12 de enero de 2006

CUADERNO DE CITAS-5

En búsqueda de un lenguaje para los sueños
en la literatura y las ciencias


- Las ciencias para leer como literatura y viceversa:
- Platón, Lucrecio, Bruno y el verdadero Cyrano de Bergerac
- Y, la primera narración literaria de cómo construir un vehículo para viajar a la luna
- ¡¡¡CIENCIA, LITERATURA Y SUEÑOS!!!, una logia hacía la SABIDURÍA

Por Iván Rodrigo García Palacios

Empecemos por el maestro de maestros en el arte de la escritura racional o científica, Platón, el filósofo griego, quien, al mismo tiempo que estableció los fundamentos de la filosofía occidental, hizo una amplia reflexión sobre la escritura. Sus diálogos se consideran obras maestras del buen escribir, así como también obras magistrales literarias en las que creo algunos de los mitos más influyentes y célebres de la literatura universal.

Véase lo que escribe en Fedro sobre la comprensión de los escritos:

"Quien considerase poder trasmitir un arte con la escritura, y quien lo recibiese convencido de que, a partir de esos signos escritos, podrá extraer alguna cosa clara y consistente, debería estar colmado de gran ingenuidad e ignorar verdaderamente el vaticinio de Amón (a saber, que la escritura no da memoria sino solamente capacidad para traer a la memoria, ni sabiduría sino sólo opinión), si considera que los discursos puestos por escrito son algo más que un medio para traer a la memoria de quien sabe las cosas sobre las cuales versa el escrito".

Y más adelante:

"Verdaderamente, aun los mejores escritos no son otra cosa que medios para ayudar a la memoria de aquellos que saben".

Pasando a los tiempos de Roma, quizás el mejor ejemplo de ciencia escrita como literatura, es el poema de Lucrecio, De la naturaleza (De rerum Natura), el cual sugiero leer acompañado por el delicioso ensayo de George Santayana, incluido en su obra, Tres poetas filósofos, Lucrecio, Dante, Goethe. Como sobre este tema ya había escrito en los LECTOR LUDI-6 y 10, allí los remito.

Como bien se sabe, en la Edad Media y en el Renacimiento, los lenguajes simbólicos eran de uso común, y como pedía Platón, eran materia ampliamente conocida, bien fueran para los asuntos del culto religioso, o de supersticiones, que como ya anoté en escrito anterior, le daban gran riqueza y sentido a la vida anímica y espiritual de las gentes. Simultáneamente y desde esas mismas épocas, se formaron logias clandestinas de personas cultas, que por temores reales, ocultaban, tras un lenguaje ricamente simbólico, sus creencias, ideologías, pensamiento y conocimientos, así como los fundamentos y prácticas de aquellas tradiciones esotéricas a las que se consagraban, para subvertir o escapar del poder universal que ostentaba la Iglesia Católica. En el ejemplo que sigue, se reúnen todos los elementos antes enumerados.

Se trata de uno de mis personajes favoritos de la historia: Giordano Bruno (1548-1600), conocido como El Nolano, a quien relacioné en escrito anterior como probable influencia sobre Shakespeare y transportador de las ideas y las obras del Renacimiento florentino a Inglaterra, como buen conocedor que se reconoce de Petrarca de quien cita frecuentemente el Cancionero, en la obra, La cena de las cenizas (1584), el libro que escribe durante su permanencia en ese país y en el que plantea, al mismo tiempo que su elogio a Copérnico, los fundamentos de "La Nolana filosofía", por cuya defensa será condenado a la hoguera inquisitorial por ocho cargos de herejía y quemado vivo en Campo dei Fiori, Roma, el 17 de febrero de 1600.

Giordano Bruno, como escritor científico, además de la defensa y divulgación del sistema copernicano, propuso originales especulaciones sobre la física que ya han sido validadas por la física moderna.

