9 de junio de 2006

LECTOR LUDI-31

La conexión evolutiva y cultural

del enamoramiento

- EL ENAMORAMIENTO: SEGUNDA PARTE

- ¿En qué momento empezamos a ser los humanos que hoy somos?

- Simbolizar: un proceso de miles de años de evolución cerebral y mental

- El enamoramiento: consecuencia de la extensión del celo y la erotización del sexo

Por Iván Rodrigo García Palacios

INTRODUCCIÓN

Uno de los misterios más fascinantes y difíciles de desvelar en la historia de la humanidad, ha sido el de determinar el momento, las condiciones y las circunstancias en los cuales el cerebro de los Homo empezó a simbolizar, a atribuirle símbolos a las sensaciones y, a partir de allí, a darle proyección a su existencia en el tiempo y en el espacio; a establecer nuevos sentidos y relaciones para sus sensaciones; a almacenar información en memorias asociativas que le permitían conservar y crear conocimientos y, en consecuencia, a crear nuevos mundos imaginarios y realizables, en fin, a ser consciente de tener conciencia y de poder expresarla. Ese fue el tiempo en el cual el Homo se transformó en Humano, el Humano que ha evolucionado hasta hoy.

Hasta ese momento, el cerebro del Homo sólo funcionaba como el del mamífero más avanzado en la evolución cerebral, por medio de procesos repetitivos que se transmitían de generación en generación y que, ocasionalmente, cada cientos de miles de años, evolucionaban para dar origen a un fenómeno biológico-cerebral que ampliaba la dinámica cotidiana mediante el desarrollo de una novedad tecnológica, al tiempo que elevaba las potencialidades y posibilidades de supervivencia y reproducción de individuos y hordas.

Como todo en la evolución, cada paso tiene una finalidad y nada es gratuito. Para transformar los organismos vivos, quita y pone de la materia prima disponible con el fin de adecuarla a las condiciones y circunstancias, favoreciendo aquellas habilidades necesarias para su supervivencia y su reproducción en los ambientes en que le corresponda vivir.

Así pues que, paralelamente con la evolución biológica y fisiológica del cerebro, que se desarrollaba a costa de otras partes del cuerpo, que se iban haciendo innecesarias, se aumentaba la capacidad cerebral y mental, necesarias para soportar el incremento, cada vez más complejo, de su actividad.

Tal es el caso de los grupos de Homo que por sus circunstancias y condiciones cambiaron sus dietas vegetales, que necesitaban un sistema gástrico grande para su digestión, y comenzaron a consumir alimentos cada vez más blandos, ricos en proteínas y nutrientes que, no requiriendo un gran sistema gástrico, permitió que las partes sobrantes de ese sistema se trasladaran a ampliar y mejorar el sistema nervioso u otras partes del cuerpo.

Esa complejidad cerebral y mental, soportada por ese sistema nervioso ampliado y mejorado, da pie para la aparición de los primeros intentos de ese simbolizar que le fue permitiendo la organización paulatina de los procesos cerebrales y mentales, hasta ir constituyendo e integrando funciones y áreas especializadas, dotadas con capacidad de memoria y relaciones simultáneas y paralelas que, a partir de las habilidades preexistentes, generó nuevas interpretaciones y manifestaciones de sí mismo y de la realidad.

Por ejemplo, los sonidos se fueron convirtiendo en lenguaje y música, la visión en imágenes virtuales recordables y modificables, e igual para las demás percepciones y sensaciones: olfato, tacto y sabores; dando origen a nuevas tecnologías e interpretaciones. La imaginación y el pensamiento inician así una actividad que todavía continúa evolucionando.

Por supuesto, igual que toda la evolución previa del Homo, la evolución del Humano ha sido lenta desde el momento en que comienza a simbolizar, hasta la vertiginosa rapidez de la actualidad. Con una mayor aceleración en los últimos 40.000 años, cuando, controlados los métodos para satisfacer muchas de las necesidades básicas, se empieza, como dijo el psicólogo estadounidense, Abraham Harold Maslow (1908-1970), a la satisfacción de las necesidades superiores o la autorrealización.

Pero, aclaro que para mí, tales necesidades superiores, a diferencia de las necesidades básicas, son generadas por la cultura y su satisfacción depende tanto de las adecuaciones biológicas y fisiológicas como de la ampliación de la capacidad mental, en una espiral sin final a la vista.

Llega, pues, el momento en el cual imaginación y pensamiento comienzan a abstraer y a conceptualizar, lo cual permite concebir el orden social, con su manejo del poder, que dan origen a la política y la religión.

Nacen las artes propiamente dichas que se convierten en los métodos y formas que le permiten a los humanos proyectar las condiciones de su existencia en el tiempo y en el espacio, así como el poder para manifestar y expresar todas aquellas cosas de las cuales todavía carece de elementos y formas concretas de explicación y a las que intenta dar una interpretación aceptable.

