14 de agosto de 2010




Carta eleusina:
Guía de "iniciados" de Zaratustra


Iván Rodrigo García Palacios

"Si con razón reprueba en aquella carta Epicuro a quienes dicen que los sabios se bastan a si mismos y por ende no necesitan de amigos, deseas saber. En efecto, Estilpón es objetado por Epicuro, como así también lo son aquellos para quienes la visión del sumo bien es la de un espíribu impasible" (Lucio Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, No. 9).

Apreciado Lucilio, "te saludo"

Leí con gusto y detenimiento la Terapia dialógica (2) y la tomé como si respondieras a mis inquietudes del otro día y, si así fuera, me pareció oportuno responderte con algunas de mis consideraciones, las cuales se corresponden con la búsqueda de una "vía" para vivir con bienestar, satisfacción e inspiración, como lo podrás notar por las prolijas lecturas que te cito, incluidas mis reflexiones y lecturas sobre esos inquietantes y reveladores aspectos neurocientíticos de la indivisible unidad de cuerpo, mente y espíritu, unidad a la que la cultura occidental, por más de dos mil años, ha fragmentado en los mil y un añicos de los espejos: sus palabras, el "Logos/Verbo", esa polémica sin fin en la que no voy a entrar. Así como también incluyo algo de mis reflexiones sobre "el hombre demediado, por lo mediado" y otros asuntos relacionados. En fin.
Te cuento que leí lo que me sugeriste de Mónica Cavallé sobre De las tres trasformaciones de Así habló Zaratustra, junto con otros de sus textos, pero poco más tienen que ver con las ideas que te comenté y las que más adelante te expongo en mayor detalle.
Eso sí, me parecieron filosóficamente interesantes, porque exploran y explotan los apolíneos terrenos de la palabra, del "Logos/Verbo", en esas modalidades platónico-socráticas de la "medicina del alma" que son el asesoramiento filosófico, la terapéutica filosófica y la filosofía práctica, etc.
Modalidades filosóficas esas que, por contraposición, no se aventuran a explorar en los dionisíacos terrenos del sentir, a los que se dirigen los poderes sanadores y salvíficos, nunca terapéuticos, de los misterios eleusinos; esos "conocimientos" a los que, me imagino, se los ignora por lo mistéricos y secretos.
Son esos los "conocimientos" que Platón le propusiera a Sócrates y que él explica y emplea en Banquete, Fedro y en otros de sus Diálogos y Cartas, porque él, al igual que Aristóteles y tantos otros "sabios", no los consideraron ni extraños ni ajenos ni contrarios ni contradictorios, para el "cuidado del alma" y con el "buen sentir y pensar", más bien, para ellos, eran "experiencias" "de satisfacción y de felicidad":
"Pues bien, querido Sócrates, tal vez tu también puedas ser iniciado en esta doctrina del amor; pero llegar al grado más perfecto de la contemplación mistérica, que es la meta de todo lo dicho -con tal de que se siga el camino justo- no sé si serás capaz de alcanzarlo" (Platón, Banquete, 209e).

Claro, sobre ese asunto habría que escribir también lo mismo que escribió Platón:
"Desde luego que yo no he escrito nada sobre esas cosas, y nunca lo escribiré; porque este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y el mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).

Pienso que ese incomunicable conocimiento hace parte de esa sabiduría secreta de Platón, de la que escribió Giovanni Reale, lo mismo que también puede hacerse extensivo a Aristóteles y, desde él, a tantos otros "sabios", hasta llegar a Plotino y más acá.
Porque la cosa era seria, puesto que, hasta el serio y respetado Aristóteles, terció en el asunto con igual devoción, aceptación y secreto y lo compartió y experimentó con los suyos:
"(...) aquellos cuya vida, por ser participación en los misterios e iniciación consumada, debe estar llena de satisfacción y de felicidad ... Después nos sentaremos aquí abajo en religioso silencio y con toda dignidad; porque nadie se lamenta de ser iniciado" (Aristóteles, Sobre la filosofía, fr. 14).

A lo que agrega:
"(...) como sostiene Aristóteles, que los iniciados no deben aprender otra cosa, sino experimentar una emoción y quedarse en un determinado estado, evidentemente después de haber sido capacitados para eso".
"(...) lo que pertenece a la enseñanza y lo que se refiere a la iniciación. Porque lo primero se hace presente al hombre a través del oído, pero lo segundo sólo cuando la mente experimenta una súbita iluminación; eso es lo que llamó Aristóteles mistérico y semejante a las iniciaciones de Eleusis (porque en ellas el iniciado quedaba marcado con respecto a las visiones, pero no recibía una enseñanza" (Aristóteles, Sobre la filosofía, fr. 15).
"Pero podría ser que uno ignorara lo que hace, por ejemplo ... o que no supiera que se trataba de secretos incomunicables, como decía Esquilo a propósito de los misterios..." (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1111 a 8-10).
Esto de los misterios eleusinos, si bien era un secreto, fue un asunto en el que no sólo se involucraron las mentes superiores de la antigua Grecia, sino que, también, como ahora lo demuestran algunos especialistas, tienen que ver ("contemplar") con el origen de esa sabiduría griega, cuya herencia satanizó el cristianismo.
No hay que olvidar que los mitos y las celebraciones a Dionisios, Apolo y a esa constelación de dioses, además de superstición, inspiraron y fueron motivo de "conocimiento" y del "Logos/Verbo":
Homero, los poetas, los mal llamados filósofos presocráticos, Heródoto, los dramaturgos: Esquilo, quien fuera acusado de revelar el misterio (Agamenón, Cretenses, Hipólito, El cíclope, Hipsípila, Ifigenia en Áulide, Bacantes, Polieidos), Sófocles (Antígona, Edipo en Colono), Eurípides (Heracles, Alcestes), Aristófanes (Las ranas, Las aves), todos ellos incorporaron esos misterios en sus escrituras, tragedias y comedias.
Y, como ese era de verdad un asunto importante, la "iniciación" eleusina y sus misterios se mantuvo en secreto y casi inmodificada, por más de mil años en Grecia, en el helenismo, en Roma y hasta Plotino en el siglo III, época en la que los padres cristianos la estigmatizaron y demonizaron con cruel escarnio; por ese motivo, los misterios se refugiaron en las profundas cavernas de la clandestinidad, haciendo episódicas reapariciones en tiempos más cercanos, pero ya con otras formas y expresiones, tal la excepcional Guía de iniciados a Superhombre de Zaratustra, de la que más adelante te escribo.
Es que el asunto de los misterios eleusinos tiene profundas raíces y es necesario remontarse a las fuentes, a los propios misterios eleusinos, los que pienso, se originaron en la desaparecida civilización minóica, pero ese es otro asunto. Son esas las mismas fuentes donde Platón, ya actuando como el inventor de la filosofía, Aristóteles, el filósofo por excelencia y todos los que les antecedieron y les siguieron, se inspiraron para formular, ésta sí, ya una terapéutica, como la de los asesores filosóficos contemporáneos y "Ab uno disce omnes".
El texto más antiguo sobre los misterios eleusinos, es el Himno a Deméter, del siglo VII a. C.:
"Dichoso, entre los habitantes de la tierra, el que ha visto estas cosas" (Homero, Himno a Deméter).

A lo que Píndaro precisa y corrobora:
"Dichoso el que entra bajo la tierra, después de haber visto estas cosas;
conoce el fin de la vida,
y conoce su principio, el que le dio Zeus" (Píndaro. fr. 137).

Asunto que Giorgio Colli presenta así:
"No cabe duda que la celebración de los misterios de Eleusis -uno de los momentos cumbre de la vida griega, que tenía lugar todos los años hacia finales de verano- era una fiesta del conocimiento" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, Trotta, Madrid, 2008, p. 30).

Luego, Giorgio Colli comenta antes de proceder a despejar su incredulidad:
"Realmente parece difícil imaginar -aunque es cierto que los poetas exageran- que la contemplación de la mera imagen de una diosa pueda proporcionar a un gran número de iniciados el conocimiento del principio y del fin de la vida" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, Trotta, Madrid, 2008, p. 30).

Por lo que se sabe y tal y como lo presenta Karl Kerényi, la celebración y los ritos secretos, de la fiesta anual del otoño, mes del Boedromion, en Eleusis, se desarrollaba en tres etapas. La primera, correspondía al año de preparación, purificaciones y selección de los iniciados. La segunda, apolínea, de la palabra, previa al rito principal, con poesía, música y cánticos de Orfeo, en la que se alcazaba el estado epóptico. La tercera, dionisíaca, la representación prevalentemente mímica del mito de las dos diosas, Deméter y Kore, hasta alcanzar el estado de visión, epópteia, este último, si presidido por Dionisios.
Nótese que, en el punto principal de la tercera y definitiva etapa, se excluye el uso de palabras y, en su lugar, se recrean imágenes e imitaciones. Esto es fundamental en la operación cognoscitiva. Esa es la acción dionisiaca: un estado de iluminación, satisfacción y felicidad, incomunicable que, sin embargo, sólo puede expresarse en palabras, lo que, en la explicación de Giorgio Colli, parece conectado a la Terapia dialógica:
"Como ya se ha indicado antes, los presupuestos de Orfeo son Dionisios y Eleusis: Orfeo cuenta la historia del dios, y así conduce al conocimiento supremo. Pero otra característica de Orfeo es la música: toca la lira y canta. Por eso, con él se manifiesta Apolo, en su aspecto benigno, bajo la figura de "el salvador de Dionisios". Por otra parte, la poesía es palabra; y la palabra es el dominio de Apolo. Pero la palabra no puede expresar la epópteia, la visión suprema de Eleusis, sino solamente prepararla, sugerirla, tal vez incluso suscitarla; y eso es también característica de Apolo, de su naturaleza oblicua, indirecta, ambigua, aunque -esta vez- con una intención benévola, excitante. Orfeo es el servidor de Apolo -incluso se dice que es su hijo- y urdió historias de dioses que encubren la sabiduría" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, pp. 40-41).

Ahora bien y para situar el asunto en su contexto, te recuerdo la cita que ya te había enviado del libro La sabiduría griega, de Giorgio Colli:
"¿Por qué empiezo precisamente con Dionisios esta presentación de la sabiduría griega? Pues, sencillamente, porque con Dionisios la vida se muestra como sabiduría, sin renunciar a su torbellino vital: ahí está el secreto. En Grecia, un dios nace de una contemplación entusiasta de la vida, de un fragmento de vida que se pretende inmovilizar. Y esto ya es, en sí mismo, conocimiento. Pero Dionisios nace de una contemplación de la vida entera, en su inmensa amplitud. Pues bien, ¿cómo es posible abarcar toda la vida, en una visión de conjunto? Esa es precisamente la presunción más arrogante del conocimiento. Si se vive, es que se está dentro de una determinada vida. Pero pretender situarse dentro de toda la vida en su conjunto es exactamente lo que provoca el nacimiento de Dionisios, como el dios de donde brota la sabiduría" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, p. 15).

A la que añado:
"Igual que en la tragedia -como afirma Nietzsche- la excitación y la embriaguez extática de Dionisios se vierten en un mundo apolíneo de imágenes, es decir, en una serie de manifestaciones de Apolo que confieren a Dionisios un carácter de objetividad, así también en la poesía órfica podemos encontrar una relación análoga entre contenido dionisíaco y la forma apolínea" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, p. 41).

Espero que estaremos de acuerdo y me lanzo "al más allá":
El conocimiento místico/mántico (ese que es conocimiento indirecto, ya que su naturaleza exige el carácter inmediato y el que no es posible "proferirlo", puesto que su realidad es ajena a la palabra), es tanto o más real y operativo para cuerpo, mente y espíritu, que el conocimiento del "Logos/Verbo". Sentir y "Logos/Verbo", son los pasos complementarios hacia la sabiduría de la vida.