Ahora bien, lo que yo no tenía bien establecido en aquel momento, era el conocimiento y uso que Giordano Bruno hizo de las obras de Dante, a quien apenas cita despectivamente y de paso en dos o tres ocasiones en La cena de las cenizas. Ahora y para complementar la forma como él y otros cuantos trasportaron las ideas desde San Agustín, Petrarca, Dante y el Dolce Stil Novo y buena parte del Renacimiento, a la Inglaterra del siglo XVI, me he encontrado con el apoyo documental necesario. Se trata de la demostración que hace el experto bruniano, Miguel Ángel Granada, de la relación Dante-Bruno:

"Somos de la opinión de que incorporado el pasaje de Dante (y el universo conceptual dantesco) a la argumentación y discusión de Bruno, podremos reconocer mejor componentes decisivos del proyecto filosófico bruniano, de su alcance último y de su antagonista" (anoto que el autor se refiere a San Agustín como tal antagonista) (1).

Lo demás, es tela ya cortada.

Como aquí se está tratando de asuntos que se manejaban ocultamente, también voy hacer esotérico el ejemplo. Cito, precisamente, el fragmento de La cena de las cenizas en el que se oculta esa múltiple relación, sin mayores explicaciones, para así obligar a los LECTORES LUDI a realizar las lecturas correspondientes:

"¿Qué decir ahora del Nolano? ¿Tal vez, por ser me tan próximo, tanto como yo a mí mismo, no me convendrá elogiarlo? Seguramente, no existirá hombre razonable que me reprenda en esto, ya que quizás ello no solamente conviene, sino que es además necesario, como bien expresa el claro y culto Tansillo (Il Vendemmiatore):
aunque a un hombre, que fama y honor reclama,
hablar mucho de sí mismo no conviene,
porque su lengua, donde el corazón teme y ama,
no es en su hablar digna de fe;
el que otro sea el pregón de su fama
también alguna vez parece que convenga,
cuando viene hablar por uno de los dos:
para dejar escapar censuras, o para favorecer lo ajeno" (2).

Y, para los iniciados, la última parte del verso en su idioma original:

"l'esser altrui precon de la sua fama
pur qualche volta par che si convengna,
quando vien a parlar per un di dui:
per fuggir biasmo, o per giovar altrui".

Para terminar, un notorio contraste. Ofrezco a los LECTORES LUDI un ejemplo de una obra extraña y poco conocida del verdadero Cyrano de Bergerac, inspirador del popular drama del mismo nombre, de Edmond Rostand, cuyo nombre original era Savinien de Cyrano (1619-1655), nacido en París, criado en la gascuña, pupilo del erudito Jean Grangier y del filósofo sensualista, Pierre Gassendi, quienes marcaron sus ideas científico-filosóficas; militar de gran arrojo en la guerra de los Treinta Años y, el resto de su corta vida, dedicado al estudio, la lectura y a la escritura: obras teatrales de poco éxito; populares muestras del género epistolar, en el momento que en Francia tal género adquiría gran importancia; algunos panfletos y, finalmente, una novela inconclusa, póstumamente publicada por su amigo Henri Le Bret en 1657 y 1662, a la que debe su celebridad, al que proyectaba titular, El Otro Mundo, de la que se conservan dos partes: Viaje a la luna o historia cómica de los estados de la luna e Historia cómica de los estados del sol.

Esta novela de Bergerac fue y es importante por la divulgación que hizo de las ciencias, a manera de novela de ciencia ficción y por su postura filosófica sobre la relación armónica que la humanidad debía tener con la naturaleza, anticipándose en mucho al ecologismo actual, pero, declarándose desencantado, ya que consideraba que el hombre era un ser destinado a destruir la naturaleza y por tanto a ser destruido a su vez por ésta. Con su relato se propuso rebatir el modelo aristotélico, todavía sostenido por algunos en su época, divulgando las teorías copernicanas, describiendo los medios por los cuales su personaje viaja por el espacio hacia la luna y el sol, así como discutiendo, al mismo tiempo, el estado de otras ciencias en su tiempo. En segundo lugar, propone su propia visión utópica del mundo, inspirado por Tomás Moro y Campanella, a los cuales opone su desencanto. Es de destacar que Cyrano de Bergerac fue buen lector de Homero, Virgilio, Lucrecio, Ovidio, Dante, Ariosto y Bruno, de los cuales se inspira para su propuesta utópica de los mundos del Más Allá, en especial de Dante, que se constituye en canon innegable de su escritura y nos vuelve a conducir por ese río continúo y sin fin de las ideas y los sueños y mantener la unidad de estas sugerencias de lectura.

