfuerzo" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, pp. 116-117).

Lo que bien explica aquello que Nietzsche escribió sobre el juego en su primer proyecto: El retorno de los mismo, un poco después de su experiencia extraordinaria en la roca de Surlei, el 6 de agosto de 1881:
"¿Qué aspecto toma esta vida respecto a su suma de bienestar? Un juego de niños, hacia el que el ojo del sabio dirige la mirada y que consiste en tener control sobre éste y aquel estado - y sobre la muerte, si algo así no resultara posible" (Nietzsche, Fragmentos póstumos (traducción de la edición crítica de Giorgio Colli y Mazzino Montinari), Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1992, p. 164).

El festival eleusino se trataba de una celebración colectiva de experiencias individuales. Una fiesta en el sentido nietzscheano: expresión de gratitud a los dioses de la vida y la sabiduría; el equilibrio de la vida, la muerte y la resurrección, en el éxtasis: Dionisios y Apolo.
Estas fiestas o festivales tenían dos escenarios, el uno público, en el que participaban todos los que querían asistir y un recinto privado, reservado a los "iniciados", a aquellos que se sometían a un proceso de preparación y selección y para la realización, en total secreto, de los actos mediante los cuales era posible alcanzar el estado de éxtasis. El secreto y el misterio se explican porque tales estados debieron ser manejados de manera controlada para evitar consecuencias peligrosas o, simplemente, por esa necesidad de misterioso secretismo, pertenencia, importancia y solidaridad de pares que tenemos los humanos. En fin, un asunto para tratar en otra oportunidad.
Lo que me interesa ahora es insistir en los aspectos vital, saludable y cognoscitivo de esas celebraciones eleusinas.
Vital y saludable, porque allí se celebraba la sabiduría de la vida, porque, luego de un año de trabajos y esfuerzos, era necesario que las gentes recobraran la alegría de vivir, expresaran su gratitud y se prepararan para el encierro del invierno.
Y es cognoscitivo, porque "el conocimiento" que allí se manifestaba y obtenía, era la fuente de esa sabiduría que los griegos desarrollaron y la que luego, Platón y sus descendientes, volvieron filosofía, por los motivos que la historia explica con amplitud, tal y como podrás notar más adelante en la cita que te transcribo.
Aquí tenemos dos asuntos que es necesario explorar. El uno, el de lo vital y saludable, que desborda el motivo de esta segunda carta y que todavía es motivo de trabajos y esfuerzos en progreso, por lo cual, apenas lo voy caminando, como dijera el poeta: "se hace camino al andar".
Para el otro, el cognoscitivo, me atrevo a trascribir uno de los aforismo de Giorgio Colli en su libro Después de Nietzsche -me gusta escuchar a los maestros- y que, como podrás notar, explica mejor ese asunto del conocimiento y la sabiduría de los más antiguos griegos:
"El gran pensamiento
Reconocer la animalidad en el hombre, no sólo eso, sino afirmar en la animalidad la esencia del hombre: ése es el pensamiento grave, decisivo, precursor de tempestades, el pensamiento frente al cual todo el resto de la filosofía moderna queda reducido a hipocresía. Lo enunció Schopenhauer, y Nietzsche fue el único exégeta auténtico, verificándolo en el campo de los acontecimientos humanos. La oscura raíz de la animalidad, la ciega voluntad de vivir se trasluce de los mitos de las religiones antiguas. La matriz india es evocada por Schopenhauer; el símbolo de aquella intuición total, unitaria, de la vida es el dios reivindicado por Nietzsche. Dionisios tuvo una representación taurina (como Osiris se identificó con Apis), fue el "señor de los animales feroces", el devorador de carne cruda, el lacerador de las criaturas, el cazador Zagreus; su séquito estuvo compuesto por seres mitad hombres, mitad caballos, por ménades delirantes, vestidas con pieles de leopardo, que descuartizaban cervatillos y cabritos. Y en su origen la máscara simboliza el animalizarse del hombre: en los "komoi" primitivos los seguidores de Dionisios aparecían disfrazados de animales. El "pathos" dionisíaco es lo contrario de la compasión cristiana: mientras en ésta la participación en el sufrimiento conserva íntegra la individualidad de quien experimenta la piedad, aquél se desencadena a través de la ruptura de la individuación, y entonces el tiaso de Dionisios vive directamente, y no desde fuera, la unidad entre hombre y animal. La íntima laceración de la voluntad de vivir se manifiesta en la perenne fragilidad, en el tejido trágico de los impulsos animales en lucha; el poseído por el dios vive consecutivamente la angustia de la víctima acosada y la crueldad del sanguinario perseguidor: las dos partes se entrelazan en la pasión dionisíaca. Nietzsche conocía con lagunas los testimonios históricos sobre la religión de Dionisios, pero integró, extrajo de manera exhaustiva el significado del Dios, con adivinación deslumbrante. Combatiendo