Para afirmarlo, me apoyo en una reconocida autoridad, Raimon Panikkar, cuando dice, refiriéndose a la búsqueda del conocimiento por la mística:
"Esto es lo que pretendía la Filosofía en sus mejores momentos. Se hablaba entonces de Filosofía como arte y ciencia de Vida, como actividad contemplativa y aprendizaje de Sabiduría: ars vitae (Seneca), cultura animi (Cicerón), vera religio (Escoto Eurígena) o más recientemente “el fin propio de todo filósofo es la intuición mística” (Nietzsche)" (Raimon Panikkar, De la Mística. Experiencia plena de la Vida, Herder, Barcelona, 2005, p. 180).

Sentir, mística/mántica y "Logos/Verbo". Bien sabían los griegos que Dionisios y Apolo debían ser y estar en equilibrada fusión y polaridad como condición necesaria para la salud individual y colectiva y, por ello, también buscaron el equilibrio de la unidad y la polaridad de las dos sabidurías: la sabiduría de Dionisios, la del sentir, de la visión, del conocimiento inmediato e incomunicable, del recuerdo, del pasado. Y la sabiduría de Apolo, de la palabra, del "Logos/Verbo", que es futuro, que es comunicable, pero dependiente de la interpretación.
Ese es el equilibro que alcanzó Epiménides, el ascético cretense que profetizó, con diez años de anticipación, el destino de Atenas frente los persas, y que llevó, por encargo del sabio político Solón, sus sabidurías dionisiaca y apolínea a Atenas para purificarla y restaurar, en el ánimo de los atenienses, la tranquilidad y la sabiduría del gozo primitivo:
"(...) Epiménides es un verdadero interprete, con la distancia que con respecto a la sacralidad posee un individuo que reflexiona sobre la palabra del dios, como una especie de contraposición con el propio dios en una lucha de sutilezas en la que empieza a tomar forma el arma del "Logos/Verbo". Pero aun aquí, en la esfera de la adivinación que parece propia de Apolo, Epiménides deja traslucir una anomalía. Sabemos de buenas fuentes que su enorme capacidad adivinatoria no se refería al futuro, sino más bien al pasado. Vienen a la mente no sólo el mundo mistérico, que se refleja en la poesía órfica, sino también el especial relieve que se atribuye a la memoria como potencia catártica. La salvación consiste en recuperar el pasado, porque precisamente ahí es donde se disipan todas las apariencias y se nos da la posibilidad de ver al dios y, en consecuencia, de trasformarnos a nosotros mismos en seres divinos. Y ese es Dionisios. A eso alude la profecía que subyace en Epiménides. En cambio, Apolo dirige la atención hacia el futuro, pues su instrumento es la palabra; y la palabra saca a la luz ciertos aspectos de lo oculto mediante una difusión clarificadora -donde la palabra que interpreta es a su vez, interpretada- y en la dirección que manifiesta lo abstracto. Pero para Epiménides -y para los griegos que alcanzaron el conocimiento- el futuro entero está ya contenido en el pasado primigenio, de modo que la comprensión que se puede obtener sobre el futuro lejano depende de la visión del pasado divino que en él se manifiesta". (Giorgio Colli, La sabiduría griega, II, Trotta, Madrid p. 16).
Ese es el armónico equilibrio que, desde entonces y en adelante, se trasmiten los sabios: griegos, helénicos, romanos, latinos, italianos, Bruno, Spinoza y otros cuantos y que es el que, el mismo Nietzsche, trata de infundir entre los "furores" de instintos y pasiones, con la voluntad del espíritu, en su Guía de iniciados a Superhombres de Zaratustra.
Y, ya que estamos en compañía de Nietzsche, hay que recordar que él, en su juventud y en compañía de su entrañable amigo, Erwin Rohde, se remontó, en su búsqueda del origen de la tragedia, a las fuentes dionisíacas y apolíneas de la sabiduría y la filosofía griega: Homero y la épica, los poetas órficos y líricos, los dramaturgos y, por supuesto, los mal llamados presocráticos, entre ellos, Epiménides, Anaximandro, Heráclito, Parménides, Empédocles, Ferecides y su alumno Pitágoras y a los fundadores de la filosofía occidental: Sócrates, Platón, Aristóteles & Co.
Además, Nietzsche, también fue acucioso explorador del misticismo cognoscitivo oriental, de los Upanishads, de los pitagóricos, de Platón, de Plotino, de Bruno, de Spinoza, de los españoles, de los alemanes, etc. Además de su acucioso interés por las ciencias de su época que bien nutrieron algunas de sus ideas: Darwin y el evolucionismo sociológico, la física y la especulación cósmica, etc.
Y, por supuesto, sus atracciones e intereses de juventud y formación: la teología, Hölderlin, Wagner y la música, la literatua (Goethe, Dostoievski, etc.), los románticos, Schopenhauer y la filosofía alemana, italiana, francesa, inglesa. Nietzsche fue un estudioso y lector voraz.
Esa fue "la materia", acrecentada con la infinidad de otras "materias" procedentes de múltiples fuentes, antiguas y contemporáneas que en 1882, Nietzsche "destiló", "purificó" y "sublimó", en el crisol alquímico de su sí-mismo, para fundirla con "el furor" del enamoramiento por Lou Andreas Salomé e intuir la revelación que originaría y nutriría la escritura de su Guía de iniciados de Superhombres que es Así habló Zaratustra.
Ese era el espíritu de los comentarios que te hice por teléfono y que, pienso, motivaron tu texto y que, ahora, motivan mi respuesta, a la que, desde entonces, me comprometí y emprendí.
Antes de hablarte del poema de Nietzsche y de la Guía de iniciados a Superhombre de Zaratustra, voy a intentar parar los dados en el "instante", y tratar de establecer equilibrio entre mántica, profecía, "manía", salud y episteme, así como con las formas de locura que a los elegidos afecta, con la debida iniciación y el debido recogimiento:
"SÓCRATES: Pero hay dos formas de locura; una debida a enfermedades humanas, y otra que tiene lugar por un cambio que hace la divinidad en los usos establecidos.
FEDRO: Así es.
SÓCRATES: En la divina, distinguíamos cuatro partes, correspondientes a cuatro divinidades, asignando a Apolo la inspiración profética, a Dioniso la mística (mántica), a las Musas la poética, y la cuarta, la locura erótica, que dijimos ser la más excelsa, a Afrodita y a Eros" (Platón, Fedro: 265 a-b).


¿Dónde está la sabiduría que
hemos perdido con el conocimiento?
¿Y dónde está el conocimiento que
hemos perdido con la información?
(T.S. Eliot, La roca).

Considera que ātman es el dueño de la carroza
y el cuerpo es la carroza.
Considera que buddhi es el auriga
y manas (mente) las riendas.
A los sentidos los llaman caballos,
y a los objetos de los sentidos sus pastizales.
Al ātman en conjunción con los sentidos y la mente
los sabios lo llaman el sujeto de la experiencia.
(Kaṭha Upaniṣad, 3. 3-4).

"Recuérdese, a este respecto, que aun aquí abajo, cuando se ejerce una actividad contemplativa y, sobre todo, cuando ésta se realiza con suma claridad, no se vuelve uno hacia sí mismo a través de un acto de pensamiento, sino que se posee uno a sí mismo, y la actividad contemplativa se dirige por completo hacia el objeto, y nos transformamos en ese objeto [...] ya no se es uno mismo sino de un modo potencial" (Plotino, IV, 4,2, 3.).

"Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón coincidentes con la expresión de mi cara" (Edagar Allan Poe, La carta robada).

No hay mente en blanco, antes que las palabras existieran y mucho antes de nombrarlos, los Homo-Humanos, en los otros y en el mundo, ya "sentían" y pensaban, ya eran y estaban allí, en ellos-mismos, se "conocían" y "se reconocían" y los "conocían" y tenían "ideas" de sí-mismos, de los otros y del mundo. Ellos eran y estaban en sí-mismos, en los otros y en el mundo, como unidad de cuerpo, mente y espíritu; también, cielo y tierra eran uno y lo mismo.
Antes que inventar las palabras, los Homo-Humanos tuvieron que inventarse a "sí-mismos" en el espejo de los otros y del mundo.
Los Homo-Humanos se sentían y pensaban, se conocían y se reconocían a sí-mismos, a los otros y al mundo y se comunicaban por medio de los instrumentos y herramientas que la Naturaleza les había desarrollado y, con y por ellos, inventaron las palabras, los lenguajes, los idiomas, la escritura, los números, las culturas, etc., para nombrar lo que inventaban como "extensiones" de sí mismos, como lo propusiera M. McLuhan y con el fin de ayudarse en la realización de los imperativos naturales de sobrevivir, reproducirse y adaptarse: tiempo, necesidad y acción.
Eso es lo que los filósofos han tratado de averiguar por siglos y lo que, ahora, los neurocientíficos (como Antonio Damasio, en sus libros, El error de Descartes y En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos, y Marco Iacoboni, en su libro, Las neuronas espejo. Empatía, neuropolítica, autismo, imitación o de cómo entender a los otros), están demostrando: los fundamentos neurobiológicos de la indivisible unidad de cuerpo, mente y espíritu; de la imperativa necesidad de "los otros" y del mundo para el desarrollo de la conciencia, del sentido del "Yo", del consciente y el inconsciente, de la intencionalidad, del desarrollo del lenguaje, del sentir y los sentimientos, del actuar y la acción, en fin, de la cultura.
Sólo que las palabras fueron un invento tan poderoso que terminó por suplantar al Homo-Humano, por esclavizarlo, por alienarlo, por escindirlo, por insensibilizarlo, por convertirlo en los añicos del espejo de sus palabras.
Sobre este negocio de la filosofía de las palabras, prefiero a los humanistas italianos, más cercanos a la naturaleza humana, antes que, sin ignorarlos, a los hermeneutas alemanes, idealistas y racionalistas. Sobre este asunto me gusta mucho la obra de Ernesto Grassi, en la que reivindica ese Humanismo "de la unidad de palabra y cosa" y hace la crítica a su maestro, Heidegger y a su "casa del ser", tan racional y lógica, así como también a sus antecesores y descendientes:
"En la tradición humanista italiana aparece una y otra vez la tesis fundamental de la conexión íntima entre la experiencia personal y el pensamiento teórico, pues se sabe que los problemas que afectan realmente a las personas no se pueden ni deben plantearse de una manera abstracta y puramente formal. Si tienen sentido las preguntas que nos apremian, han de tener un presupuesto existencial, que hay que sacar a la luz a toda costa" (Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental, Anthropos, Barcelona, 2003, p. 6).

Por ello, y en ese contexto, se puede "contemplar" y decir que: cuando el pensamiento está vacío ... pero de palabras, no deja de ser pensamiento, porque tampoco las palabras son sólo el pensamiento:
"Pero un cuerpo no es limitado por un pensamiento, ni un pensamiento por un cuerpo" (Spinoza, Ética, De Dios).

El pensamiento y el pensar son cualidades naturales del Homo-Humano, son organización, orden, interpretación, de la información. El Homo-Humano es un todo de cuerpo y cerebro; de pensamiento y pensar; de mente y espíritu, los que, a su vez, son: exploración y anhelo de conocimiento que, a su vez, son impulso para la acción. Nada de ello es invento ni de la palabra ni de la cultura, ambas, son resultado.
Las palabras, el pensar y el pensamiento, no son ni el sí-mismo ni los otros ni el mundo ni "las ideas"; las palabras, el pensar y el pensamiento no son ni el tiempo ni la necesidad ni la acción ni el actuar; las palabras, el pensar y el pensamiento no son ni el cuerpo, ni la mente ni el espíritu; las palabras son formas, representaciones; el pensamiento son la organización, el orden, la interpretación, de las representaciones y de "las ideas" y esa función y ese proceso, son el pensar.
Todo ello son representaciones de cuerpos que sienten porque:
"Los sentimientos de dolor o placer, o de alguna cualidad intermedia, son los cimientos de nuestra mente" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos).