Y, a partir de las antiguas habilidades para fabricar herramientas y artefactos, empieza el desarrollo de la artesanía que derivaría en la industria y las ciencias que transforman, imitan, replican, controlan y destruyen la naturaleza.

De todas las posibilidades y potencialidades que el simbolizar le ha permitido desarrollar al ser humano que hoy es, la que ahora me interesa es: tratar de responder a las preguntas que alguna vez se me ocurrieron y que continúan inquietándome: ¿Cómo, a partir del sexo, se desarrolló la sexualidad? ¿Qué conexiones existen entre sexo, sexualidad, enamoramiento y amor?

PRIMERA PARTE

El sexo humano, como el de todos los seres vivos, asegura la reproducción y posibilita la evolución. En este sentido, el ser humano comparte con los seres vivos las mismas condiciones, con las diferencias correspondientes a cada una de las especies, las que, en términos generales, son ahora el resultado de millones de años de evolución, durante los cuales, la evolución ha experimentado hasta alcanzar los procesos sexuales que hoy caracterizan cada especie y que, vistos en conjunto, son variaciones y mezclas de una forma original de reproducción.

Si se mira comparativamente, el sexo humano comparte muchas de las características de otras especies animales y, en particular, ha desarrollado algunas características bio-sexuales propias y, como pienso, ha introducido algunas modificaciones culturales al mero comportamiento sexual reproductivo, con una finalidad social que, para la naturaleza humana, además de garantizar la reproducción evolutiva, satisfaga otras necesidades, estas ya de tipo cultural.

Por ello, me atrevo a pensar, que en algún momento de su evolución biológica y cultural, el Humano inventó la sexualidad a partir motivos, medios y finalidades que, como en todo en la evolución, se adecuó, se transformó, se acumuló o se desechó, de acuerdo a las circunstancias de cada época hasta obtener el estado actual que, como es de suponer, continuará evolucionando.

En primer lugar y para tratar de localizar ese momento, asumo y parto de la definición que José Antonio Marina ofrece de la sexualidad y que, de entrada me conecta con los temas anteriores:

"Llamo sexualidad al universo simbólico construido sobre una realidad biológica: el sexo" (1).

Esta definición me lleva a afirmar que para el Homo el sexo era simplemente sexo: la actividad reproductiva dirigida y controlada biológica y fisiológicamente, acorde con la evolución. Lo que me hace, a su vez, preguntarme, aunque difiera para otra ocasión el intentar una respuesta, ¿cómo serían las relaciones entre los humanos sin la sexualidad? Un asunto nada extraño, dadas las actuales formas de relación sexual y, lo más dramático, ante la posibilidad de reproducción artificial y controlada, con las consiguientes implicaciones morales, sociales, políticas, biológicas, en fin...

Regresando al tema, de todas las características que determinan el sexo en los seres vivos, probablemente, las más evidentemente perceptibles a todos los niveles, son las de celo, apareamiento, embarazo, nacimiento y crianza, las cuales, además de sus condicionamientos biológicos, son las de más factible de control cultural.

Se puede, entonces, pensar que en el momento en el cual el Humano empezó a simbolizar, una de las actividades que fue necesario simbolizar, para la conformación de los grupos o comunidades, fue la del sexo, como principio fundamental de las finalidades de sobrevivir y reproducirse.

Así pues que, una vez lograda la asociación de grupos de humanos, estos simbolizan las actividades que conducen a la seguridad y la sobrevivencia del grupo: liderazgo, político y religioso, recolección de alimentos y, especialmente, la reproducción.

La reproducción, como lo plantea Peter Sloterdijk, es una de las actividades que, básicamente, define la naturaleza misma del grupo:

"Las hordas son grupos de seres humanos criadores de seres humanos, que conceden a sus descendientes, a través de enormes distancias temporales, cualidades cada vez más desmedidas de lujo" (2).

Igualmente, Peter Sloterdijk, describe la naturaleza de la horda en su contexto psicosocial:

"A fin de presentar los essentials de la comunidad arcaica, sería útil tener a la vista algunas de las propiedades, de enriquecedoras consecuencias, de la originaria vida de las hordas. Lo mejor es imaginarse a las antiguas hordas como una especie de islas flotantes, que avanzan lentamente, de modo espontáneo, por los ríos de la vieja naturaleza. Se separan del medio exterior por la revolucionaria evolución de las técnicas de distanciamiento -sobre todo por la novedosa sincronía de huida y contraataque- y están sujetas desde su interior por un efecto invernadero emocional, que amalgama a los miembros de la horda -a través del ritmo, la música, los rituales, el espíritu de rivalidad, los beneficios de la vigilancia y el lenguaje- en una especie de institución psicosocial total. Estos grupos pueden denominarse islas sociales, pues, de hecho, han sido extraídos de su entorno como esferas que estuvieran animadas, rodeadas por un invisible cerco de distanciamiento, que mantiene alejada de los cuerpos humanos la opresión de la vieja naturaleza; con su protección, el Homo Sapiens puede convertirse en un ser que, de cara al exterior, evita el conflicto y, hacia el interior, alcanza el lujo" (3).