al cristianismo combatía la falsa religión, la religión racionalista, antropocéntrica, que concedió al hombre una posición aislada en el mundo, y para poder hacerlo negó la animalidad en el hombre. Durante muchos siglos los filósofos estuvieron sometidos a la maldición de este juicio -y todavía lo están- y soñaron con soluciones segregacionistas, racionalistas (basadas en lo que nos pertenece sólo a nosotros), "humanas". Descartes nos dijo que los animales sólo son pedacitos de espacio. Por eso Nietzsche, que utilizó todos los medios a su alcance para que los hombres escucharan de su boca esta verdad (divulgando a Schopenhauer, que desdeñosamente se había mantenido aparte), aparece ante nosotros como un "liberador", para usar un epíteto con el que los griegos designaban a Dionisios" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 76-77).
Me imagino, con justificada intuición, que esto era lo que se ocultaba tras el velo de los misterios de Eleusis: ese "instante" apolíneo y dionisíaco, el éxtasis en el cual "se contempla y se siente" la total "ausencia" del espacio-tiempo, de la necesidad y de la acción, y se accede a ser "uno con todo", como, mucho después, lo expresara Hölderlin:
“Ser uno con todo, esa es la vida de la divinidad, ese es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al Todo de la Naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías, esta es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno donde el mediodía pierde su calor sofocante y el trueno su voz, y el hirviente mar se asemeja a los trigales ondulantes.
¡Ser uno con todo lo viviente!
(...)
Formar un solo ser con todo lo que vive, ¿no es vivir como los dioses y poseer el cielo en la tierra?” (Hölderlin, Hiperión, segunda carta de Hiperión a Belarmino).
O, para ser tan aventurero como mis hipótesis descabelladas, es "contemplar" ese único "instante" en el que hombres y mujeres son Uno y lo mismo. Ese "instante" en el cual el estado místico del éxtasis y el enamoramiento son una y la misma cosa, que los hace ser iguales sin dejar de ser Uno y Otro, como puede comprobarse en las "experiencias" de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz:
"Búscame en ti", escribe Teresa de Jesús; "Búscate en mí", escribe Juan de la Cruz. Lo que no es lo mismo, pero ese es otro tema.
Porque el enamoramiento, como el estado místico del éxtasis, es ese estado natural de trasformación que por necesidad se desata en el campo fértil y abonado del cuerpo, de la mente y del espíritu, del Homo-Humano, al impacto de una visión maravillosa que inflama con "ferino furor" y cuya contemplación hace Ser y Estar al sí-mismo más cercano a trasmutarse en un dios, como intentan expresarlo, atónitos, místicos, poetas y filósofos y que ahora, las neurociencias, exploran con temor y temblor. Los "sabios" lo "conocen", cada cual a su manera.
El enamoramiento es ese momento en el que el Homo-Humano se hace, en cuerpo, en mente y en espíritu, original, total y, tal como lo fuera en el principio, vuelve a contemplar las maravillas de la vida y del universo como la primera vez: el enamoramiento, así como el estado místico del éxtasis, son una hierofanía, una revelación que provoca un renacimiento. O, ¿será resurrección?, como prefería decir Nietzsche.
Sin llamarlo enamoramiento, místicos, filósofos y poetas hablan de un estado en el cual, extática, dolorosa y maravillosamente, le es permitido al Homo-Humano contemplar y acceder a la Sabiduría.
Así se explica el que Platón denominara "doctrina del amor" a la "iniciación" eleusina, porque los más antiguos griegos habían "conocido" que era posible provocar tanto el enamoramiento como el estado místico del éxtasis, lo mistérico.
Ese debió haber sido el gran misterio y secreto de Eleusis: el poder y el conocimiento capaz de inducir el retorno, por un instante, al "instante" de ese estado primordial y emerger de él sano en cuerpo, mente y espíritu.
Porque es necesario sanar cuerpo, mente y espíritu antes de proceder a organizar de nuevo el pensamiento. Esto es lo que enseñan Hölderlin y Nietzsche: Zaratustra con velado pragmatismo y, quizás, con menor intensidad que el Empédocles y el Hiperión de Hölderlin, más poéticos, herméticos y esotéricos.
¿Será posible, con toda la información ahora disponible, redescubrir ese poder y ese conocimiento, esa fuente de salud corporal, mental y espiritual que no requiere de consumir drogas o sustancia psicotrópica alguna?
Por lo que se ha investigado, las sustancias que se consumían en las celebraciones eleusinas no tenían la capacidad de producir estados alterados y que estos debieron producirse como consecuencia de la preparación a la que eran sometidos los "iniciados".
Creo que si es posible y como te lo escribí de manera introductoria en mi primera carta, es necesario hacerlo y para lograrlo se debe cumplir la misma recomendación de Platón a Sócrates:
"... -con tal de que se siga el camino justo-" (Platón, Banquete, 209e).