Mente y cuerpo que, como definía Spinoza, son atributos paralelos, manifestaciones, de la misma sustancia (Ética, parte I), para luego agregar:
"La mente (mens) humana es la idea del cuerpo humano" (Spinoza, Ética, parte II).
En consecuencia y como la actual neurobiología lo está demostrando, mente, cuerpo y espíritu, son aspectos, sólo separados teóricamente, de una misma naturaleza que se manifiestan en total unidad, conexión, correspondencia y relación, de tal manera que lo que sucede en el cuerpo afecta a la mente y al espíritu y viceversa.
Esas representaciones y esas "ideas", también son afectadas por "el sentir": el instinto, la emoción, el deseo, el sentimiento, el anhelo, en la actividad homeodinámica y por el "Logos/Verbo", en la actividad intelectual. Pero las palabras no son ni el instinto ni la emoción ni el deseo ni el sentimiento ni el anhelo, pero, estos, si se expresan por representaciones.
Las palabras son "Logos/Verbo".
Las palabras no son ni la sabiduría ni el conocimiento ni el pensamiento ni la memoria ni el recuerdo, ni el espíritu ni la comunicación; son herramientas, instrumentos para la organización, la interpretación, la memorización, el recordar, la comunicación; son esa información de la que habla el poema de T.S. Eliot; son esas "extensiones" de que habla M. McLuhan, como lo anoté atrás.
Las palabras nombran; el pensamiento las ordena, las organiza, las interpreta, las proyecta, las memoriza, las recuerda, para señalar y proyectar sobre el tiempo, la necesidad y la acción.
Y, ¿el espíritu? Es emanación, anhelo, "conatus", intencionalidad, afecto.
Según George Santayana:
"El espíritu es una emanación de la vida natural" (Georges Santayana: Platonismo y vida espiritual).

Espíritu que, para las ciencias del "más acá", es anhelo, el que es, según el neurocientífico Antonio Damasio:
"El anhelo es un rasgo profundo de la mente humana. Esta implantado en el diseño del cerebro humano y en el acervo genético que lo engendra, no menos que los rasgos profundos que nos conducen con gran curiosidad hacia una exploración sistemática de nuestro propio ser y del mundo que lo rodea; los mismos rasgos que nos impulsan a construir explicaciones para los objetos y situaciones de este mundo" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos).

Anhelo que en los territorios del alma (mens) de Spinoza, es el "conatus":
"PROPOSICIÓN IX
El alma, ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Spinoza, Ética, II).

Anhelo que para Nietzsche es:
"Basta amar, odiar, anhelar, o simplemente sentir, para que enseguida nos sobrevengan el espíritu y la fuerza del sueño y subamos por los más peligrosos caminos"(Friedrich Nietzsche, Gaya ciencia, Aforismo 58).

Creo que por esta cita viene al caso una digresión: Como se puede notar por fecha, Nietzsche, desde antes de Así habló Zaratustra, ya había "iniciado su viaje" por "la vía", "el camino", "los senderos", que lo conducirán hasta "la llama", "la iluminación", esa que, en su enamoramiento por Lou, le permitirán "contemplar" la "fuente de Diana":
"Ninguno cree posible ver el sol, el universal Apolo y luz absoluta, excelentísima y suprema especie; mas sí ciertamente su sombra, su Diana, el mundo, el universo, la naturaleza que se halla en las cosas, la luz que se oculta en la opacidad de la materia (es decir, aquella misma en tanto que resplandece en las tinieblas). De los muchos, pues, que por las dichas y otras vías vagan por esta desierta selva, poquísimos son los que acceden hasta la fuente de Diana" (Los Heroicos Furores, II, 2).

¿Serán "las dichas y otras vías" que menciona Bruno, eleusinas? No hay que olvidar que él trabajó y escribió sobre esos temas mistéricos y herméticos que lo llevaron a la hoguera.
De retorno al tema:
Y, para darle al tema del anhelo una perspectiva desde el punto de vista de la filosofía de la mente, bien vale la pena reflexionar sobre lo que dice John S. Searle sobre el asunto de la intencionalidad, a la que define:
"La intencionalidad es la propiedad de la mente por la cual esta se dirige, se refiere o alude a objetos y situaciones del mundo independiente de sí misma" (John R. Searle, La mente. Una breve introducción, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2006, pp. 205 y ss).

En el contexto de todo lo anterior, no se puede afirmar que son las palabras las que enferman o curan, las que hieren o alivian, las que oscurecen o aclaran, a la mente, al pensamiento, a "las ideas", al espíritu, pueden participar, pero este otro asunto.
En cambio, si lo son, cuando se infectan, las heridas infligidas al cuerpo, a la mente y al espíritu, por aquellos eventos que violentan su naturaleza; son, así mismo, las cicatrices, las huellas, esas marcas de representación que ellas provocan junto con todo lo demás que afecta al Homo-Humano y, de las cuales, las palabras son sólo un nombre, un concepto, una representación, pero también, un recuerdo.
Son esas representaciones, esos sentimientos de placer y dolor, que se memorizan y se evocan durante los procesos cerebrales, mentales, emocionales y sentimentales, de cada individuo, determinando su reactividad y su estado físico y anímico. Sobre esto tratan las investigaciones de los neurocientíficos Antonio Damasio, Marco Iacoboni y muchos otros.
A propósito, en cuestiones de psicologías, prefiero al americano William James y al ruso Lev Vigotski, y sus sucesores y, por supuesto, a la nueva neuropsicología. Y en las letras y las artes... "al infinito y más allá".
Ahora bien, si las palabras enferman, es porque el hombre las convirtió en su sí-mismo y, con ellas, escindió su cuerpo, su mente y su espíritu; separó la tierra y el cielo:
"Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, híbrido de planta y fantasma" (Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Prólogo, 3).

Así que, para curar una enfermedad, aliviar una herida, aclarar una oscuridad en la mente y en el espíritu, no es, necesariamente, el procedimiento para lograrlo, la resemantización, la deconstrucción o reconstrucción de las palabras, ni de los conceptos ni de los recuerdos, porque, para ello y antes de ello, es necesario reparar y recalibrar la mecánica homeostática, armonizar la homeodinámica, regenerar y generar las imágenes saludables del cuerpo, del cerebro, de la mente, del espíritu, para, así, restaurar un cuerpo, un cerebro, una mente, un pensamiento, un espíritu, saludables y vitales. Esto bien lo explican Antonio Damasio y Marco Iacoboni.
Para aliviar o curar la enfermedad, antes es necesario restituir al hombre en su unidad, a su ser y estar de antes de las palabras, que se conozca y reconozca en su sí-mismo como "su" cuerpo, mente y espíritu, únicos y unidos, que sepa que él es tierra y cielo: memoria y recuerdo y la purificadora catarsis.
Para decirlo con las palabras de uno de esos humanistas italianos y casi tocayo tuyo, Hugo de San Víctor (1096-1141), citado por Ernesto Grasi:
"El filósofo sólo conoce el significado de las palabras (solam vocum significationenm), pero mucho más importante que el significado de las palabras es el de las cosas, pues el significado de las palabras depende del uso (quia hanc usus instiuit) y el significado de las cosas está establecido por la naturaleza misma (illiam naturam dictavit) (...) La sabiduría de la mente es una palabra interior (ratio mentis instrinsecum verbum est) que se manifiesta mediante el sonido de la voz, es decir, mediante una palabra exterior (somo vocis, id est, verbo extrinseco, manifestartur)" (Hugo de San Víctor, Didascalicon, citado de: Ernesto Grassi, El poder de la fantasía, p. 78).

Y, luego, sí, hablar, que las palabras, como en tu terapia dialógica, se constituyan en unidad de palabra y cosa y contribuyan a la restitución de la unidad: cuerpo, mente y espíritu:
"El sí-mismo creador se creó para sí el apreciar y el despreciar, se creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador se creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad" (Z, I, De los despreciadores del cuerpo).

O, como lo explica Ernesto Grassi:
"De lo que se trata es de identificar esa "fuerza primitiva" que quiebra la unidad del círculo biológico de función y al mismo tiempo conduce al ser humano al lenguaje, a la palabra. Pues es mediante la palabra como el ser humano consigue superar su "extrañamiento" frente a la naturaleza (la vivencia inquietante que Freud caracteriza como un rasgo fundamental de la situación humana) al corresponder a la necesidad de hacer aparecer un mundo propio" (Ernesto Grassi, El poder de la fantasía, p. 227).

Esto lo aprendió Nietzsche de los antiguos "sabios" y lo expuso Zaratustra en su Guía de iniciados a Superhombres como hermético misterio eleusino:
"Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo" (Z, De las tres trasformaciones).

Y Zaratustra fue médico de su sí-mismo, "retirado del mundo conquista ahora su mundo":
"¿Qué ocurrió, hermanos míos? Yo me superé a mí mismo, al ser que sufría, yo llevé mi ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más luminosa. ¡Y he aquí que el fantasma se me desvaneció! " (Z, De los trasmundanos , I).

Zaratustra, con la debida preparación, se acoge a "la luz y a la llama" de Platón en su Séptima carta, ya citada:
"(...) como luz que brota de una llama palpitante"

Y, por supuesto, con el debido recogimiento, "contempla" el objeto de su búsqueda en la iluminación de la que escribiera Aristóteles:
"(...) sólo cuando la mente experimenta una súbita iluminación".

Eso fue lo que Zaratustra quiso enseñar a los hombres:

"Cómo se llega a ser lo que se es"
(Ecce homo, Por qué soy tan inteligente, IX).
***
"Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre." (Z, Prólogo, VII).
***
"El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra!
¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.
Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan! " (Z, Prólogo, III).
***
"Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia! (Z, Prólogo, III).
***
"El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, - una cuerda sobre un abismo.
"Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso". (Z, Prólogo, IV).

Sin embargo, Nietzsche y Zaratustra fueron el hazmerreír de los predicadores de la palabra:
"Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y calló:
«Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no soy yo la boca para estos oídos.
¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?
Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultural lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.
Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra Vesprecid. Voy a hablar, pues, a su orgullo.
"Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre» (Z, Prólogo, V).

Nietzsche lo advierte; para emprender la Guía de iniciados a Superhombres, es necesario que los hombres "(...) aprendan a oír con los ojos", con todos los sentidos; beber el agua del Leteo, olvido y vida nueva: restauración del recuerdo y proyección del "Logos/Verbo": tiempo, necesidad y acción; pasado, presente y futuro, en el mismo "instante": el "eterno retorno de lo mismo".
Porque, y más asombroso todavía, es la relación sustancial entre Zaratustra y la idea del "eterno retorno de lo mismo", fundamento filosófico del poema y de la que, al contrario de la interpretación cosmológica que comúnmente se le ha dado, Alexander Nehamas afirma y explica lo siguiente:
"El eterno retorno no es por tanto una teoría del universo, sino una visión de la vida ideal. Sostiene que una vida se justifica únicamente si uno desea repetir la misma vida que ya le ha sido dada, ya que como demuestra la voluntad de poder, ninguna otra vida es posible. El eterno retorno afirma, pues, que nuestra vida sólo tendrá justificación si se modela de tal forma que nuestro deseo sea repetirla exactamente tal como ya ha sucedido" (Alexander Nehamas, Nietzsche, la vida como literatura, Turner/Fondo de Cultura Económica, México, 2002, p. 203).

A partir de todo lo anterior, todas las terapéuticas serán buenas y útiles para el alivio de la enfermedad individual y de "la enfermedad de nuestro tiempo".
Despertar al Superhombre:
"Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto ("el Despierto" también se llamaba a Buda): ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen? " (Z, Prólogo, I).

Porque, es el Superhombre quien debe seguir el camino del creador, el que con su voluntad de poder se hace libre como el niño que juega, "una rueda que se mueve por sí misma", ya no "camello" alienado, ya no "león" resentido:
"Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!
¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?
¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!
Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor. ¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.
¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.
¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué? " (Z, I, Del camino del creador).