Esas condiciones y circunstancias, palabras más palabras menos, similares a los ámbitos que habita, física y psicológicamente, el Humano actual, son las mismas que permitirían - ¿obligarían?- el establecimiento de regulaciones específicas para la actividad sexual, con las consecuencias biológicas y culturales que determinarán la vida sexual, amorosa y social de los humanos en los miles de años transcurridos desde entonces.

En lugar destacado debe considerarse, entre otros, el control de la reproducción, por su importancia para la supervivencia y adecuación evolutiva biológica y cultural. Este asunto, junto con todos aquellos relacionados, ha sido estudiado por los antropólogos desde muy diversos puntos de vista y a ellos remito a los interesados.

Entonces, ¿cuáles serían las acciones que conducirían a desarrollar la sexualidad como reguladora, a partir de la mera actividad sexual? Y, ¿que tiene que ver con el enamoramiento?

SEGUNDA PARTE

El ser humano comparte las características sexuales del resto de los seres vivos de variada y diversa forma, y se diferencia por aquellas que le son propias. Las que me interesan ahora, son el celo, el apareamiento, el embarazo y la crianza, comunes a todas las especies, pero, igualmente, con manifestaciones propias en cada una de ellas.

En tiempos del Homo, la actividad sexual estaba regulada por la biología y la fisiología y, quizás, por las mínimas regulaciones de las condiciones sociales propias de la especie. Así pues que, sólo en el momento de trasformarse en Humano, esa actividad comenzó a ser alterada en función de las nuevas formas de comportamiento y las necesidades correspondientes. Por supuesto, todo ello a partir de lo ya existente.

El cambio más notable de la conducta sexual del Humano, resultante de la intervención simbolizadora o cultural, es el de haber extendido la receptividad sexual o celo femenino a todo tiempo, con variaciones de intensidad. Ello, sin que se suspendieran o apenas se modificaran, las condiciones biológicas y fisiológicas, de periodicidad y señales de atracción y selección, con las salvedades que mostraré para estas dos últimas.

Fue en la atracción y en la selección donde la cultura debió iniciar su más determinante intervención, al agregar, a las simples manifestaciones biológicas y fisiológicas, elementos inventados, tales como la intensificación u ocultamiento de los olores; cambios en la modulación de los sonidos; alteraciones de la presentación corporal para agregar nuevas sensaciones táctiles y visuales; ampliación de los repertorios gestuales de provocación, aceptación y rechazo. En fin, la transformación del cuerpo en un medio de expresión simbólica, esa necesidad de expresarse como más que humano lo humano. Había nacido Eros para el sexo y para el arte.

Pero, simultáneamente, y a partir de la natural característica humana a formar parejas de mayor permanencia, especialmente para proteger el embarazo y la crianza, también se establecieron regulaciones culturales y sociales que condicionaban las formas por las cuales debía realizarse el apareamiento, la formación de parejas y la permanencia de estas. Había nacido la sexualidad.

TERCERA PARTE

De Eros y sexualidad se origina el enamoramiento.

En primer lugar, bien se sabe que el celo produce transformaciones físicas y de comportamiento en los seres vivos, transformaciones que se extienden más allá de su duración y del apareamiento, con el evidente resultado de que, tras un intenso período de celo, se produce una mayor maduración sexual, física, psicológica, emocional, etc., de los individuos, la cual los mejora, más que para la propia reproducción, para afrontar con mayor éxito los períodos de embarazo y crianza.

Y, en segundo lugar, como ya se dijo, las parejas humanas tienden a extender el período de su unión para proteger el embarazo y la crianza.

Pues bien y de alguna manera, que no se me ocurre cómo explicar (todavía), pienso que, como consecuencia de la extensión del período del celo femenino, la erotización de la actividad sexual y la regulación de la sexualidad, se generaron los cambios mentales necesarios para que se produjera el Estado Naciente, que define Francesco Alberoni (4) y que conduce al posterior estado de Amor que, una vez concluido el enamoramiento, mantiene unida la pareja por extensos períodos y los convierte en mejores seres humanos.

Como quien dice, el enamoramiento, como yo lo pienso, no es ya el dañino y loco estado al que lo ha condenado el "pensamiento políticamente correcto", sino un elemento que la evolución nos ha legado para protegernos de nosotros mismos.

NOTAS

(1) José Antonio Marina, El rompecabezas de la sexualidad, Anagrama, Barcelona, 2002 (312 p.), p. 31

(2) Peter Sloterdijk, En el mismo barco, Siruela, Madrid, 1994 (103 p.), p. 27

(3) Peter Sloterdijk, En el mismo barco..., ps. 25 y 26

(4) Francesco Alberoni..., ya citado en LECTOR LUDI-30

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