He ahí el problema. Ni "el camino justo" ni la "experiencia" ni el "conocimiento", son algo que se pueda revelar, vulgarizándolos o comercializándolos, como, en su momento se acusó a Esquilo de hacerlo o como luego trataron de hacer religiones, filosofías, falsos profetas y curanderos. O como hoy lo hacen los charlatanes vendedores de auto-ayudas, místicas y angelologías, entre tantos otros productos que sólo buscan satisfacer las novelerías del consumismo y llenar las arcas de los mercaderes.
Sin embargo y como lo dije antes, si la mente humana lo ha inventado, la mente humana puede desvelarlo, reproducirlo, comunicarlo, sólo que, para ello, dependerá de las cualidades y calidades de aquellos qué lo hagan y de los medios que utilicen.
De eso se trata todo esto: es arqueología y es Lectura Lúdica. Esa Lectura Lúdica que es mística, que extasía y enamora; esa que provoca las cuatro "manías" socráticas (Platón, Fedro: 265 a-b); esa que es la fuente de la salud que sólo a la condición humana le es dado "contemplar". Lectura Lúdica que es: "Ser uno con todo", entrar en el sí-mismo"; "visión intuitiva"; lectura de y con todos los sentidos, con la mente y con el espíritu; esa que revela las cosas; esa que otorga sentido a la palabra poética... en fin: "contemplar".
Lograr esa "contemplación" es lo que Nietzsche propone y "grita" con su Superhombre, su "eterno retorno de lo mismo", su "Dios ha muerto", y de lo cual, Zaratustra, es "el Señor" y "El Maestro".
Él lo intuía desde sus ya remotas lecciones de Basilea sobre la retórica, que aquel "conocimiento" era y estaba en el sí-mismo y sólo era posible comunicarlo por medio de la poesía:
"No son las cosas quienes entran en nuestra consciencia, sino la manera en que estamos frente frente a ellas, lo que los griegos llamaban el pitzanon. El lenguaje es retórica, pues quiere trasmitir sólo una doxa, no una episteme".
(...)
Todas las palabras son, en sí y en relación con su significado, tropos, representan en vez del proceso real una imagen sonora que se apaga en el tiempo (...) Los tropos no se suman a las palabras de vez en cuando, sino que son su naturaleza más propia. No hay un significado auténtico que sólo se transfiere en casos especiales" (Nietzsche, Retórica).
En consecuencia y consciente del esotérico conocimiento que iba a trasmitir, Nietzsche -ya "maduro e iniciado"-, recurrió al hermético lenguaje de la música y de la poesía para que Zaratustra "anunciara" esa mistérica doctrina, la que los hombres tendrán que aprender
"(...) a oír con los ojos?" (Z, I, Prólogo, 5).