La respuesta a esa última pregunta es la conquista que debe realizar el Superhombre:
"Prestad atención, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiere hablar por símbolos: allí está el origen de vuestra virtud.
Elevado está entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con sus delicias cautiva al espíritu, para que éste se convierta en creador y en apreciador y en amante y en benefactor de todas las cosas.
Cuando vuestro corazón hierve, ancho y lleno, igual que el río, siendo una bendición y un peligro para quienes habitan a su orilla: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando estáis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiere dar órdenes a todas las cosas, como voluntad que es de un amante: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando despreciáis lo agradable y la cama blanda, y no podéis acostaros a suficiente distancia de los comodones: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando no tenéis más que una sola voluntad, y ese viraje de toda necesidad se llama para vosotros necesidad: allí está el origen de vuestra virtud.
¡En verdad, ella es un nuevo bien y un nuevo mal! ¡En verdad, es un nuevo y profundo murmullo, y la voz de un nuevo manantial!
Poder es ésa nueva virtud; un pensamiento dominante es, y, en torno a él, un alma inteligente: un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento" (Z, I, De la virtud que hace regalos).
Quien se decida a esculpir su "sí-mismo", paso a paso y según la guía que Nietzsche ofrece en Así habló Zaratustra, habrá tallado y escrito, en su "sí-mismo", la piedra filosofal de su propio destino: la materia de su propia sabiduría: su propia voluntad de poder.
Habrá alcanzado "su conocimiento", y repito la cita de Platón:
"(...) este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y él mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).

Eso es, también, Así habló Zaratustra, un "conocimiento" que no es posible comunicar como los otros, como el de las otras ciencias, que sólo es comunicable por medio de la poesía "aunque es cierto que los poetas exageran".
Porque la poesía es la palabra de la mística/mántica y del enamoramiento, porque ambos estados, cuando nos suceden, son lo mismo y se corresponden para el cuerpo, la mente y el espíritu y es, por ello, que al contemplar la diosa, se es poseído por el "Poder es ésa nueva virtud", de la que habla Nietzsche. Poder mediante el cual hay que superar aquella amenaza que él vuelve a denunciar poco antes de ser doblegado en el Silencio:
"(...) que la vida ya no reside en el todo. La palabra se vuelve soberana y sale de la frase, la frase salta y oscurece el sentido de la página, la página gana vida a costa del todo: el todo ya no es todo" (Nietzsche, El caso Wagner).

En fin, estos temas y estos asuntos, son una "Historia interminable", como la de Michael Ende, de escrituras, no de dos, sino de mil colores, ese libro de las dos serpientes entrelazadas y los mil y un libros más, por los que se entra en "Fantasía" a buscar la fuente del Agua de la Vida y de la que, quienes regresan, porque encuentran amigos allí, "devuelven la salud a ambos mundos", porque, cuando se entrelazan, como las dos serpientes, los círculos: el círculo de los códigos biológicos y el círculo de los códigos culturales, se abre "el claro" en la selva y se da paso a la "Lichtung" de Heidegger, esa que "es lo abierto para todo lo presente y lo ausente".
Aun queda mucho por "aclarar", pero, con esto, espero haber justificado el enigmático comentario que coloque en tu blog:
"Gracias, me tomo esta explicación como algo personal, pero...: también, tampoco y a veces. Yo soy eleusino".

Es un gozo escribir con los amigos y, no porque me considere sabio, sino feliz, te trascribo otras dos citas de Séneca a Lucilo, de nuevo, de su novena carta:
"El sabio se basta a sí mismo". Esto, mi Lucilio, es interpretado erróneamente por la mayoría: al sabio lo relegan de todos lados y lo confinan dentro de su piel. Debe distinguirse en efecto qué significa esta locución y cual es su alcance: el sabio se basta a sí mismo para vivir feliz, no para vivir; para esto último necesita en efecto de muchas cosas; para lo primero, sólo de un espíritu sano, derecho y desdeñoso de la fortuna.
(...)
De seguro que, cuando le es permitido ordenar por su arbitrio sus cosas, el sabio se basta a sí mismo pero toma mujer, se basta a sí mismo y cría hijos; se basta a si mismo y sin embargo no viviría si hubiere de vivir sin los hombres. Hacia la amistad no lo lleva ninguna conveniencia propia, sino el impuso natural, porque entre las cosas que para nosotros poseen innata dulzura, se encuentra la amistad. Tan grande como el odio a la soledad es la voluntad de vida social y así como la naturaleza concilia al hombre con el hombre, ínsito llevamos el aguijón que nos hace ávidos de amistad" (Lucio Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, No. 9).
"Que sigas bien" (Escribí para mí, para ti, para quien sea),
Iván Rodrigo García Palacios.

26 de julio de 2010

Nietzsche: El enigma de Ariadna

Iván Rodrigo García Palacios

Es un reto y una historia fascinante el intentar esclarecer el enigma de Ariadna, ese desafío que Friedrich Nietzsche lanzó, al final de su vida lúcida, en Ecce homo.
Nietzsche bien conocía del sentido que los antiguos griegos le daban al enigma: en primer lugar, trágico y agonístico, según la leyenda que relata la aflicción que causó la muerte de Homero. En segundo lugar, por la conexión de enigma y sabiduría tal y como Heráclito emplea e interpreta esa misma leyenda de la muerte de Homero. En tercer lugar, se corresponde con las célebres interpretaciones que se hacen del enigma de la Esfinge y Edipo, en la tragedia de Sófocles. Y, en cuarto lugar, por la definición de Aristóteles:
"El enigma es la formulación de una imposibilidad racional que, aun así, expresa un objeto real".

Lo que bien explica Giorgio Colli:
"El sabio, que domina la razón, debe desatar ese nudo. Por eso, el enigma, cuando entra en el agonismo de la sabiduría, debe revestir una forma contradictoria" (1).

A esto y a que se revelen muchas otras conexiones existenciales de su vida y de su obra, es a lo que Nietzsche desafía para que se desate, del nudo de su enigma, aquellos asuntos que le causaron penas y aflicciones, agonías y éxtasis, así como "el furor" para realizar sus obras.
Sobre ello ya he escrito en otros de mis textos y ahora voy a intentar contar una nueva historia.

***

Faltaban casi tres meses para que Friedrich Nietzsche, ya afectado por terribles sufrimientos y por estados alternantes de lucidez y delirio, se precipitara en el silencio y el fuego de sus tinieblas interiores y consumirse lentamente durante los últimos diez años de su vida.
Era el 15 de octubre de 1888, cuando inició la escritura de Ecce homo, su autobiografía y explicación de sus obras. Ese es un libro marcado por las trágicas condiciones corporales, mentales y espirituales de Nietzsche, a las que es necesario considerar al momento de su lectura e interpretación, porque, en esos estados, lo que él escribe es la manifestación hermética de su consciencia consumida por el fuego, "el furor" fulgurante del sol radiante que centelleaba en su cerebro.
Es, en esas circunstancias y precisamente al explicar la escritura de Así habló Zaratustra, que Nietzsche lanza el desafío para que se solucione el enigma de Ariadna:
"Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca: así sufre un dios, un Dionisios. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quién sabe, excepto yo, qué es Ariadna! De todos estos enigmas nadie tuvo hasta ahora la solución, dudo que alguien viera siquiera aquí nunca enigmas. -
Zaratustra define en una ocasión su tarea -es también la mía- con tal rigor que no podemos equivocarnos sobre el sentido: dice sí hasta llegar a la justificación, hasta llegar incluso a la redención de todo lo pasado.
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!
Redimir a los que han pasado, y transformar todo «Fue» en un «Así lo quise yo» ¡sólo eso sería para mí redención!".
(Ecce homo, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. 8).
Y enfatizo: "precisamente al explicar la escritura de Así habló Zaratustra", porque de esa forma el enigma de Ariadna es referido a Zaratustra y no a ninguna de sus otras obras anteriores en las que ya el nombre de Ariadna aparece como compañera de Dionisios, como específicamente lo hizo en el proyecto de drama, Empédocles, escrito en 1870, por la misma época en la que comenzaba escribir los primeros textos que darían origen, dos años después, a su libro: El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música.
Son, ese proyecto de drama y ese libro, los que es necesario considerar como elementos fundamentales en la formulación y desvelamiento del enigma de Ariadna, porque, el proyecto de drama Empédocles, fue escrito para declarar y enmascarar su enamoramiento por Cósima Wargner y, El nacimiento de la tragedia, de manera abierta y evidente, para reivindicar el sentido mitológico de la música de Richard Wagner.
Nada extraño sería que, en este contexto de conexiones y significaciones mitológicas, Nietzsche se esté refiriendo a Richard Wagner o bien como al temido Minotauro-Dionisios, al que se ofrenda a Ariadna o bien como a Teseo, de quien ella está enamorada.
Lo más extraño de esta historia, es que Nietzsche, en 1882, doce años después, cambia o suprime el nombre o los discursos o las canciones que habían sido escritos para Dionisios y Ariadna, de los manuscritos que envía al editor para la publicación de Así habló Zaratustra, como puede comprobarse confrontando los originales y los apuntes conservados en el archivo de Nietzsche.
Esto permite entonces conectar el enigma de Ariadna con los dos enamoramientos de Nietzsche, el por Cósima y el por Lou Andreas Salomé, porque Así habló Zaratustra es un poema épico-filosófico, pero, también, un poema enamorado que Nietzsche escribe bajo los influjos de su enamoramiento por Lou como ya lo he demostrado.
Sin embargo, antes de considerar las conexiones del enigma de Ariadna con estos dos enamoramientos, es necesario establecer una conexión, previa y directa con otro enamoramiento, uno muy cercano a la memoria y al corazón de Nietzsche: el enamoramiento de Hölderlin por Susette Gontard, su Diotima, porque es en el poema Empédocles, de Hölderlin, donde se encuentra la clave que origina todo el enigma de Ariadna:
"Pausanias:
¿Por qué me ocultas y haces de tu pena para mi
un enigma. ¡Créeme!, nada es más doloroso.
Empédocles:
Y nada es más doloroso, Pausanias,
que descifrar una pena. ¿Es que no lo ves?".
(Hölderlin, Empédocles, Escena IV, v. 440-445).

Este origen del enigma de Ariadna se explica porque Nietzsche sintió, con temor y temblor, una patológica admiración por Hölderlin y por su obra, por su destino trágico y por envidia reverente a su poesía.
Admiración y envidia que se remontan a la adolescencia de Nietzsche, cuando, siendo estudiante interno en Schulpforta, se inicia en la música de Wagner y en la vida y obra de Hölderlin, lo que marcaría de manera profunda e indeleble su destino humano y filosófico. Así se explica el que tomara, traspusiera y trasformara numerosos de los motivos y figuras de Wagner y Hölderlin en su propia obra y comportamientos.
De manera evidente, Nietzsche tomó para su proyecto de drama, Empédocles, la figura de Empédocles, tanto el personaje del poema de Hölderlin, como la del filósofo siciliano, fundador religioso y médico prodigioso del siglo quinto de la Grecia antigua, Empédocles de Acragas, el que, según la leyenda, se arrojó al cráter ardiente del Etna.
Con ellos y con otros motivos y figuras de las vidas y las obras de ambos Empédocles, Nietzsche configura su proyecto de drama. Pero y como puede deducirse, en ese proyecto de drama también se prefiguraban ya los motivos filosóficos de "Dios ha muerto", el eterno retorno y el superhombre que Nietzsche desarrollará en Así habló Zaratustra. Lo que no debe ser extraño, porque es eso lo que el enamoramiento provoca que sienta y piense el enamorado.
Por ejemplo, se inspirará, para los versos iniciales del Zaratustra, en el sol de Hölderlin, cuya luz será Diotima y que, para Nietzsche, será Ariadna, pero también, como explico en otro texto, en los soles y esferas de los filósofos presocráticos: Heráclito, Parménides y Empédocles.
Este es el sol de Hölderlin:
"Desciende, hermoso sol, bien poco se preocupan
de ti, no te han conocido, oh sagrado,
mientras calmoso y sin esfuerzo pasabas
sobre los hombres en su afán.

¡Oh luz, gozosamente me levantas y me desciendes!
¡Qué bien te reconocen mis ojos, soberana.
Pues yo aprendí a adorar en tu paz divina
Cuando Diotima curó mi alma.