Y, ahora sí, el ejemplo tomado de la novela de Cyrano de Bergerac, Los paraísos posibles, Viaje a la luna. Se trata de la explicación que da el profeta Elias, el del episodio del carro de fuego, Segundo Libro de los Reyes, 2, 11, sobre cómo llegó hasta ese Paraíso Terrenal situado en la luna y sobre cómo construyó el célebre carro que un ángel le mostró en sus sueños:

"Soy Elias. Sabed que yo habitaba en las amenas orillas del río Jordán en compañía de Eliseo, hebreo como yo. Mi existencia se deslizaba feliz entre los libros, tan feliz como para que no la olvide, aunque entonces se me escapaba. Pero cuanto más crecían mis luces, más crecía también el conocimiento de las que no tenía. Cada vez que nuestros sacerdotes me nombraban al ilustre Adán, el recuerdo de su filosofía perfecta me hacía suspirar. Desesperaba yo de poder adquirirla, cuando cierto día, después de haber rendido sacrificios por la expiación de mis debilidades de ser mortal, el ángel del Señor se me apareció en sueños. Al despertar, me puse sin falta a trabajar en las cosas que él me había prescrito: tomé un cuadro de imán de dos pies de lado y lo puse en un horno; cuando estuvo bien purgado, precipitado y disuelto, extraje el atractivo calcinado y lo reduje al tamaño medio de una bala. Después de estos preparativos, hice construir un aparato de hierro, muy ligero. Unos meses después, todas mis máquinas estuvieron listas y yo entré en mi industrioso carro. Me preguntaréis para qué tenía que ingeniarme todo este aparato. Pues debo deciros que el ángel me dijo que si yo quería poseer la ciencia perfecta que deseaba, tenía que subir hasta la Luna, donde hallaría yo, en el paraíso de Adán, el Árbol de la Ciencia, y una vez que probara de su fruto mi alma sería esclarecida con todas las verdades de que una criatura es capaz. Ése era, pues, el viaje para el cual había construido mi carro. En fin, que cuando estuve dentro de él, firme y bien acomodado, lancé al aire con fuerza la bala de imán (*). La máquina de hierro, que yo había forjado deliberadamente más maciza en el medio que en las extremidades, fue arrastrada en seguida y en equilibrio perfecto. Así, pues, a medida que yo me aproximaba a donde el imán me atraía con su fuerza, lanzaba yo la bala nuevamente por encima de mí" (3).

En fin, cosas para divertirse.

¡¡¡CIENCIA, LITERATURA Y SUEÑOS!!!, una logia hacía la SABIDURÍA

(*) Claude Mettra y Jean Suyeux, en su edición crítica de la novela (París, Chez Jean-Jacques Pauvert, 1962), aportan un fragmento de Lucrecio, modelo de filosofía epicureista, acerca de la imantación. Parece que Cyrano está más cerca, en algunas cosas, de la ciencia antigua (llena de suscitaciones) que de la propia ciencia de su tiempo. Esto muestra hasta qué punto no es un servil venerador de la ciencia nueva, sino que la interpreta desde sus propios parámetros.

NOTAS:

(1). Miguel Ángel Granada, La reivindicación de la filosofía en Giordano Bruno, Herder, Barcelona, 2005 (284 p.), ps. 107-131
(2). Giordano Bruno, La cena de las cenizas, Editorial Swan, Madrid, 1984 (137 p.), p. 51. Recomiendo la edición de Alianza Editorial, Madrid, 1987, o sucesivas, en las que ya se anota la relación de Bruno y Dante, a partir de la edición italiana de F. Flamini, Nápoles, 1983. Las obras más conocidas de Bruno y que, prácticamente, lo condenaron a la hoguera son: Expulsión de la bestia triunfante, Cábala del Caballo Pegaso y Sobre el infinito universo y los mundos, esta última, la más importante sobre su pensamiento científico, su divulgación del sistema copernicano y sus novedosos planteamientos cosmológicos.
(3). Cyrano de Bergerac, Los paraísos posibles: noticias del otro mundo, Ediciones Altamir, Bogotá, 1996 (244 p.), ps. 42 y 43. Adaptación, introducción y notas de Óscar Torres Duque.

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