¿No son, acaso, música y poesía, el portal de acceso a lo inefable?:
"Nosotros somos notas vivas sonando conjuntamente en tu armonía, ¡oh, naturaleza" (Hölderlin, Hiperión, Libro 4, ultima carta a Belarmino).

Por esto, y por mucho más, es por lo que considero a Así habló Zaratustra la inexplorada Guía de "iniciados" a Superhombres que, con mi método de Lectura Lúdica y, aprovechando el acompañamiento espiritual que me ofreces con tu poema (descifrar lo que está oculto, este es el sentido de la vida), voy desvelando en un juego, en una fiesta eleusina, en una "experiencia" de gozo y místico éxtasis.
Y, porque esto es así y para que me "escuches con tus ojos", repito, recito y canto, como mías, las palabras de Zaratustra, con lo que voy a llamar: La canción del "iniciado":
"Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, - y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:
«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»
- Así comenzó el ocaso de Zaratustra" (Z, I, Prólogo, 1).
Esta es la misma canción que deberá empezar por cantar todo aquel que aspire a las "experiencias" "de satisfacción y de felicidad" que ofrecen los misterios eleusinos o, para el caso, zaratustrinos: águilas y serpientes, trasformaciones en camellos, leones y niños, visiones y enigmas, canciones y todo lo demás.
Para respaldar lo dicho, de nuevo la escritura del maestro. Otro de los aforismos de Giorgio Colli:
"Una indicación reveladora
En un fragmento escrito en 1883, Nietzsche declara haber descubierto el secreto del universo griego. Los griegos creían en el eterno retorno, porque la fe en los misterios significa precisamente eso. La observación es importante sobre todo como testimonio de la relampagueante penetración histórica de Nietzsche (aunque no considere oportuno divulgar dicha intuición): el vértice de lo griego habrá que buscarlo en el éxtasis colectivo, en el conocimiento místico de Eleusis. Y se puede tener la certeza de que al establecer semejante relación Nietzsche no pensaba en los ritos agrarios y en el ritmo cíclico de la vegetación. Pero más importante todavía es la revelación personal, algo similar a la séptima carta platónica: la doctrina suprema de Nietzsche es una fulguración mística, una visión que libera de cualquier aflicción y de cualquier deseo, incluso de la individuación. Después de esa experiencia todas la ideas, discusiones, doctrinas de Nietzsche no serán más que una comedia de la seriedad" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 2000, p. 151).
Ese es el secreto del universo griego que Nietzsche descubrió e interpretó cabalmente en ese primer proyecto: El retorno de lo mismo, que te cité atrás.
En fin, ya habrá oportunidad de otras cartas y charlas y antes de despedirme y por ahora, quería decirte:
En tus poemas pre-siento el camino que sigues hacia "la cima de los pensamientos y la cumbre de la inefable montaña", allí en donde el cielo y la tierra, el poeta y el filósofo, "son Uno con Todo".
La alegría de tu lectura es para mí, porque, como también te lo dije, es un gozo escribir con los amigos.
Y, como el asunto es un camino que se hace, seguiré escribiendo mis cartas y gozaré como un niño cuando estemos juntos tomándonos ese tinto, no por mi sabiduría, sino por la alegría de una rica charla entre amigos.
(Escribí para mí, para ti, para quien sea),

"Que sigas bien"
Iván Rodrigo García Palacios.

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