¡Cómo te escuchaba, enviada del cielo!
A ti amor, Diotima, como levantaba
desde ti mis ojos hacia el áureo día,
pensativos y absortos. Entonces susurraban

más vivas las fuentes, respiraban,
amándome, las flores de la tierra,
mientras riendo sobre nubes de plata
el éter se inclinaba enviando bendiciones" (2).
A ello, Nietzsche agrega, en su drama Empédocles, a Dionisios, Ariadna, Teseo, Corina y un enamoramiento trágico, el motivo de su propio enamoramiento por una mujer casada, al igual que Hölderlin.
Nietzsche finalmente no escribió el drama Empédocles, el que, por lo que luego sucedió el 25 de diciembre de 1870, fue remplazado por una copia en limpio de su estudio: El origen del pensamiento trágico, como regalo para el cumpleaños treinta y tres de Cósima.

***

La historia del enigma de Ariadna continúa doce años después, en 1882. Pero, ya para ese momento, es necesario preguntarse:
¿Por qué Nietzsche escribió un poema épico-filosófico y enamorado y no un nuevo drama o libro de aforismos como el que ya estaba escribiendo en el segundo semestre de 1882 y que posteriormente se convirtió en la cuarta parte de la Gaya ciencia?
Si se acepta que lo que desata el enamoramiento es una visión sublimada o mitológica que se proyecta en una persona, idea y actividad y nunca en una persona específica, eso explicaría el que para Nietzsche, en la aparición estelar de Lou Andreas Salomé, en marzo de 1882 en la Catedral de San Pedro en Roma, se le revelara de nuevo Ariadna como a un renacido Dionisios. Al igual que explica el que, en sus delirios finales, confundiera como una y la misma a Cósima, Lou y Ariadna.
También se aclara el que, doce años después y ya sin los temores ni temblores de declararle su enamoramiento a Lou, una mujer soltera, Nietzsche se siente en la libertad de trasponer y encarnar a Dionisios en Zaratustra. Dionisios, es el mismo dios mitológico que desposará a Ariadna en la isla de Naxos y, con ello, los demás motivos trágicos del mito minoico. Ariadna, es la "Señora del Laberinto", la "Luminosísima". Zaratustra, es el profeta y fundador del mazdeísmo o zoroastrismo y primer moralista.
Pero, como en toda tragedia erótica, otra vez emerge en la mente de Nietzsche el trágico triángulo erótico de los celos. Esta vez, Paul Rée es el rival, el Teseo del que Nietzsche cree que Ariadna está enamorada y a quien ella guía con el hilo y la luz de su amor en el laberinto y no a él.
Aun así, es a Lou a la que ofrenda Así habló Zaratustra, el compendio de su "filosofía del futuro". Un poema épico-filosófico y enamorado.
Un poema que se inspira en las Purificaciones de Empédocles de Acragas y en el Poema del Ser de Parménides y en el nuevo sol de Heráclito y en el Empédocles, los poemas y los dramas que Hölderlin escribiera para Diotima.
Pero, también, Así habló Zaratustra es un compendio ético y una guía de trasformaciones hacia el Superhombre, una nueva visión y actualización, al tiempo de Nietzsche, de aquel mundo y época y una profecía para los tiempos por venir. Eso es lo que hace Nietzsche al interpretar los preceptos de los antiguos sabios griegos; los preceptos de los poetas-filósofos helénicos, latinos, humanistas italianos y, por supuesto, de las ideas y pensamientos de Bruno y Spinoza. El Spinoza que tanto admiraba Lou y al que ella había convertido en guía de su existencia y pensamientos.
Nietzsche pretendía ser eso y mucho más para Lou.
De las conexiones del enamoramiento de Nietzsche por Lou y de este con la escritura de Así habló Zaratustra, he escrito con amplitud en otros textos.
Sin embargo, bien vale la pena recordar, al menos, una de las referencias más explicitas y significativas que hace Nietzsche en Así habló Zaratustra sobre su enamoramiento por Lou.
Se corresponde con aquellos días y noches que siguieron al estelar encuentro y que se refiere a los paseos por las calles de Roma y que Nietzsche rememora en la La canción de la noche cuando habla de los cantos de los surtidores de las fuentes romanas y de los susurros de "las vivas fuentes" de Hölderlin:
"Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante" (Z, II, La canción de la noche).

En fin y aunque el enigma de Ariadna continúe indescifrable por el resto de la eternidad, sigue abierto, es una ofrenda y un desafío. Es la propuesta de un delicioso juego de niños, una vital Lectura Lúdica para quienes "lo desconocido", los enigmas, los misterios, son el motivo y la razón de su enamoramiento perpetuo. Un enigma que provoca la visión de aquella Diana cazadora que cada día se muestra en una fuente del bosque y da caza, con sus flechas, al corazón de los amantes, poseyéndolos y dotándolos de una nueva vida como lo explica Giordano Bruno:
"Ninguno cree posible ver el sol, el universal Apolo y luz absoluta, excelentísima y suprema especie; mas sí ciertamente su sombra, su Diana, el mundo, el universo, la naturaleza que se halla en las cosas, la luz que se oculta en la opacidad de la materia (es decir, aquella misma en tanto que resplandece en las tinieblas). De los muchos, pues, que por las dichas y otras vías vagan por esta desierta selva, poquísimos son los que acceden hasta la fuente de Diana. Conténtanse muchos con la caza de fieras montaraces menos ilustres, y la mayor parte no encuentra cosa que aprehender, pues habiendo tendido al viento las redes, se hallan con las manos repletas de moscas. Rarísimos son, como digo, los Acteones a los que concede el destino poder contemplar a Diana desnuda y transformarse de tal modo que -prendados de la armónica belleza del cuerpo de la naturaleza, y vislumbrados ellos por esas dos luces, gémino resplandor de la divina bondad y belleza- vengan convertidos en ciervos, no siendo ya cazadores sino presas. Pues el término y fin último de esta cacería el llegar a la captura de esa fugaz y montaraz pieza, por la cual el depredador vuélvese presa y el cazador caza. En cualquier otra especie de cacería en que se persiguen cosas particulares, es el cazador quien atrae a sí a las otras cosas, absorbiéndolas por la boca de la propia inteligencia; mas en tratándose de divina y universal caza, llega de tal modo a apresarlo que es él quien queda forzosamente prendido, absorbido, unido. Y así, vulgar, ordinario, civil, popular como era, deviene ahora selvático cual ciervo morador de los desiertos; vive divinamente en las frondosidades de la selva, en los aposentos nada artificiales de los cavernosos montes, admirando las fuentes de donde manan los grandes ríos y vegetando intacto libremente con la divinidad, a la cual aspiraran tantos hombres que en la tierra quisieron gozar de celeste vida, y que como una sola voz dijeran: "He aquí que me alejé huyendo e hice mansión en la soledad" (Salmos, 54, 8). Entonces los canes, pensamientos de cosas divinas, devoran a este Acteón, haciendo que muera para el vulgo, para la multitud, liberado de las trabas de los sentidos perturbados, libre de la carnal prisión de la materia; no verá ya más a su Diana, como a través de orificios y ventanas, sino que, habiendo echado por tierra las murallas, es todo ojos a la vista del horizonte entero. De esta suerte contempla ahora todo como uno, sin ver ya por distinciones y números, los cuales, según los diversos sentidos -domo a través de otras tantas figuras-, no permiten ver y aprehender sino confusamente. Contempla a la Anfitrite, fuente de todos los números, de todas las especies, de todas las razones, que es la Mónada, verdadera esencia del ser de todos; y si no la ve en su esencia, en su absoluta luz, la contempla en su progenitura, que se le asemeja y es su imagen; porque de la monada que es la divinidad procede esta otra mónada que es la naturaleza, el universo, el mundo, donde se contempla y refleja como el sol en la luna, mediante la cual nos ilumina, permaneciendo él en el hemisferio de las sustancias intelectuales. Tal es Diana, ese uno que es el ente mismo, ese ente que es la misma verdad, esa verdad que es la naturaleza comprensible, en la que influye el sol y el resplandor de la naturaleza superior, según que la unidad sea distinguida en generada y generadora, o produciente y producida. Podéis así por vos mismo concluir acerca del modo de la caza y de la nobleza y digno triunfo del cazador; por todo ello ufánase el Furioso de ser presa de esa Diana a la cual rindióse, de la cual se considera favorecido esposo y el más feliz cautivo y subyugado, sin que pueda envidiar a hombre alguno -que más no puede lograr- o dios que obtener pudiera lo que es imposible para una inferior naturaleza, y que no debe ser por consiguiente deseado y ni siquiera puede ser objeto de nuestro apetito" (Los Heroicos Furores, II, 2).
Esa fue la locura enamorada de Nietzsche.

NOTAS

(1) Giorgio Colli, El nacimiento de la filosofía, Tusquets, Barcelona, 2009, pp. 66-67.
(2) Friedrich Hölderlin, Fragmentos, cuarta escena, primera versión, Poemas. introducción y traducción de José María Valverde, Icaria, Barcelona, 1991, p. 71.

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APÉNDICE

Algunas citas de Así habló Zaratustra y El nacimiento de la tragedia, en las cuales Nietzsche se refiere a sus enigmas:

Así habló Zaratustra:

"Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo" (Z, De viejecillas y de jovencillas).

"Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos" (Z, De los sublimes).

"Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él, aprisionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres" (Z, El adivino).
(...)
"Así contó Zaratustra su sueño, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba se levantó con presteza, tomó la mano de Zaratustra y dijo:
«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Zaratustra!
(...)
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo "Fue" en un "Así lo quise" - ¡sólo eso sería para mí redención!" (Z, De la redención).

"¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!" (Z, De la visión y enigma, 2).

«¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del testigo?
Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa aquí las piernas!
¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, - ¡el enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!»
- Mas cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, - ¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido durante largo tiempo a muchos leñadores, - de manera pesada, súbita, causando espanto incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su rostro se endureció
«Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme.
No soportabas a Aquel que te veía, - que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!» (Z, El más feo de los hombres).

"Entonces amaba yo a tales muchachas de Oriente y otros azules reinos celestiales, sobre los que no penden nubes ni pensamientos.
No podréis creer de qué modo tan gracioso se estaban sentadas, cuando no bailaban, profundas, pero sin pensamientos, como pequeños misterios, como enigmas engalanados con cintas, como nueces de sobremesa - multicolores y extrañas, ¡en verdad!, pero sin nubes: enigmas que se dejan adivinar: por amor a tales muchachas compuse yo entonces un salmo de sobremesa.» (Z, Entre hijas del desierto , 1).

El nacimiento de la tragedia:

"Ensayo de autocrítica
Sea lo que sea aquello que esté a la base de este libro problemático: una cuestión de primer rango y máximo atractivo tiene que haber sido, y además una cuestión profundamente personal - testimonio de ello es la época en la cual surgió, pese a la cual surgió, la excitante época de la guerra francoalemana de 1870-1871. Mientras los estampidos de la batalla de Wörth se expandían sobre Europa, el hombre caviloso y amigo de enigmas a quien se le deparó la paternidad de este libro estaba en un rincón cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones y enigmas, en consecuencia muy preocupado y despreocupado a la vez, y redactaba sus pensamientos sobre los griegos, -núcleo del libro extraño y difícilmente accesible a que va a estar dedicado este tardío prólogo (o epílogo)" (N, El nacimiento de la tragedia).

"Como poeta, Eurípides se sentía sin duda - ésta es la solución del enigma que acabamos de plantear - por encima de la masa, pero no por encima de dos de sus espectadores" (N, El nacimiento de la tragedia).

"Mientras que Esquilo encuentra lo sublime en la sublimidad de la administración de la justicia por los olímpicos, Sófocles lo ve - de modo sorprendente - en la sublimidad de la impenetrabilidad de esa misma administración de la justicia. Él restablece en su integridad el punto de vista popular. El inmerecimiento de un destino espantoso le parecía sublime a Sófocles, los enigmas verdaderamente insolubles de la existencia humana fueron su musa trágica. El sufrimiento logra en él su transfiguración; es concebido como algo santificador. La distancia entre lo humano y lo divino es inmensa; por ello lo que procede es la sumisión y la resignación más hondas. La auténtica virtud es la σωφροσύυη [cordura], en realidad una virtud negativa. La humanidad heroica es la más noble de todas, sin aquella virtud; su destino demuestra aquel abismo insalvable. Apenas existe la culpa, sólo una falta de conocimiento sobre el valor del ser humano y sus límites" (N. El nacimiento de la tragedia).

13 de julio de 2010

Iván Rodrigo García Palacios

Las máscaras de Nietzsche enamorado:
Dionisios, Empédocles y Zaratustra.
Ariadna: la amada inmortal


- El origen y el enigma de Zaratustra

Para Friedrich Nietzsche la máscara fue una representación de Dionisios en la tragedia griega, tal y como lo interpretó en los textos previos y en su libro de 1872, El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música. Pero también,
"(...) además de una cuestión profundamente personal",

como lo afirmó, de ese mismo libro, en el Ensayo de autocrítica de 1886.
Nietzsche fue un hombre de máscaras y en su obra fueron importante motivo. Toda su vida estuvo marcada y condicionada por estas, bien por necesidad psicológica y social como forma de autorepresentarse o bien como una forma de expresión artística, filosófica y religiosa o bien como una forma deliberada para ocultar o disfrazar sus pensamientos y sentimientos.
Las máscaras más conocidas y documentadas de Nietzsche, sobre las cuales es posible contar una historia, así sea sólo como hipótesis descabelladas, fueron las de Dionisios-Empédocles y Ariadna, en el enamoramiento por Cósima Wagner y Dionisios-Empédocles-Zaratustra y, de nuevo, Ariadna, en el enamoramiento por Lou Andreas Salomé.
Pero, ¿por qué Dionisios, Empédocles, Zaratustra, Ariadna?
Como filólogo, Nietzsche se sumerge, por una parte, en sus estudios de la antigüedad clásica: Grecia, el helenismo, Roma y los latinos y, por la otra, sobre aquellos poetas, estudiosos y filósofos alemanes de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX que retornaron a esas fuentes clásicas en la búsqueda de un ideal y de un Renacimiento para Alemania. Además, es a partir de esos asuntos que inicia su reflexión filosófica. Es por ello que sobre esos asuntos Nietzsche ejercita su actividad como profesor.
Para empezar, es necesario esclarecer la relación de Nietzsche con Dionisios, Ariadna y la antigüedad clásica. Como punto de referencia recurro a la interpretación que hizo Giorgio Colli sobre esa antigüedad y en la cual reinterpreta el modelo propuesto por Nietzsche, no para controvertirlo, si no para invertirlo:
"Nietzsche parte, como se sabe, de las imágenes de dos dioses griegos, Dionisos y Apolo, y por medio de la profundización de los conceptos de dionisiaco y apolíneo, delinea ante todo una doctrina sobre el surgimiento y la decadencia de la tragedia griega, luego una interpretación global del helenismo y finalmente una nueva visión del mundo. Ahora bien una perspectiva parece abrirse si, en lugar del nacimiento de la tragedia, se considera el origen de la sabiduría.
Son también los mismos dioses, Apolo y Dionisos, los que se encuentran si remontamos por los senderos de la sabiduría griega. En este campo, sin embargo, la caracterización de Nietzsche llega a modificarse, además de que la preeminencia se concede a Apolo más bien que a Dionisos. De hecho, al dios de Delfos, más que a otro, hay que atribuirle el dominio sobre la sabiduría" (1).
Como es bien conocido, Nietzsche propone una original interpretación sobre el origen de la tragedia griega a partir de las figuras de los dioses Dionisios y Apolo y, a partir de ellos, los impulsos: lo "dionisiaco de lo apolíneo", los mismos que ya estaban prefigurados en Hölderlin: Hiperión, Empédocles, Pan y vino, etc., como lo escribiera Hans-Georg Gadamer:
"(...) Hölderlin, el precursor del descubrimiento nietzscheano del sustrato dionisíaco de lo apolíneo en la cultura griega" (2).

En general, esta parte de la historia de la vida de Nietzsche está bien probada y documentada; sin embargo y para la historia de las máscaras que él asumió para sí y que voy a contar más adelante, es necesario aclarar un asunto que los biógrafos apenas sugieren, porque el mismo Nietzsche lo ocultó, al igual que lo hizo con algunos otros: sus conexiones y correspondencias con la vida y la obra de Hölderlin.
Bien se sabe que Nietzsche admiró y estudió con profundidad la vida y la obra de Hölderlin y son variadas las interpretaciones sobre la influencia y el uso que Nietzsche hizo de ello, específicamente para su interpretación de lo dionisiaco y apolíneo, así como en su libro El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música.
Sin embargo, las conexiones de la vida y las obras de Hölderlin con la escritura del drama de Nietzsche, Empédocles de 1870, así como con la figura y motivos que en 1882 harán parte de Zaratustra, son asuntos que se han tratado con reserva y temor.
Debo anotar que Nietzsche admiró entrañablemente a Hölderlin y a su obra, pero debió atemorizarlo su trágico destino como para atreverse a reconocerlo y trasponerlo como el modelo para una de sus máscaras. Nietzsche contempló con pavoroso temor a la locura.
Ahora bien, ¿quiénes son Dionisios y Ariadna? Para esclarecerlo recurro en extenso a Giorgio Colli:
"Concluyendo, si bien una investigación de los orígenes de la sabiduría en la Grecia arcaica apunta hacia el oráculo délfico y la significación conjunta del dios Apolo, la “manía” se nos presenta como aún más primordial, como fondo del fenómeno de la adivinación. La locura es la matriz de la sabiduría.
II LA DAMA DEL LABERINTO
Hay algo anterior incluso a la locura: el mito remite a un origen más remoto. Aquí, el encadenamiento de símbolos es inextricable, y debemos abandonar la pretensión de descubrir una interpretación unívoca. El único acercamiento al oscuro problema es una crítica cronológica del mito, en búsqueda de un fondo primordial, de la raíz más lejana de esta pululante manifestación de una vida de la fuente de los dioses. Cinco siglos antes de que se introduzca el culto de Apolo en Delfos, poco después de la mitad del segundo milenio a. de C., en aquel legendario mundo minóico-micénico tendido hacia Creta se busca, como se ha supuesto recientemente con creciente insistencia, el origen del culto de Dionisos. Pausanias nos habla de un Dionisos cretense, en cuyo recinto sacro de Argos el dios mismo dio sepultura a Ariadna, cuando esta murió. Ariadna es por tanto un mujer, pero también una diosa, según testimonio escrito del todo primordial, “la dama del laberinto”.
Esta doble naturaleza, humana y divina, de Ariadna, esta ambigüedad radical, nos atrae hacia una interpretación simbólica de aquello que tal vez es el mito griego más antiguo, el mito cretense de Minos, Pasifae, el Minotauro, Dédalo, Teseo, Ariadna y Dionisos. Ariadna es la única figura femenina que el mito griego en general presenta junto a Dionisos, de manera explícita y directa, como esposa. El vínculo tiene raíces lejanas, y Hesíodo dice:
Dionisos del cabello de oro hizo esposa próspera suya a la rubia Ariadna, hija de Minos, que el Crónida volvió inmortal y sin vejez”, donde se alude también a la duplicidad de Ariadna, mujer y diosa. Dionisos está ligado a todas las mujeres, pero nunca a una en particular, fuera de Ariadna. En otra parte, se menciona la relación entre Dionisos y una divinidad femenina, pero solo en forma indirecta y alusiva, a fin que no e transparente un nexo sexual. Así en la tradición eleusina Dionisos se presenta al lado de Koré (Perséfone)(que no es solamente la hija de Deméter, sino que significa a menudo en las fuentes órficas la divinidad femenina virgen en general, por ejemplo Atenea o Artemisa), pero el vínculo sexual entre los dos resulta solamente de su desdoblamiento en el mundo de los infiernos, donde Dionisos como Hades (así lo declara Heráclito), y Koré como Perséfone. Hades goza de Perséfone mediante el rapto, la violencia. En el mito cretense, en cambio, Dionisos es el esposo de Ariadna. Pero no se trata, como se sabe, de un matrimonio quieto. Dice de hecho Homero: “y ví la hija de Minos el insidioso, la linda Ariadna, que un Teseo condujo un tiempo desde Creta a la alta roca de Atenas protegida por los dioses, pero no disfrutó de ella: Artemisa la mató primero, por acusación de Dionisos, en Día (Naxos), situada en medio de las olas”. El pasaje es decisivo para distinguir, por una parte, una versión más reciente del mito, desarrollada por ejemplo por Cátulo según la cual Ariadna, abandonada por Teseo en Naxos (Día) es recogida por Dionisos (o, en otra variante, es raptada por Dionisos), o sea pasa de una vida humana a una divina; y por otra parte, una versión más antigua -apoyada, además de por Homero y Hesíodo, por el origen cretense del vínculo Dionisos-Ariadna y por la antigüedad de la noticia sobre la potentísima naturaleza divina de esta última- según la cual Ariadna abandona a Dionisos por amor a Teseo, o sea pasa de una vida divina a una humana, Pero al final, prevalece Dionisos, cuya acusación guía el castigo de Artemisa: Ariadna muere como mujer y no es disfrutada por Teseo, vive como diosa" (3).
Como puede notarse, ya las figuras de Dionisios y Ariadna se corresponden con las máscaras que Nietzsche traspone para él y Cósima. Máscaras que serán traspuestas, doce años más tarde, a un nivel más amplio y profundo de significación existencial en Así habló Zaratustra y en su enamoramiento por Lou Andreas Salomé.
Lo mismo sucederá con la máscara de Empédocles de Acragas, la que Nietzsche asume en su drama, en el que sólo traspone al profeta, al maestro en religión y médico de cuerpos y almas, pero en cuyas ideas ya se prefigura, sin formalizar todavía, Zaratustra.
Ese Empédocles de Acragas que se anuncia de la siguiente manera en el proemio de su poema épico-filosófico, Las purificaciones:
"¡Oh amigos míos, que moráis en la poderosa ciudad
Que se alza desde el amarillo Agrigento hasta las alturas
De la ciudadela, ocupándoos en excelentes obras,
Puerto para extraños, oscuramente conscientes de sus derechos
Y aborrecedores del mal, salud!
Mas yo, yo ahora ando entre vosotros, dios libre de la muerte,
Ya no un mortal, y honrado por todos, como veis,
Con girnaldas y bandas y coronas de flores. Cuando me encuentro
En las florecientes ciudades con estas gentes, mujeres y hombres,
Soy reverenciado como un dios. Y en multitudes de miles
Me persiguen, buscando el camino de su salud; y mientras algunos
Tienen hambre de oráculos otros no piden sino oír
En su múltiple enfermedad, harto transida de aflicción,
Una palabra que les aporte la curación...".
Habla Empédocles de Acragas y es como si hablara el mismo Zaratustra. El Zaratustra del superhombre, el del "eterno retorno de lo mismo", el de la muerte de dios, el de las tres trasformaciones y el de la nueva ética.
Y, también, dice Epédocles de Acragas, prefigurando ese Superhombre y ese "eterno retorno de lo mismo", nietzscheanos:
"... Y entre ellos vivía
Un hombre de raro saber, poseedor de las mayores riquezas del espíritu
Y maestro en toda especie de ingeniosa destreza;
Pues siempre que ponía todos sus talentos en tensión, podía mirar
Con facilidad a todo lo existente, habiendo vivido
Diez y veinte vidas de hombres".
(259 Empédocles, Purificaciones, fr. 129, Porfirio, Vida de Pitágoras 30) (4).

En términos generales, esas son algunas de las materias de Dionisios, de Empédocles de Acragas y de Ariadna, de las que Nietzsche se nutre para incorporarlas a sus máscaras más conocidas. No son las únicas, porque, al desarrollar cada máscara, las mezclará, las fundirá, las fusionará y las sublimará, unas con otras, como si de un iniciado orfíco o de un maestro alquimista se tratara y les agregará infinidad de otras materias tomadas de sus experiencias, formación y lecturas, tal el caso de Bruno y Spinoza, mártires por sus ideas, y el de Hölderlin anotado atrás.
En fin, las máscaras de Nietzsche son obras maestras del enigma cuyo desentrañamiento son un desafío y una labor fascinantes, tal y como ya lo he propuesto en otros textos (5).

***

A continuación propongo una breve historia de los enmascaramientos de Nietzsche enamorado de Cósima Wagner y de Lou Andreas Salomé: Ariadna, la amada inmortal, Una y Otra y La misma.
Si bien Nietzsche fue consciente desde muy joven de sus propios enmascaramientos y de los enmascaramientos de las personas con las que se relacionaba, sólo fue hasta 1870 que se enfrenta a la imperiosa necesidad de utilizar una máscara que le permitiera expresarle su enamoramiento, de manera velada, herméticamente enmascarada, a Cósima Wagner. Es en ese año en el cual decide ocultarse tras las máscaras de Dionisios y de Empédocles y, para ocultar a Cósima, recurre a Ariadna y a Corina.
Es necesario agregar que, como el enamoramiento es un "furor" trasformador, por esa misma época Nietzsche siente la necesidad de cambiar de filólogo a filósofo y a ello dirige sus estudios y solicita una plaza como catedrático de filosofía en la Universidad de Basilea.
Para establecer un inicio de esta historia: a partir del 22 de septiembre de 1870, Nietzsche comienza la escritura de los primeros textos sobre el tema del nacimiento de la tragedia griega, los que culminarían en El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música (6) y, un poco después, escribirá el proyecto de un drama, Empédocles y, con ellos y en ellos, nacen las máscaras de Dionisios, Empédocles y Ariadna. En esos primeros textos, Nietzsche interpreta la función y significados de la máscara como representación de Dionisios y, en la escritura del drama, realiza la representación de su enamoramiento por Cósima, él como Dionisios y Empédocles y, a ella, la representa como Aridana y Corina.
La máscara de Dionisios la explica el mismo Nietzsche en El nacimiento de la Tragedia a partir del espíritu de la música:
"Según este conocimiento y según la tradición, al principio, en el período más antiguo de la tragedia, Dioniso, héroe genuino del escenario y punto central de la visión, no está verdaderamente presente, sino que sólo es representado como presente: es decir, en su origen la tragedia es sólo «coro» y no «drama». Más tarde se hace el ensayo de mostrar como real al dios y de representar como visible a cualquier ojo la figura de la visión, junto con todo el marco transfigurador: así es como comienza el «drama» en sentido estricto. Ahora se le encomienda al coro ditirámbico la tarea de excitar dionisíacamente hasta tal grado el estado de ánimo de los oyentes, que cuando el héroe trágico aparezca en la escena éstos no vean acaso el hombre cubierto con una máscara deforme, sino la figura de una visión, nacida, por así decirlo, de su propio éxtasis" (El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música, 8).

La máscara de Empédocles la explica así Curt Paul Janz en su biografía de Nietzsche:
"Empédocles, en el que de modo francamente inquietante se prefigura ya el camino del Nietzsche posterior y en el que aparecen símbolos fundamentales. Como más tarde con Zaratustra, también aquí toma una figura histórica -la del filósofo siciliano, médico prodigioso, poeta y fundador religioso del siglo quinto antes de Cristo, el legendario Empédocles- como máscara en la que él mismo aparece idealmente, sólo que en este caso permanece más cercano a la tradición, mientras que del legendario-histórico persa Zaratustra sólo queda el nombre y su función como fundador religioso. Conocía a Empédocles a través de Diógenes Laercio. De su concepción filosófica del mundo hubo de interesar a Nietzsche el proyecto de unir lo místico-pitagórico con la ciencia natural moderna. En la doctrina de Empédocles de la trasmigración de las almas está uno de los impulsos para lo doctrina de Nietzsche del eterno retorno de lo mismo como hipotética ética. Pero lo que toma muy especialmente son las leyendas sobre la autodivinización de Empédocles y su muerte en el Etna, leyendas que ya el tiempo ilustrado de Diógenes Laercio narra como curiosidad. Separándose completamente de la tradición y yendo mucho más allá de los límites de la elaboración del tema, tal como se encuentra en el fragmento de Hölderlin (en relación a cuyo Empédocles, extrañamente, no puede encontrarse referencia alguna), da por compañera a su Empédocles, junto a su amado Pausanias, que también le reconocen Diógenes Laercio y Hölderlin, a una tal Corina". Existe una Corina histórica; fue una poetisa beocia que vino de Tesalia y según la leyenda habría sido maestra de Píndaro y le habría vencido en una competición poética. En cualquier caso se trataba de una mujer altamente intelectual.
Y con ello comienza la simbólica personal que habría de acompañar a Nietzsche toda la vida, incluso hasta en la locura. Empédocles se convierte más tarde en Dionisos, Corina en Ariadna. Empédocles es un disfraz de sí mismo, y bajo Corina / Ariadna habría que suponer ya ahora, en el otoño de 1870, a Cósima. Algunas citas del borrador que apoyarían esta interpretación:
"Tercer acto: Teseo y Ariadna. El coro, Pausanias y Corina. Empédocles y Corina en el escenario. Vértigo de muerte en el pueblo ante el anuncio de la reencarnación. Se le venera como al dios Dionisios, mientras que él comienza sufrir de nuevo. (El actor Dionisios ridículamente enamorado de Corina)... Quinto acto... Dos ríos de lava de los que no pueden escapar (Empédocles y Corina). Empédocles se siente asesino, digno de un castigo infinito, espera el renacimiento de una muerte expiatoria. Esto lo arrastra hacia el Etna. Quiere salvar a Corina. Un animal se les acerca. Corina muere con él. "¿Huye Dionisios de Ariadna?" (7).
Cósima no debió conocer nada del proyecto del drama Empédocles; sin embargo, el 25 de diciembre de 1870, en la celebración de su cumpleaños 33, Nietzsche le regala "... una copia en limpio de su estudio El origen del pensamiento griego" (8), uno de los textos previos a El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música, libro con el cual, además de reivindicar la música de Wagner, es posible abducir la velada y hermética declaración de su enamoramiento por ella. No de otra forma es posible interpretar párrafos como el siguiente que es la continuación del párrafo ya citado atrás:
"Imaginémonos a Admeto recordando en profunda meditación a su esposa Alcestis que acaba de fallecer, y consumiéndose totalmente en la contemplación espiritual de la misma - cómo de repente conducen hacia él, cubierta por un velo, una figura femenina de formas semejantes a las de aquélla, de andar parecido: imaginémonos su súbita y trémula inquietud, su impetuoso comparar, su convicción instintiva - tendremos así algo análogo al sentimiento con que el espectador agitado por la excitación dionisíaca veía avanzar por el escenario al dios con cuyo sufrimiento se había ya identificado. Involuntariamente transfería la imagen entera del dios que vibraba mágicamente ante su alma a aquella figura enmascarada, y, por así decirlo, diluía la realidad de ésta en una irrealidad fantasmal. Éste es el estado apolíneo del sueño, en el cual el mundo del día queda cubierto por un velo, y ante nuestros ojos nace, en un continuo cambio, un mundo nuevo, más claro, más comprensible, más conmovedor que aquél, y, sin embargo, más parecido a las sombras" (El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música, 8).
Que Cósima comprendió y aceptó, halagada, la hermética declaración amorosa de Nietzsche y, lo que de ello se sigue, es ya parte de una historia bien conocida que termina en tragedia.
Desde su rompimiento con Cósima y Richard Wagner, en octubre de 1876, Nietzsche, despechado y enfermo, se encarna en la máscara de Dionisios Zagreo, el Dionisios desgarrado, hasta el momento de su encuentro con Lou en Roma, en la primavera de 1882, cuando resucita con la máscara del Dionisios Baco, vital y festivo y, luego, encarnar la máscara de:
"Dionisios Iakchos, la estrella naciente "portadora de la luz de los misterios nocturnos" (Aristófanes, Las ranas), el dios por-venir".

Si bien es cierto que desde agosto de 1881 Nietzsche se siente exaltado con su concepción del pensamiento del "eterno retorno de lo mismo" y el nacimiento de un nuevo profeta y su máscara, al que comienza a llamar Zaratustra en sus notas privadas y en los planes de un nuevo libro, también es cierto que sólo serán temas y asuntos sobre los que nada comunica a los amigos, salvo su exaltación, tal y como lo escribe, el 14 de Agosto de 1881, a Peter Gast:
“¡Y bien, mi querido buen amigo! El sol de Agosto está sobre nosotros, el año corrió hacia su fin, sobre las montañas y los bosques desciende el mayor de los silencios y la mayor paz. En mi horizonte han surgido pensamientos como nunca hasta ahora he avistado, - de ello no quiero hablar en absoluto, y mantenerme a mí mismo en una inquebrantable serenidad. ¡Tengo que, vivir todavía algunos años!”
.
Nietzsche, íntima y privadamente, continúa elaborando, durante los meses finales de 1881 y los primeros de 1882, a Zaratustra y el pensamiento que este encarnará. Pero sólo será hasta junio de 1882 y ya en "los furores" de su enamoramiento por Lou, cuando Zaratustra y el "eterno retorno de lo mismo" aparezcan, por primera vez, públicamente y publicados en los aforismos 341 y 342 de la Gaya ciencia, libro que escribía por esa misma época como parte de los libros finales de Aurora, pero a los que luego convierte en los primeros de la Gaya ciencia. Ese es el anuncio público de la máscara de Zaratustra, esa en la que se encarna Nietzsche hasta el final.
Los apuntes, notas y libretas de Nietzsche de esa época de finales de 1881, permanecieron en su archivo y apenas están siendo editados, eso explica el silencio sobre la génesis de Zaratustra.
Sobre esos apuntes, notas y libretas de Nietzsche, ha escrito Bruno L.G. Piccione (9):
"Días más tarde, también en Agosto de ese año, en el esbozo de un nuevo plan con el título ahora de Mediodía y eternidad (“Indicaciones para una nueva vida”), aparece ya el protagonista de la obra que está concibiendo:

“Zaratustra, nacido a orillas del lago Urmi, abandonó a los treinta años su patria, marchó a la Provincia Aria, y en los diez años de su soledad en las montañas compuso el Zend-Avesta.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Frühjahr-Herbst 1881’; KGW, V, 11 [195], 417).

Aunque en forma alternada y entremezclados con otros, van apareciendo numerosos fragmentos con la presencia de la figura de Zaratustra, todos escritos durante ese otoño de 1881 (meses de Septiembre a Diciembre). Transcribimos algunos:
“Cuando Zaratustra quiso conmover a la multitud, entonces debió ser su propio comediante.”
“La ociosidad de Zaratustra es el origen de todos los vicios.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1881’; KGW,V, 12 [112], 494).
“Tú contradices hoy lo que ayer habías enseñado - Pero eso era ayer, no hoy, dijo Zaratustra.” (“Nachgelassene Fragmente”, ‘Herbst 1881’; KGW, V, 12 [128] , 496)".


Zaratustra es la máscara más compleja de Nietzsche, en ella se mezclan, funden, confunden, fusionan, sincretizan y sintetizan, todas las máscaras: Dionisios, Empédocles (de Acragas y el del drama de Hölderlin) y el Zaratustra persa, así como todas las materias ocultas del Nietzsche pasado, presente y futuro:
"Yo os conozco a vosotros, hombres superiores, yo lo conozco a él, - yo conozco también a ese espíritu maligno, al cual amo a mi pesar, a ese Zaratustra: él mismo me parece, con mucha frecuencia, semejante a la bella máscara de un santo,
- semejante a una nueva y extraña máscara, en la que se complace mi espíritu malvado, el demonio melancólico: - yo amo a Zaratustra, así me parece a menudo, a causa de mi espíritu malvado" (Z, La canción de la melancolía, 2).

Un Zaratustra solar, como ya lo escribí en otro texto:
"Es por ello que, doce años después, en la primavera y en el verano de 1882, y ya enamorado de Lou, Nietzsche, en el aforismo 342 de la Gaya ciencia, al fin contempla la Esfera del solitario sol de Empédocles, así como "la bien redonda verdad", el sol de Parménides, esa Esfera y ese "sol" a los que Zaratustra entona su canto inicial, el mismo canto que volverá a entonar al final, en el último verso de Así habló Zaratustra" (10).

Y, por supuesto, el sol de Heráclito:
«El sol es nuevo cada día».

Ese es también el mismo sol que Hölderlin, en su drama Empédocles, invoca para cantar a Diotima:
"Desciende, hermoso sol, bien poco se preocupan
de ti, no te han conocido, oh sagrado,
mientras calmoso y sin esfuerzo pasabas
sobre los hombres en su afán.

¡Oh luz, gozosamente me levantas y me desciendes!
¡Qué bien te reconocen mis ojos, soberana.
Pues yo aprendí a adorar en tu paz divina
Cuando Diotima curó mi alma.

¡Cómo te escuchaba, enviada del cielo!
A ti amor, Diotima, como levantaba
desde ti mis ojos hacia el áureo día,
pensativos y absortos. Entonces susurraban

más vivas las fuentes, respiraban,
amándome, las flores de la tierra,
mientras riendo sobre nubes de plata
el éter se inclinaba enviando bendiciones".
(Friedrich Hölderlin, Empédocles, Fragmentos, cuarta escena, primera versión) (11).
Que es, también, el mismo sol que Nietzsche invoca, al inicio del prólogo de Así habló Zaratustra, para cantar a la innominada Lou:
"1/ Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, - y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:
«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»
- Así comenzó el ocaso de Zaratustra".
(Z, Prólogo, 1).
Debo anotar que, como extraña coincidencia, el susurrar de las fuentes de Hölderlin, se repite para Nietzsche y Lou en los días y las noches de la primavera romana de 1882 y al que él canta en Así habló Zaratustra:
"Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor" (Z, La canción de la noche).

Como este, muchos otros son los motivos que Nietzsche toma del drama Empédocles y otras de las obras de Hölderlin, porque, de esa forma, Lou es, además de Ariadna, también Diotima, la amada de la locura de Hölderlin, ese loco enamoramiento que poseía a Nietzsche y esa locura a la que tanto le temía.
Porque así, Nietzsche es también Hölderlin y Lou es Ariadna y también Diotima, la nunca llamada por su nombre en Así habló Zaratustra, pero siempre ella, la presente en las notas y escritos que Nietzsche realizó previos a su escritura. A ella estaban dedicados algunos de los discursos y lamentos, los que, al momento de publicar el libro, fueron cambiados de nombre, tales: La canción de la noche, Del gran anhelo, Los siete sellos, El mago (12).
Y, por supuesto, el Lamento de Ariadna, ese poema empezado a escribir por Nietzsche durante su enamoramiento por Lou y concluido en el otoño de 1884 para incluirlo en la IV parte de Así habló Zaratustra y que, luego, pasa a ser parte de los Ditirambos de Dionisios.
De esa y muchas otras formas, Nietzsche trasforma a Lou y su máscara de Ariadna en un complejo enigma. El mismo enigma en el que, el Empédocles de Hölderlin:
"(...) habla acerca de la aflicción y de la impotencia en que ha caído por su "atrevida arrogancia" al haberse proclamado dios, (escena III, v. 450-455). De su desmesura resulta el enigma de su padecimiento :
"Pausanias:
¿Por qué me ocultas y haces de tu pena para mi
un enigma. ¡Créeme!, nada es más doloroso.
Empédocles:
Y nada es más doloroso, Pausanias,
que descifrar una pena. ¿Es que no lo ves?".
(Hölderlin, Empédocles, Escena IV, v. 440-445). (13).

Ese es el mismo enigma que, al final, en Ecce homo, le hace exclamar a Nietzsche:
"Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca: así sufre un dios, un Dioniso. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quién sabe, excepto yo, qué es Ariadna! De todos estos enigmas nadie tuvo hasta ahora la solución, dudo que alguien viera siquiera aquí nunca enigmas. - Zaratustra define en una ocasión su tarea -es también la mía- con tal rigor que no podemos equivocarnos sobre el sentido: dice sí hasta llegar a la justificación, hasta llegar incluso a la redención de todo lo pasado" (Ecce homo, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. 8).

Nietzsche se ha enfrentado y, con él, ha enfrentado al resto de la humanidad, con el desafío oculto del enamoramiento, ese enamoramiento que trasforma al enamorado en un nuevo hombre, siempre él mismo. Ese desafío por descifrar el enigma de la Amada: siempre Otra, siempre Una, siempre La misma:
Ese enigma que la propia Lou había cantado, para otro, en su Himno a la vida y que Nietzsche, ilusionado, asumió para él:
Himno a la vida
Como el amigo ama al amigo
yo te amo, vida enigmática,
haya exultado en ti, o haya llorado,
Dolor o dicha me hayas dado.
Te amo a ti y a tus penas;
y si debes destrozarme
Me desprenderé de tus brazos
como del pecho amigo se desprende el amigo.
¡Con toda mi fuerza te abrazo!
Que tus llamas me prendan,
Que aún en las brasas de la lucha
Siga adentrándome en tu enigma.
¡Ser milenios! ¡Y pensar!
Cobíjame en tus brazos:
Si ya no puedes regalarme dicha
Sea, aún te queda el dolor”.
Ese es el enigma que siglos atrás ya habían planteado Giordano Bruno y San Juan de la Cruz.
Giordano Bruno en Heroicos furores:
"CICADA: Entiendo: porque el amor transforma y convierte en la cosa amada".
(...)
"TANSILLO: Así es. He aquí pues cómo Acteón, convertido en presa de sus propios canes, perseguido por sus propios pensamientos, corre y "dirige los nuevos pasos" -renovado en cuanto procede divinamente y con mayor ligereza, es decir, con mayor facilidad y con más eficaz vigor- "hacia la espesura", hacia los desiertos, hacia la región de las cosas incomprensibles; de hombre vulgar y común como era, se torna raro y heroico, tiene costumbres y conceptos raros, y lleva una vida extraordinaria. Y en este punto "le dan muerte sus muchos y grandes canes", acabando aquí su vida según el mundo loco, sensual, ciego e ilusorio, y comenzando a vivir intelectualmente; vive la vida de los dioses, nútrese de ambrosía y de néctar se embriaga" (Heroicos Furores, I, 4).
Y, San Juan de la Cruz en La noche oscura:
"¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el amado transformada!"
(San Juan de la Cruz, La noche oscura).

Es así como se configuran la tragedia, las máscaras y el enigma de Nietzsche:
Dionisios, el dios desgarrado, el que, en su recinto sagrado de Argos, dio sepultura a Ariadna. Empédocles, el inmolado en el cráter del Etna. Hölderlin, enloquecido. Zaratustra: "ardiente y fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas" (Z, IV, El signo).
Y... ¿Ariadna? La que, al igual que en el mito griego:
"(...) muere como mujer y no es disfrutada por Teseo, vive como diosa".


NOTAS

(1) Giorgio Colli , El nacimiento de la filosofia, Tusquets, Barcelona, 2009, p. 15.
(2) Hans-Georg Gadamer, Poema y diálogo. Ensayos sobre los poetas alemanes más significativos del siglo XX, Gedisa, Barcelona, 1993, p. 11.
(3) Giorgio Colli , El nacimiento de la filosofia, Tusquets, Barcelona, 2009, pp. 22-27.
(4) Para una mayor ilustración sobre la vida y las ideas de Empédocles, sugiero el capítulo dedicado a él por Werner Jaeger, La teología de los primeros filósofos griegos, Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 1997, pp. 129-154.
(5) Iván Rodrigo García Palacios, "Zaratustra, mi hijo". Así nació Zaratustra en los tiempos del amor, en blog:
http://nietzsche-louandreas.blogspot.com/
----------- Iván Rodrigo García Palacios, Lector Ludi: Nietzsche enamorado y otros textos:
http://lectorludi.blogspot.com
----------- Iván Rodrigo García Palacios, Ensayos de un Lector Ludi: Nietzsche enamorado y otros textos:
http://ivanrodrigogarciapalacios.blogspot.com/
(6) Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. 2. Los diez años de Basilea, (1869-1879), Alianza, Madrid, 1981, p. 98:
"De este modo, poco a poco, va creciendo en él un nuevo y personal sistema de pensamiento y sistema del mundo que irá ampliando de modo constante a espaldas de su entorno más próximo: en Naumburg escondido tras la máscara de un Fritz jovial, alegre, amable y social; en Basilea oculto trás el profesor diligente.
Así fue como surgió, fechado el 22 de septiembre de 1870 en Naumburg, y de su problemática en torno a la tragedia, el bosquejo de un libro, "La tragedia y los librepensadores", que ya iba con mucho más allá del tema original: una historia del desarrollo de la tragedia griega".
(7) Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. 2. Los diez años de Basilea, (1869-1879), Alianza, Madrid, 1981, p. 98 a 100.
(8) Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. 2. Los diez años de Basilea. 1869-1879, p. 102.
(9) Bruno L. G. Piccione, De Así habló Zaratustra (en su centenario). Una introducción. Publicado por su autor en Buenos Aires en 1984:
http://www.nietzscheana.com.ar/comentarios/zaratustra-introduccion.htm
(10) Iván Rodrigo García, ¿Por qué Así habló Zaratustra es un poema enamorado?, Lector Ludi: Nietzsche enamorado y otros textos:
http://lectorludi.blogspot.com
-------- Ensayos de un Lector Ludi: Nietzsche enamorado y otros textos:
http://ivanrodrigogarciapalacios.blogspot.com/
(11) Friedrich Hölderlin, Poemas, introducción y traducción de José María Valverde, Icaria, Barcelona, 1991, p. 71.
(12) Ver las notas de Andrés Sánchez Pascual, en su edición de Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid, 1998:
La canción de la noche: (186) Títulos anteriores previstos por Nietzsche para este apartado fueron: Luz soy yo y La canción de la soledad. El propio Nietzsche hace en Ecce homo interesantes consideraciones sobre este poema. Le llama «el inmortal lamento de estar condenado, por la sobreabundancia de luz y poder, por la propia naturaleza solar, a no amar». Y después de trascribirlo íntegramente añade: «Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca, así sufre un dios, un Dioniso. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quien sabe, excepto yo, qué es Ariadna!»... Véase Ecce homo.
Del gran anhelo: (425) Otro título anotado por Nietzsche en sus manuscritos para este apartado era el de Ariadna, al que correspondía más adelante otro apartado titulado Dioniso (que ahora es Los siete sellos).
Del gran anhelo: (428) De manera encubierta hay en estas palabras una alusión a Dioniso. Este, en efecto, es representado en ocasiones como un viñador que viene en barco con una podadera en la mano para podar sus vides (así está representado en la copa de Exekias, del siglo VI, que se conserva en Munich). La vid, cargada de racimos, que anhela la llegada del viñador, es Ariadna (alma de Zaratustra). El viñador con la podadera es imagen que aparece también en el Apocalipsis. Véase Apocalipsis, 14, 18: «¡Echa tu afilada podadera y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues llegaron a sazón sus uvas!» Es posible que en el ánimo de Nietzsche se fundiesen ambas evocaciones.
El mago: (470) El largo «lamento» del mago que viene a continuación fue compuesto por Nietzsche en el otoño de 1884 y llevaba entonces el título de El poeta. - El tormento del creador. En otra copia manuscrita le puso estos dos títulos: De la séptima soledad, luego borrado, y El pensamiento. De hecho este poema no se hallaba destinado originalmente a Así habló Zaratustra, pero Nietzsche lo insertó en él al componer la cuarta parte. De la importancia que este poema tenía para Nietzsche da idea el hecho de que más tarde lo incorporase a los Ditirambos de Dioniso, bajo el título de Lamento de Ariadna. Allí lleva al final una «respuesta» de Dioniso, quien, tras un rayo, «se hace visible con una belleza de esmeralda». La citada respuesta dice así:
¡Sé inteligente, Ariadna!...
Tienes oídos pequeños, tienes mis oídos:
¡Introduce en ellos una palabra inteligente!
¿No tenemos que odiarnos primero a nosotros mismos cuando
debemos amarnos a nosotros mismos?...
Yo soy tu laberinto...
(13) Carlos Masmela, Hölderlin. La tragedia, Ediciones del Signo, Buenos Aires, 2005, p. 107.

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